Más que la re-composición hacia el 2014, el 2012 ofrece un alto para respirar y armar “algo nuevo”: Si el jefe es el proceso y el proceso fracasa, el jefe es un fiasco, parece confiar una parte de la lisonja institucionalizada, mientras gana tiempo. La otra espera nuevos bríos y menos yerros ¿Será?

No es la misma imagen pero se asemeja a Octavio en el Palatino clamando “Varo, Varo, dónde están mis legiones”, increpándole a Publio Quintilio Varo por la pérdida de sus huestes a manos de los que destruirían al naciente imperio nacido de la vieja república.

La angustia del último año ante la pérdida del 64% –logrado hace 25 meses, en diciembre del 2009, pero comenzado a dilapidar en los tres siguientes, triunfalismo de por medio, en un despilfarro que la resaca de las municipales de abril del 2010 ocultó a medias y que para las judiciales de septiembre del 2011 era ya un desgaste desenfrenado, rematado por las frescas derrotas de Quillacollo y Sucre, cuando no ante “los Tipnis”– ha llevado a la recomposición del Gabinete, previo intento de reconfigurar el horizonte (“nueva agenda”, otras metas), también extraviado en el camino de lo seis años.

Y a unas tareas a desarrollar con torniquete de urgencia para detener la hemorragia, quedando pendiente si el mandatario querrá seguir del todo las recetas, acidulado como está por sus apologistas que, mientras celebran sus “geniales iniciativas”, parecen susurrar entre sí: “denle nomás cuerda, se ahorcará solo”, para empujarlo al precipicio del sacrificio …mejor si ayuda el “síndrome Villarroel”, con su fantasma de Presidente colgado por la turba, tan recurrente en el actual jefe de Estado a tal punto que el líder indígena del parque Isiboro Sécure, Fernando Vargas, cree que se trata de un caso de “crisis mental: todo el tiempo piensa que lo quieren derrocar”.

En medio de la cronología de mermas, la suma de errores perpetrados entre los 13 meses transcurridos desde el gasolinazo 2010 hasta Yapacaní 2012, ha terminado por desgastar/malgastar la imagen del taimado mandatario post-republicano, como también del erosionado Movimiento-Instrumento Político (MAS-IPSP), de sus exigentes y engreídas organizaciones sociales, de sus líderes prebendales y prebendalizados, de la alta burocracia que por grupos juega a sus propios intereses vicepresidenciales y de simple reproducción del poder, con miras a quién acompaña a quién el 2014; y hasta quién toma su propio rumbo para el 2019.

No en vano ruedan versiones del berrinche palaciego, después de la saña policial en Yapacaní, hace un mes, en cumplimiento a “órdenes superiores” (como ocurrió en Caranavi el 2010, entre muchos otros casos como este, y en Yucumo el 2011) en sentido de que, tras la poco fiel información transmitida y las consecuentes decisiones erróneas [¿…y no una orden directa del Jefe?], en las próximas elecciones generales habría que abrirse paso sin el “partido”, sin los ministros ni las organizaciones, considerados todos insuficientes e inútiles para apostar a una nueva gestión, pues habían resultado (¿son?) un fracaso y auguraban la gran derrota que entraña el 2014 si no se ajustan las tuercas.

Había que prescindir de ellas, se masculló, según los allegados a la crisis emocional, a la impaciencia por los resultados, a lo esquivo de los deseos, a la rabieta y la desilusión.

Re-composición y vicepresidenciables

De la represión en Yucumo a la tragedia en Yapacaní distan menos de cuatro meses, pero ya antes de que las imágenes del “Scotch Tape” amordazando las bocas daran la vuelta al país y el mundo el canciller “escarapela” (el término es de Fernando Untoja, indígena liberal) tenía la batalla perdida: marchaba a regañadientes entre las mujeres indígenas y las infiltradas que lo empujaban, cuando, para muchos, era que él mismo encabezara la marcha jalando al tumulto hacia la sede de gobierno justificando, junto con otros sectores menos impositivos “porqué la marcha debía llegar a La Paz”, quitándole las banderas a la derecha.

Pero se quedó ahí trabando su propio paso, perdiendo su oportunidad histórica, comenta un observador agudo, cercanos a las bases.

Convertida la cuestión del TIPNIS –partirlo “sí o sí”–, en un conflicto nacional por la diversidad de sus componentes y las complejidad de sus implicancias (Brasil incluido por la codicia de la OAS y sus infracciones, que esperan aún a la Fiscalía, diligente, en cambio, para liberar de responsabilidades a los mandatarios) para noviembre, cuando de paso comenzaba a recrudecer la resistencia anti-palaciega en Yapacaní, la crisis ya era de tal tamaño que mostraba la falta de confiabilidad del régimen, pero también sus carencias de credibilidad, de seriedad, de legitimidad.

Llegado el ajuste entre diciembre y enero, lo que duró la “cumbre” de Cochabamba en dos partes, no era sólo cuestión de establecer responsabilidades y cortar cabezas sino, antes que buscar los reemplazantes y mover las fichas, pensar bien en adónde ir, cómo y por qué. Y eso era, es aún, por lo visto, problema de horizonte, de perspectiva, de meta.

También de acompañantes: de ser compañeros “de meta o simplemente de ruta”, como alguna vez el segundo de a bordo le habría dicho a Gabriel Loza, poco después de que dejara la presidencia del Banco Central.

Pero el canciller no era el único caído en desgracia: su acérrimo rival desde el gasolinazo (las dos tendencias chocando patadas bajo la mesa antes y después del mazazo a la población) terminaba por perder también el favor presidencial.

La reacción de las masas ante el alza frustrada de combustibles, pero de grave impacto en los precios y la popularidad; la casi inexistente industrialización, los anecdóticos racionamientos eléctricos que encendían la protesta soterrada y no, y hasta empresas de cartón o papel sin mayor consistencia eran demasiados “logros” para seis años de gobierno, cuatro de intentar acumular, dos de de despilfarro.

A los ojos de Palacio, había un responsable; y detrás de él, “su gente”, la que fue enclavando uno por uno, en cada oficina, durante la ya larga re-institucionalización estatal, construyendo de a poco lo que es hoy su salvaguarda y garantía de subsistencia: debido a la altura a la que se ha encaramado (o se dejó que trepara) tiene en sus manos el poder de traba, de lenidad, de sabotaje a lo que falta de gestión, si es que se lo propusiese.

Con su viejo gran olfato, pese a la distancia, Oscar Peña Franco huele desde Santa Cruz, las implicaciones sobre el tercero en discordia y, probablemente, también, vicepresidenciable –el retornado ministro Juan Ramón Quintana, si se confirma que el canciller y el vice han sido desplazados (especialmente este último neutralizado, por el redivivo ministro, en sus aspiraciones de ganar más espacio y protagonismo) y no surge en tierras bajas una precandidata que les despoje la presa.

“¿Contradicciones que denotan incoherencia interna o líneas tácticas de una estrategia aplicada con prolijidad?”, se pregunta Peña en El Deber y describe una de ellas, “la de que este nombramiento pone freno al empoderamiento de García Linera”, agregando: “En cuanto al moretón supuestamente causado al vicepresidente por el regreso, parece escasa su credibilidad, aunque es mejor no rechazarlo por si acaso, pero sin perder de vista que una de las fortalezas de este Gobierno es su vocación de supeditar las discrepancias internas a la unidad frente al adversario común”.

Es decir: cohesión; especialmente destacada por la curiosa posición, intermedia, que está con todos y con ninguno al mismo tiempo y que quizá por eso mismo declina unirse al Gabinete; la que se esfuerza por la reproducción del cambio, a fin de que no cambie lo logrado, sobre todo la marginalidad de la derecha y la vigencia del actual régimen prosocialista e internacionalista, además de la acumulación personal y grupal desde el nuevo Estado.

Descartados por el momento los dos visibles vicepresidenciables para el 2014 –lo que no deja del todo borrada la posibilidad de que el canciller indígena sea reciclado como candidato dentro de dos años; lo mismo que su rival, aunque éste con menos probabilidades– al desplazado le quedará la opción de abandonar incluso el movimiento para ensamblar su propia opción mayor, el 2019.

La bifurcación parece haberse confirmado al plantearse la cuestión del doble revocatorio: sí, pero no juntos, Vice; por separado, cada uno por su lado, solitos, habría sido la respuesta. Una pena: acompañando al líder, el triunfo era seguro siempre que ganara. En solitario, era una grave exposición al rechazo, al revolcatorio, a la defenestración pública.

En tanto, la serie de revocatorios para los uninominales parece estar a la vista, constituyendo grave riesgo para los dos tercios parlamentarios, efectivamente, peor si se consolida una “bancada indígena”; pero también para la legitimidad del mismo régimen, aterrorizado, tambiénm por el síndrome del “enfrentamiento”.

Cálculos al margen, la pregunta seguía esparciéndose por los salones, las escaleras y los entretechos: “¡dónde está mi 64%¡” Ciertamente, un porcentaje (el equivalente a casi 400 mil votos, sobre un electorado cercano a los 4.5 millones efectivos) era prestado: le correspondía a los ex aliados “sin miedo” y su caudal mayoritario en la sede de gobierno, ese bastión adverso de la disidencia de izquierda y clases medias desencantadas, imposible de reducir o seducir para el régimen vertical, menos si no se esmera.

De manera que los acusados eran en realidad responsables de haber dejado migrar un 15-20 % quedando aún el caja el 35 % considerado el “voto duro”, leal : más o menos 1.6 millón de electores adictos u oportunistas (cuán lejos de los 2.9 del 2009), entre cocaleros y “bartolinas” en primera línea, ex colonizadores y campesinos, burocracia ambiciosa , uniformados oscilantes, agentes encubiertos y reciclados de derecha, junto a algunos que creen que el “estilo” puede cambiar, que puede haber apertura, menos autoritarismo, espacios para el debate, pluralidad.

Receta: Unidad y claridad. Reimpulso

Para un sector del “proceso”, reflexivo y conciliador pero no por eso distante de la estructura autoritaria, y partidario también de la “acción directa” contra disidentes y opositores, el 2012 es un” año crucial” para el ajuste interno, la redefinición de sus relaciones con la sociedad y la proyección 2014, en que se pondrá “a prueba”, dice Hugo Moldiz, ahora desde La Razón, el nivel de consistencia de la actual conducción estatal.

¿Lo enemigos internos?: la implosión de las tendencias corporativistas y regionales que disputan los excedentes de la renta estatal (Tarija vs Chuquisaca, Oruro vs. Potosí, etc.); las dificultades de gestión para ir al ritmo que demanda el proceso; la ausencia de un aparato político más cohesionado, y las debilidades para ampliar la hegemonía ideológica a partir del fortalecimiento del “sujeto histórico” revolucionario, por lo demás “identificando y aislando al enemigo principal”: EEUU y sus amigos bolivianos.

La receta agrega el ingrediente de reducir la confrontación-tónica-de-todos-estos-años; en resumen: firmeza, diálogo y concertación, por ejemplo para avanzar en la industrialización preservando el medio ambiente, y una articulación con sectores sociales para persuadir o derrotar, si es inevitable, a las tendencias conservadoras.

Tanto como enaltece el liderazgo presidencial, Moldiz realza también la “siempre vigorosa y reflexiva participación del vicepresidente” a la hora de afrontar los retos con claridad, cohesión interna, articulación de agendas específicas, centralidad estratégica y descentralización operativa.

En fin, ampliar las condiciones de posibilidad para salir victoriosos en las elecciones, dejando atrás dos años de relativa desaceleración en que no se ha visto “un elevado nivel de cohesión interna, centralidad estratégica y desconcentración operativa”.

Disminuir, asimismo, los altos niveles de sobre-exposición del Presidente y su Vice “quienes deberían reservarse —al menos mediáticamente— para enfrentar la dura campaña”, activándose una ampliación de vocerías específicas, pues ambos deben ser los últimos en aparecer en los medios, con menos discurso y más diálogo en su contacto con la gente.

No estará demás seguir ampliando “la hegemonía con la incorporación de otros sectores sin perder el horizonte, batalla de ideas con los que se oponen al cambio y “acción directa” —como diría García Linera— contra los enemigos del Estado plurinacional”

¿Apertura?

Planteada la fórmula, el problema es si los factores subjetivos, las personalidades, los caprichos y envanecimientos permiten aplicarla y cumplirla, en concordancia con las necesidades objetivas.

Por lo pronto, eso no está sucediendo con la cuestión de “los Tipnis”, que según Pedro Mariobo, concentra más y mayores conflictos nacionales de lo que apenas muestra; y que por la vía de contramarchas respecto a los compromisos de octubre con los indígenas, exhibe cómo el régimen se desdice a diario, en el fondo y pese a las formas, de su acuerdos, de sus perdones, hasta pugnar por una consulta previa pero extemporánea; se lava las manos respecto a la carretera “sí o sí” y a la subvención a los carburantes; convoca a los partidos a regañadientes, sin quererlo sinceramente ; irrumpe en Yapacaní tan sólo para barrer con los “sin miedo” y los saldos de la derecha.

“El TIPNIS está entrando a la historia como el símbolo de las contradicciones del gobierno del MAS, del carácter meramente discursivo del paradigma del vivir bien, de la defensa de la Madre Tierra y de la profundización democrática. Este es el punto de quiebre definitivo de la legitimidad del gobierno del MAS como el impulsor del “proceso de cambio”. ¿Qué fuerza política asumirá la conducción de los ideales genuinos del proceso de cambio?” pregunta la socióloga Fernanda Wanderley.

Aparentemente efectiva en principio, la intervención ministerial tampoco ha dado soluciones de fondo al conflicto entre Tarija y Chuquisaca, como igualmente no se avizoran fórmulas para el conflicto regional de Coroma, en los linderos comunarios de Oruro y Potosí.

En Yapacaní “nos aplazamos todos” dice Rafael Puente, pero sobre todo “quienes se empeñaron en defender -algún día se sabrá con qué móviles- a un alcalde que había dado suficientes muestras de ineptitud y corrupción, y en defenderlo además a sangre y fuego, como si una alcaldía pudiera justificar la acumulación de odio y de guerra fratricida”.

Todo en medio de otros conflictos en puertas; la estatización de las minas cooperativizadas conlleva la proletarización de los cooperativistas bajo un Estado-patrón, a la manera de la tendencia comunista, frente a las realidades del capitalismo plebeyo, aunque esa es otra historia por contar.

Los maestros, trotskystas o no, ensayan movilizaciones. El descontrol en la Policía es manifiesto y los militares parecen conseguir lo que quieren. Y en los recintos palaciegos hay alguien parece que sólo sabe que no sabe nada pero desconfía de todos, y por tanto no es proclive a los consejos, menos a la crítica aunque sí a las demostraciones de obsecuencia: días después del sobrevuelo a Yucumo, muchos dicen que vieron al ex infiltrado en la Defensoría acechar, armado, la marcha indígena que cercaba la plaza Murillo. Al frente se arma el esquema de continuidad con o sin; en la inmediata o la siguiente. En la esquina, la paciencia ancestral ayuda a resistir como monolito. Y ha pasado un año del de narcogeneral Sanabria, con el hijo presionando a la madre de los secretos. Y casi otro con los preparativos de demanda internacional por el mar. Y tres desde el escándalo de Santos Ramírez-YPFB