La Habana (PL).- Las escenas de alcoba, una constante del cine desde hace muchos años, nacieron con el invento de los Lumiere. Un impecable caballero nombrado Eugene Pirou, fotógrafo de todas las celebridades de Europa (el “fotógrafo de los reyes” le llamaban las crónicas de sociedad), fue ganado para el nuevo espectáculo por un balbuciente cineasta de apellido Léar, autor del primer filme religioso que hiciera en el continente: Vida de Cristo.

Lo primero que hizo Pirou fue tratar de adquirir un vitascopio de Edison. Pero el sabio estadounidense y sus colaboradores se reservaron de momento la explotación por sí mismos del aparato.

Intentó entonces comprar un cinematógrafo Lumiere a los famosos hermanos, pero tampoco pudo hacerlo. Hasta que finalmente habló con el mecánico Henry Joly, que acababa de separarse de Charles Pathé, y con su ayuda pudo construir una cámara y lanzarse a impresionar celuloide.

Sus primeras películas son cuatro momentos de la estancia en París de los zares de Rusia, tema también aprovechado por Meliés, Pathé y otros primitivos del cine. Se exhiben en octubre de 1896 y recogen: 1) llegada de los soberanos. 2) visita a la iglesia rusa. 3) arribo a la embajada rusa del presidente francés y 4) reunión de éste con los monarcas en Versalles.

Pero un día se le ocurre a Pirou lanzar un álbum de fotografías con las actrices más sugestivas de la ciudad en actitudes un tanto provocativas. Y otro día, alentado por el éxito de venta, decide rodar la escena final de una pantomima titulada La casa se acuesta, que se presentaba a lleno completo en un popular teatro parisino. Escena a cargo de la guapa y pizpireta actriz Louise Willy, quien animaba a una recién casada desvistiéndose en su noche de bodas.

Tras quitarse el vestido blanco, la novia quedaba en corsé y enaguas. Prendas que desaparecían más adelante bajo un largo camisón con el cual la desposada se realizaba en un mullido y elegante lecho estilo Luis XV. A los pocos segundos, el novio llegaba presuroso. Comenzaba a desvestirse. Y caía el telón.

Así Pirou, sin saber que hacía historia, dio vueltas a la manivela de la cámara e hizo su película. Un filme de tres bobinas sucesivas con un total de 66 metros. Tuvo como ayudante al mecánico Joly. La dirección la asumió Léar. Y el papel de la expectante novia estuvo a cargo de la misma Louise Willy. Nada más.

Pero un nada más que fue suficiente. La casada se acuesta le reportó muchos miles de francos a Pirou. El local donde se exhibía resultó pequeño para contener la afluencia de público, el cual acudía a contemplar la pícara escena. Por tanto, abrió otra sala de proyecciones. Y más adelante una tercera.

Como era de suponer, el boom de la peliculita animó a algunos a imitarlo. Y pronto no se conformaron con la simple imitación. Sino, superando lo que en la cinta de Pirou era ligera insinuación en un cuidadoso ambiente de buen gusto, incurrieron de lleno en la procacidad, cuando no en la pornografía declarada, pues el arte brilló por su ausencia.

Prueba de ello es que en los catálogos conservados de esa época todavía se anuncian “escenas de alcoba ligeras, picantes e incluso escenas verdes”, con la correspondiente advertencia: “Aviso. Debe prohibirse a los niños la exhibición de estas películas”. Hasta que un día, por orden superior, el jefe de la prefectura de París arrojó al Sena unos 25 kilómetros de celuloide manchado -así se dijo- con la obscenidad.

Según expresó Louise Willy a una publicación de la Ciudad Luz, el papel de novia en espera de su pareja la noche de bodas, en La casada se acuesta, le resultó sin cuidado. Ello se explica. Pero cuando años más tarde se abolió la censura y las cosas subieron de tono, es evidente que todo cambió.

Por ejemplo, Kathleen Turner aclara que aunque las escenas de alcoba son simuladas, siempre le han afectado de alguna manera. Y Kim Basinger, quien no se anda con chiquitas, opina que algunas escenas pueden constituir una verdadera pesadilla. Como le sucedió en el filme de Adrian Lyne Nueve semanas y media, saga de una relación sexual obsesiva, donde tuvo que representar ciertos juegos eróticos con matices sadomasoquistas.

Las escenas de alcoba, en manos de auténticos creadores, son un elemento liberador, como soñaron Antonin Artaud y André Breton en sus poemas surrealistas. Pero en manos de productores sin escrúpulos y sin imaginación es algo bien distinto, ya que la estupidez y el afán de lucro es la verdadera obscenidad.

Es posible que algunas de estas muestras de bajo cine sexy afecten el buen gusto más que las costumbres. Pero ya se sabe que el buen gusto tampoco es garantía de arte. Como en el caso de la violencia, estos subproductos fílmicos del sexo son resultados, no agentes provocadores, de una situación social, económica y cultural en estado conflictivo.

* Historiador y crítico cubano de cine. Colaborador de Prensa Latina.