Se dice que en Bolivia las mujeres rurales tienen una triple invisibilidad: por ser mujeres, por ser rurales y estar alejadas de la vida pública y por sus orígenes culturales, tener aymara, quechua, guaraní u otra lengua de comunicación, hace más difícil el relacionamiento de estas mujeres con lo distinto.

Si resulta difícil contar con información del mundo rural y agropecuario, recordemos que el último censo data de 1984, lo es más aún el contar con información respecto a la vida de las mujeres en esta realidad rural, que dependiendo del contexto, la cultura, la cercanía o lejanía de los centros poblados urbanos tiene una amalgama de posibilidades y estrategias, siendo diversa y compleja la realidad de las mujeres rurales, aunque casi siempre sin desprenderse de su labor en el ámbito doméstico y agropecuario.

Las mujeres rurales son trabajadoras por naturaleza, aunque a ellas mismas les cueste reconocer sus labores cotidianas como trabajo, algunas simplemente consideran su trabajo como una ayuda, sin la cual sería imposible la producción de su núcleo familiar. Sin embargo el no percibir ingreso monetario, el que no se comprenda la magnitud de sus tareas y al realizarse dentro de la casa o el predio familiar, pues es invisible en una esfera pública que sin embargo es donde se ven los frutos de su trabajo que genera alimentos sanos y nutritivos a precios baratos y mano de obra barata en la agricultura, ambos necesarios para lograr nuestra seguridad alimentaria en el ámbito urbano.

El logro de la soberanía alimentaria para las mujeres rurales no es simplemente comer más o mejor, sino parte de un cambio en la concepción de la cosas, significa tener en su cotidianidad: acceso equitativo a recursos naturales y servicios básicos, poder decidir qué y cómo producir, que vender, que guardar, tener acceso a u mercado y a un trabajo, si lo requiere, que le garantice comprar lo que no produce, compartir la carga laboral, contar con tiempo para sí misma y para guardar y compartir sus saberes y cultura.

OXFAM señala que la mitad de los alimentos del mundo provienen de las mujeres, en las pésimas condiciones que cuentan (por ejemplo 1% de la titularidad de la tierra), son mujeres que han desarrollado prácticas y estrategias para proveer cuidados, alimentos y preservar recursos naturales aun en los contextos más difíciles.

En estos días en que los fenómenos climáticos y la subida de los precios son cotidianos, es una tarea indispensable generar condiciones favorables para que las mujeres campesinas e indígenas tengan un mejor acceso a los recursos naturales y de producción, a más y mejores mercados y tiempo suficiente para experimentar, sistematizar y compartir sus estrategias y saberes.

La inversión en políticas públicas que beneficien a las mujeres rurales además de mejorar sus propios indicadores, contribuye a la generación de beneficios en otros ámbitos como salud, educación y cultura de las nuevas generaciones.

Sin embargo, pensarlo y soñarlo resulta difícil para muchas de ellas, pues las prácticas cotidianas no le dejan tiempo para el descanso y a veces ni para los sueños. Este es un reto que se plantea y que quería recordar, la necesidad de motrar los ojos femeninos de la ruralidad para generar alternativas y propuestas que incidan en sus condiciones de vida, en beneficio de la seguridad y soberanía alimentaria de toda Bolivia.

Es fundamental discutir en los ámbitos públicos y privados, feministas y no feministas, en el trabajo de ONGs, con enfasis en el ámbito rural, la importancia de la corresponsabilidad, es decir las responsabilidades compartidas para aligerar su carga familiar y que ellas puedan tener mayor poder de decisión en distintos ámbitos y se encaminen a su soberanía alimentaria que también es la nuestra.

* Economista rural e investigadora.