Copenhague, la capital del reino de Dinamarca, tiene la fama de ser una de las ciudades más caras de Europa y de las más frías, barrida en invierno por los gélidos vientos del norte, cuando se hiela incluso el mar que la bordea.

En general en el sector antiguo apenas se ven algunos inmuebles modernos, pues casi todos presentan al transeúnte el austero estilo nórdico, pero salpicado aquí y allá por palacetes que datan del Renacimiento francés y por las agudas y altas agujas de los campanarios de las iglesias luteranas.

De todas maneras varias obras muy novedosas se han levantado en algunos barrios, como el espectacular Teatro de la Opera, que atrapa la mirada por su impresionante diseño y el luminoso colorido nocturno. También se destaca el audaz edificio del planetario Tycho Brahe y el Slusehomen, un reciente distrito de canales, caracterizado por su sobrio y acogedor modernismo.

Uno tiende casi siempre a olvidar que Dinamarca no es un país continental, y que con excepción de la península de Jutlandia, unida a tierra firme, el resto del país es un archipiélago con islas de todos los tamaños, con una superficie total de 45 mil kilómetros cuadrados.

Con alrededor de un millón 200 mil habitantes, Copenhague se encuentra como montada a caballo sobre dos de esas islas -Zeland y Amager- frente al transitado estrecho de Oresund, que comunica a los mares Báltico y del Norte. Sobre el estrecho se construyó el puente más largo de Europa, que conecta a la capital danesa con Malmoo, la tercera ciudad en importancia de Suecia.

De hecho Copenhague y Malmoo se han convertido juntas en una aglomeración de más de 2,5 millones de habitantes. En la parte septentrional de Amager se halla el barrio de Christianhavn, surcado de canales, y aunque en ellos no atracan góndolas, sino embarcaciones de pesca o de recreo, uno no puede evitar las comparaciones con Venecia.

Copenhague no es una ciudad tan antigua como pudiera hacer pensar la tormentosa historia de las expediciones vikingas. En el siglo XI no había en el lugar donde hoy se asienta Copenhague más que una anónima aldea de pescadores.

La familia real danesa se trasladó allí en el siglo XV, cuando quedó fundada la universidad, con lo cual la ciudad quedó convertida definitivamente en la capital del reino. Aquí se encuentra el palacio de Amalienborg, donde los curiosos se agolpan al mediodía para presenciar el relevo de la guardia, cuyo uniforme recuerda al de la guardia real británica.

Una de las visitas casi obligadas es a Helsingor, a unos 60 kms, donde se encuentra el castillo de Kronborg, sobre cuyas murallas tuvieron lugar las famosas conversaciones entre Hamlet y el espectro de su padre asesinado, según la obra de Shakespeare. Al menos esta es la versión de las agencias de turismo.

Copenhague adquirió importancia económica industrial en el siglo XIX, cuando se desarrollaron sus ahora famosas cervecerías, las industrias conserveras, los lácteos y quesos, la metalurgia y otras.

La parte más antigua de la ciudad está dominada por el inmenso castillo de Christianborg, sede del parlamento y del gobierno, aunque el resto de la urbe está formada por cuidadas edificaciones de poca altura, que parecen extraídas de algún cuento de Hans Christian Andersen. A este escritor danés de relatos infantiles, conocido mundialmente, se le rinde en su país natal un verdadero culto.

Donde realmente palpita la ciudad es en el Stroget, vía peatonal de un kilómetro de largo, y la Plaza del Ayuntamiento, edificio en el que sigue funcionando el reloj astronómico mundial de Jens Olsen, un enorme mecanismo de alta precisión de la más antigua tradición relojera.

Uno no puede abandonar la capital sin darse un salto a la entrada del puerto para ver su símbolo más conocido: La Sirenita, que representa a una pequeña y grácil sirena, fundida en bronce en 1913, como si hubiera sido sorprendida en un momento de descanso sobre un roca junto al mar.

En Copenhague asombra el amor que profesan los daneses a las bicicletas. En la mañana es digno de ver en un lugar céntrico como el puente de Knippels a cientos de ciclistas esperando el cambio de luces en los semáforos, para salir desparramados como una catarata en cuando ponen la verde.

Del pasado remoto de la ciudad no queda casi nada, pues los andarines vikingos construían sobre todo chozas de madera con techo de paja, víctimas fáciles del tiempo, y a veces se marchaban a conquistar Inglaterra, Islandia o Normandía.

Como mudos testigos de esa época tumultuosa quedan en Roskilde, donde existe una catedral de 800 años, los restos de cinco barcos vikingos, extraídos del fiordo de la localidad, carcomidos por el tiempo y el salitre.

* Periodista de la redacción de Servicios Especiales de Prensa Latina.