Málaga, España (PL).- Las langostas apetitosamente repulsivas rondan por la mesa del yate anclado en Tánger. Patricia Wymore, esposa por la presente de Errol Flynn, me sonríe desde su boquilla echahumo.

Me confiesa, con los brazos en cruz y la música de Eric Clapton, que hay que tener cuidado, que ha llegado el tiempo de la rebelión de los langostinos rojos del Caribe: “Es como cuando echamos a los ingleses de Estados Unidos”, explica bíblicamente.

En una fuente de plata que atraviesa toda la mesa de la cubierta, enfurecidas hembras de ostras de Ostende sonríen con sus antenas perversas y se balancean como las go-go de una sala de fiestas romana. Las arañas de Bretaña le tienen miedo y buscan refugio en el gratinado de hielo picado.

El sol de la Costa Azul francesa, patria de estrellas de Hollywood y estrellados de todos los mares, me despierta delante de un enorme plato de frutos de mar. Las ostras ya han dado cuenta de las arañas de Bretaña. Y sólo nos toca chupar cadáveres de langostinos rojos a los que los indios que no acataron las órdenes de Séptimo Regimiento de Caballería mandado por John Wayne han cortado la cabellera y comido los ojos.

Subo a la velocidad de una cápsula espacial hacia un peñón aislado en la Costa Azul. Nada tiene que ver con la peña de los enamorados de Antequera, allá por Andalucía.

En este peñón no hay paz, ni amor, no hay más que dinero, dólares, libras esterlinas, rublos y hasta pesetas. Me imaginé que la iba a encontrar vestida de seda blanca, como una Shirley Temple recién parida, enarbolando la bandera tricolor de la Revolución Francesa montada sobre una estatua de la libertad condimentada con queso y chicle pegadizo.

Pero no está. Aquí, en este pedazo de país, no hay más que italianos vociferantes delante de un palacio de juguete con soldaditos de carne y hueso que parecen salidos de Doce para el patíbulo.

La digestión de los ojos de cangrejos ya macilentos y casi podridos me ha revuelto los sentidos y Grace Kelly no aparece por ninguna parte. Y eso que estoy encima de ese Mónaco donde ella conquistó con su encanto de Hollywood, sección albañiles reunidos, al regordete príncipe Rainiero de Mónaco.

Fastos y más fastos fatuos. Se acabaron los boquerones del Mediterráneo y hubo que comer ostras de Ostende, que mataron a tres invitados y dejaron encinta a dos damas de honor. Se casaron, se embarazaron, tuvieron hijos y ella, la princesa Gracia de Mónaco, se mató en la peligrosa cornisa por donde corría alegre y peliculero Cary Grant, expresivo como la esfinge de Mataró, provincia del Alto Egipto.

Y se acabó el cuento. Monaco City está atiborrado de turistas absurdos que miran con sus cámaras como si la Gracia fuese a aparecerse ante sus focos. Apenas hay un retrato en una pizzería chiquita como todo lo que hay aquí. Todo menos los precios inmobiliarios. Es más caro que Nueva York, que París y que Londres.

Un soldadito con cara de pocos amigos me impide que le pegue un empujón al palacio de juguete, porque estoy seguro que es sólo una fachada, que detrás no hay nada, como un estudio de cine vacío. Me echan. Me vituperan. Me tratan de “fada”, que en este sur de Francia es como decir majareta de alta categoría impropio para el consumo animal.

Mónaco es más triste que la Venecia de Hemingway. No existen más que tiendas y gente con ganas de meterte la mano en los bolsillos a ver si llevas cheques de viaje. No existe vida. Los sucesores de Grace están desaparecidos.

Probablemente encerrados con langostinos rojos del Caribe en cualquier lujosísimo hotel de París, quizá en el Ritz, donde Hemingway bailaba con Marlene Dietrich desnuda bajo un abrigo de pieles caras. ¿Lo sabría la dulce, la recatada Grace Kelly?

¿Se enteraría de que su celebérrimo compatriota prefería los toros a las vacas y que decía palabrotas cuando se había metido en el serpentín del güisqui con Coca-Cola? Pobre princesa, ¿por qué llorará la princesa?, ¿qué tendrá la princesa?

Un tipo con un Ferrari Rojo que apenas cabe en la calle estrecha de esta patraña de Estado me escupe un pedazo de puro barato. El maldito no fuma ni Montecristo. Ni siquiera un Cohiba de contrabando. Todo falso. Y el embajador de Francia, que en Brasilia, capital de Brasil, mucho más que capital del mundo cuando yo reinaba, preguntaba alentado por las copas que nos habíamos metido entre pecho y espalda: “¿Quién dice usted que viene en visita oficial de Mónaco a Brasilia? ¿El Príncipe, la Princesa… o la otra?”

Confieso que la otra es un fariseísmo mío, la otra era la mujer mala de las coplas andaluzas pero como atravieso una fase espiritual atado por lo más íntimo de la humanidad masculina, hago acto de penitencia y me callo. Pobre princesa, ¿qué tendrá la princesa? Pobrecitísima princesa. Cómo sufrió. Cómo murió con su traje de modelo de cuando espiaba con James Stewart desde una ventana poco discreta.

Agarro de nuevo mi bastón de peregrino sin causa y atado por los sentimientos más profundos y bajos huyo de Mónaco.

* Escritor y periodista francés radicado en España. Colaborador de Prensa Latina.