Unos 20 millones de hombres, mujeres y niños fueron extraídos de sus lugares de origen en África y vendidos como esclavos en el mayor desplazamiento forzado de personas en la historia. Ya no se escucha el restallar de los látigos en los campos de caña de las Antillas, ni en los cafetales de Brasil o los algodonales de Luisiana, pero la esclavitud sigue en vigor en pleno siglo XXI.

Según estudios realizados por especialistas, más de 20 millones de africanos arribaron a suelo americano y caribeño, en uno de los peores crímenes cometido por el hombre contra su semejante. El comercio de esclavos lo inauguraron los súbditos de Portugal, que en el siglo XV habían convertido en colonia a Brasil y hacia la naciente posesión eran enviados los africanos capturados en regiones del occidente continental.

En un principio los portugueses disfrutaron del monopolio de la Trata, pero en el siguiente siglo, en la medida en que Reino Unido, Francia, España y Holanda establecieron un gigantesco sistema colonial en todas las Américas y las Antillas, se generalizó esa práctica.

Traficantes de esas naciones convirtieron amplias zonas africanas en un coto de caza de hombres y mujeres para enviarlos al llamado Nuevo Mundo, ante las demandas de hacendados de mano de obra para trabajar en régimen esclavista en las plantaciones agrícolas.

Lugares como Gorée en Senegal, Freetown en Sierra Leona, Guinea Bissau o Sao Tomé y Príncipe fueron convertidos en almacenes de esclavos desde donde eran trasladados en barcos negreros con inhumanas condiciones para la travesía.

La Trata beneficiaba económicamente a los traficantes, mientras en las colonias los dueños de plantaciones se enriquecían con el trabajo de los esclavos, para quienes reservaban un trato abusivo y degradante, que motivó frecuentes sublevaciones antiesclavistas en los territorios colonizados.

En 1834 la Corona británica abolió la Trata en todas sus colonias. En el país europeo tenía lugar la Revolución Industrial y no era de su interés continuar el sistema esclavista, lo cual provocó el rechazo de los hacendados que hicieron todo lo posible para impedir su aplicación.

La esclavitud no fue abolida de inmediato en todo el universo colonial. Las autoridades de Londres tuvieron que establecer bases navales en Africa para castigar a los traficantes empeñados en violar la norma. En América, Brasil fue el último país en poner fin a ese flagelo.

En algunas partes, los manumitidos empezaron a trabajar en sus propias parcelas con los familiares, lo que significaba el inicio de una nueva vida; en otras, no escapaban a actos discriminatorios de la clase dominante. A la esclavitud siguió en Africa el colonialismo. En el siglo XVIII el sistema colonial se implantó en todo el continente y algunas metrópolis habían consolidado verdaderos imperios.

Francia y Reino Unido se habían llevado la mayor parte en la conquista de nuevos territorios. La región del Maghreb, en el norte del desierto del Sahara, estuvo casi por completo bajo el dominio de la primera, que también se apoderó de países del occidente y centrales del continente. En el oeste constituyó la denominada Africa Occidental Francesa, que agrupó a varias naciones. El imperio galo en Africa estuvo formado por una veintena de naciones e igual cantidad de millones de kilómetros cuadrados.

Reino Unido fue su gran rival en el control de vastas zonas. Sus colonias se extendían a todas las regiones con mayor presencia en el Cono Sur. El conjunto de sus posesiones ocupaba territorios no menores que los franceses. Reino Unido resultó la potencia dominante de la época.

Portugal les seguía en el número de colonias ubicadas en áreas del occidente y una en el sureste africano. El Rey de Bélgica, Leopoldo II, uno de los más entusiastas gestores de la Conferencia, tuvo como recompensa la ratificación de su dominio sobre el Congo (actual República Democrática del Congo), tercera nación mayor del continente.

En lo que pudiera considerarse el momento más importante del colonialismo en Africa, Alemania también tuvo colonias en el continente alentada por algunos de sus súbditos ante los avances de otras potencias, principalmente Francia y Reino Unido.

Esa nación perdió todas sus posesiones al ser derrotada en la Primera Guerra Mundial (1914- 1918), y pasaron al poder de París y Londres. Las áreas de influencia de Italia, además de Libia, estuvo en el denominado Cuerno de Africa; España fue la de menor posesión.

Entre fines de 1884 y comienzos de 1885 se celebró en Berlín, capital del imperio alemán, una conferencia en la que participaron las principales potencias europeas con el objetivo de repartirse en zonas de influencia el continente africano. En la práctica, las ambiciones territoriales provocaban graves desencuentros como el ocurrido entre Francia y Reino Unido por la posesión de Mauricio en el océano Indico, que después de violentos combates quedó en poder de los últimos.

Con el reparto de Africa, entre otros fines, la Conferencia intentaba evitar esos enfrentamientos por el dominio de nuevos territorios donde eran comunes el robo de los recursos naturales y el desprecio de los derechos de la población nativa. No fue una simple coincidencia la presencia en el cónclave de varias de las naciones que participaron activamente en la Trata de esclavos, iniciada en el siglo XV con la llegada de los primeros conquistadores europeos.

Los efectos de la Conferencia de Berlín se prolongaron hasta el fin del sistema colonial, ocurrido muchas décadas después de la desaparición física de sus gestores, tras una enconada lucha política o armada, protagonizada por los pueblos antes sojuzgados.

Los esclavos en la memoria

Las víctimas de la esclavitud y de la trata transatlántica de esclavos volvieron a ocupar una semana de actividades en la sede de Naciones Unidas con motivo del Día Internacional de recuerdo a aquellos africanos y sus descendientes. Este año, la fecha (25 de marzo) fue conmemorada bajo el lema “Homenaje a los héroes, la resistencia y los supervivientes” y las figuras antiesclavistas de Zumbi dos Palmares (Brasil) y Harriet Tubman (Estados Unidos).

Según datos de la ONU, unos 20 millones de hombres, mujeres y niños fueron extraídos de sus lugares de origen en África y vendidos como esclavos en lo que está considerado como “el mayor desplazamiento forzado de larga distancia de personas inocentes en la historia”.

La lucha de aquellos seres humanos por su emancipación fue destacada en una sesión especial de la Asamblea General de la ONU, de manera particular por la embajadora de Granada, Dessima Williams. La prestigiosa diplomática realzó la figura de Toussaint Louverture como un héroe que en 1804 fundó Haití, “la primera república negra independiente del mundo”, entre otras muchas personalidades históricas de Latinoamérica y el Caribe.

También recordó las acciones antiesclavistas de Felinillo en las Islas de las Perlas (Panamá), Gaspar Yanga (México), Julián Fedon (Granada), Joseph Chatoyer (San Vicente y las Granadinas) y Cudjoe (Guyana), entre otros. Williams dedicó un espacio particular a Nanina, una mujer jamaicana a quien calificó de heroína por excelencia y precursora del fin de la esclavitud y del inicio del liderazgo político de las féminas.

Asimismo, realzó la celebración este año en Cuba del 200 aniversario de la rebelión de José Antonio Aponte, figura del movimiento abolicionista de la esclavitud registrado en esa isla caribeña entre 1811 y 1812. Los esclavos africanos contribuyeron de manera decisiva a la formación de la nacionalidad cubana en la larga lucha de ese pueblo por la independencia, puntualizó la diplomática ante la Asamblea General de la ONU.

Con motivo del Día Internacional de recordación de las víctimas de la esclavitud y el comercio trasatlántico de esclavos, el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, denunció en un mensaje las nuevas formas contemporáneas de esclavitud. Entre ellas, mencionó las deudas, el tráfico de personas, la explotación sexual, el trabajo infantil, los matrimonios forzados y el reclutamiento de menores para conflictos armados.

El titular del organismo mundial instó a estar vigilantes frente a esas prácticas y a aprender de las causas y consecuencias del racismo, la discriminación racial, la xenofobia y otras manifestaciones de intolerancia. Señaló que todavía existen formas discriminatorias que logran reconocimiento político, moral y legal, en especial de parte de algunos partidos políticos y organizaciones, y alertó contra las ideas basadas en la noción de la superioridad racial, diseminadas a través de las modernas tecnologías de la comunicación. La intolerancia y la discriminación están en las raíces de los conflictos y constituyen importantes obstáculos para el desarrollo, apuntó.

La ONU está empeñada ahora en la edificación de un Memorial en homenaje a las víctimas de la esclavitud en los terrenos de su sede en Nueva York, proyecto lanzado por la Comunidad del Caribe y el grupo de países africanos y que debe quedar concluido en 2012 a un costo estimado en cuatro millones 500 mil dólares.

El Día Internacional de recordación de las víctimas de la esclavitud fue instituido en 2007 con el objetivo de inculcar en las futuras generaciones las causas, consecuencias y lecciones de aquel trasiego de seres humanos y para crear conciencia sobre los peligros del racismo y sus prejuicios.

Cada 2 de diciembre, Naciones Unidas conmemora el Día Internacional para la Abolición de la Esclavitud, en tributo a ese día de 1949, cuando se aprobó la Convención para la supresión del tráfico de personas y de la explotación de la prostitución de otros. El tema de los esclavos también motivó la declaración por la ONU del 2004 como el Año Internacional de la lucha contra la esclavitud y por su abolición.

Látigos silenciosos en el siglo XXI

Ya no se escucha el restallar de los látigos en los campos de caña de las Antillas, ni en los cafetales de Brasil o los algodonales de Luisiana, pero la esclavitud sigue en vigor en pleno siglo XXI. Resulta casi asombroso, pero hoy, cuando se calcula existen unos 30 millones de esclavos en todo el mundo, más que en cualquier momento dado de la historia, este sistema de explotación resulta menos visible que nunca antes.

La ilegalidad actual de este comercio contribuye a la forma discreta en que se lleva a cabo y por ello resulta menos evidente a los ojos de las personas. Sin embargo, desde los albores de la humanidad esta forma de explotación del trabajo ajeno sigue basándose en el mismo principio de que los propietarios de esclavos son dueños de otros individuos para su beneficio.

Oficialmente, la esclavitud quedó abolida en la mayoría de los países a fines del siglo XIX, por lo menos en lo que respecta al gran tráfico esclavo entre Africa y América, una de las instituciones más vergonzosas de la historia.

El último país en declarar ilegal la esclavitud fue Mauritania, en 1981, pero incluso allí no fue considerada un delito hasta agosto de 2007. También existe la esclavitud por deuda, a veces contraída por la familia generaciones atrás, sistema que persiste hasta hoy en muchas partes de Asia y Africa.

En teoría, el desarrollo del capitalismo industrial en Europa y Estados Unidos eliminó la necesidad del trabajo esclavo, pues resultaba más caro seguir pagando a los capataces que contratar a obreros asalariados. Pero el crecimiento de la miseria y el hambre, sobre todo en los países del Tercer Mundo, y el abaratamiento del costo del tráfico esclavista, sigue siendo, al igual que la servidumbre, una institución que rinde grandes dividendos en la actualidad.

Durante la trata de esclavos de los siglos XVI al XIX, un individuo capturado y llevado a América resultaba una gran inversión y por lo general ser propietario de muchos esclavos era uno de los signos de riqueza.

Hoy el moderno trabajo esclavo consigue producir extraordinarias ganancias, en dependencia del sector de actividad, pero el valor intrínseco del individuo puede ser de sólo unas decenas de dólares. En vez del látigo, el método para conseguir la sumisión se basa en la miseria, las amenazas, la coacción y el sometimiento económico y sicológico.

Se ha calculado que el trabajo esclavo mueve anualmente, en sus diversas formas, una cifra superior a los 90 mil millones de dólares, sólo superada en la categoría de los negocios ilegales por la venta de estupefacientes y el tráfico de armas.

Algunos estudios de Naciones Unidas y de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) indican que las mujeres y los menores de edad son las principales víctimas de esta situación, sobre todo en lo que respecta a la explotación sexual. Según los cálculos, alrededor del 80 por ciento de quienes sufren la esclavitud moderna son féminas, de las cuales el 70 por ciento termina como un valor mercantil en el negocio del sexo.

Además, aunque resulte increíble, el trabajo infantil es ampliamente explotado, sobre todo en las labores en que se requiere gran cantidad de mano de obra, tales como en minas clandestinas o en las cosechas.

En mayor o menor medida muchos países, incluso del mundo industrializado, son afectados por el tráfico de mano de obra esclava. En los propios Estados Unidos, según calculan fuentes oficiales de ese país, se introducen cada año entre 14 mil y 17 mil 500 personas en forma clandestina para el comercio sexual, la servidumbre doméstica o labores agrícolas.

Entre 52 mil y 87 mil son explotados de manera permanente mediante el sistema de esclavitud por deudas contraídas, virtualmente a los ojos de todos, reconocen las autoridades. De igual manera algunos países europeos están preocupados por el tráfico de menores, sobre todo de féminas, desde Europa del Este, particularmente de Rumanía.

El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) calcula que se ha vuelto muy lucrativo el comercio de menores como si fueran mercancía y que alrededor de 1,2 millones de niños son traficados cada año.

La OIT afirma que existen en el planeta unos 246 millones de niños explotados laboralmente, el 75 por ciento en ambientes peligrosos, minas y fábricas, en contacto con pesticidas y otras sustancias químicas.

* Roberto Correa es periodista cubano especializado en política internacional; Víctor M. Carriba, jefe de la corresponsalía de Prensa Latina en Naciones Unidas y Julio Hernández, reportero de la redacción de Servicios Especiales.