Cada cierto tiempo aparecen planteamientos que señalan que todos los males en educación se resuelven si tuviéramos buenos profesores, con vocación, compromiso y conocimientos adecuados, así todo sería distinto; qué fácil y tentadora es esa explicación. La reforma educacional estuvo por lo menos seis años culpabilizando a los docentes como los únicos responsables del problema; luego agregó a los directores y al final (post-revolución pingüina) al diseño institucional. Por cierto, las autoridades -y sus políticas- siempre se autoexcluyeron de toda responsabilidad. Afortunadamente hoy son juzgadas por la ciudadanía.

Casos por aquí y por allá, experiencias “exitosas” de alguna corporación, programa o proyecto estrella, podrán reportar evidencia para reafirmar una vez más que todo depende del profesor. Sin dejar de ser cierto y evidente que FINALMENTE todo depende del profesor, resulta impresionante la ceguera que se tiene en ocasiones para visibilizar los otros componentes de una larga cadena de acciones y procesos previos que repercuten en lo que ocurre posteriormente al interior de la sala de clases.

Personalmente he conocido múltiples experiencias muy valiosas de trabajo docente, apoyados en algunas ocasiones por sus jefes de UTP, e incluso a veces hasta por sus directores, que han impulsado proyectos de gran impacto formativo. Por ello, he podido constatar en innumerables oportunidades que cuando un curso tiene al frente un profesor que cree en los estudiantes, que los respeta y valora, que los apoya constantemente, y que además pose los conocimientos y las estrategias adecuadas para producir buenos aprendizajes, genera avances significativos, a pesar de la existencia de complejas dificultades, relacionadas con la condición social y económica o el contexto familiar.

Esta constatación fortalece la idea de que cuando un profesor o un grupo de ellos logra canalizar adecuadamente sus capacidades, puede generar aportes decisivos en el aprendizaje y en las oportunidades futuras de los estudiantes. Por esta razón soy férreo partidario de que mientras no se produzcan cambios estructurales (por los que hay que pelear), es necesario y posible realizar cambios a micro-escala. Sin embargo, eso no significa que el problema se resuelve desde allí, ni menos implica sostener que el problema se resuelve en el aula, por más que allí termine concretándose. Eso es no entender lo que pasa en nuestra educación y la manera en que funciona el sistema escolar chileno.

Que la educación finalmente depende de lo que el profesor realiza en la sala de clases es tan obvio que, a estas alturas, es decir exactamente nada. El problema está en las características de la política educativa y curricular, de la formación docente (inicial y continua), del diseño institucional, de la gestión escolar y de las condiciones de desempeño docente que permiten que esto, en última instancia, dependa de las voluntades o capacidades personales de profesores o de entidades locales. Lo que un docente realiza en la sala es el resultado de un enorme conjunto de procesos previos, cuyas características determinan, para bien y para mal, lo que ocurra al interior del aula. Esto está archi-investigado y sólo el desconocimiento permite seguir insistiendo en esa obviedad, irrelevante por si misma, de que el profesor hace la diferencia.

Que el profesor pueda trabajar colectivamente, que tenga los espacios y tiempos para reflexionar en conjunto, modelar alternativas didácticas, criticarse mutuamente, diseñar colaborativamente, que el jefe de UTP (y finalmente el Director) tome decisiones con criterio pedagógico y no administrativo. Que las autoridades, tanto nacionales como locales, permitan la flexibilidad curricular suficiente para incorporar la cultura de los sujetos involucrados en su propia educación; etc., etc.; todo eso es lo que hace la diferencia, y ello corresponde a las condiciones indispensables de funcionamiento del sistema escolar que pueden permitir (junto a una buena formación inicial y perfeccionamiento continuo de verdad) generalizar una acción docente adecuada y por tanto una buena formación de los estudiantes. En síntesis, todo eso es necesario para que luego, el profesor haga la diferencia. Cuando lo anterior no está, efectivamente el docente hace la diferencia, pero por muchos casos que sean, muy legítimos y muy valorables, se trata de casos finalmente.

Lo que no podemos hacer es caer en la lógica liberal del desempeño individual docente, especialmente cuando el juicio fáctico sobre la calidad obliga a sacrificar cada vez con mayor fuerza la educación de las personas, en beneficio del entrenamiento para pruebas estandarizadas. Si rescatamos ciertas experiencias para decir que es posible mejorar con profesores eficaces, impartiendo una educación de excelencia basada en la competencia, sin ciudadanía ni reflexión crítica, sin respetar la diferencia ni la creatividad, y sin libertad; la verdad es que allí el profesor no hace ninguna diferencia, y preferiría seguir como estamos; al menos tenemos -por lo visto- una necesaria dosis de rebeldía, que claramente no computaría en el Simce.

* Profesor, Director de Educación de la Universidad ARCIS-Chile.