El oficio de la crítica de cine en Bolivia es peligroso, al menos si se ejerce con autonomía, honestidad e inteligencia. Poco importa cuando el crítico analiza películas de otros países, pero si se ocupa de películas bolivianas, los riesgos son inminentes. Estamos en un país donde los cineastas y también los artistas plásticos, los escritores y otros trabajadores del arte, no admiten que se opine de manera crítica sobre su obra. Reciben con beneplácito los elogios, pero cualquier asomo de cuestionamiento deriva en una larga jeta al cruzarse en la calle, una mentada de madre o el florecimiento de enemigos gratuitos.

De ahí que es reconfortante constatar la existencia de una nueva generación de críticos de cine que escribe sin tapujos y con mucho conocimiento de la cinematografía local y mundial. Así lo prueban dos de ellos, Andrés Laguna Tapia (AL) y Santiago Espinoza Antezana (SEA) en su libro “Una cuestión de fe: historia (y) crítica del cine boliviano de los últimos 30 años (1980-2010)”, donde ejercen sin concesiones una crítica orientadora, aunque los altibajos en la calidad de los comentarios son notables.

Contrariamente al subtítulo, este no es un libro de historia sino una compilación de comentarios sobre 44 películas, casi todos largometrajes argumentales, estrenados en salas de cine durante las tres décadas anteriores. Los autores analizan cuatro largometrajes importantes de los años 1980, ocho de los años 1990, y 32 películas de la década del 2000. Es un repaso sumamente útil de la producción que llegó a las pantallas de cine, es decir aquella que por su exhibición pública adquirió acta de nacimiento legal, lo cual no es poca cosa en un país donde las “notarías” (las salas de cine) son cada vez más escasas y apáticas a la producción nacional.

Cada década de producción cinematográfica viene precedida de unas páginas que dibujan de manera concisa el contexto mundial y nacional, y la situación del cine boliviano, para enmarcar la lectura de los filmes en parámetros sociales y políticos.

La crítica aguda se expresa con dureza cuando es imprescindible hacerlo, con expresiones acertadas como: “la pirotecnia jamás salvará a una obra que carece de arte y oficio”, “una estética en la que lo sobrecargado, lo kitsch, lo de mal gusto, está llevado a un extremo tal que termina siendo bello”, “al minuto cincuenta uno ya ha probado todas las formas posibles de sentarse y consultado su reloj al menos una decena de veces”, “la consigna es superar a como dé lugar los 80 minutos”…

Este es un ejercicio crítico abarcador, porque se ocupa no solamente de la narrativa de cada film y de los aspectos plásticos, técnicos y de interpretación, valorando el trabajo del equipo cinematográfico en su conjunto: guión, fotografía, cámara, actuación, música etc., sino también porque extiende el análisis sobre el contexto histórico al que se refiere cada película, y al ámbito en que se realizó.

El libro alude a la progresión profesional del cine boliviano y confirma el valor de realizadores emblemáticos como Sanjinés, Eguino, Agazzi, Valdivia, y Loayza; de actores sobresalientes como Jorge Ortiz y Luis Bredow; de jefes de fotografía tan destacados como César Pérez, y de compositores de música que se han especializado en el cine, como Cergio Prudencio y Alberto Villalpando.

Estemos o no de acuerdo con las valoraciones que hacen ambos críticos-cinéfilos, sus análisis son exhaustivos y la perspectiva crítica bien fundamentada. Ambos evitan la manipulación y el acomodo, y se libran al ejercicio crítico de manera intuitiva, creativa y apasionada.

El título “Una cuestión de fe”, dice mucho de la voluntad de rescatar todo lo rescatable del cine boliviano, aunque sea banal afirmar que “una gran parte de las películas bolivianas no merecen muchos elogios”. Me parece exagerada esa afirmación, considerando que el porcentaje de bodrios en el cine boliviano ha sido mínimo a lo largo de su historia, en comparación con cualquier otra cinematografía. Hacer cine en Bolivia es tan complicado que la mayor parte de los directores se esfuerza para que sus películas constituyan aportes a la cultura y reflejen o analicen la sociedad boliviana ya sea desde una mirada dramática, documental o humorística.

Lo cierto es que con la tecnología digital los costos han bajado y también la calidad. La chabacanería de años recientes tiene que ver más con la torpeza e ignorancia de algunos realizadores, que con las temáticas o las formas narrativas. El “olfato comercial” tan extendido en el cine boliviano de los años 2000 se revela directamente proporcional a la frivolidad y el mal gusto.

Leí el libro de Laguna y Espinoza con alegría y nostalgia. Con alegría porque existe una nueva generación de críticos de cine en Bolivia, que sustituye a quienes ejercimos durante los 1970 y 1980; y con nostalgia porque recordé cómo disfrutaba escribiendo sobre cine en las páginas de El Nacional, de Ultima Hora, del semanario Aquí, Zeta, y revistas fuera de Bolivia (Cahiers du Cinema, Imágenes, Jump/Cut, Ecran, CinemAction, Formato 16, Hablemos de Cine, Les 2 Ecrans, entre otras). Nostalgia también de Luis Espinal y de Julio de la Vega que guiaron mis pasos y con los que fundamos –junto a Carlos Mesa y Pedro Susz (los otros gatos que ejercían en los años 1970) la frustrada Asociación de Críticos de Cine de Bolivia, que sugerí denominar CRIBO pensando en la criba necesaria para separar el grano de la paja.

Quizás un próximo libro del tándem empeñoso de Andrés y Santiago pueda establecer una valoración de la crítica de cine en Bolivia desde una perspectiva histórica, que tendría que incluir a pioneros como Jaime Renart, Eduardo T. Gil de Muro, Raúl Salmón, Marcos Kavlin, Pedro Shimose, entre otros.

Salvo erratas, errores y los “descartes” descartables, quizás la única crítica que se puede hacer a los autores es la misma que ellos hacen a algunos directores del cine boliviano: el afán “fundacional” (¿propio de estos tiempos que vive el país?) cuando afirman que este es “el primer libro de crítica (s) de cine producido en Bolivia”. Es cierto, aunque contando con los apoyos y el financiamiento que hacen posible publicar (y que antes no había) se podría hacer compilaciones similares con lo que otros colegas han escrito en abundancia. Este “ornitorrinco”, pues, no es en realidad tan extraño.

Hay críticos buenos y hay malos, como en todo. La expresión de que “los críticos son artistas frustrados” no siempre es cierta –como demuestra la generación de la “nouvelle vague” francesa- porque la crítica puede ser también una forma de creación literaria. Este tema es abordado por “Alegato a favor de la crítica de cine” en la sección de “descartes” al final del libro, el único texto que debería salvarse de esa sección, sobre todo porque no es un “descarte” sino una aproximación conceptual. “El crítico debe ser un provocador, debe desafiar al espectador a que investigue y se interese por su propia cuenta, debe retar al público a que vea cine y reflexione sobre él”, escribe con razón Andrés Laguna.

(Publicado en Nueva Crónica No. 102)