La trágica realidad del caso de Trayvon Martin no es única sino universal; no fue inusual sino típico. Etiquetar racialmente resulta de lo más corriente en los EE.UU. Y ha llevado a matar a un joven.

Trayvon no hacía más que caminar desde la tienda del 7/11 a casa de su padre en una comunidad dotada de vigilancia, Sanford, en el estado de Florida. Por esto, “caminar siendo negro”, fue objeto de ese etiqueta, perseguido en la obscuridad de la noche, enfrentado a un agresor desconocido, muerto a tiros. Su perseguidor, George Zimmerman, le consideró objetivo de inmediato como potencial delincuente, “informando” a un operador de la policía: “Este tipo no pinta nada bien, o está drogado o algo (…) estos gilipollas siempre se acaban escapando”.

Zimmerman persiguió a Trayvon, aparentemente con la intención de que este “delincuente” no escapara. Les dijo a los operadores que Trayvon llevaba algo en las manos y venía a por él: resultó que era el dulce y el refresco que Trayvon acababa de comprar en la tienda del 7/11. Y pese a que los agentes de policía le indicaron que desistiera de su persecución, Zimmerman le pegó un tiro a quemarropa al desarmado Trayvon.

Hace sólo dos semanas la policía disparó y mató a una joven en Chicago. Y un mes antes se produjo un caso aun más escandaloso en la ciudad. Stephon Watts, un quinceañero autista, pasaba un episodio de furia y sus padres llamaron a la policía. Para cuando llegaron los policías el chico se había calmado. Pese a ello, le dispararon y le mataron, una vez más a quemarropa.

¿Puede sorprender que sean tantos los que en los Estados Unidos y por todo el mundo han respondido con incredulidad, con ira, con indignación a la muerte de Trayvon? Otro joven negro ha caído víctima de la aplicación del perfil racial y el asesino se va de rositas. Los hechos están claros: sabemos quién era el perseguidor y quién el perseguido, quién era el cazador y quién el cazado. Quién fue el perpetrador y quién la víctima.

Sin embargo, las autoridades de la policía aceptaron la versión dada por Zimmerman de la muerte con violencia…y procedió en cambio a investigar a la víctima. Recuerda el caso de Emmett Till, el joven negro cuyos asesinos salieron libres en 1955; o el asesinato del dirigente de derechos civiles Medgar Evers, cuyos asesinos no fueron perseguidos judicialmente hasta treinta años después.

Fueron tantos los procedimientos policiales que no se siguieron en el caso de Trayvon. Hubo violaciones flagrantes. Cuando se produce un homicidio y el agresor se encuentra presente, la policía ha de llevar a cabo una entrevista concienzuda y, por lo común, detenerlo. Localizan y entrevistan a los testigos.

Pero al parecer la policía ni siquiera acordonó la zona del altercado, requisito básico para proteger el escenario de un delito y reunir pruebas legales. Tampoco intentaron identificar y localizar a la familia de la victima: tuvieron que pasar días hasta que los padres descubrieron lo que había sido de su hijo y pudieron sacarlo del depósito de cadáveres.

La policía no llevó a cabo ningún examen o investigación del asesino, pese a que Zimmerman tiene un historial violento documentado: en el año 2005 hubo presuntamente un incidente de violencia doméstico y un encontronazo físico con agentes de policía. Pero las pruebas se las hicieron a la víctima, Trayvon.

En los primeros días, los medios de información locales ni siquiera investigaron las muerte violenta. La razón principal de que hoy sepamos de Trayvon es que su historia pasó a losblogs de activistas locales y por medio de tweets se difundió masivamente en la Red. De Seattle a Stanford, de Nueva York a Mississippi, la gente sintió el dolor. Saben que si la víctima hubiera sido blanca, el resultado habría sido diferente. Y si el atacante hubiera sido negro, se le habría supuesto culpable hasta que demostrara su inocencia, no inocente hasta que se probara su culpabilidad. Gracias a Dios, el mundo entero puede ver hoy la barbarie de este acto de injusticia.

Y si vamos rectificarlo tenemos que ir más allá de pedir que se ponga a Zimmerman entre rejas. Al fin y al cabo, cuando a Rosa Parks la sacaron de su asiento, no nos centramos en el conductor del autobús. La campaña pasó de la compañía de autobuses al estado de Alabama y a Washington. Tuvimos que cambiar la ley. Cambiar las instituciones. Cambiar la sociedad. Tenemos que embarcarnos hoy en un viaje semejante.

En los EE.UU., el perfil racial – por el que se juzga negativamente a los negros, sobre la base puramente del color de su piel – se aplica por doquier. La policía nos etiqueta con un perfil racial, los juicios nos catalogan según ese perfil y los bancos hacen lo mismo. A negros y latinos se les tomó como objetivo, se les orientó y agrupó en los préstamos para hipotecas sub-prime y han sido las víctimas principales de los desahucios.

A los medios de comunicación les gusta presentar a menudo un barniz de éxito: tenemos en la cumbre a atletas, músicos, actores para llenar la pantalla, empresarios, y por encima de ellos, a un presidente. Pero bajo esa capa, la gente negra tiene tres veces más probabilidades de estar en el paro que los blancos; y nuestra mortalidad infantil es mayor, nuestra esperanza de vida, más corta, nuestra cifra de encarcelamientos, más abultada, y nuestro número de homicidios más elevado que el de cualquier otro grupo étnico.

Llevo cincuenta años haciendo campaña por los derechos civiles, y en ese tiempo ha habido sin duda una corriente de progreso: hemos conseguido el derecho al voto y hemos visto la elección de funcionarios clave a en el escalón de los estados y a nivel nacional. Pero hay también una grave reacción que intenta socavar nuestros progresos.

Véase el intento de los conservadores derechistas de atacar la Ley de Derechos de Voto, que quiere privar del derecho a voto a más de cinco millones de personas con leyes destinadas a eliminar votantes que esperan entren en vigor en este año de elecciones presidenciales. Véase la legislación de Nuevo México y Alabama, que ataca a los inmigrantes latinos y sanciona la aplicación del perfil racial patrocinado por el estado.

Precisamos una nueva investigación que siga las trazas de la Comisión Kenner de los años 60, que pueda proporcionar una valoración anual en detalle del estado de las relaciones raciales en los EE. UU., examinando todos los datos relativos a la justicia social – atención sanitaria, empleo, educación, etc. – a fin de ver cómo estamos cumpliendo las obligaciones que nos impusimos en la época de los derechos civiles. Necesitamos resucitar la comisión de derechos civiles a escala federal. Tenemos que aprobar leyes que combatan la aplicación del perfil racial a escala federal, local y en los estados.

Los que afirmaron que, mediante la elección del presidente Obama, habíamos pasado a una sociedad post-racial son a la vez imprecisos e ingenuos. Han utilizado ejemplos convenientes y anécdotas para decir que todo está bien. Perro el caso de Trayvon ha iluminado la obscuridad, sacando a la luz las desigualdades.

Necesitamos que se ventilen públicamente los hechos para mostrar la situación real, para hacer funcionar los remedios que se precisan, y para romper por último con el ciclo de pobreza y desesperación. Concedámonos un momento para llorar a Trayvon Martin, cuya vida le fue tan brutalmente arrebatada. Pasemos luego del momento al movimiento y revivamos la lucha por una unión más perfecta. Ese sería un digno legado para Trayvon.

* El reverendo Jesse Jackson es un conocido dirigente político afroamericano que compitió varias veces en los 80 para su nominación como candidato demócrata a la Presidencia de los EEUU. Fuente: The Guardian, 30 marzo 2012, traducido por Lucas Antón para www.sinpermiso.info