La insurrección dei 9 de Abril de 1952 se distingue entre los actos heroicos de la ciudad de La Paz como uno de los picachos de la cordillera que eterniza su paisaje. Su altitud y cimentación se construyen mediante elementos telúricos que conjugan sangre e historia; la combatividad de este pueblo con el pulso de las leyes de la revolución en general, es una acción reivindicativa que ese pueblo le brindó a Villarroel.

Objetivamente la insurrección del 9 de Abril se identifica con el verdadero pueblo.

Además de dicha singularidad nativa, ese acontecimiento representa el ápice de una crisis en que se exterioriza la dialéctica que determina las grandes revoluciones populares.

Bolivia en 1952 alcanzó su grado crítico la contradicción entre capitalismo extranjero y nacionalismo boliviano; entre Rosca y Pueblo; entre Junta Militar y MNR, con ingredientes accesorios de ambos lados. Aquéllos armados y éstos casi inermes. Compensó la falta de armas el valor del pueblo que las consiguió poco a poco, en tres días de combate en la heroica La Paz y en Oruro, la ciudad minera que decidió la desigual contienda

Javier -Tony- Lorini Sáenz en medio de la calzada, manos arriba de su cabeza sosteniendo el único mauser y haciendo malabares cual un hasmereir de sus compañeros; ni un alma viviente en plena oscuridad reinante en la avenida 20 de Octubre de Sopocachi. Sólo la muchachada movimientista comandada por Mariano -Mago- Baptista Gumucio que se reunió en la noche del 8 de abril en la casa de don Mariano Baptista, padre de Mago, recibiendo un solo fusil de Hernán Siles Zuazo con la instrucción precisa, en su relámpago recorrido por cada casa de la ciudad donde se concentraba la militancia.

Carlos -Chaly- Zaconeta Iturri, Raúl -Rulo- Gainsborg Viaña, y muchos otros, todos chicos de 17 a 19 de edad.

Entre ellos Aldo Carafa Centellas que junto a Lorini, ambos condiscípulos del Colegio de La Salle, murieron al caer la tarde de ese miércoles 9 de abril de 1952; Tony, el rubio hualaycho cerca del Ministerio de Defensa, y Aldo, alto y delgado alrededor del Parque Triangular de Miraflores.

Fernando -Maneco- Baptista Gumucio, Javier –Bebe- Bedregal Gutiérrez, Jorge -largo- Gallardo Lozada, cumpliendo el Servicio Militar. Bebé, Chaly, Rulo, Maneco, Tony, Aldo, Mario V. Guzmán Galarza, Anibal Aguilar Peñarrieta, y demás compañeros que han muerto en el transcurso de la vida, Dios los tenga en su santo reino. La toma de Radio Illimani y otras estaba sincronizada. Entonces el objetivo nuestro era la toma de Radio “Azpiazu”. Cumplida la orden a las seis en punto de la mañana, desde la negra espiral del disco, apenas se conectó la velocidad 78 r.p.m., un solo pelo sisifiano por su girar sin término, para transmitir la grabación del Himno Nacional, inmortalizando asi, la voz de un speaker improvisado que proclamaba el triunfo del Golpe del M.N.R. -vanguardia organizada del pueblo boliviano-; bajo el mando del General Antonio -el turco- Seleme Vargas que fue juramentado al M.N.R. el día 8 de abril por el paisano suyo Juan –el árabe- Lechín Oquendo.

Otros grupos son armados con algún centenar de fusiles y algunas ametralladoras. Los carabineros y el M.N.R., al amanecer del 9, ocupan los centros administrativos, ya dijimos la radio “Aspiazu”, por nosotros, la Illimani y otras emisoras por otros. Se propagaba la Revolución del M.N.R., Carabineros y oficiales del Ejército con el General Seleme.

Después, a mí me tocó combatir en el Puente Negro de la Buenos Aires. Me constituí en una de las casas del Ahorro Obrero, que mi tío Germán Monroy Block, Ministro del Trabajo de Villarroel hizo construir para los obreros.

Allí vivía Simona, la comadre de mi mamá con sus hijos. Lidia Villegas, mi chica, que después se casó con Rolando Escalante, compañero de la Avanzada Universitaria. Víctor Villegas, su hermano y muchos jóvenes que nos siguieron al combate.

Al mando de Francisco Selaez, dirigente de los trabajadores de la Fábrica de Cemento de Viacha, junto a los obreros viacheños.

Ese día soportamos el bombardeo de aviones. Muchos compañeros, al lado nuestro, cayeron heridos, un trabajador expira a mi lado. Yo tiemblo.

En la noche del 9 se aproximan patrullas avanzadas a los extramuros de la capital que se sacude con el estrépito de la fusilería y de la dinamita. Se han cortado los cables de la corriente eléctrica. La luna de Semana Santa brilla sobre el pavimento y los tejados pero acumula sombras bajo los aleros, las ventanas a oscuras y las callejuelas. Las patrullas atacantes no se animan a entrar porque tanto la claridad como las sombras son favorables a los revolucionarios dentro de la ciudad.

Rodeada por los regimientos y escasa de municiones que se han derrochado en la euforia de los primeros tiroteos, la Revolución parece haber agotado sus posibilidades. La no participación del General Torres Ortiz ha hecho fracasar el golpe al Estado Mayor. Desde el punto de vista militar la Revolución ya está dominada. Así lo reconoce el general Seleme que busca asilo en la Embajada de Chile. La sola avaluación numérica de las fuerzas combatientes y de sus armas asegura el triunfo del comando pretoriano que emite notificaciones para la rendición incondicional y sentencia de fusilamiento a los cabecillas. Los dirigentes del MNR en esa que se llamó “la noche triste” enfrentan el fracaso y ya no esperan más que rifar sus vidas individualmente antes que rendirse. Barrenechea, en la Universidad, declara que se suicidará si se capitula.

No se logra tomar ni el Palacio ni el Cuartel General de Miraflores, donde se concentran los militares.

Terminada la noche, y aplacados los fuegos, cuando empezaba el claro del amanecer, a las cinco salí del hoyo de tierra, una improvisada casamata, hacia mi casa, frente al Hospital Militar de Miraflores. Llegué siempre iluminado con la brillante luna llena que me siguió en todo mi recorrido, y con la emoción de mis 19 años mirando al cielo, hundí mis rodillas en la arena, con las palmas de mis manos arriba lo desafío al Ser Supremo desde el patio iluminado por la luna; ” ¡Si Dios existe, a pesar de nuestro fracaso: Tenemos que triunfar!”

Era el jueves de esa Semana Santa. En las puertas del Hospital Militar comentaban varios oficiales del Ejército. Ya se sentían victoriosos:

“Por el Norte el regimiento tal… por el Sur el otro… etc. y en una fase envolvente en pocos minutos los veremos huir como ratas…”

La verdad que los estrategas de la Junta Militar del General Hugo Ballivián, ya tenían largamente meditado en previsión de un alzamiento del M.N.R., porque desde el “Mamertazo” se preveía algo malo. Este sistema táctico, aplicado por Napoleón en Austerlitz o Jena, el Estado Mayor boliviano lo tenía preparado para actuar sobre La Paz. Están listos para la operación cinco regimientos distribuidos desde Oruro hasta Viacha, desde Coro Coro hasta Achacachi, que deberán proceder en operación concéntrica con el “Lanza” y el Colegio Militar que se encuentran en Miraflores y en Irpavi, para atacar la ciudad. La aviación sobrevuela La Paz anunciando la invasión en volantes que arrojan desde el aire. Empieza la maniobra de ablandamiento de cañones y Stokes emplazados en la Ceja de El Alto, que bombardean ciertos objetivos de la ciudad y los barrios exteriores, especialmente Villa Victoria. Por su parte, el “Lanza” y los cadetes amagan y se infiltran en los barrios de Miraflores y Sopocachi.

Después de un descanso reparador, a las 12 del día jueves 10 de abril de 1952, me dirijo a la Universidad al llamado de mis compañeros. Allí me reciben con ansiedad e informo a Mario Guzmán Galarza, Enrique Mariaca Winkelman, Aníbal Aguilar Peñarrieta, Papi Pinedo. Jorge Alurralde Palma, Luciano Urquieta. René Irahola, Lito Mendizábal, Rolando Escalante, Víctor Villegas, y otros sobre los comentarios de los oficiales, que sobradoramente hablaban en las puertas del Hospital Militar. Los de la Avanzada estaban munidos de diversos implementos bélicos, con la decisión inquebrantable de sostener la lucha revolucionaria hasta conseguir el triunfo o perecer en la contienda.

Al día siguiente: viernes 11 de Abril de 1952, me buscó el “Kosi” Soliz, dirigente de los choferes, que vivía al lado de mi casa. Me dijo que estaba con otro compañero chofer y que tenía una ametralladora emplazada en el entretecho. Subimos, y desde allí, nos constituimos en otros francotiradores que abundaban en toda la ciudad. Guardando distancias, era un paralelo con la defensa de Stalingrado, donde el pueblo soviético luchó casa por casa cuando invadieron las tropas nazis esa ciudad heroica. Desde allí veíamos el avance de los proletarios y el lumpen que pegados a la pared brindaban una lucha contra la ofensiva del Ejército desde el Cuartel General de Miraflores, los milicianos, en su asalto sin lanza, a la caza de un fusil que el compañero de adelante dejaba cuando caía abatido por una bala enemiga. Así en inacabable despliegue hasta coronar el objetivo. Y nosotros, en el entretecho del dirigente de los choferes “Kosi” Soliz, afinando la puntería contra los uniformados.

Se inicia el segundo acto del drama con único protagonista, insospechado por las castas oligárquicas, desdeñado por el imperialismo e intuido solamente por el MNR; es el actor imponderable y viviente, ubicuo y tentacular, suficiente él solo para llenar todo el escenario. Este es el pueblo, el proletariado y el lumpen-proletariat que toman a su cargo la resistencia, que descubren depósitos de armas, que cubren brechas, que están alertas a las infiltraciones, que reparan las defecciones de la policía de Seleme. Miles de revolucionarios asumen una táctica incoercible e instintiva, guiada por un espíritu atávico de rebeliones y tradiciones de beligerancia callejera; táctica insólita, acaso inspirada en la experiencia de combatientes de la Guerra del Chaco, frente a oficiales y soldados bisoños. El pueblo tiene un enlace tácito, posee la logística que le proporciona el vecindario de todas las casas, tiene una información propia sobre los movimientos del enemigo y un servicio de sanidad en las mujeres del MNR. No contó el comando militar en su plan de actuación “por líneas exteriores” con que el pueblo no sólo abría de esperar el ataque dentro de la ciudad, sino que como hormigas las patrullas que más parecen hordas habrían de salir a buscar al enemigo, subir por Pura Pura, por el Alto de Lima, por Tembladerani, escalar los riscos que conducen al Altiplano hasta rodear y hostigar los nidos de ametralladoras y los emplazamientos de cañones. Ante el estruendo que escuchan desde El Alto, los soldados se amedrentan, pierden contacto con sus comandos, empiezan a desertar y a entregarse, manifestando que sus oficiales los han abandonado y que están sin comer.

Simultáneamente los movimientos de Oruro han atacado el regimiento “Camacho”, que consuma una última matanza y abandona la ciudad. El mismo pueblo de Oruro sale a la pampa y dispersa a otra unidad que viene de Challapata. De este modo las fuerzas que desde Oruro marchan sobre La Paz, así como las de Coro Coro y Achacachí, encuentran que los mineros de Milluni han tomado contacto con las patrullas civiles de la capital. Las líneas del ferrocarril están en manos de la Revolución. Jefes y oficiales huyen, los soldados se quitan los cascos y se entregan. Hombres y niños de La Paz lucen cascos de acero. Camiones empiezan a trasladar prisioneros.

El día 11 el general Torres Ortiz huye por el Altiplano, seguido en vagoneta por Hernán Siles que le toca bocinazos para que se detenga, y no con el propósito de fusilarlo sino de hacerle firmar la capitulación.

Apagados los fuegos ni la presencia de más de 600 muertos en La Paz y Oruro imprime la venganza y el odio con los vencidos. Ni asesinatos, ni asaltos, ni robos, ni saqueos. Sólo espectan los verdugos, la extraordinaria dignidad de ese pueblo harapiento con la sonrisa del héroe que ha cumplido su deber y que humilde concurre a elevar sus preces en la procesión nocturna del Viernes Santo.