Murió rabioso, rabiando por la locura cuando apenas tenía 43 años y decía “Amo con un amor bestial y profundo, miserable y sagrado, todo lo que vive, todo lo que crece, todo lo que se ve… los días, las noches, los ríos, las mares, las tempestades, los bosques, las auroras, la mirada y la carne, las mujeres”.

Guy de Maupassant fue entre los grandes escritores franceses el más rebelde, el más atrevido y probablemente el que más sufrió. Autor de libros maravillosos que dieron películas intensas como Boule de suif (Bola de sebo) y Bel ami, él mismo se situó entre los autores malditos. Nació en un castillo en 1850 en la dulce Normandía y falleció en una clínica glamorosa del distrito más señorial del París de 1893, donde cuentan que ya los paparazzi montaban guardia.

Los millonarios derechos de autor que producían sus obras le evitaron tener que vagabundear por los inhóspitos pasillos de los hospitales parisienses de la época, lóbregos malecones de la desesperanza, donde la pobreza doliente se cruzaba con los médicos, zares despreciativos que no le dedicaban ni una mirada regalada. Sus impolutas batas blancas cubrían apenas su ignorancia en humanidades, cubierta por la olorosa humareda de cigarros costosos.

Maupassant conoció la medicina de los ricos, los que “van por el dinero”, y también supo que su oro de nada le servía ante la soberbia soliviantada de otros doctores, más ricos pero igual de ignorantes, que querían ahogar sus espantosos brotes sifilíticos bajo la morfina, cocaína y otros palos de ciego. Todo aquel oro que producían sus libros también le permitió huir de los manicomios, donde otro pintor de la vida como Van Gogh supo que puede morirse de muchas maneras.

Personaje literario en el más puro estilo parisiense, personaje de cine a lo Scott Fitzgerald, Maupassant tuvo una vida singular que ya de por sí habría dado para una excelente película. Recio, bigotudo, parte importante de su vida se circunscribió a una de las más altivas calles de París, la rue Royale, donde durante años trabajó, como un forzado de la isla del Diablo, en el Ministerio de Marina.

Escribiente empedernido, no dejó de serlo hasta que tras mucho escribir con las entrañas se le abrieron las puertas de la celebridad. Fue entonces cuando el Guy de Maupassant altivo, mujeriego, pendenciero y matador se convirtió en uno de los cuatro o cinco escritores que entonces dictaban la literatura en Francia.

El más grande de todos, Gustave Flaubert, fue su padre espiritual y de su mano y de su talento llegó adonde no creía que hubiese podido llegar. El gran escritor estaba desdoblado en un hombre de pasiones amorosas intensas y sin salvaguardas. Era el hombre que las señoritas menos virtuosas y alguna que otra gran dama del bulevar de los Italianos de París exhibían como un fenómeno de feria. Se corrió la voz de que Maupassant era capaz de satisfacer a seis mujeres en una noche. Nació la leyenda y llegó la perdición.

Célebre y rico, con menos de 30 años parecía haberse lanzado a una carrera hacia el abismo. Lo contrario de aquellos jovencitos rebeldes sin causa con ojeras de James Dean, que se lanzaban hacia un precipicio al que no querían arrojarse. O como Thelma y Louise, que corrían hacia una eternidad que no imaginaban. Maupassant no era nada de eso. Da la impresión de que su rápido caminar hacia la destrucción de forma voluntaria era un suicidio inconsciente.

Más que de los libros que le llenaron de dinero hasta permitirle una vida de millonario libidinoso a bordo de un velero que bautizó Bel ami, estaba orgulloso de su virilidad con la que jugaba como un atleta lo hace con sus piernas. Pero pese a esta faceta de exhibicionista, algunos dicen que tuvo un corazón de enamorado primerizo.

Toda su vida, y hasta el momento fatal en que intentó degollarse en una de sus numerosas crisis sifilíticas, una misteriosa mujer apareció en su vida como una luz intermitente, que se apagó cuando le contaron que su amante, el escritor, el muchacho que exhibía músculos en el Sena y enamoraba a todas las modistillas que merendaban por los alrededores, había muerto en un acceso más de locura sifilítica.

En una vida corta e intensa como un cohete de feria, tuvo tiempo de contar lo que quiso contar, desde la heroicidad femenina en Boule de suif hasta el arribismo periodístico en Bel ami. No fue como Alejandro Dumas o Víctor Hugo, quienes se batieron a tiros en la calle en pos de una vida mejor o de algo que ellos creían mejor. Sus batallas fueron calladas, domésticas, internas. Sus barricadas las erigió contra las pesadillas, contra los fantasmas de su sífilis.

No fue un héroe del siglo XIX. Se parecía más al Nicolas Cage de Living Las Vegas, aunque no tuvo nada de los borrachines que enamoraban en sus libros a Emile Zola. Su locura era la locura de la humanidad, de su humanidad, la del amor sin precauciones ni responsabilidades. ¿Murió de amor? Ni hablar. Se suicidó. La sífilis le ayudó.

* Escritor y periodista francés radicado en España. Colaborador de Prensa Latina.