Viajaba de La Paz a Cochabamba con mi amigo Ricardo Navarro. Ambos éramos estudiantes en UMSA en La Paz. El viaje lo iniciamos en la Avenida Montes, preguntando a los camioneros si nos permitían viajar sobre sus cargas y si la suerte nos acompañaba la respuesta era afirmativa. Una vez arreglado el transporte era prepararse para las ocho horas de largo y tedioso periplo a veces, sobre carga que acomodaba nuestros cuerpos sin problema, otras con el cuerpo a media nalga, cambiando de lado a menudo para hacer que las dos mitades sufrieran por igual el sacrificio de descender de los 3800 metros hasta los 2800.

La cumbre era inflexible, el frío nocturno hacia llorar a las piedras. A medida que el camión serpenteaba el descenso, el sol empezaba, tímidamente, a aparecer detrás de alguna montaña.

El valle de Cochabamba se divisaba en la distancia, con el sol que empezaba a alumbrar y daba el beso amoroso a un valle que lo recibía como una tierra seca al río y el calorcillo de sus rayos hacia mella en nuestros adoloridos, polvorosos y soñolientos cuerpos.

Cochabamba golpeaba con fuerza con el olor a tierra fresca, a campos verdes y laderas de montañas secas, hacían vibrar en nosotros la alegría de haber logrado llegar a sus brazos.

Mirando desde lo alto del camión recuerdo que Ricardo me preguntó ¿no te dan ganas de llorar? Y sí, la verdad era esa, daban ganas de llorar. Mirando ese valle amoroso, esas tierras fértiles y ahora tibias, esas casitas despertándose y ese aire que decía todo lo que la tierra sabia decir.

Más allá nos esperaba el día, corto y lleno de planes, llegar a casa, desayunar, saludar a la familia y salir a buscar al motivo profundo de nuestra visita.

Cochabamba se abría con sus calles ocupadas, con sus ruidos y sus olores, con sus calles necesitadas de parches y sus jardines de agua, era entrar en la casa grande. Toda Cochabamba sonreía porque nos reconocía, todo daba la sensación de ser otra vez nuestro. Las tiendas, el mercado, la 25 de Mayo y la plaza. El Cóndor mirando orondo desde su altura.

No se necesitaba nada más para ser feliz. La gente con su andar te abrazaba y hasta los colectivos saludaban al peatón con bocinazos que no decían otra cosas que hola y bienvenido.

Esa Cochabamba del sol brillante de septiembre, cuando siempre llovizna, esa Cochabamba con su gente ocupada y cariñosa, esa gente que no necesita fotos para ser recordada. Esa llajta mezcla entre la belleza de un Tunari friolento y un San Pedro adormilado. Esa Llajta que se pone a los pies del visitante para recibirlo como a pariente cercano. Esa tierra es Cochabamba.

Cochabamba tiene memoria y recuerda siempre a los que han hecho algo por ella. Esa Cocha, esa llajta de ensueño que a veces llora y siempre ríe, nunca olvida.