El capitalismo industrial ha pasado por una serie de etapas de capitalismo financiero, desde la Economía de la Burbuja hasta la etapa de la quiebra técnica de los hipotecados, los desahucios, la deflación por deuda, la austeridad y lo que ahora parece una servidumbre por deuda en Europa, singularmente en los llamados PIIGS: Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España. 

Acabo de regresar de Rimini, Italia, en donde he vivido uno de los más asombrosos espectáculos de mi vida académica. Cuatro colegas de la Universidad de Missouri en Kansas City (UMKC) fuimos invitados a dictar conferencias durante tres días sobre la Teoría Monetaria Moderna (TMM), a fin de explicar por qué se halla actualmente Europa en tamaño lío monetario y para mostrar que hay una alternativa, que la austeridad impuesta al 99% y la enorme riqueza pillada por el 1% no es una fuerza de la naturaleza.

Stephanie Kelton (incorporada al Departamento de Teoría Económica de la UMKC, y directora y editora de su blog –New Economic Perspectives—), el penalista y profesor de derecho Bill Black, el banquero de inversiones Marshall Auerback y yo mismo, junto con el economista francés Alain Parquez, comparecimos en el pabellón polideportivo de Rimini el viernes por la noche. Bajamos hasta la cancha central, rodeados de un auditorio estimado en más de 2.100 personas. Fue como entrar en una ceremonia de los Oscars, con gente coreando nuestros nombres. Algunos decían haber leído todos nuestros blogs económicos. Stephanie bromeó: ahora sabía cómo se sentían los Beatles. Grandes aplausos, no para un acontecimiento físico deportivo, sino intelectual.

Con una diferencia, claro está: nuestros adversarios no estaban allí. Había mucha prensa, pero los eurotecnócratas dominantes –los lobistas bancarios que determinan la política económica europea— están persuadidos de que cuanta menos discusión haya en torno a posibles alternativas a la austeridad, más fácil les resultará asestar su brutal golpe de mano financiero.

Todos los miembros de la audiencia habían contribuido a financiar nuestro viaje desde los EEUU (en el caso de Alain, desde Francia) y nuestro alojamiento en el Gran Hotel de Federico Fellini en la playa de Rimini. El acto fue organizado por el periodista Paolo Barnard, antiguo estudiante de TMM con Randall Wray. Paolo Barnard se percató de que en Italia podría haber una demanda masiva para una discusión económica seria sobre lo que en estos momentos determina las condiciones de vida en Europa: la aparición de una elite financiera dispuesta a servirse de la crisis para convertirse en los nuevos señores financieros capaces de construirse feudos por la vía de privatizar un dominio público liquidado a precios de saldo por unos Estados que, por lo mismo que carecen de un banco central capaz de financiar sus déficits, están trágicamente a merced de tenedores de bonos y de eurócratas sacados del campo neoliberal.

Paolo y su gran equipo de apoyo (traductores incluidos) lograron que se escuchara un enfoque de la teoría y la política monetarias y fiscales del que hasta hace muy poco apenas se oía nada en los EEUU. Justo una semana antes, el Washington Post había publicado un artículo sobre la TMM, a lo que siguió una larga discusión en el Financial Times. Pero la TMM sigue básicamente radicada en el Departamento de Teoría Económica de la UMKC y en el Levy Institute del Bard College, con los que casi todos nosotros estamos asociados.

El núcleo de la Teoría Monetaria Moderna

El núcleo básico de nuestra tesis es que, así como los bancos comerciales crean crédito electrónicamente en las pantallas de ordenador (creando un depósito de crédito bancario para sus prestatarios, a cambio de que estos firmen un pagaré con intereses), los Estados pueden crear dinero. No es necesario tomar prestado de los bancos, pues las pantallas de ordenador suministran creación prácticamente libre de crédito para financiar el gasto.

La diferencia, ni que decir tiene, es que los Estados gastan el dinero (al menos, en principio) para promover el crecimiento y el empleo a largo plazo, para invertir en infraestructuras, investigación y desarrollo, para proporcionar atención sanitaria y para cumplir otras funciones económicas básicas. Los bancos tienen, en cambio, un marco temporal más de corto plazo. Prestan crédito contra colateral. Cerca del 80% del préstamo bancario son hipotecas contra bienes raíces. Otros préstamos se hacen para financiar compras apalancadas y toma de control empresariales. Pero el grueso de la inversión empresarial en nuevo capital fijo se financia con los ingresos retenidos.

Desgraciadamente, el flujo de ingresos esta siendo en nuestros días crecientemente derivado hacia el sector financiero: no sólo para pagar intereses y recargos a los bancos, sino para la recompra de acciones concebida para apoyar los precios de las acciones, y así, el valor de las opciones sobre acciones con que se obsequian a sí propios los ejecutivos de las empresas financiarizadas de nuestro tiempo. En lo tocante a las bolsas y los mercados de valores –que los libros de texto siguen describiendo como el lugar en que se consigue dinero para nuevas inversiones de capital—, se han convertido en un vehículo para comprar empresas a crédito (por ejemplo, con bonos basura a intereses elevados) y substituir los fondos propios por deuda. En la medida en que el pago de intereses es deducible fiscalmente –como si fuera un coste necesario del negocio—, ha bajado la recaudación por impuestos al ingreso. Y lo que deja de ingresar el fisco por ese concepto, queda disponible para que lo ingresen los banqueros y los tenedores de bonos, que se hacen ricos lastrando al conjunto de la economía con deuda.

El insuficiente diagnóstico de Paul Krugman sobre Europa

Bienvenidos a la economía postindustrial, estilo financiarizado. El capitalismo industrial ha pasado por una serie de etapas de capitalismo financiero, desde la Economía de la Burbuja hasta la etapa de la quiebra técnica de los hipotecados, los desahucios, la deflación por deuda, la austeridad y lo que ahora parece una servidumbre por deuda en Europa, singularmente en los llamados PIIGS: Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España. (Los países bálticos de Letonia, Estonia y Lituania ya se han hundido tan profundamente en la deuda, que sus poblaciones están emigrando en busca de trabajo y huyendo de los bienes raíces lastrados por la deuda. La misma plaga se ha abatido sobre Islandia desde que sus estafas bancarias colapsaron en 2008.)

¿Por qué son tan reluctantes los economistas a entrar en la descripción de este fenómeno? Por una mezcla premeditación ideológica y de obnubilación analítica? No bien terminó la conferencia de Rimini el domingo por la noche, por ejemplo, la columna de Paul Krugman del pasado 27 de febrero en el NYT

“¿Qué aflige a Europa?”, imputaba todos los problemas de Europa, simplemente, a la incapacidad de los países miembros para devaluar sus monedas. Criticaba con razón a los republicanos norteamericanos por culpar a los gastos en bienestar de los problemas de la Eurozona, y criticaba acertadamente también a quienes culpan a los déficits presupuestarios.

Pero dejaba fuera de su foco crítico a la verdadera camisa de fuerza que impide al Banco Central Europeo (BCE) monetizar los déficits, consecuencia de la teoría económica basura que inspiró a la constitución de la Unión Europea.

Si las naciones periféricas tuvieran todavía su propia moneda, podrían y deberían servirse de la devaluación para restaurar la competitividad. Pero ya no tienen moneda propia, lo que significa que se hallan inmersas en un largo período de desempleo masivo y de una lenta y demoledora deflación. Sus crisis de deuda son, substancialmente, un producto lateral de esa triste perspectiva, porque las economías deprimidas llevan a déficits presupuestarios y la deflación magnifica el lastre de la deuda.

La devaluación rebajaría el precio del trabajo al tiempo que incrementaría el precio de las importaciones. La carga de la deuda denominada en moneda extranjera aumentaría con la devaluación, lo que sería una fuente de problemas a menos que el gobierno legislara para redenominar la deuda toda en moneda nacional. Eso satisfaría la primera regla de toda finanza internacional, y es a saber: ten siempre deudas denominadas en tu propia moneda (como los EEUU).

En 1933, Franklin Roosevelt anuló la Clásula del Oro en los contratos estadounidenses de crédito, que obligaba a pagar a los bancos y a otros acreedores con equivalentes al valor en oro. Pero en su característico estilo neoclásico, el Sr. Krugman ignora el problema de la deuda:

“Los países afligidos, en concreto, no tienen nada excepto malas alternativas. O bien sufren el dolor de la deflación o toman la drástica medida de abandonar el euro, lo cual no será políticamente factible hasta que, o a menos que, todo lo demás fracase (un punto al que parece estar aproximándose Grecia). Alemania podría ayudar si suprimiera sus políticas de austeridad y aceptara una inflación más elevada, pero no va a hacerlo.”

Abandonar el euro no bastaría para evitar la austeridad y la deflación por deuda

Lo cierto es que abandonar el euro no bastaría para evitar la austeridad, los desahucios y la deflación por deuda, si la nación que lo abandona mantiene las políticas económicas neoliberales que infectan al euro.

Para percatarse, basta suponer que la economía post-euro dispone de un banco central que sigue rechazando financiar los déficits públicos, forzando al gobierno a tomar prestado de bancos comerciales y de tenedores de bonos. O que el gobierno cree que debe equilibrar su presupuesto, antes que suministrar a la economía la capacidad de gasto necesaria para crecer económicamente. O que el gobierno desmantela el gasto público en bienestar. O que rescata las pérdidas de los bancos privados. O que, como Irlanda, hace suyas, incorporándolas a la contabilidad pública, las pérdidas dimanantes de las apuestas especulativas bancarias.

El resultado seguiría siendo la deflación por sobreendeudamiento, la pérdida de las viviendas, el desempleo y la imparable ola emigratoria que acompañaría a la contracción de la economía nacional y de las oportunidades de empleo.

¿Cuál es la clave?

Así pues, ¿cuál es la clave? La clave es disponer de un banco central que haga aquello para lo que fueron fundados los bancos centrales: monetizar los déficits presupuestarios públicos, a fin de verter dinero en la economía para promover del mejor modo posible el crecimiento económico y el pleno empleo.

Ese es el mensaje básico de la TMM que los cinco invitados tratamos de explicar a nuestra audiencia en Rimini. Algunos se nos acercaron para contarnos que venían de España expresamente para escucharnos. Otros, de Francia, y de otras ciudades italianas. Y aunque concedimos muchas entrevistas a prensa, radio y televisión, los grandes medios de comunicación ignoraron tranquilamente tesis políticamente tan incorrectas.

Tal es el espíritu censor de la austeridad monetaria neoliberal. Su consigna es NHA: No Hay Alternativa, y hacen todo para que así parezca. Mientras puedan seguir suprimiendo la discusión sobre las carias (y superiores) alternativas planteadas, mantendrán viva la esperanza de enseñorearse de un público resignado a que sus niveles de vida se contraigan y su riqueza sea vampirizada por el 1% en la cúspide de la pirámide económica.

La audiencia quedó especialmente satisfecha con la presentación teórica de Stephanie Kelton, quien ofreció la más diáfana clase de teoría económica que yo haya oído en mi vida: una introducción euclidiana a la lógica de la Teoría Monetaria Moderna. (Puede verse en youtube, traducida a un italiano muy inteligible, en: http://www.youtube.com/watch?v=XP60tpwu5cs.) Al final, nos sentimos como unos concertistas.

La cantidad de gente que atestaba el polideportivo para escuchar nuestra explicación sobre cómo ha de operar un banco central para evitar la austeridad y promover, no destruir, el empleo, mostró que el propósito del gobierno de lavar el cerebro de la población es vano. No funciona. Funciona tan poco como en la clase 101 de Teoría Económica de Harvard, famosamente abandonada por los estudiantes para protestar contra el ficticio universo intelectual paralelo allí imperante, sólo atractivo para pacientes del Síndrome de Asperger convenientemente seleccionados como idiotas útiles entrenables para construir imágenes de la economía capaces de excluir el análisis del coste de la deuda, de la barra libre rentista y del parasitismo financiero.

* Ex economista de Wall Street especializado en balanza de pagos y bienes inmobiliarios en el Chase Manhattan Bank (ahora JPMorgan Chase & Co.), Arthur Anderson y después en el Hudson Institute. En 1990 colaboró en el establecimiento del primer fondo soberano de deuda del mundo para Scudder Stevens & Clark. Hudson fue asesor económico en jefe de Dennis Kucinich en la reciente campaña primaria presidencial demócrata y ha asesorado a los gobiernos de los EEUU, Canadá, México y Letonia, así como al Instituto de Naciones Unidas para la Formación y la Investigación. Distinguido profesor investigador en la Universidad de Missouri de la ciudad de Kansas, es autor de numerosos libros, entre ellos Super Imperialism: The Economic Strategy of American Empire. Fuente: New Economic Perspectives, 1 marzo 2012, traducción para www.sinpermiso.info de Mínima Estrella.