Hanoi, (PL).- Duró poco, pero pasó, no fue un espejismo ni una ensoñación: las calles de Hanoi amanecieron el 23 de enero desiertas, un fenómeno que ocurre solo una vez al año, y por pocas horas. Tal rareza confirma el inicio del Tet, primer día del año lunar, una jornada de recogimiento familiar, de peregrinación a la pagoda del barrio, de honrar a los ancestros.

En esta nación mayoritariamente Kinh, las demás nacionalidades vietnamitas tienen sus respectivas lenguas, pero hablan el idioma oficial y leen y escriben en la escritura romanizada “quôc ngu”. Entre las etnias más numerosas están los Thai, los Tay, los Nung, los Muong, los Hmong o Meo, los pobladores de la meseta Tay Nguyen, los epopéyicos Edé y los Chams, descendientes del reino de Champa.

La riqueza cultural propiciada por 54 etnias que conviven en Vietnam se refleja en los rituales y costumbres particulares a la hora de celebrar el Tet o Año Nuevo Lunar. Aún así, por estos días todo Vietnam se paraliza, la gente come y bebe, realiza visitas, aumenta sus ofrendas y ruega porque el año entrante vaya bien, para el próximo Tet celebrarlo mejor.

Cada cual siente como vietnamita, fiel al movimiento de unidad nacional que propició sucesivos triunfos sobre chinos, franceses y estadounidenses, pero a la vez vela con celo por sus tradiciones. Por ejemplo, el pueblo Hre celebra el Tet durante varios meses, cocinan decenas de cazuelas del pastel tradicional de arroz, matan búfalos para comer y se bebe largo del tibio licor “ruou can”.

En la provincia Lam Dong viven a su vez los Co-ho, cuyo Tet dura casi un mes más, lo llaman “Nho Lir Bong”, para saludar además el granero doméstico, y rezar porque nunca le falte arroz. Según esta etnia, los granos de arroz son perlas del Emperador de Jade, y se les resguarda de todo mal con un potingue de sangre de gallo, corteza de baniano, semillas de azafrán, termitas y paja.

Los Co-ho se embadurnan el pecho con tal mezcolanza porque sus leyendas cuentan que el genio Ndu moldeó a los seres humanos con corteza de baniano y termitas: sin dudas, un pegajoso homenaje. A su vez, etnias como los Xo-Dang celebran cuando el resto de Vietnam ya terminó de festejar: entonces este grupo de la provincia Kon Tum disfruta sus festivales Giot Nuoc (Agua) y Lua (Fuego).

En Hanoi,la mayoría viaja a la tierra de sus mayores, en los campos, y los comercios cierran, las aceras se desvalijan y el tráfico pierde la habitual densidad que provoca caóticas y célebres congestiones. Hay que amanecer terriblemente fatal -o perdidamente borracho- para sufrir un accidente hoy en las calles de Vietnam, donde cada día mueren unas 30 personas en choques, caídas y atropellamientos.

Hasta el mediodía del 23 de eneo, las desoladas avenidas capitalinas acogían turistas cámara en mano, queriendo encajar con alguna camiseta verde olivo comprada a sobreprecio en los alrededores del lago Hoan Kiem. Si bien vinieron buscando barullo e historia, resulta igual de pintoresco vivir aquí la fiesta más importante para los vietnamitas, que también disfrutan esta insólita calma, este rarísimo remanso.

De entrada, en los oídos habituados al claxon y al pregón resuena un denso silencio, y en las aceras se notan los restos de confetis y cenizas de las fogatas rituales prendidas a la medianoche anterior. Los hanoyenses demoran un poco más en levantarse: total, hoy no hay apuro para nada, solo por esperar la importante primera visita del Tet, que pesa mucho en la suerte del año que comienza.

Vo Hoai Son nació en el casco histórico de Hanoi, y confiesa que este día madruga para disfrutar el raro espectáculo de su ciudad semi-desierta, que le permite contemplar mejor sus construcciones. Nos cuenta que estos días se reencuentra con Hanoi que a duras penas ve durante el resto del año, cuando la capital es un avispero revuelto de comerciantes, transeúntes y millones de motocicletas.

A diferencia de Son, Le Lai vive más alejado de la zona antigua, pero igual siente un amor especial por sus rincones, y en el Tet sale con su cámara a cazar instantes, espacios y elegancias. Otro personaje que madruga el primer día del año es el vendedor de sal, que pregona su mercancía a viva voz, y la vende al triple y hasta más de su precio habitual, porque hoy comprarla da suerte.

Los vietnamitas creen que comprar sal el primer día del año trae la fortuna, por eso nadie regatea el encarecimiento: al contrario, vendedor y cliente se felicitan y desean mucha prosperidad. Con el día aumenta la marea humana, y poco a poco Hanoi vuelve a ser Hanoi: ruidoso, desbordado, de clima frío y un alma tan cálida como el aliento del Dragón que hoy comienza a regir sus destinos.

A la pagoda con dinero y esperanzas

Los vietnamitas prosiguen el 24 de enero su peregrinación a las pagodas, cargados de billetes pequeños y grandes esperanzas, para rogar por prosperidad en el recién nacido Año Nuevo Lunar. Visitar el templo al llegar el Tet es una hermosa tradición de esta nación profundamente espiritual y no menos supersticiosa, siempre preocupada por hacer las cosas como su Dios manda.

De mayoría budista, pero con variantes autóctonas como el Cao Dai y el Hoa Hao, Vietnam venera principalmente a sus muertos, a cuatro Santos Inmortales, a los Reyes Fundadores y los héroes de antaño. Así existen pagodas dedicadas a generales como Tran Hung Dao, a reyes como Le Loi (Le Thai To), y en otro entorno, en casas o santuarios, al presidente Ho Chi Minh, el sempiterno Tío Ho.

Aquí se respeta mucho el precepto de “al beber agua, recuerda el manantial”, que explica el constante retorno a la semilla, tanto de las ciudades al campo, como del extranjero a la tierra natal. Y aunque estos primeros días son de reunión ante el altar doméstico, cada familia manda un emisario a la pagoda para tramitar sus ruegos, postrado ante las figuras, entre salmodias, campaneos e inciensos.

Para los extranjeros sin vínculos espirituales con esta cultura, cuando ves una pagoda ya las viste todas, por la oscuridad, el ambiente cargante, las figuras que se repiten, la arquitectura. Además los altares en forma escalonada y la profusión de imágenes y bandejas de ofrendas, donde conviven frutas y bolsitas de galleta, cigarros y fotos de difuntos, que arman un ambiente abigarrado y denso.

Sin embargo existen marcadas diferencias, tanto en entornos como en reliquias y significados: en Van Mieu se pide éxitos académicos, en la Pagoda del Pilar Único se ruega por fertilidad en la pareja, y así cada templo tiene lo suyo.

Claro, salvo la petición, los protocolos son casi idénticos: todas exigen entrar descalzo, se saluda el altar principal con las manos unidas, y luego se recorre la pieza deteniéndose ante cada estatua. Por eso a las pagodas se acude con fajos de pequeña denominación (mil, dos mil dongs), para colocar un billete ante cada figura: hay quien tiene dinero para más, pero los Santos no son ambiciosos.

Amen de pedir salud y fortuna para si, para la familia y el país, muchos van a los templos a encontrar cierta paz interior, sentir esa conexión entre cielo y tierra que define la espiritualidad nacional. El aroma de los inciensos, el predominio rojo y amarillo de luces y flores, el rumor del rezo y la campanada que hace fluir lo que en China llaman el chi (energía), inquieta y reconforta a la vez.

En algún rincón de los patios existe un horno ritual donde arden billetes falsos y textos sagrados, y aumentan las ofrendas, que pueden ser cualquier tipo de alimentos, menos los cárnicos.

Thich Thanh Nha, bonzo de la pagoda Tran Quoc, explica que el ofrecimiento debe ser “el más puro”, pues en estos recintos se encuentra una santidad incapaz de descomponerse. “Muchos vienen para pedir bendiciones, pero lo bueno sería orar y seguir las enseñanzas morales de Buda, en beneficio de la sociedad y el prójimo, que es la única manera de encontrar la paz”, acotó.

O como diría un tay (occidental): a Dios rogando y con el mazo dando…

El muerto come primero, los vivos después

La comida tradicional del Tet sirve además para llevar la cuenta de la edad, pues cada año se guarda una delas hojas que envuelven el Banh Tet, que cuelgan ensartadas a un cordel en la puerta del hogar.

Las vietnamitas tardan semanas en cocinar la cena típica del Tet pero una vez servida aún habrá que esperar para probarla, porque primero “comen” los muertos y, después, los vivos. Resulta sobrecogedor y a la vez emotivo constatar cómo reverencian los vietnamitas a sus difuntos, siempre surtidos en el altar doméstico, y presentes en cada celebración, cada rezo, cada empresa emprendida.

La última cena del año lunar es sagrada, así como la primera del que comienza, y la familia se reúne bien en casa de los progenitores, o en casa del primogénito, encargado de “mantener” a los ancestros. Ante el altar se extiende una estera donde se colocan los platos recién salidos de la cocina, humeantes para que ese vapor “alimente” a los seres que ya abandonaron este mundo, pero que igual comen.

Es el mismo concepto de las piras rituales que con frecuencia arden en las aceras vietnamitas: cuando el muerto necesita algo, el vivo se lo hace llegar en forma de humo, quemando réplicas de cartón.

Ya cuando la familia comienza a comer, los alimentos perdieron esa temperatura que tanto valoran los occidentales, pero es un pequeño sacrificio para honrar a quienes hicieron posible su existencia.

El Tet tiene sus comidas típicas, que difícilmente se preparen el resto del año lunar, pero que comienzan a elaborarse semanas antes de la gran fiesta, sobre todo por precaución ante la alta demanda. Para evitar el encarecimiento de última hora, muchos compran los retoños de bambú con un mes de anticipación, los remojan durante una semana y luego los cocinan a fuego lento.

Pero el rey de la mesa primaveral es el Bánh chung o torta de arroz glutinoso, rellena de carne y envuelta en hojas de plátano, símbolo de la unión de lo terrenal y lo celestial, insípido, pero espiritual.

Hanoi tiene una gran influencia gastronómica de las aldeas del delta del río Rojo, aunque aquí se condimenta más y se cuida una presentación que en algunas cocinas alcanza el rango de arte. Por ejemplo, la chef capitalina Ta Thi Anh Tuyet propone formas de presentar el jamón de lengua y oreja de cerdo con la cebolla encurtida, los tallos de bambú y el pollo a medio hervir, con cabeza y cresta.

Además, a los muchos visitantes que llegan en estos días se les ofrece el Má‘t, una combinación de frutas secas y endulzadas que rara vez se consume fuera de estas fechas, pero muy apropiadas para acompañar los tragos. En los campos los hombres comen separados de las mujeres, bebiendo mucho y pellizcando algún bocado, porque nada mejor para llamar la prosperidad que brindar, y cuanto más, tanto mejor.

Los sangrientos parabienes del gallo castrado

Como es lógico en un país con 54 etnias, Vietnam saluda el Año Lunar de múltiples maneras, entre ellas algunas que pondrían a prueba ciertos estómagos tay (occidentales). Quizás la más chocante para los extranjeros escrupulosos sea la costumbre Kho Mu de sacrificar un gallo castrado, para leer el futuro en sus patas y embadurnarse con su sangre al recibir visita.

Este grupo étnico de la norteña provincia de Dien Bien prioriza para su Tet (fiesta del año nuevo) la destilación de un áspero aguardiente de arroz y la elección del afortunado pollo. En honor a la verdad, los Kho Mu celebran más el saludo al arroz que el Tet, pero tampoco descuidan este festejo, pues define cómo vendrá el futuro: así la pasen, así les irá el resto del año.

Tras el “giao thua” (transición de un año a otro), el más anciano del hogar hace la adivinación de rigor y pide un buen año, ofrenda la sangre de gallo a los ancestros y la guarda como una joya. El primer día del año nuevo, el dueño de la casa se unta el muslo con sangre del gallo para librarse de riesgos y rogar por salud, seguridad y buena suerte para toda su familia.

Cada vez que alguien llega a felicitar, el patriarca se pinta una raya sangrienta en el muslo, y mientras más tenga, más próspero será su hogar: al segundo día comienzan las visitas y el oscuro pegoste. Lo otro es brindar con licor de arroz: hasta las ancianas empinan el codo con gusto y sin complejos, saludando a vecinos y familiares, pues estos días son para disfrutar, que para trabajar está el resto.

De fondo resuenan gongs y batintines, entre flores de melocotón y las timbradas voces de los vietnamitas, que suplen la falta de ritmo con una afinación impresionante y cultivada desde pequeños. Los Kho Mu celebran hasta el 15 de enero lunar, cuando se despide a los ancestros que por estos días conviven con ellos, aunque en una dimensión diferente, pero no lejana: aquí los llevan consigo.

El reino poderoso y flexible del dragón

Los vietnamitas, como todo asiático que crea en el horóscopo chino, recibieron entusiasmados el recién nacido año lunar, porque lo rige la mejor criatura posible: el dragón. Criatura poderosa y recurrente en mitológicas tan distantes como la europea y la asiática, el dragón es altamente respetado por su poderío y gallardía, y su reinado celestial es considerado propicio.

Por eso muchas parejas quieren tener hijos bajo su signo, pues así el bebé adquiere las virtudes de la descomunal serpiente que vuela y respira fuego, y cuya impronta salta por todo Hanoi. De hecho, esta milenaria urbe nació con el nombre de Thang Long o Dragón en Vuelo, porque su fundador, el rey Ly Thái To, creyó ver en una nube la forma de la criatura que cuida los tesoros celestiales.

Además, en el palacio real abundaban las referencias a este ser, para recalcar el poderío de los emperadores: “Long sang” era su cama, “Long bao” su vestimenta y “Long xa” su carruaje.

En lo espiritual, el dragón lidera los cuatro animales sagrados de Vietnam, junto al tigre, la tortuga y el ave fénix, y cuenta la leyenda que por las venas vietnamitas fluye sangre de dragonina.

Cuentan que el padre Lac Long Quan, con linaje de dragón, se casó con la madre Au Co, un hada de raza hada, y de su unión salieron 100 huevos, y de cada uno nació un hijo, formando las etnias nacionales. Su imagen apareció temprano en la cultura de Dong Son, Au Lac, en adornos que reproducían su sinuosidad, curiosamente similar a la geografía de esta nación indochina, con forma de letra S.

Aquí lo veneran además como un espíritu de la nube, la lluvia, el trueno y el relámpago, asociado a la fertilidad de la agricultura y por ende, a la prosperidad de las cosechas y de la nación. Los dragones abundaron en relieves y construcciones de la antigua capital imperial de Hue, con un auge en la dinastía Nguyen, de fuerte influencia cultural china.

También puede vérseles en el mausoleo del emperador Tu Duc y en el templo de Truong Sanh, donde hay una escultura de roca de nueve dragones, los mismos que nombran al delta del Mekong (Cuu Long). Otra manera de rendirle culto fue mediante la danza popular del dragón, en juegos infantiles y en biombos donde se le reproduce doblado en 12 partes, una por cada mes del año.

Si antaño fueron la arquitectura y la pintura las manifestaciones artísticas que veneraron al dragón, a propósito del Milenio de Hanoi fue estrenado un filme en 3D titulado “El dragón vietnamita”. Tal novedad cinematográfica causó sensación, tanto por el uso de las más modernas tecnologías de animación, como porque tocó ciertas fibras sentimentales de la idiosincrasia y el orgullo nacional.

Y si una criatura tan poderosa y flexible llevará las riendas de su destino este año, los vietnamitas esperan que sus líderes no sean menos y guíen al país hacia un presente próspero y un futuro mejor.

Gran trasiego turístico anima el Tet

La popular fiesta vietnamita del Tet (Año Nuevo Lunar) atrajo tanto a los emigrantes de esta nación indochina como a miles de turistas interesados en vivir esta experiencia in situ. Según estadísticas oficiales, el trasiego durante esta semana en el aeropuerto internacional de Noi Bai superó los 27 mil pasajeros, la mayoría extranjeros y “viet kieu” (vietnamitas de ultramar).

En una época que las ciudades se apagan y los comercios cierran para dedicarse a la mayor celebración de esta milenaria cultura, la terminal aérea apenas tuvo descanso por la alta demanda de servicio. Pese a compartir calendario lunar y festividades típicas, entre los turistas foráneos abundaron los chinos, japoneses y surcoreanos, aunque también de Europa y América hubo alta afluencia.

Las autoridades achacan tal aumento del flujo turístico en pleno Tet al aumento de la profesionalidad en el sector, el creciente atractivo de Hanoi como destino y la eficiencia de la aduana. De hecho, el primer día del Año del Dragón los extranjeros fueron prácticamente dueños de las calles de Hanoi, pues los vietnamitas estaban en pagodas, reunidos en familia o festejando en el campo.

A pesar del clima invernal, con recurrentes y gélidas lloviznas, los principales destinos turísticos del país recibieron público, y solo en la ciudad imperial de Hue se recibieron 31 mil visitantes. La visita a las reliquias y vestigios imperiales de Hue, así como la peregrinación a la cercana pagoda del río Perfume, son frecuentes en estas fechas, para buscar una conexión espiritual con el pasado.

Amen de tomar gigas y gigas de fotos, los extranjeros se suman al ritual y ofrecen inciensos, prueban la típica gastronomía de esta vieja urbe, y compran souvenir multados, pero asequibles. El Centro de Preservación Patrimonial de Hue, en la provincia de Thua Thien-Hue, aspira a recibir en 2012 unos dos millones y medio de visitantes, a tono con las metas del elegido Año del Turismo.

Mientras, la gente regresa a las grandes ciudades y los comercios vuelven a abrir, mientras Vietnam se despide del Tet y, sobre todo, de esta frugal calma que solo se vive aquí una vez al año.

* Corresponsal de Prensa Latina en Vietnam.