Al tipo ese, a Baily, no hay que tomarlo en serio, ni contestarle, ni exigirle pruebas, ni nada. Es un provocador nauseabundo, un títere del imperialismo –cuando Cristina Fernández se operó, dijo cosas tan asquerosas que no vale la pena ni recordarlas, pero siempre condenarlo por su bufonesca labor. Ese “experto en seguridad” de origen gusano, es otro de su tamaño: hablar de la existencia de una base de formación guerrillera en el Madidi es un delirio, una estupidez. Más bien, dada la resonancia absurda que ha tenido esta noticia, aprovecho para refrescar un poco la memoria y rendir mi homenaje a los militantes y guerrilleros de verdad que hace cuarenta años sí estuvieron en el Madidi, pero en calidad de confinados y de presos políticos de la dictadura de Banzer.

Siempre demoro un proyecto: hacer un estudio en detalle sobre la historia de lo que fue el campo de concentración de Alto Madidi. Antes, mucho antes, de que el actual parque nacional existiera, en un extremo de su territorio (precisamente donde hoy se encuentra el campamento del mismo nombre), se había instalado este sitio de castigo a los opositores políticos. Alto Madidi queda en el municipio de Ixiamas, Norte de La Paz. Ahora hay un caminejo que llega hasta la comunidad de El Tigre; desde allí hay que arribar al lugar a pie.

Hay tres testimonios escritos y publicados sobre el Madidi como cárcel:

1) Alto Madidi. Testimonio de un confinamiento. Ediciones Moxos, La Paz, 1973. Su autor es Germán Vargas Martínez. Incluye el artículo escrito por Ángel Torres: El infierno también se llama Madidi. Semana, Ultima Hora, La Paz, 30 de abril de 1971.

2) Nido de Marigüies. Testimonio de un sobreviviente de la masacre del 20 de agosto de 1971 en la Universidad Gabriel René Moreno y la vida de preso político en el campo de concentración Madidi. Edición del autor, Santa Cruz, 1996. Está firmado por Luis Enrique Mazzone Roca y

3) Fuga de la prisión verde. Alto Madidi: un campo de concentración en la dictadura de Banzer. Edición del autor, La Paz, 2004. La obra corresponde a Jaime Taborga.

Para ser correctos con la historia, según la documentación que tenemos, el campo ya estaba habilitado cuando gobernaba Torres y allí fue a parar el Dr. Vargas Martínez que era dirigente del PIR y seis prisioneros más, falangistas y movimientistas. Estuvieron detenidos allí 16 días.

El testimonio de este abogado beniano está cargado del típico dramatismo urbano, mezclado con intencionalidad política. Para el mismo, “Sólo el hecho de bajar desde aproximadamente cuatro mil metros de La Paz a más o menos trescientos en que serpentea el río Madidi, muy próximo al límite con Perú en la ardiente zona amazónica, ya es violencia extrema”. Sigue delimitando su circunstancia tremenda cuando agrega que: “el vaho de la humedad que hace irrespirable el ambiente, luego de otras molestias a describirse después, padecidas durante dieciséis interminables días, darán alguna idea de esta odisea”.

No abundaré más en este testimonio, sólo anotaré un par de cuestiones. Resulta contradictorio (por calificarlo de alguna manera) que un beniano describa así lo vivido en ese lugar de la selva. El clima del Beni es similar al del Alto Madidi. Por otra parte, hasta hoy, entre la izquierda beniana (de larga tradición, por cierto) se sienten orgullosos –y es sólo un ejemplo- que muchos de los guerrilleros que acompañaron al Che Guevara eran oriundos del Beni. Para empezar, los emblemáticos Inti y Coco Peredo.

Hay un librito entrañable, casi desconocido, que escribió Antonio, sobre la historia de sus hermanos, donde narra la infancia de los changos, en la Trinidad inundada de fines de los años 40. Dice Antonio Peredo Leigue: “contando apenas con sus primeros diez años, Inti y Coco ya nadaban libremente en el arroyo, cuando la época de lluvias llenaba su cauce o se daban una escapada hasta la laguna Suarez, a Chetequije e incluso hasta Cotoca, una pequeña estancia a legua y media de Trinidad. Con mi tendencia reposada, yo no era compañero de sus andanzas. Dice Chato –que los seguía siempre que podía- que se ingeniaban para “prestarse” un caballo que encontraban descuidado y se lanzaban a correr sin monturas ni estribos (…) les era fácil hacer amigos y siempre estaban formando pandillas que organizaban toda suerte de travesuras…” (Antonio Peredo Leigue: Inti y Coco, combatientes. Fundación Che Guevara, La Paz, 2000).

Anotaré algo más, aunque no recuerdo la fuente, pero en algún lado lo leí: algún patriota boliviano del siglo XIX decía algo así: que cuando lo confinaban por motivos políticos, aprovechaba para estudiar la geografía y la historia del lugar.

Que el Madidi –hoy considerado una de las bellezas naturales más atractivas de Bolivia-, fuera cargado de adjetivaciones tan nefastas tan solo cuarenta años atrás, habla de un cambio en la percepción, una cambio en la mirada, habla de muchas cosas.

* * *

Los prisioneros estaban esperando la llegada del avión de los abastecimientos para tomarlo y rajar de Alto Madidi. El capitán Montalvo –un héroe, que debería ser reivindicado por la historia- estaba al mando del operativo de fuga. Mientras tanto, había que comer. El relato de Mazzone Roca sobre la expropiación de una tortuga para volverla sopa es genial, de lo mejor que leí en Bolivia sobre el anecdotario militante, una joyita que nos devuelve el ánimo. La transcribo in extenso como homenaje a esos hombres. Dice así:

“El quinto día de espera angustiosa del avión ha llegado y el cielo permanece obscuro. No hay qué comer. ¿Qué hacer?, pero es Chubé, que encuentra la solución al mayor problema de este día gris y obscuro, que no promete nada. Y Chubé dice: —yo creo que la solución está en la peta del changuito orureño. Se refería a la tortuga de un muchacho de dieciséis años, natural de Oruro, que guardaba con mucho cariño, una tortuga de monte, bastante grande; para solucionar el problema de cien hombres para un almuerzo.

—Cierto. Esa es la única solución— dice Montalvo, moviendo la cabeza e inmediatamente ordena su decomiso. Chubé y Mita, parten a ejecutar la expropiación de la tortuga, la misma que es tomada contra la voluntad del muchacho, que exigía una indemnización de al menos veinte pesos y los benianos se ocuparon de descuartizarla y del menú. Los del último turno dormimos plácidamente, gracias a la lluvia, que refrescó el ambiente y gracias al sueño que teníamos. No sabemos que tenemos que comer hoy, hoy, pero el instinto de conservación nos hace percibir el agradable olor que despide la tortuga en la olla. Son las once de la mañana y la cola ya está esperando con media hora de anticipación, la sabrosa sopa que se cocina. Las once y media de la mañana y la olla gigante comienza a vaciarse.

Media hora y la que fue una tortuga y una sopa de tortuga, han desaparecido, como por arte de magia. Todos alcanzamos a tomar un plato de sopa caliente, con un pedazo de carne.

¡Qué sabrosa estaba la sopa!”.

El libro de Mazzone es mi favorito. Cuenta una historia con final feliz. Los prisioneros logran su objetivo: toman el avión y, sobrevolando la selva, la cordillera y el altiplano, aterrizaron en Puno- Perú, desde donde luego se asilaron en la República de Chile, en ese entonces gobernada por el compañero Chicho, Salvador Allende y donde fueron recibidos como héroes. No abundo sobre esta historia (ver en internet: Entrevista a Arturo Montalvo, militar boliviano en el exilio. Sobreviviente del infierno verde, por Javier Claure C. en Rebelión, 11/08/2010). El libro de “Yuyo” Taborga –uno de los fugados- también se refiere al escape a la libertad. Es el libro mejor escrito, el más filosófico, también me gusta.

Sólo diré una cosa: la Bolivia democrática y plurinacional de hoy le debe un reconocimiento a esta gente, que escribió una página de gesta, un acto heroico, de valientes. Habría que hacer una película, revivir este notable hecho histórico, para que la juventud boliviana se inspire, se motive, se sienta orgullosa, y se dejen de ver esas películas de mierda con la cual nos invaden y nos colonizan los gringos.

Río Abajo, 10 de marzo de 2011