El narrador mexicano Sergio Pitol ya casi no escribe, no puede: un infarto le zanjó el cerebro y le dañó para siempre la misteriosa región de la mente donde nace la palabra, el arma que siempre utilizó contra la fatalidad de la muerte y la soledad. A otros su enfermedad le podría parecer, como lo es, una aterradora e injusta maldición de la naturaleza, de Dios, de las Parcas, del destino: quitarle, negarle, a un hombre las herramientas que encontró para intentar embellecer, recomponer, el mundo.

Pero cuando se le ve de cerca, como ahora, cuando volvió a La Habana, cuando se siente la fuerza de sus ojos hablar tanto como los sonidos que su lengua se resiste a decir, uno comprende que Pitol, premio Cervantes en 2005, no es de esos hombres resignados a los designios de la mala estrella.

Dicen que también Beethoven, y otros tantos colosos, han conocido esta tragedia de irredentos Ícaros, esta conjura de los dioses contra los hombres que son capaces de desafiarlos, de llegar, de acercarse a la estirpe divina a través de la herética religión del arte.

El terrible carácter del músico alemán, el que fue capaz de recomponer las notas de la belleza, de capturarlas en una oda o encerrarlas en los límites breves y escurridizos de una sonata, se vio condenado a la más desconsolada sordera en los momentos más lúcidos de su creación.

Borges y la poeta cubana Dulce María Loynaz quedaron ciegos, privados del insustituible placer de la lectura, a merced de lazarillos y lectores anónimos que intentaran remedar el vacío de la oscuridad.

Por una concurrencia del azar, durante su reciente visita a Cuba, Pitol recibió una distinción de la Unión de Escritores y Artistas de la Isla: el premio internacional que lleva el nombre de la Loynaz.

Pero el autor de Nocturno en Bujara, a diferencia de Dulce María, más bien, como Beethoven, ha perdido los aparejos que ya nadie puede remplazar, que solo ellos podían utilizar para restregarnos ante los ojos la posibilidad de la redención, las ilimitadas esencias del alma humana.

Durante el homenaje en Casa de las Américas el 15 de febrero, intenté entrevistarlo, pero se le hacía casi imposible conversar, por más que yo tratara de internarme en la sombra de sus memorias, en mojarle en el té la magdalena del recuerdo.

Él me contó desde la enunciación de definiciones, ante sustantivos esquivos, sobre su pasión por Cuba, por su literatura, por La Habana, la ciudad que visitó inicialmente en 1953, a los 20 años, y de los amigos que hizo desde entonces.

Pero lo más importante fue tal vez lo que no pudo decir, las palabras atoradas, sin poder nacer, que se veían asomadas en sus ojazos grandes, redondos, dos cráteres, dos brocales en los fosos de las arrugas y las memorias.

Recordaba yo entonces la descripción de La Habana imaginada, leída en su último libro, El mago de Viena, y pensaba lo bueno que hubiera sido escucharla recitada por él, por su voz otrora suave, desgarrada.

De día y noche, narró, le gustaba recorrer la capital de Cuba, tanto las partes más reposadas como las más estrepitosas y en esas andanzas comparaba a la gran urbe de México con la ciudad que estaba descubriendo.

Su país le parecía entonces “un inmenso monasterio habitado por una multitud de monjes trapenses, un desierto, un silencio infinito de una morigerada grisura”; en cambio en La Habana percibía “una borrasca, un edén, la apoteosis del cuerpo, un vértigo, la gloria total”.

Fin o comienzo de un ciclo

Con su obligado silencio, el ganador del premio Juan Rulfo en 1999 parece cerrar, o tal vez, volver a abrir en Cuba el ciclo de su escritura, pues fue aquí, según narró una vez, donde empezó todo, cuando la literatura comenzó a ser el único, invulnerable, necesario camino para vivir el tránsito por el reino de este mundo.

“Mi mayor asombro fue recordar que durantes esos días de La Habana y los siguientes de la travesía hacia Venezuela comencé a escribir…”, contó en uno de sus textos. “Comencé a escribir”, que es también empezar a internarse de otra forma, como en un grito, en las regiones funerales del silencio, iniciar la aventura, la batalla fabulosa contra la mediocridad, la cobardía y la estupidez.

Empezar a escribir, que es también comenzar a desafiar a la muerte, a burlarse de ella, a sentirse en comunión con el mundo, a trascenderlo, a oficiar en los altares de la belleza, a descubrir la cósmica sacudida de la libertad. Así, a la salida de La Habana, sobre el mar, con la ciudad de fondo, nació su primer poema.

Pitol comenzó de esa manera la obra verdaderamente invulnerable, la que seguirá hablando por él, incluso cuando ya no esté, o cuando esté de otro modo, conversando desde sus libros, que es la mejor, la más esperanzadora forma de quedar, la que no podrán quitarle ni los dioses con su fatídica conjura de silencio.

* Periodista de la Redacción Centroamérica y el Caribe de Prensa Latina.