La Habana, (PL).- Todo comenzó cuando, en el verano de 1913, a George Loane Tucker se le ocurrió hacer un filme sobre la trata de blancas. Hijo de actores, por voluntad paterna había estudiado leyes. Pero, fiel a la vocación familiar, se lanzó al teatro primero y luego al cine, donde fue intérprete y realizador.

Su idea sobre el tráfico y el comercio de mujeres encontró buena acogida en el editor de los estudios en que trabajaba. El técnico era gran conocedor del asunto por haber sido su padre oficial de la policía, encargado durante tiempo de la represión de tan perverso mercado.

Así que puso a Tucker en posesión de valiosos documentos sobre el tema. Entre ellos la minuciosa información del fiscal de la ciudad y los resultados de la investigación abierta por orden del gobernador.

Cuando el cineasta propuso el proyecto a Carl Laemmle, propietario de la Universal, recibió una negativa, temeroso éste de que el público no lo aceptara. El amor era hasta entonces un buen negocio y se vendía como pan caliente. El presupuesto presentado por Tucker era bajo y escaso el riesgo de pérdidas. Pero aquello era meterse en aguas desconocidas, todavía sin explorar.

Contaba el realizador con el decidido apoyo de algunos colegas de la casa a los que entusiasmó la idea. Varios intérpretes se mostraban interesados. Y aprovechando que el director general de los estudios se encontraba en Europa, y que su sucesor interino conocía poco del proyecto, inició de manera oculta el rodaje de la película.

Filmación que fue posible gracias a la complicidad de sus compañeros técnicos y artistas. Y el gran disimulo que reinó en todo momento. Pues al filme se le dedicaron sólo las horas libres en el rodaje de las habituales peliculitas de uno y de dos rollos que hacía cada semana.

De este modo nació Tráfico de almas, que protagonizaron Jane Gail, Matt Moore y Ethel Grandin. La obra dio inicio a un nuevo género. Pero cuando el filme quedó terminado, en un montaje embrionario que comprendía nada mes que 10 rollos, se descubrió el ardid.

Tucker fue despedido de inmediato y se marchó a Inglaterra, donde rodó algunas películas. El costo de la producción había sido de cinco mil 700 dólares. Pero como su longitud parecía excesiva, se ordenó la redujesen a seis rollos y, a regañadientes de Laemmle y sus socios, se presentó al público para salvar en lo posible el aspecto económico de la aventura. No obstante, sorpresivamente, las utilidades alcanzaron los 450 mil dólares.

El cine había encontrado un nuevo elemento sensacional: el sexo como tema dramático. Y como había recaudado mucho dinero, inmediatamente llovieron las variantes. Tal el caso de Mercancía averiada, que planteaba por primera vez en el cine el problema médico y social de la sífilis. O de ¿Dónde están mis niños?, que trataba del aborto.

De una boga rapidísima, aquello no duró mucho tiempo, sin embargo, a causa del movimiento de repulsa organizado por las ligas puritanas, primero, y del surgimiento de la censura del Código Haya, después. Situación que se mantuvo hasta 1965, cuando éste cesó.

Y se terminó porque la industria fílmica no podía seguir soportando el sinnúmero de tabúes establecidos por el Código (la perversión sexual nunca será mostrada, la trata de blancas queda prohibida como tema, el cruce sexual de razas también queda prohibido, etcétera). Y las campañas adversas o las pésimas calificaciones de entes como la Legión de la decencia, que ahuyentaban al público de las salas de cine.

Basta señalar, por ejemplo, que un año antes, en 1964, la Legión, una organización fundada por los obispos católicos estadounidenses, declaró que había analizado y clasificado 270 películas, de las cuales 208 eran norteamericanas y que sólo 42 de estas últimas se consideraban apropiadas para toda la familia. La cifra más baja en la historia de la organización.

La Legión decidía lo que era virtuoso, calificando con arreglo a una escala que iba desde “Moralmente irreprochable para todos los públicos” hasta el rechazo absoluto de “Condenada” o “Totalmente prohibida”.

Apoyaba las clasificaciones con votos que sus miembros emitían para “condenar las cintas indecentes e inmorales” y “como medida política, permanecer apartados de los lugares en que las proyectaran”. Es decir, se aseguraba la moralidad con el miedo al boicot.

Al actuar como lo hacía, La legión no prestaba atención a los valores dramáticos, técnicos o artísticos, sino tan sólo al contenido moral, el cual era juzgado desde el punto de vista de los legionarios, aun cuando tal actitud, al traducirse en cortes de censura, afectaba la libertad de los no católicos para ver lo que el director de un filme podía desear mostrarles.

Las películas extranjeras tampoco escapaban del veto. Por ejemplo, ese año, Cuchillo en el agua, la revelación internacional de Roman Polanski, fue condenada “a causa de su desnudez en el tratamiento”. Y El silencio, de Ingmar Bergman, tercer título de su trilogía religiosa y existencial, “porque la selección de imágenes es a veces vulgar, insultante para un público maduro y peligrosamente próxima a la pornografía”.

Caídas las barreras del Código, atemperada la confrontación con las ligas puritanas, el tema sexual cobró nuevos bríos y permitió que finalmente se pudieran rodar asuntos hasta entonces prohibidos.

* Historiador y crítico cubano de cine. Colaborador de Prensa Latina.