Bogotá (PL).- Querida Jane: Le confieso que desde la primera vez que la vi me enamoré silenciosamente de usted. Fue usted mi primer amor platónico. Lo recuerdo como si fuera mañana, o ayer, como se dice en las novelas rosa. Y en los boleros.

La conocí en un cine-manga colombiano que se inventó el párroco de mi barrio medellinense de San Cayetano, Hernando Barrientos Cadavid, para reclutar feligreses nuevos y conservar los viejos. De pantalón corto, nos sentábamos en el suelo bajo las estrellas, a ver sus películas, Jane.

Asombrados, veíamos cómo un chorro de luz que atravesaba la noche se convertía en gente cuando se tropezaba con un trapo blanco. Era el milagro del cine en blanco y negro.

¿Sabe, Jane? Al principio no sabíamos por qué don Pedro, el sacristán de San Cayetano, manipulador del proyector, tapaba con sus manos de pianista de música de Bach y de la sonora Matancera, aquellas escenas en las que Tarzán se bajaba raudo del bejuco, después de un ausentismo de varios días.

La CIA que todos llevamos en los ojos nos llevó a descubrir que después del bejuco llegaba usted, y entonces Tarzán le acusaba las cuarenta con un beso. Don Pedro previamente había visto la película, y por instrucciones de Barrientos, como le decían las feligresas confianzudas que se extendían en la confesión para cometer el pecado venial de disfrutarlo más tiempo, tapaba todo lo que pudiera alborotar la libido de los piernipeludos. (Creo que entre todos los pecados que contaban esas feligresas no se construía un aceptable pecado mortal).

Qué orgullosa y linda se veía usted con su traje de Eva vestida al lado del segundo Tarzán, Johnny Wiesmuller. Claro que estoy seguro de que le habría gustado más haber trabajado con el primero, Clark Gable. Pero a veces querer es no poder. Inclusive en el cine.

Por cierto, el primer Tarzán que apareció en 1918 era mudo. Para empezar a hablar tuvo que esperar hasta el año 29, en plena época de la depresión, cuando empezó a gritar: “Krigga, Bundolo, Tarzán mata”. Con ese grito casi eclipsa al león de la Metro y a Nick, el centenario perrito de la Víctor.

Tarzanes los de antes, abuela Jane. De todos, el mejor era Weissmuller, quien murió loco. Supongo que usted lo sacaba de quicios cuando dejaba caer la hoja de parra.

¿Qué pasó con Boy, su hijo? ¿Y de Bomba qué? No me vaya a decir que no volvió a ver a Chita, su mascota. Supongo que todos están bien. Yo a veces me pregunto, metafísicamente, adónde van las tiras cómicas cuando mueren. Creo, con el poeta, que no se mueren, quedan encantadas. Por eso estas líneas.

Le cuento sobre sus amigos de las tiras cómicas de antes. Algunos salieron de la escena. El Cisco Kid y Pancho, su fiel escudero glotón, se fueron con sus caballos a otra parte. Lo mismo el Llanero Solitario y Toro. “Arre, plata, vamos” es un estribillo que se nos quedó en esos rincones de la memoria donde no se atreven las águilas de la amnesia. Siempre he creído que estos personajes son prolongaciones de don Quijote y Sancho.

Supermán, reportero nada estrella de El Planeta, sigue sin hacer una sola noticia en el diario. Por fin se casó con su colega Luisa Lane, a quien no le conozco una noticia. Y de Mandrake el Mago las malas lenguas dicen que se la jugaba a Narda con… Lotario.

Eso sí: su amiga de la selva profunda, Diana Palmer, la esposa del Fantasma, se llenó de hijos. No es que sea chismoso, pero le cuento que el primer bebé nació enanito. El Fantasma se puso las pilas y licenció a todos los enanos que trabajaban para él. Sólo nació enano el primero de la familia.

A veces, Jane, es bueno devolver la película de la vida y sentarse en la manga de San Cayetano para ver cintas censuradas por la mano gregoriana del sacristán, siguiendo las instrucciones de Barrientos, quien nos dio con su ausencia hace 30 años y un piquito.

Abuela Jane: casi le pido perdón por haberme enamorado de usted en una noche estrellada. Le sigo siendo fiel. En eso no rebajo pinta. Y créame que le agradezco que nunca me haya parado bolas (prestado atención): habría acabado con el eterno encanto de los amores platónicos que por definición son los que se quedan sin respuesta…

* Escritor y periodista colombiano. Colaborador de Prensa Latina.