Hace 12 años, entre el 7 y el 9 de abril de 2000, se habían producido poderosos levantamientos indios aymara y quechua en Bolivia. Después de este tiempo, sin embargo, hoy las cosas han cambiado. Este artículo es para refrescar la memoria de esos hechos, en este caso del levantamiento aymara de Achakachi y toda la región Norte (compuesta por 7 provincias). Aquí transcribimos una pequeña parte del libro Wiphalas y Fusiles escrito entre 2002 y 2003 y publicado en 2012.

Abril del año 2000. Este es el inicio de los levantamientos indígenas en Bolivia. Esto es en el altiplano norte de La Paz y barrios inter-urbanos de la ciudad de Cochabamba. En el altiplano-valle norte de La Paz (Achakachi, Warisata, Huarina, Sorata, Patamanta, Huatajata, Ancoraime, Tiwanaku y muchos otros) se articulan siete provincias en mucho tiempo. Al final, ésta termina con la derrota del gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada (octubre de 2003) y del neoliberalismo inaugurado en 1985. El centro es Achakachi y después todo el altiplano norte convertido en el epicentro poderoso que logra desubicar al poder dominante. Aquí nace contemporáneamente una nueva lucha por el poder.

Allí los líderes comunales, los provinciales y los comunarios/as han jugado un papel fundamental. Uno de ellos es haber recogido (de las comunidades) el planteamiento de un autogobierno indígena. [1] Este autogobierno planteaba el derecho al desarrollo socioeconómico del agro y el respeto a la identidad cultural. Por otro, la anulación de leyes republicanas, proyecto de Ley del Recurso Agua (que privilegiaba el mercado de agua), Ley del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) (privilegio del mercado de tierra), respeto a la hoja de coca, la anulación del Decreto Supremo 21060 (decreto del modelo neoliberal en Bolivia), etc.

El altiplano norte y los valles de La Paz se convierten en un espacio de profunda redefinición de sentidos de identidad aymara fundados en las acciones colectivas o movilizaciones sociales con bloqueos carreteros y de alimentos (las comunidades deciden no enviar productos agrícolas a las ciudades). Allí los cerros o montañas de la región: el nevado de Illampu (Tata Illampu o Qhanti con 6.550 m. de altura), y el cerro de Paxchiri y Qalachaka y lago Titikaka (a 3800 msnm.) son imaginados como el gran referente de las memorias sociales porque están depositados en ellas las memorias míticas, sagradas e históricas de la región. De su parte el altiplano es tierra de cultivo de productos agrícolas (papa, cebolla, haba, etc.), el lago Titikaka (espacio producción de peces y dioses) y la crianza de animales domésticos (oveja, llama, alpaca, vaca, gallinas, etc.), que de pronto se convierten en territorios levantados. En principio estos cerros, las pampas y el lago Titikaka parecen no tener mayor importancia política. Pero desde 2000 se han convertido en espacios políticos politizados. Se vuelve a reposicionar estos como espacios-territorios de memorias de los levantamientos de Tupaj Katari- Bartolina Sisa de 1781-82 y de la participación en la guerra internacional del Chaco con Paraguay en 1932-35, la revolución de 1952, etc. Se convierten en parte de los cuerpos sociales politizados para configurase como territorios autónomos y libres.

Desde esta pertenencia colectiva y territorial también nacen estrategias de acción colectiva ancladas las estructuras internas. Desde esta condición, las estructuras internas, las comunidades, y los actores indígenas, han desarrollado acciones beligerantes para bloquear los caminos y la producción de estrategias de acción o lo que definimos aquí como la movilización de los recursos internos de acción, liderazgo y sentidos de pertenencia colectiva. El bloqueo en tanto una acción social es la toma de las vías estatales que incomunica el poder comunal (de Achakachi-El Alto-La Paz, Huarina-Copacabana, El Alto- Desaguadero y los valles de Sorata y Charazani) y el centro político del poder dominante, la ciudad de La Paz. Allí participa comunidades de Desaguadero, Guaki, (frontera con Perú), Patacamaya (camino entre La Paz y el resto del país hacia el centro y el sur) y Rió Abajo ubicado (este último, al sur de la ciudad de La Paz). La sede de gobierno (la Plaza Murillo y la zona sur de La Paz) está cercado por miles y miles de hombres-mujeres armados de piedra, palo, viejos fusiles máuser, y un valor inquebrantable.

A su vez éste ha movilizado profundas emotividades colectivas e individuales. El ser aymara o “campesino” u originario tiene la connotación de prestigio social y un sentido de orgullo y alto valor positivo por sí mismo. Por esta razón es notorio observar y escuchar en los ampliados provinciales y departamentales (del altiplano norte) y de la provincia Omasuyus decir con amplia libertad: “nosotros los de Omasuyus nos hemos hecho respetar”, “Nosotros los aymaras nunca vamos a estar de rodillas carajo”. O “nosotros los omasuyeños hemos nacido para morir”. La multitud de emociones desparramadas como la piedra misma sobre los caminos y la articulación de tejidos humanos intercomunidades e interprovinciales es un hecho histórico. En esos momentos y en otras circunstancias, las autoridades comunales muestran sus vestimentas de autoridad y los símbolos del poder indígena; es el chikuti y los ponchos wayrurus en los hombres y awayus y polleras o sombreros en las mujeres. Con todo ello el movimiento indígena del altiplano- valle norte de La Paz logra anular el proyecto de Ley de Recurso Agua (que afectaba a las comunidades para el consumo de agua), la Ley del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) y otras leyes como la Capitalización y Biodiversidad.

Este es un “bullicio de la multitud” que traspasó las fronteras del poder dominante y devela desde esa potencia el sistema de explotación económica y dominación política que sufre las poblaciones y pueblos indias en Bolivia. Las autoridades comunales y el liderazgo de Felipe Quispe (Ejecutivo nacional de CSUTCB de entonces), el Mallku Rufo Yanarico (viejo dirigente aymara), Emilio Rojas (Strio. Ejecutivo Provincial de Omasuyus de 2000, Bernabé Paucara ex ejecutivo del canto Achacachi en 2000, o Simona Chura dirigente de mujeres de Omasuyus), y muchos otros y otras tiene su propia importancia. Estas autoridades, organizadas sobre estructuras propias, emanan convocatorias para las reuniones u ulaqasen diversas comunidades. Su finalidad es para decidir los lugares del bloqueo, los sistemas de movilización, las estrategias de acción colectiva y su masificación. Se establecen sistemas de turnos, vigilias y solidaridades colectivas para sostener el bloqueo carretero y el de los alimentos. Es decir, mediante las autoridades comunales y cantonales se ha organizado un complejo sistemas de acciones colectivas, discontinuas y contenciosas. En esto se produce un proceso de construcción de discursos indígenas y estrategias de acción colectiva para demandar del gobierno-estado mejores condiciones de vida. Esto es bajo las condiciones de la toma de los caminos convertidos en lugares de práctica de un entramado de acciones estratégicas y de profundo pensamiento político.

Las piedras y arenas desparramados sobre los mismos, los cuerpos humanos que bloquean, y la puesta en acción de los símbolos del poder indio como las wiphalas multicuadriculadas, los pututus (corneta indígena), q’urawas (hondas), ponchos y polleras, la hoja de coca, viejas escopetas, palos y cavado de zanjas, etc. Hay una visualización colectiva de las estrategias de acción colectiva. También los caminos son lugares de permanentes ensayos para poner en movimiento nuevas tácticas y discursos de acción colectiva. Mismo que se convierte en un efectivo proceso de politización de las identidades indias.

Hay una visualización colectiva de las estrategias de acción colectiva. También los caminos son lugares de permanentes ensayos para poner en movimiento nuevas tácticas y discursos de acción colectiva. Mismo que se convierte en un efectivo proceso de politización de las identidades indias. Por esto los símbolos de lucha aymara, se han convertido en referentes del otro lado del poder e identidad como una totalidad con sus propias diferencias internas. Ahora dicha socialización de los símbolos políticos del 2000 y el 2001 difieren de los modos de socialización de los movimientos kataristas e indianistas de 1970 y 80s.

Los movimientos del año 2000-2001 abarcan los niveles más cotidianos de la vida social porque involucra los espacios de la vida cotidiana y las regiones de los Yungas de La Paz, el altiplano central y sur de Bolivia. Los kataristas e indianistas habían mantenido éstos a niveles de reducidos “elites” o grupos de universitarios y dirigenciales con poca extensión para llegar a las comunidades indígenas, y los ayllus-markas, y el oriente de Bolivia. Hoy los nuevos levantamientos comunales revierten este proceso por la capacidad de influencia directa e indirecta que tiene sobre estas extensas regiones y por su politización social. Es decir, Achakachi y el altiplano norte es parte de esta densa presencia india aunque marcada por sus propias diferencias internas. Y la actuación institucional de la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia, (CSUTCB), dirigida por Felipe Quispe, el Mallku, ha sido importante en este hecho.

Volviendo a los líderes. Hay una producción de liderazgos a nivel local, regional y nacional. Aparece en estos el liderazgo de Felipe Quispe, el Mallku, y el de las autoridades comunales. Estos últimos son los secretarios generales (en aymara tata y mama generalas). Esto es la base de los consejos de amaut’as, comisiones de alimentación, de información, de resguardo (de los bloqueos) y sistemas de contrainteligencia. En este hecho, la Federación Provincial de Omasuyus ha sido considerada como el Tupaj Katari y la Federación de Mujeres como Bartolina Sisa. Así la relación hombre-mujer se manifiesta en Katari-Bartolina. Con estos imaginarios ocupan los caminos y las montañas.

De esta manera se ha configurado nuevas relaciones de poder a nivel local, regional y nacional. Todo ello se ha fundamentado en las estrategias cotidianas de la vida social y agrícola. Irrumpen con diversas formas de acción colectiva tanto beligerante y al mismo tiempo cooperante entre sí. Es decir, las estrategias colectivas cotidianas se han convertido en poderosas fuerzas internas extraordinarias en una lógica del poder horizontal de mandos comunales y de liderazgos locales con su propia experiencia de organización social en confrontación con las reformas neoliberales del Estado blanco-mestizo. También con ello sale a relucir el racismo de la sociedad boliviana. Dentro de este marco, el Estado y el gobierno de Bolivia dirigido por el Gral. Hugo Banzer Suárez luego Jorge Quiroga, comete dos masacres sangrientas.

Uno de estos hechos ocurre en la localidad de Achakachi, en el mes de abril del 2000, donde mueren dos jóvenes aymaras y muchos heridos y también la de un militar. El segundo hecho ocurre en la localidad de Huarina donde han fallecido tres aymaras producto de disparos de arma de fuego.

Y en el año 2001 se vuelve a repetir este tipo de acciones. En el mes de junio-julio en Qhilla Qhilla muere un aymara y en Patamanta es gravemente herida una mujer que luego fallece. También se ha acallado la radio Ondas del Titikaka ubicada en Huarina. Además se han hecho varias detenciones e incluso se ha denunciado prácticas de torturas a los detenidos. En ese contexto los blanco-mestizos, son definidos como los q’aras, no gentes. Así se reabre el conflicto estado-indígenas en Bolivia. Se hacen visibles las fronteras étnicas que separan al mundo indio y al mundo de la elite blanco-mestizo. Se cruzan calificativos como el de los blanco-mestizos a quienes se les llama q’aras (gente con falta de cultura y vida india) y estos califican a los aymaras o quechuas de indios o t’aras (gente con poca cultura e incluso degenerados).

Esta es la dimensión del conflicto que termina territorializando el conflicto entre el estado y los indios originarios en la región y en otras regiones. Se amplía esto en otras regiones. En muchas regiones el estado es endeble y frágil. Pierde territorio y autoridad. Es visto como invasor y extranjero. Esto es evidente teniendo presente que Bolivia, según Alberto Bello y Marta Rangel (2000), el 81,2% de la población total de Bolivia, es indígena [2]. Y según el Censo de Población y Vivienda de 2001 (Instituto Nacional de Estadística, INE), el 62.05% de la población total se autoidentifica, como indígenas [3], sin contar los menores de 15 años. Esto refleja que una minoría gobierna y una mayoría es invisible y gobernada. “Como regla los países latinoamericanos son sociedades pluriétnicas, pero en los que el Estado-nación está organizado política y socioculturalmente en términos de patrones monoétnicos”. [4]

Esta monoetnicidad organizacional y representación sociopolítica se manifiesta en la histórica y sistemática explotación y dominación étnica en Bolivia. Los indígenas aportan (y han aportado), para el Estado y la sociedad, mano de obra barata y tributos, servicios domésticos, y servicio militares. Pero dichos aportes no han tenido un valor histórico ni valor social. Y esta monoetnicidad institucional y estructural se hace intensa desde 1985 con la implementación de medidas neoliberales, particularmente los últimos 18 años. Por su parte, el mapa de pobreza muestra ([5]) que son éstas poblaciones las que sufren una pobreza estructural.

La pobreza en el área rural alcanza a 90,8% y en los centros urbanos al 39,0% (INE, 2001). Hecho que es profundizado con las reformas neoliberales del gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) (decreto 21060 de 1985). [6] Esto se muestra en las fronteras étnicas [7] con hábil manejo del discurso de modernización del Estado, y la participación popular. Esto quiere decir, desde nuestra perspectiva, que los movimientos sociales y particularmente los levantamientos indios o indígenas están fundados en razones propias y sistemas de estructuras organizativas, y del control y manejo de turnos, sentidos de identidad, conocimiento de la geografía y de liderazgos colectivos.

Hoy ¿todo esto realmente ha cambiado?

Notas:

1. Manifiesto de Jach’ak’achi, Jach’ak’achi 9 de abril de 2001. Acta de reconstitución de la nación Aymara-Qhischwa, Jach’ak’achi, 9 de abril de 2001.

2. Álvaro Bello y Marta Rangel, Etnicidad, “Raza” y equidad en América Latina y el Caribe, CEPAL, Santiago de Chile, 2000. Los autores han extraído este dato de Alexia Peyser y Juan Chackiel, La identificación de poblaciones indígenas en los censos de, en: aspectos conceptuales de los censos de 2000, CEPAL/CELADE, Santiago de Chile, 1999.

3. Bolivia: Censo de Población y Vivienda, Autoidentificación con Pueblos Originarios o Indígenas de la Población de 15 años o más de edad, htt//www.ine.bo/beyond/esn/Table Viewer/wdsvew/print.asp, 2001.

4. Héctor Díaz-Polanco, La rebelión Zapatista y la autonomía, Ed. Siglo XXI, México, 1997, pag. 15. resaltado por el autor.

5. Bolivia: Mapa de pobreza de Bolivia, INE, 2001.

6. Gonzalo Rojas, Por qué el Mallku se yergue como el gran acusador: El movimiento étnico- campesino en el 2000 boliviano, PNUD Bolivia, 2001.

7. Rene A. Mayorga, Democratización y modernización del Estado en Bolivia, CEBEM, La Paz, 1991.

* Sociólogo aymara.