La Habana (PL).- Los fenómenos que ocurren en la pantalla se desarrollan de tal manera y con tal verosimilitud que se acercan a los de la vida misma. Lo que da como resultado que se produzca en el espectador (quien no suele ser muy analítico) una cierta ambivalencia entre el mundo del cine y el mundo de la realidad.

Por esta razón suele lanzarse contra el cine la objeción de que su universo, en todo el amplio sentido de la palabra, es un universo de ficción. Pero el caso es que el cine no tiene por qué ser otra cosa. Y comienza por reconocer que no pretende sino la ficción.

Es decir, un prestidigitador de abolengo que hace lo posible por descubrirnos y enseñarnos sus trucos y habilidades. Y en esto procede con el profundo candor de la poesía, esa suprema modestia. Que no intenta ser ciencia. Pero si luego resulta sabiduría, tanto mejor.

Por lo demás, decir ficción no quiere decir falso ni inexistente. Escribía Jean Epstein, el teórico de la vanguardia, que “nadie negará la realidad prácticamente utilizable del trabajo de la imaginación”. Y Gustave Flaubert, el novelista galo, añadía que “todo lo que se inventa es verdadero”.

En resumidas cuentas, se acusa al cine de lo mismo que el ensueño y las demás artes. Y esa es una objeción de estrecho horizonte. Pues, de hecho, el más próximo pensamiento práctico tiene que estar determinado por remotas y altas imaginaciones, ideas y ensueños. Y como el cine es ficción…

Pero, ¿dónde se verifica esta ficción? ¿En la cámara tomavistas o en el aparato de proyección? Ni en una ni en otro. La confluencia y animación de las formas no tienen lugar ni en la película ni en el equipo que reconstruye el movimiento, sino únicamente en el hombre. Ya que la discontinuidad no se convierte en continuidad sino únicamente en el hombre. Ya que la discontinuidad no se convierte en continuidad sino después de haber penetrado en el espectador. Es un fenómeno puramente interior.

Nos hallamos, pues, ante una ficción subjetiva. Lo cual no quiere decir que el cine carezca de realidad y objetividad. Basta que haya algo objetivo que provoque lo subjetivo para que el cine resulte lo que su mismo aparato visor le obliga a ser: objetivo.

Como proceso cognoscitivo (el cine es uno de tantos), el valor cinematográfico ha sido captado como nadie por Ortega y Gasset. Decía el filósofo español que, en el desarrollo de un proceso, muy pocas veces el tiempo del transcurso de un suceso es igual al tiempo cinematográfico.

Los estadios de sucesión se nos presentan por instantes que se enlazan en el transcurso de la acción. La realidad no es esa momentánea presentación de subprocesos, sino el movimiento latente en el cual van saliendo unos de otros.

De ordinario, el tempo en que se desarrolla el suceso es más lento que el exigido por nuestra mente para fundir las imágenes en la unidad de un movimiento. En algunos casos, el tempo de una acción y el de nuestra mente coinciden y entonces lo real se hace más patente a nuestros ojos.

Para entender bien una cosa -dice Ortega- es preciso ponerse a su compás. De otra manera, la melodía de su existencia no logra articularse en nuestra perfección y se desgrana en una secuencia de sonidos inconexos que carecen de sentido. Si nos hablan demasiado de prisa, o demasiado despacio, las sílabas no se traducen ni las palabras en frases.

Por tanto, ¿cómo podrán entenderse dos seres de tempos melódicos distintos?

Si queremos intimar con algo o con alguien, tomemos el pulso de su vital melodía y, según él exija, galopemos un rato a su vera o pongamos al paso nuestro corazón. El cine empareja nuestra visión con el crecer de la acción y consigue que el desarrollo de ésta adquiera continuidad.

Ahora bien, no se puede negar, sin embargo, que el cine, tanto en la toma de vistas como en su proyección, hace ver algo que no está en la realidad inmediata del estudio o de la pantalla.

Ese algo es un determinado movimiento cinematográfico cuya visión surge en el espectador como fenómeno no identificable con ningún otro de sus operaciones contemplativas. De donde se sigue el predominante carácter humanístico del cine.

La complicada técnica mecanizada del cine, al fin y al cabo, no hace más que provocar en el hombre (no en la película o en la pantalla) una visión particular del mundo, distinta a cualquiera otra lograda por los otros medios perceptivos.

El cine crea, por tanto, una situación cinematográfica en la cual se recibe la impresión de percibir seres y acontecimientos reales. Pero con una realidad más o menos deformada, perteneciente a un mundo que no es en absoluto, psicológicamente hablando, el nuestro y del que, a pesar de todo, nos sentimos un poco distantes.

* Historiador y crítico cubano de cine. Colaborador de Prensa Latina.