La escritora chilena Gabriela Mistral (1889-1957), durante su visita a Cuba en enero de 1953, comentó a intelectuales en La Habana que tras hablar sobre José Martí en una ciudad del país “hacía años”, escuchó a una de las asistentes decir a otra: -¡Esa señora está enamorada del Apóstol! Una aseveración como esa no podía dejar indiferente a la visitante, quien de inmediato respondió a la provocadora frase con una rotunda afirmación: -¡Y dígalo usted! Lo único que lamento es no haberlo llegado a conocer personalmente. ¡Y usted también se hubiera enamorado, de conocerlo!

Tal anécdota corrió de la mano del escritor cubano Ángel Augier a la revista Bohemia, de las notas de la periodista Loló Acosta al diario Información, entre otros presentes que la transmitieron oralmente y en letra impresa hasta ser repetida una y otra vez, y llegar hasta hoy.

Y hay más: Luego de una entrevista en casa de la escritora cubana Dulce María Loynaz -donde la Premio Nobel de Literatura de 1945 se hospedó durante esta última estancia en La Habana-, el reportero escuchó a aquella cuando le decía a Gabriela: Los cubanos acabarán por llamarte la novia espiritual de Martí.

Estos dos ejemplos ilustran la devoción de la autora de Desolación (1922), Ternura (1924), Tala (1938), Lagar (1954), Poema de Chile (1967), Lagar II (1989) y Almácigo (2008), por la obra del héroe. En Cuba, en 1953, alegó Gabriela: “Martí fue mi maestro y mi guía, en él encontré el complemento de mi espíritu (…) Lo leí, lo volví a leer, lo leí por tercera vez, fundí mi pensamiento con el suyo y dejé que mi alma fuese invadida toda por las ideas martianas”.

El fervor de dichas palabras fue convertido en ensayos, artículos y discursos que desde los inicios de la década de 1930 la situaron entre los estudiosos martianos foráneos de mayor nivel, al decir del poeta y ensayista cubano Juan Marinello.

Proveedor de conceptos

En el ensayo “La lengua de Martí”, expuesto por Gabriela el 26 de junio de 1931 en el Teatro Principal de la Comedia, de La Habana, lo primero que resalta es el reconocimiento a la originalidad literaria, que ella sitúa en el tono, el vocabulario y la sintaxis.

Nuestro Martí aparece a primera vista con un cuerpo entero de estilo, pero lo más gustoso de sentirle y saborearle es el tono, confirma, y expone: “veía y vivía lo trascendente mezclado con lo familiar (…) hace una cláusula ciceroniana de alto vuelo y le neutraliza la elocuencia con un decir de todos los días; corrige a veces, y esto es muy común, unos cuantos vocablos suntuosos con un adjetivo ingenuo, del más lindo sabor popular”.

En cuanto al vocabulario del Apóstol, que para ella se encuentra entre los más ricos de nuestra literatura, “no será nunca extravagante, pirotécnico ni snob, aunque será ciento por ciento novedoso hasta volverse inconfundible”. Subraya el verbo, que él hace “a la medida de su necesidad”, y el desatado lujo metafórico.

Sobre la sintaxis viva, “es cosa funcional y se ordena adentro. Puede salir abundosa y ágil (…) pero ha de salirle al escritor así, en empellón espontáneo”. Se refiere al “orador nato” que fue Martí, virtud que le estimuló suficientemente esa “maravilla del tono natural”.

Todo esto sustentado en una sólida formación cultural, “de los de alimento completo, clásico y moderno, y de una formación perfectamente regular, nada hay en él del escritor a dietas de una lengua y de un solo período literario”. Enlaza las bondades del trópico con la prosa martiana como un clima de efusión, la abundancia en el estilo debido a varias causas, y una de ellas es “una especie de conjunción de vitalidades”.

Así, sostiene: “se hablará siempre de él como de un caso moral, y su caso literario lo pondremos como una consecuencia”. Para ella, Martí “es un proveedor de conceptos, pero como le sobra savia, él puede ocuparse de regar sobre la ideología un chorro de galanura, un camino de metáforas que no se le acaba nunca”, en tanto “conserva siempre bajo la floración, el hueso del pensamiento”, es decir, distingue las correspondencia de contenido y forma, la manera de expresar las ideas en este hombre que “peleó sobrenaturalmente, sintiendo detrás de sí la causa que le quema la espalda”, la independencia de Cuba.

Dos partes medulares de esta conferencia fueron difundidas por el periódico santiaguino El Mercurio en 1932: “El Trópico y José Martí” (24 de junio) y “El Hombre José Martí” (26 de junio) pero el ensayo en su totalidad resultó publicado en 1934 por la Secretaría cubana de Educación, que inició de esta manera los Cuadernos de Cultura.

En 1922, el Instituto de las Españas, de Nueva York, le había publicado a Gabriela el primer título, Desolación; participa en el programa educativo dirigido por el filósofo y ministro de instrucción pública, José Vasconcelos, en México, donde difunde Lecturas para mujeres (1924); en 1926 representa oficialmente a Latinoamérica en el Instituto de Cooperación Intelectual, en Francia, y en 1928 pasa al Consejo Administrativo del Instituto Internacional de Cinematografía Educativa, en Italia, en tanto difunde artículos y textos diversos suyos en diarios, revistas y suplementos.

Dicta cursos de literatura e historia hispanoamericana en Barnard College y en Middlebury Collage en 1930 y un año después visita Puerto Rico, República Dominicana, Panamá, El Salvador, Costa Rica, Guatemala y Cuba, donde da a conocer “La lengua de Martí”. Es una autora ya conocida en Europa y Latinoamérica.

Saetas de plata

Gabriela fue nombrada cónsul chilena de libre elección en 1932, ejerce en Madrid y Lisboa, viaja a Uruguay y Argentina -donde en 1938 la editorial Sur le publica el poemario Tala-, Perú, Ecuador y Cuba. Una vez explorados los pilares que sostienen la prosa martiana en 1931, Gabriela Mistral analiza los Versos Sencillos el 30 de octubre de 1938 en el teatro habanero Campoamor, los cuales conforman, a su entender, “la isla genuina de la originalidad poética de Martí”.

Son “los versos de Martí que más se apegan al oído, los que se hincan en todas las memorias, los que caen solos a las manos cuando buscamos decir algo suyo. Parecen versos de tonada chilena, de habanera cubana, de canción de México, y se nos vienen a la boca espontáneamente” (…) “versos breves, en rápidas saetas de plata”.

“Este sencillo nada tiene de simple”, aclara Gabriela, y expone: “La sencillez de Martí viene ya hecha de las honduras del ser; él no la logra desde afuera, él no la confecciona, como hacen los que deciden ser sencillos”.

A continuación explica en qué consiste tal virtud: “Esta sencillez hace un bloque con su espontaneidad maravillosa y con su naturalidad clásica (…) Los recursos del lenguaje que tuvo Martí dieron también una ayuda grande a su sencillez. Es verdad y no paradoja el que una sencillez magistral viene de la ciencia ancha del idioma, pues para escoger vocablos hay que poseer un tendal de vocabulario -en esto, como en cualquier otra cosa, no escoge sino el que posee mucho (…) Bien podía darse el lujo de ser sencillo un hombre tan lleno de recursos. Martí también disponía a manos llenas de algo que en el español de América va raleando y desaparece a ojos vistas: el repertorio entero de los giros idiomáticos”.

Trata sobre lo que a su juicio parecen ser experiencias místicas martianas, como en los versos “Rápida como un reflejo / dos veces vi el alma, dos” (I. Yo soy un hombre sincero) o cuando “acuesto el muerto a dormir” (VIII:Yo tengo un amigo muerto), en tanto elevó la composición “La niña de Guatemala”, al poema “más donoso, el de ritmo más cimbreante que se haya escrito en la América Latina”.

Embrujo por su amplio magisterio

Durante el acto oficial por el centenario del natalicio de Martí, el 28 de enero de 1953 en el Capitolio Nacional, en La Habana, Gabriela dijo del héroe que llegó a nuestra generación no solo entero sino de más en más amado y operante, echando además luces nuevas sobre nuestro futuro. El siglo ha abrillantado a Martí según ocurre con los metales que no crían moho, revalida.

La trascendencia martiana, la posesión de cierta condición mágica que acapara la atención de las diversas generaciones se debe, a criterio de Gabriela, a que fue “una criatura partida en dos lonjas, la de la paz y la de la guerra, entre la vocación de amor y la acometida bélica, hombre que dividido entre dos misiones, resulta ser, sin embargo, unidad pura”, al reiterar la correspondencia de pensamiento y acción.

Reconoció que “la naturaleza dobló en nuestro hombre la ración de fuego que arde en todos nosotros”, y “adorado por su generación, las siguientes probarían el mismo embrujo por su amplio magisterio (…) de libro a libro, de la prosa al verso, de lo patriótico grande a lo cotidiano o a la mera carta familiar, la palabra martiana corre viva y cálida”.

A la luz de “mi padre cubano”, del “Arcángel Caribe”, de “este clásico sin sombras de vejez”, reavivó en La Habana “la fe en esta América mestiza que lleva sobre el rostro la huella del indio, la del español y la del africano”. Había recibido en 1945 el Premio Nobel de Literatura, el primero otorgado a un autor latinoamericano, y era ya una escritora reconocida mundialmente.

Los tres ensayos reseñados, “La lengua de Martí” (1931), “Estudio de los Versos Sencillos” (1938), y el discurso pronunciado con motivo del centenario del natalicio del Apóstol (1953), fueron dados a conocer por Gabriela en Cuba como homenajes a quien llamó “el gran leal”. En declaraciones públicas, conversaciones y cartas reiteró la necesidad de la difusión de la poesía y la prosa del Maestro, de su ideario, y la posibilidad de financiar cursos y otras iniciativas con ese fin.

Piezas ensayísticas antológicas

Sobre “La lengua de Martí”, el escritor cubano Jorge Mañach, conocedor de la literatura del Apóstol, el 29 de febrero de 1932 escribió a Gabriela que nadie hasta aquel momento había calado tan hondo y en puntos tan bien elegidos, y Marinello definió, en carta a Antonio Martínez Bello el 4 de agosto de 1940, como un hallazgo supremo aquel de la chilena declarando que en Martí lo importante, lo impar, es el tono.

El profesor Alfredo Ahumada, de East Stroudsburg University, Pennsylvania, llamó la atención (Círculo, Verona, NJ, nro 25, 1996), en que “todo el estilo expresivo de Gabriela Mistral en este texto tiene, en pasajes enteros, el tono encendido y metafórico del propio Martí. Es como si se hubiera producido una curiosa simbiosis entre la comentarista (que analiza) y el escritor (que se quiere explicar)”.

Para Zaida Capote, investigadora del Instituto de Literatura y Lingüística “José Antonio Portuondo Valdor, “la magistral conferencia “La lengua de Martí” aún sobrecoge por la hondura de sus juicios sobre el verbo martiano y el reconocimiento por parte de Gabriela de que Martí ‘es el Maestro americano más ostensible en mi obra‘” (Revolución y Cultura, nov-dic 1999).

Acerca del estudio de 1938, que se publicó como prólogo a los Versos Sencillos martianos en 1939 (Cuadernos de Cultura, Secretaría de Educación), la revista de la Asociación de Escritores y Artistas Americanos lo consideró una de las piezas ensayísticas antológicas del continente.

El investigador literario chileno Juan Loveluck profundizó en la influencia de Martí, “que deja en la obra crítica, periodística y creadora de Gabriela Mistral un trazo ancho y generoso, el cual se torna más intenso a medida que ella se aproxima al dominio cabal del oficio de prosista” (Revista Nacional de Cultura, Caracas, jul-sep 1984).

En cambio el escritor guatemalteco-español René Letona opinó que aunque Gabriela aprendiera de Martí una cierta vivacidad de expresión y sobre todo una manera elíptica de designar seres y objetos, su prosa dista de la escritura del cubano lo suficiente como que sea exagerado hablar de una semejanza entre ellas (Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid, oct 1989).

Carmen Suárez León, investigadora del Centro de Estudios Martianos, cree que “verso y prosa de Gabriela ostentan esa huella vigorosamente incorporada y hecha suya, y en el plano de la cosmovisión y la proyección social, tanto su periodismo como su pedagogía van signados por un americanismo y una vocación formadora de franco referente martiano” (Anuario del Centro de Estudios Martianos, 1997).

Otras influencias

Los textos que hiciera Gabriela sobre Martí, a quien ella consideró “el mejor hombre de nuestra raza”, forman parte de una prosa de esta autora no recogida en libros, pero hoy se recopila en títulos que muestran la diversidad y riqueza de esa parte de una obra, al parecer, aún no publicada en su totalidad.

Quería que se viviera a Bolívar “en la permanencia y no solo en las lentas puntadas de los aniversarios (…) pongámonos a tenerlo por paisaje nuestro”, puntualizó en El Mercurio (Feb. 1, 1931).

Esta frente (la de Bolívar), se pone a mirar la tierra de Sudamérica para ver si la han dividido, y allí está ella, todavía hecha provincias (…)”, refirió sobre una de las más caras aspiraciones de esta primordial figura de la independencia latinoamericana que propugnó la confederación de los países independientes del área.

Dedicó tres artículos a Augusto César Sandino, cuando corrían los tiempos de la intervención estadounidense en Nicaragua para terminar con el dirigente guerrillero y la resistencia popular.

El presidente norteamericano entonces, Herbert Clark Hoover, declaró fuera de la ley al General de Hombres Libres, y la palabra de Gabriela no se hizo esperar: “Nos hará vivir, Mr. Hoover, eso sí, una sensación de unidad no probada ni en 1810 por la guerra de independencia, porque este héroe no es local (…) Mr. Hoover va a conseguir, sin buscarlo, algo que nosotros mismos no habíamos logrado: sentirnos uno de punta a cabo del continente… (La Región, Santiago de Cuba, 4 jun 1931; El Mercurio, Santiago de Chile, 7 jun 1931; La Opinión, Santo Domingo, 2 jul 1931).

Tras dolerse del olvido que pesa sobre el nombre del puertorriqueño Eugenio María de Hostos, quien se entregó a la lucha por la emancipación de su patria y la unidad de las Antillas, planteó: “La taza de plata grande y limpia de este ejemplo durará mucho y no se hambrearán de doctrina los que la tienen al alcance de la mano”. (Repertorio Americano; dic 10, 1932). Montalvo y otras figuras históricas y literarias engrosan esta lista de personalidades valoradas.

“Sus textos, motivos o artículos prosísticos testimonian cabalmente su palabra-pensamiento, su palabra-verdad, su palabra ígnea. Enseñan, lado a lado, a la América a pensar. Importa en Gabriela Mistral tanto el pretérito como el futuro de su América, tanto el ahora como el día que viene”, manifiesta Jaime Quezada. (Gabriela Mistral: Nuestra América, Santiago de Chile, 2005).

Por esas páginas transitan asuntos candentes aún ahora: las minorías desposeídas como los indígenas, la educación, los derechos de las mujeres y de los niños, la necesidad de fórmulas para que América Latina saliera adelante sin la “ayuda” estadounidense, la reforma agraria, la paz…

“Mistral interviene, a veces serenamente, otras con pasión y no exenta de contradicciones, en el discurso social de su época. Tanto por la extensión de los temas abordados, como por el impacto que tuvo en su momento y que tienen aún una vigencia potencial en el pensamiento latinoamericano, esta producción ha sido considerada por algunos como uno de los aportes (latinoamericanistas) intelectuales más importantes para el continente, junto con Martí, Darío, Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, etc”, asentó Gastón Lillo, de la Universidad de Ottawa (Simposio Internacional Re-leer hoy a Gabriela Mistral, Universidad de Ottawa nov 2-5 1995).

La conformación de la prédica discusiva, ensayística, de proyección socio-cultural en la Gabriela autodidacta, como una espiral en ascenso, se corresponde con un quehacer que surge “desde las raíces mismas del ser”.

La ensayista

Lillo mencionó a la escritora chilena junto con todo un conjunto de intelectuales en el cual se inserta esta voz de mujer. Ana Pizarro, de la Universidad de Santiago de Chile, lo explica en que la poesía “es el mundo de lo privado, del sentimiento, de lo emocional, de la subjetividad” (…) No significaba salir del discurso de la casa, el asignado, y en ese sentido Gabriela responde al estereotipo”.

A su entender, “el problema es el desplazamiento desde el estereotipo al trastocamiento del orden”. Enfatiza que “el problema es la Gabriela ensayista. El ensayo es un género esencialmente masculino, el cual interpreta estéticamente, pero a partir de lo racional. Es un género de ámbito público: es el propio discurso de la calle”.

De esa forma, a Pizarro esto le parece ser “una de las formas fundamentales de la modernidad de Gabriela: el asumir con una naturalidad que no puede sino ser el producto permanente de tensiones, el ensayo como género y el hacer de este discurso una forma profesional de expresión”. (“Mistral, qué modernidad”, Simposio Internacional Re-leer hoy…, 1995).

Gabriela distinguió a Martí desde que leyera un poemario encontrado en una apartada librería y hablara de él en los liceos de Los Andes (1912-1918), Punta Arenas (1918-1920) y Temuco (1920-1921)). Al hacer un llamado de urgencia a los maestros, en abril de 1922, les pidió: “Enseña en tu clase el sueño de Bolívar, el vidente primero. Clávalo en el alma de tus discípulos con agudo garfio de convencimiento. Divulga la América, su Bello, su Sarmiento, su Lastarria, su Martí”.

A esta Gabriela, enamorada de Martí aunque no lo hubiera llegado a conocer -porque el Apóstol murió en 1895, cuando ella en Monte Grande, valle de Elqui, tiene solo seis años-, recordamos al cumplirse el 10 de enero el 55 aniversario de su muerte, o no, 55 años de otra forma de vida, la de la permanencia.

* Conferencia ofrecida por Amelia V. Roque -autora del libro “Con espumas de señales: Gabriela Mistral y Cuba” (Ed. Nuevo Extremo, Santiago de Chile, 2011)- en el Centro Hispano Americano de Cultura, de La Habana, el 10 de enero, por los 55 años de la desaparición física de la Premio Nobel de Literatura de 1945.