Hace 180 años Darwin inició su viaje a Suramérica donde recabaría los primeros datos de una teoría que cambiaría al mundo: la de la evolución, según la cual los humanos y los simios tienen un antepasado común. Se ha demostrando que los chimpancés no son monos y que están más emparentados a nosotros que otros simios como los orangutanes o gibones.

En todo el 2012 Suramérica y el mundo deberá estar conmemorando el 180 aniversario del viaje de Charles Darwin, quien partió de Inglaterra el 27 de diciembre de 1831, en una travesía a Suramérica y a las Galápagos donde sus observaciones sobre la naturaleza produjeron la teoría de la evolución, la cual sigue revolucionando a nuestra ciencia.

Antes de que Darwin a fines de 1859 publicara sus descubrimientos, la versión oficial en Occidente se basaba en la descripción bíblica de la creación según la cual Dios hizo a los hombres a su imagen y semejanza y para dominar al resto de especies.

Varias caricaturas presentaban a Darwin como un mono mostrando cuán ridículo parecía ser comparar a los civilizados humanos con dichos animales inferiores. Sin embargo, a medida que las investigaciones avanzan más, los especialistas van descubriendo cuán inteligentes y avanzados son los miembros de la familia primate, de la cual los humanos solo somos una de sus alrededor de 350 especies vivas.

Se ha establecido que nosotros compartimos un 99% de nuestros genes con los chimpancés y bonobos, con quienes tenemos un ancestro común que vivió hace 6 a 8 millones de años atrás. Bonobos y chimpancés son parecidos, aunque los primeros zanjan sus diferencias con violencia y los segundos son pacifistas que las amenguan practicando sexo entre todos.

Quienes han convivido con los chimpancés en su estado natural han revelado que ellos cazan en grupos con formaciones militares y fabrican herramientas con piedras para machacar nueces o palos como lanzas, pescadores de hormigas o “taladros” para succionar la pulpa de algunos troncos.

Los orangutanes se la pasan nueve años enseñando a sus crías cómo encontrar, escoger o tratar unas 200 plantas o frutos comestibles, evitar productos malignos o hacer camas, “paraguas” o “abrigos” de hojas contra las lluvias. Se ha comprobado que hay mucha inteligencia incluso dentro de los monos amazónicos, que eran percibidos como inferiores a los del viejo mundo. Hay capuchinos que recolectan conchas y las trituran y otros que escogen nueces que luego dejan secar al sol para después de días fraccionarlas con rocas que pesan la mitad de su peso.

Nosotros somos los únicos primates que hemos colonizado todo el planeta y mantenemos nuestra homogeneidad como especie, mientras que todas las demás se han diferenciado especializándose en distintas regiones geo- climáticas. De allí que se puedan encontrar desde el lémur Aye Aye de Madagascar con un descomunal dedo que sirve para cazar insectos en huecos a los noctámbulos tarsos (con los mayores ojos por cabeza que hay), desde los que pesan más de 200 kilos (los gorilas) hasta menos de 125 gramos (marmosetes), o desde los babones de las alturas etíopes a los macacos japoneses que viven en nevadas de -20 grados.

Primos primates

Paulatinamente los investigadores han ido demostrando que los chimpancés no son monos y que están más emparentados a nosotros que otros simios como los orangutanes o gibones. Es más, chimpancés y humanos comparten alrededor del 99% de su material genético haciendo que entre ambos haya menos diferencias que las que hay entre distintas especies de lo que denominamos colectivamente como escarabajos, hormigas, abejas, ardillas, delfines, tiburones, tortugas, cocodrilos, cabras, ratones, patos o ballenas.

A simple vista uno no ve demasiadas diferencias entre los dos tipos de elefantes que hay (el africano y el asiático), pero ambas especies tienen entre sí más contrastes que los que tenemos entre nosotros y los chimpancés. Los antropólogos que han vivido con los chimpancés han descubierto que ellos también cazan en grupo, hacen guerras con formaciones militares, son compasivos y fabrican lanzas, martillos y ramas de pescar insectos. Sus expresiones y gestos faciales no son tan disímiles a los nuestros aunque ellos, a diferencia de nosotros, tienen una menor destreza con las manos, un cerebro más chico y no pueden hablar.

Otro nuevo aporte de la ciencia es reconocer que hay dos especies diferentes de chimpancés, las mismas que se divorciaron genéticamente al haber quedado separados por el caudaloso río Congo. En su ribera sur se desarrollaron los bonobos, que son chimpancés más pequeños y que suelen socializar copulando entre casi todos los miembros de su clan.

Chimpancés y bonobos se separaron hace dos millones de años atrás y nosotros de ellos hace unos 5 a 7 millones de años atrás. Otro accidente geográfico causó dicha distanciación. Cuando nuestra nativa África fue perdiendo una parte de su jungla, nuestros parientes ancestrales que mantenían una vida arbórea en las zonas selváticas devinieron en chimpancés, mientras que los que empezaron a caminar en dos pies por las nuevas sabanas fueron adquiriendo manos más libres y especializadas y a aumentar su capacidad cerebral deviniendo en nuestros antepasados, los mismos que por su propia característica de caminantes tendieron a esparcirse a otros continentes.

Varios expertos afirman que es necesario hacer una nueva re-clasificación haciendo que los chimpancés pasen a ser otra especie humana o que nosotros seamos categorizados como el tercer chimpancé. Esto, a su vez, ayudaría a combatir tanto la visión de que los hombres son el centro del universo y destinados a someter al resto, algo que tanto daña al medio ambiente y a nuestra posibilidad de supervivencia.

Si una civilización extraterrestre nos visitase, ésta no tendría ningún reparo en vernos como chimpancés erectos y sin pelo.

Nueva especie humana

En marzo de este año se anunció el descubrimiento de un nuevo tipo de humanos distintos a nosotros, los mismos que habrían sido los últimos hombres no modernos en haber quedado extintos. A ellos se les ha denominado transitoriamente como “el pueblo de la caverna de los venados rojos”, debido a que en las dos cuevas del sudeste chino donde se les halló había evidencia de que estos venados eran una parte esencial de su dieta.

Sus cráneos mantenían características de otras especies de humanos arcaicos: cara plana, mandíbula prominente sin mentón, ancha nariz, grandes molares y cejas sobresalientes. Las pruebas de radio-carbón indican que ellos vivieron hace 14.500-11.500 años atrás.

Hoy los 7 mil millones de humanos pertenecemos a la misma especie, pero eso nos hace “anormales” en relación a los demás géneros de animales pues la mayoría de ellos posee varias especies (tal como pasa con las ballenas, delfines, canes, gatos, cerdos, moscas, etc.). El ser la única especie humana es algo reciente pues durante casi todos los 2 a 4 millones de años que tenemos caminando sobre la Tierra siempre ha habido varias especies de nuestro género conviviendo en distintas partes e incluso dentro de la misma zona.

Para la ciencia es vital saber hasta cuándo duró tal diversidad de especies dentro del género homo y ver qué pasó con ellas. Hasta hoy se conocían tres especies humanas que convivieron con los homo sapiens sapiens hasta hace entre 1 y 4 docenas de milenios antes de nuestra era. La más conocida es la de los Neandertales, tan inteligentes como nosotros pero más robustos y adaptados al frío, quienes se extinguieron en Iberia hace menos de 30.000 años atrás. En 2008 se encontró en la cueva Donosova de Altai (Rusia asiática) restos de otra especie que vivió allí hace unos 41,000 años atrás.

Estas dos especies compartirían con nosotros un pasado común hace 800.000 años en África. Los análisis del DNA han indicado que se dieron cruces sexuales entre nuestras especies haciendo que todos los humanos no africanos poseamos un 4 al 6% de herencia genética de los neandertales mientras que algunos pueblos de Australasia descienden de cruces con donosovianos.

En 2003 se encontró en la isla Flores de Indonesia una versión enanizada de los Homo Erectus que aparecieron en África hace 1,3 a 1,8 millones de años atrás. Ellos quedaron extintos hace unos 13 milenios y sus fuertes diferencias genéticas con nosotros evitaron cualquier descendencia común.

En cuanto al pueblo de las cavernas de los venados rojos, aún no se sabe si ellos constituyen una especie separada o el resultado de un cruce entre donosovianos con nosotros. Lo importante de su descubrimiento es que muestra que nuestra evolución fue tan compleja como la del resto de animales y dio lugar a numerosos ensayos y combinaciones entre distintas ramas de nuestro género humano.

Lo que nos hizo humanos

Ahora que estamos en el año de las olimpiadas, es bueno recordar que nuestra especie no solo es un homo sapiens sapiens sino un homo maratonicus. La competencia de la maratón es una de las más clásicas y duras del deporte. Si bien el nombre que tiene se origina en la batalla de Maratón 490 años AC, cuando los griegos derrotaron a los invasores persas gracias a la ayuda del mensajero Filípedes quien murió agotado tras haber corrido cientos de kilómetros entre esa playa, Esparta y Atenas.

Sin embargo, lo que se empezó a conocer con tal nombre es, en verdad, el signo distintivo de nuestra especie. Cuando se busca saber qué innovaciones fueron las que hicieron que los humanos se separasen del resto de simios, se mencionaba al desarrollo de nuestro cerebro, aunque el que tenían nuestros ancestros con 2 a 4 millones de años de antigüedad tenía similar tamaño al de los chimpancés, con quienes compartimos un antepasado común hace 5 a 7 millones de años atrás.

Lo que nos demarcó del resto de nuestros primos primates fue el hecho de que los proto-humanos fueron los primeros simios en andar constantemente en dos patas. Esto, a su vez, fue un resultado de un cambio climático.

Los simios al este del valle africano del Rif ya no tenían junglas para andarse trepando por lo que estaban obligados a aprender a caminar bípedamente. Esto les permitía tener una posición alta sobre la maleza para poder desplazarse más rápido y a mayores distancias y ver a sus potenciales depredadores y presas, lo cual, a su vez, le permitió perfeccionar sus manos para que se libren de ser medios de locomoción y se especialicen en la fabricación de instrumentos.

En cambio, los que se quedaron en las selvas al oeste de dicho valle mantuvieron su vida arbórea en tanto que los proto-chimpancés de una u otra ribera del caudaloso río Congo se bifurcaron en 2 nuevas especies.

Los humanos aprendieron a correr aunque nunca tan rápido como los rumiantes que cazaban, pero su gran innovación fue el que podían correr por más tiempo con lo que al final podían derrotar a sus presas exhaustas. Nuestros cuerpos se especializaron en la maratón, por lo que perdimos los bellos de los simios a fin de constantemente sudar y mantener largos trotes. Esa innovación, además, nos obligó a emigrar y colonizar todo el planeta, mientras que el resto de nuestros primos primates se redujo a específicos nichos geográficos y ecológicos.

El uso de instrumentos y del fuego hizo que nuestros órganos digestivos no tuviesen que trabajar tanto por lo que se redujeron y eso, a su vez, hizo que nuestros organismos tuvieran recursos para ir incrementando nuestros cerebros.

Los humanos por su propia naturaleza son migrantes, aunque esta tendencia viene siendo coartada en la época en la que crece el mercado global pero también los controles fronterizos.