La conquista de las Antillas convirtió en pocos años a sus pueblos aborígenes en historia muerta, solo narrada pálidamente en libros y huellas arqueológicas, debido al salvaje genocidio realizado por los victimarios. Fueron destruidas las formas de organización social existentes, agrupados los indoantillanos en las llamadas encomiendas, bajo el control de los conquistadores, y finalmente aniquilados en gran medida.

Este es el caso de las denominadas Grandes Antillas: Cuba, La Española, primera colonizada -compartida hoy por Haití y República Dominicana- , Puerto Rico y Jamaica, así como el rosario de islas y cayos que componen las Antillas Menores y Las Bahamas. La colonización forzosa empezó en esta región y luego se extendió al resto del continente.

En los viajes del navegante Cristóbal Colón, de 1492 a 1502, y en el posterior arribo de los colonizadores, a comienzos del siglo XVI, las Antillas estaban pobladas por pacíficos moradores comprendidos dentro del tronco lingüístico de los aruacos. El poblamiento ocurrió pasando de isla a isla, procedentes de la zona del Orinoco, en la actual República Bolivariana de Venezuela.

Durante esa época de la conquista eran principalmente comunidades neolíticas, agricultoras-ceramistas, aunque en Cuba coexistían grupos más antiguos, pescadores-recolectores. Los llamaron tainos ya fueran de Cuba, Haití y las Lucayas o Bahamas; en las Antillas Menores estos iban siendo desplazados por los caribes, un grupo guerrero étnicamente emparentado a ellos, que ya realizaban también incursiones en el extremo oriental de Borinquen (Puerto Rico).

Sin permiso de nadie empezaron a tomarlos a la fuerza y pronto los monarcas establecieron las normas para someterlos al vasallaje, como era costumbre en la España feudal. Se les impuso por Real Cédula el pago de tributos en oro, plata o cualquier otro metal precioso a estos nuevos siervos que desconocían el valor de tales riquezas y tampoco eran mineros.

Al principio, la reina Isabel I la Católica decía que los indios debían vivir como vasallos libres y ser instruidos en la fe católica. A aquellos indios que se rebelaban, los reyes permitieron su sometimiento a la esclavitud y en 1503 también se legitimó esclavizar a los “caníbales” que rechazaban convertirse al cristianismo.

Era frecuente el secuestro de gente pacífica que hacían pasar por los temidos guerreros caribes para convertirlos en esclavos. Una ordenanza del 20 de marzo de 1503 permitió al gobernador de Las Indias, Nicolás de Ovando -radicado en La Española-, servirse del trabajo de los indios para sacar más provecho del oro. Por recomendación de Ovando, el 30 de diciembre del propio año la Reina estableció la obligatoriedad del trabajo indígena.

En 1509 el rey Fernando el Católico ratificó el poder del entonces gobernador de Las Indias, el virrey Diego Colón, para repartir naturales, lo cual se estaba haciendo de forma arbitraria, y este permiso recibió también en 1513 el conquistador de Cuba, Diego Velázquez. Los encomenderos explotaron despiadadamente a los indoantillanos en largas jornadas.

En su mayoría, los pobladores de las Antillas perecieron víctimas de la explotación, maltratos, mala alimentación, enfermedades y suicidios, entre otras razones como la ruptura de la cadena reproductiva, además de matanzas sin justificación alguna.

Aunque se carece de cifras exactas acerca del número de pobladores originarios al iniciarse la conquista, se estima fueron aniquilados más de un millón. Algunos autores señalan los habitantes de Cuba desde 60 mil-100 mil hasta 300 mil, los de La Española en 250 mil y, Puerto Rico, 60 mil.

Por ejemplo, a 20 años del llamado descubrimiento (1492), la población indígena de La Española había sido esclavizada, deportada o muerta; en 1513 era solo de 14 mil, en tanto los indocubanos no pasaban de cinco mil en 1555. Estos pueblos aunque aplastados por el conquistador, legaron al mundo el cultivo de la yuca, el boniato, varios tipos de frijoles, ají, maní, calabaza, algodón, sabrosas frutas y el famoso tabaco.

Cuba: Mestizos y negros en milicias coloniales españolas

La presencia de la llamada “gente de color” en batallones militares, organizados por España, creó un cierto espejismo de ascenso social de negros y mestizos libres, anulado abruptamente cuando el régimen consideró peligrosa su existencia. Al correr de los siglos, el sistema esclavista en Cuba dio margen a un sector libre, de lento progreso, cuyo peso relativo le permitió utilizarlo en la defensa del poder colonial.

De buena gana, estos se enrolaban en las fuerzas coloniales españolas para servir en misiones internas y en el exterior, con sus uniformes y armas, a cambio de pequeños privilegios que marcaban una diferenciación con el resto de su clase. Por ejemplo, de sufrir heridas de guerra cobraban sueldo como inválidos, en caso de competencia judicial eran sometidos a leyes militares y tampoco pagaban impuestos por el desempeño de funciones y oficios.

Vestidos de uniforme era permitido portar sable o espada de ordenanza a los oficiales, sargentos y cabos de los batallones de pardos y de morenos. Nunca faltaron aspirantes a plazas de oficiales o subalternos y, a partir de 1818, se requirió la entrega de dinero para la admisión y los ascensos.

Desde el primer siglo de la colonización, hubo negros y mulatos libres en la defensa contra los corsarios y piratas -también esclavos-, en la protección de costas, fuertes y otros enclaves militares, así como en la persecución de esclavos fugitivos (cimarrones).

En la obra más antigua de la literatura cubana, el poema épico-histórico Espejo de Paciencia (1608), se narra el apresamiento del obispo de Cuba Juan de las Cabezas Altamirano -en abril de 1604-, por el pirata francés Gilberto Girón, y la liberación del prelado tras la muerte de aquel por el negro Salvador Golomón.

Unos 100 efectivos integraban la compañía de milicias de pardos libres, organizada a principios del siglo XVII por el gobernador español; se les autorizaba a portar armas y sus jefes gozaban del privilegio de enterramiento en la Parroquial Mayor y en la iglesia del Espíritu Santo.

Fuerzas de este tipo se formaron a comienzos del siglo XVIII en la capital, en Santiago de Cuba y en Bayamo; existían en La Habana, en el año 1700, cuatro compañías de pardos (mestizos) y cuatro de morenos (negros). Luego, constituyeron batallones de pardos con 882 hombres y de morenos de 412 plazas, al mando de capitanes.

Las fuerzas milicianas, blancos, mulatos y negros, ofrecieron heroica resistencia durante la toma de La Habana por los ingleses en 1762, y 96 de estos últimos murieron en las acciones militares. Al retornar la capital a manos españolas en 1763, fueron reorganizadas las fuerzas, en 1764, por el mariscal de campo Alejandro O‘Reilly, primer subinspector y segundo cabo. Se establecieron un Batallón de Pardos y otro de Morenos, de 800 hombres cada uno, en La Habana, y similar de Pardos, en Santiago de Cuba y Bayamo. Cien negros esclavos integraron una compañía de artillería, formada en 1765.

La población negra y mestiza libre tuvo destacado desempeño, sobre todo en el occidente de Cuba, hasta la cuarta década del siglo XIX, momento de auge de la explotación esclavista vinculada a la industria azucarera, cuando ocurrió una fuerte represión en 1844.

En esa fecha, el capitán general Leopoldo O‘Donnel realizó una salvaje represión contra esclavos, negros y mulatos libres por supuesta participación en la Conspiración de la Escalera, achacada de abolicionista.

A partir de entonces fueron suprimidos los batallones de pardos y morenos hasta 1858, que por una Real Orden del 30 de septiembre se determinó formar compañías de milicianos negros y mulatos debido a la necesidad de incrementar las fuerzas regulares. Se concibieron 10 compañías para el occidente y seis en la región oriental, de 125 plazas cada una.

Pero esta vez el llamado no resultó atractivo; el salario era inferior al de los blancos -34 pesos para estos, 10 a lo pardos y solo ocho a negros-, no les representaba prestigio y solo pudo formarse mediante reclutamiento forzoso. El estallido de la Guerra de los Diez Años, en 1868, que dio lugar a una revolución independentista y abolicionista, marcó la eliminación definitiva de las milicias de mestizos y negros en los cuerpos militares españoles.

En el período denominado, por algunos autores, de la esclavitud doméstico-patriarcal, era frecuente la manumisión amparada por cédulas reales, que permitían al esclavo comprar su libertad, de sus hijos u otros familiares.

Así surgieron los negros horros, de ahorramiento, cuando el propietario permitía a esclavos -generalmente domésticos- dedicarse a algún pequeño negocio individual o lavado de ropa, en horas extras. Esto resultaba negocio al amo, que podía sustituirlo por otro más joven.

El padre blanco podía comprar la libertad de un descendiente mestizo si la madre esclava no era propia y, en ocasiones, ella misma lo hacia. Desde 1588 existen testamentos notariales en favor de hijos mulatos de españoles y negras; hubo también matrimonios mixtos en los primeros tiempos, prohibidos por una real cédula de 1801.

*Historiadora, periodista y colaboradora de Prensa Latina.