Al cine italiano le place, de vez en cuando, dar un vapuleo a ciertas esferas sociales. Y a modos y costumbres que encierran una tradicional hipocresía. Y lo ha hecho desde distintos ángulos y puntos de vista diferentes. Pero es indudable que se ha inclinado más hacia la sátira humorística. Hacia la comedia. Ya que entre bromas y guasas parece deslizarse con mayor soltura el impacto acusatorio.

Denuncias que se nutren de las costumbres del país. Y se edifican con elementos sainetescos a fin de divertir a los espectadores mediante la calidad característica de sus productos. Que no por comerciales dejan por eso de tener aliento en sus pretensiones.

Y ambición en su crítica de comportamientos y hábitos. Cosa que generalmente se logra por medio de guiones bien resueltos en todas sus situaciones. Diálogos brillantes muy adecuados a cada una de las escenas. Unido al colorismo popular de este cine. A una dirección acorde con el relato que se propone. Y al decisivo apoyo de la vis cómica de sus intérpretes.

El cine peninsular sabe ser adulto y no necesita vehículos de expresión personal para cumplir la tarea. No requiere de obras de autor. De piezas elaboradas por grandes maestros. Es adulto y a veces más eficaz mediante sus películas comerciales.

Como ocurre con la bien llamada comedia a la italiana. Con anterioridad a ella, en los años 40 aparecieron los titulados “teléfonos blancos”. Una línea de comedia ambientada generalmente en los estratos altos de la sociedad, amable y evasiva, como le gustaba al régimen fascista. Denominación, por cierto, debido a que los teléfonos de tal color eran más caros y por eso sólo la clase acomodada podía poseerlos.

Después, el neorrealismo introdujo ambientes populares y cotidianos. Pero su tono testimonial o de denuncia no se avenía bien con los esquemas de la comedia. Y entonces surge, con el agotamiento del movimiento impulsado por Rossellini, la variante conocida como “neorrealismo rosa”. Que recogía los aspectos superficiales, como los ambientes humildes y el rodaje en la calles, y los utilizaba para decorar historietas sentimentales o humorísticas.

Uno de los mejores ejemplos es Dos centavos de esperanza, de Renato Castellani. Historia de dos jóvenes enamorados en conflictos con sus respectivas familias, que viven su romance en medio de un ambiente hostil. O la tan recordada Pan, amor y fantasía, de Luigi Comencini. Con el jefe de carabineros (Vittorio de Sica) que llega a un pueblecito de montaña y se queda atónito ante la belleza de una de sus mujeres (Gina Lollobrígida).

Más adelante llegaron las variantes. Primero, las comedias en que la acción se dividía en dos o tres partes. Luego, las fragmentadas en varios sketches. Y más tarde los sketches que se limitaban a ser, en alguna oportunidad, simples gage llevados a la pantalla con el deliberado propósito de divertir.

Sin olvidar la comedia en episodios. Que tenía el atractivo de reunir a un número apreciable de directores, guionistas e intérpretes de prestigio en torno a argumentos epidérmicos, con énfasis en el sexo y sus afinidades.

Pero en la que con frecuencia se podía encontrar inventiva y talento. Inquietos directores: Monicelli, Fermi, Risi. Capos de la comedia: Gassman, Sordi, Tognazzi. Y rutilantes bellezas: Marina Vlady, Stefanía Sandrelli, Sandra Milo. Y aquello marchó tan bien y dio tantos dividendos que incluso cineastas de linaje como Fellini, Visconti y De Sica se lanzaron al ruedo. Tal el caso de Bocaccio 70, que supuso adaptar libremente al ambiente contemporáneo relatos del Decamerón.

Donde cada uno de ellos puso lo suyo. Así, Fellini con su sempiterno canto al sexo y a la exuberancia femenina mediante la gigantesca Anita Ekberg. Visconti con su acostumbrada tragedia donde una mujer, Romy Schneider, acaba por convertirse en la prostituta de su esposo. Y De Sica con una divertida rifa cuyo premio es nada menos que la despampanante Sofía Loren.

Aunque es bueno aclarar que también hubo una vertiente agridulce que se puede detectar en algunos filmes de Marco Ferreri. Y algo menos en los de Ettore Scola.

El primero con obras como La audiencia, en la que el protagonista intenta una entrevista en el Vaticano y se estrella contra las trabas burocráticas. Y el segundo con filmes como Sucios, feos y malos, comedia salvaje y visión sarcástica de la vida en un barrio marginal romano.

Finalmente, pudieran incluirse los filmes corales. Como El gran embotellamiento, de Luigi Comencini. Un cuadro social en que el humor inicial da paso a tonalidades oscuras. Y donde se van trazando las verdaderas personalidades de los pasajeros de los vehículos al mostrar pequeñas anécdotas que parecen estallar en el atolladero.

* Historiador y crítico cubano de cine. Colaborador de Prensa Latina.