A inicios del mes de enero del presente año, por este mismo medio de opinión y análisis, compartí con los lectores algunas reflexiones en torno a las razones y argumentos que fundamentan la innecesaria inclusión de la categoría de “mestizo” en la pregunta sobre autoidentificación de la boleta censal, en respuesta a las insistentes y reiteradas sugerencias que se habían planteado para establecer (supuestamente) una mejor caracterización identitaria de nuestro país.


En esa misma ocasión toqué un tema que quisiera volver a reiterar por su enorme importancia estratégica, pero que lamentablemente no está siendo abordado como parte del proceso de realización del Censo. Es el referido a la imperiosa necesidad de construir (junto con las preguntas de la boleta censal que se encuentran en debate), los instrumentos y herramientas de seguimiento y evaluación de los planes nacionales de desarrollo y del nuevo modelo que corresponde al paradigma alternativo del Vivir Bien, cuyo mandato se encuentra establecido en la Constitución Política del Estado. También advertí que de persistir en el uso de las actuales y antiguas herramientas que corresponden a los métodos de planificación del desarrollo tradicionales, que continúan proporcionando indicadores relacionados con el modelo capitalista y neoliberal, entonces deberíamos estar dispuestos a retrasar y posponer por una década más, cuando menos, el diseño y puesta en marcha de nuevos indicadores que permitan medir los avances del Vivir Bien en el marco del proceso de cambio y transformación que vive nuestro país (al margen por supuesto de que ello implicará reconocer implícitamente que seguiremos funcionando en una economía y con unos instrumentos acordes al neoliberalismo capitalista).

Realizada esa breve reseña y en vista de que el debate originado en torno a la realización del Censo continúa privilegiando la discusión en torno a “lo mestizo”, abordaré algunos temas adicionales que entiendo vale la pena analizar.

El intento por reproducir la lógica de la dominación y el colonialismo

Es por demás conocido que la idea del mestizaje y el proyecto de mestización en Bolivia, han estado íntimamente asociadas al proyecto de homogenización y monoculturización de nuestra sociedad, en concordancia a los idearios liberal-republicano y nacionalista del S. XIX y la revolución de 1952. Se trata de un intento de larga data en el que suelen confluir expresiones racistas y xenofóbicas en contra de lo indígena, intereses económicos y sociales que buscan perpetuar una lógica de dominación, y proyectos de “blanqueamiento” de la sociedad que pretenden hacer desaparecer la diversidad cultural y la identidad de los pueblos indígenas, bajo los pueriles argumentos de que constituyen una rémora (lastre) para el desarrollo nacional, e inclusive un grave riesgo para la unidad y la viabilidad del país.

Actualmente se sostiene y defiende la condición mestiza, irónicamente bajo el argumento de que no podría haber prueba más irrefutable del cambio producido en nuestra sociedad desde la conquista española, que los más de 500 años de mezcla y “blanqueamiento” transcurridos, pero de cuyo proceso se ignora o excluye (implícita o explícitamente) la persistencia y resistencia de las culturas y pueblos indígenas, y su aporte a la diversidad y diferencia de nuestra sociedad. Es decir, se defiende y sostiene la igualdad de los seres humanos y la ciudadanía a través de la homogenización y monoculturización de la sociedad; pero al mismo tiempo se rechaza vehementemente esa misma igualdad, cuando se trata de la diversidad y la diferencia de pueblos indígenas y culturas. Se construye un discurso sobre la igualdad de todos, entendida como homogenización mestiza, pero en la práctica se excluye y discrimina la diversidad y las diferencias étnicas existentes, arguyendo inclusive que se trata de un riesgo para la unidad y el desarrollo del país, porque fomentarían la dispersión, el atomizamiento y la división, cuando en realidad esta peculiaridad (la plurinacionalidad) es la base para la construcción de una sociedad intercultural, con respecto a la diferencia y la diversidad y con igualdad de oportunidades para todos. Una sociedad no puede perseguir y defender la igualdad, cuando unos son más iguales que otros y la igualdad no es para todos.

Este razonamiento excluyente y discriminador de los defensores de lo mestizo, no puede encontrar explicación sin acudir a la raíz colonial y colonizante que la origina, puesto que este tipo de identidad se define (y defiende), adoptando la imagen del dominador, el blanco, el conquistador, el que representa el desarrollo y el tipo de sociedad occidental que se ha impuesto.

De esa forma la defensa del mestizaje, en realidad es la puerta de acceso y justificación de la modernidad, el modernismo y lo moderno, que impone la sociedad occidental capitalista y que constituye el referente de la sociedad y el sistema al que se espera llegar, una vez “aclarada” la identidad como individuo (valga el doble sentido de la palabra). Es decir, se trata de un argumento utilizado desde la perspectiva de la dominación capitalista neoliberal, que recoge y busca reproducir aquella visión como propia para construir el futuro, pero que niega y oculta rotundamente la matriz indígena para hacerla desaparecer y anular su potencial transformador y alternativo al capitalismo occidental aun predominante. Extravía en el camino el origen indígena, para rescatar y hacer prevalecer lo blanco, lo dominante, lo extraño. Es más, por medio de la defensa del mestizaje que enarbolan algunos sectores, aún podrían explorarse los resabios y raíces patriarcales, machistas y señoriales que se expresan a través de esta lógica de reivindicación de lo occidental y blancoide, lo que constituiría una tarea que excede los límites de este artículo.

La nostalgia por el país liberal, monocultural y homogéneo

La construcción del discurso del mestizaje, es muy propio del pensamiento liberal-republicano del S. XIX, y que el nacionalismo populista quiso plasmar con la revolución de 1952, como categoría totalizadora de la nación y lo boliviano. Puede ser entendido como un método para construir una identidad única y homogénea, acorde al ideario de ese tipo de pensamiento y ese tipo de sociedad soñada, que se sustenta en el imaginario de una república unitaria, monocultural y homogénea, sostenida tradicionalmente por los sectores dominantes[1]/. Se trata de una forma de evitar y anular que lo diverso, múltiple y alternativo se exprese, para favorecer una lógica única homogenizante y un discurso de poder.

En un intento por recuperar y restaurar este tipo de discurso que ciertamente ha constituido una fuente importante de posicionamiento político en el país, actualmente se puede advertir que se pretende incluir la categoría de mestizo, como un criterio principal de ciudadanía boliviana, que busca homogenizar la identidad de los bolivianos, anulando la diversidad étnico cultural existente y profundizando la histórica exclusión de los pueblos indígenas.

Desde ese punto de vista, el mestizaje puede ser entendido como un discurso de autoafirmación de una identidad supuestamente homogénea y representativa del ser nacional, cuando en realidad no es otra cosa que una forma de racismo que busca hacer desaparecer otras identidades, como la de los pueblos indígenas y la diversidad cultural persistente en nuestro país, aduciendo la protección de la unidad y viabilidad de Bolivia como nación.

Ahora bien, con respecto al riesgo de atomizar, dividir y separar a la nación, poniendo en riesgo su unidad, tenemos que ser hidalgos al reconocer que la construcción de la identidad bajo el discurso mestizo, siempre ha estado vinculada al intento de excluir y hacer desaparecer a lo otro, al indio y la diversidad. Sin embargo a la inversa, siempre que se ha indagado y buscado establecer la identidad indígena; ellos, los pueblos indígenas, nunca pusieron en duda (y mucho menos cuestionaron) su adscripción a la nación boliviana. Es más, a diferencia de movimientos regionalistas más radicales que plantearon el federalismo y la separación (siendo que aún existen manifestaciones de este tipo tanto en Oriente como en Occidente de Bolivia); en cambio, los pueblos indígenas a los que inclusive se les reconoce derechos de autodeterminación y autogobierno, nunca plantearon extremos de este tipo que pusieran en riesgo la unidad nacional. Por lo demás, el desafío no está en igualarnos discursivamente en una supuesta identidad mestiza, homogénea, sino en alcanzar la igualdad socio económica efectiva y la interculturalidad con respecto a la diferencia y la diversidad, que corresponde al Estado plurinacional establecido en la Constitución Política del Estado.

Para terminar, valga efectuar un apunte final con respecto a la “variante” propuesta para sustituir la incorporación de la categoría de mestizo en la pregunta pertinente de autoidentificación de la boleta censal, sustituyéndola por “boliviano” o “nación boliviana”. Al respecto (al margen de los previsibles riesgos de confusión y sobreposición que contraerá a la hora de establecer identidades), hay que señalar simplemente que “lo boliviano” o la “identidad boliviana” es un dato que no se requiere preguntar, por la sencilla razón de que, a diferencia de la necesidad e importancia de establecer las diversas identidades culturales y étnicas existentes en el país con fines de mejor planificación, asignación y distribución de recursos, definición de autonomías, reconocimiento y aplicación de derechos, etc., el ser boliviano se establecerá por defecto, puesto que constituye la identidad principal, inconfundible e inseparable de todos los ciudadanos de nuestro país.

* Sociólogo, boliviano. Cochabamba – Bolivia; Marzo 14 de 2012.