La Habana, (PL).- Suráfrica celebrará el día 8 de enero el centenario de uno de los mayores acontecimientos políticos de su historia, la fundación del partido Congreso Nacional Africano (ANC), el gran vencedor sobre el sistema de segregación racial , apartheid.

El ANC tuvo raíces en la Asociación Educación Indígena de 1892, y que devendría organización de masas con propósitos no raciales y de integración social, algo que solo comenzó a lograrse con el triunfo de la organización en las primeras elecciones democráticas en 1994.

Para llegar a ese momento, la formación atravesó períodos de intensas batallas contra las políticas oficiales implantadas a partir de una estrategia de la exclusión de la población negra -85 por ciento- en beneficio de un monopolio del poder de la comunidad blanca -menos del 15 por ciento-.

Entre los fundadores de la organización estuvieron Jonh Dube, que fue su presidente, y el periodista y poeta Solomon Plaatje, secretario general, pero el dirigente más sobresaliente, es sin duda, Nelson Rolihlahla Mandela.

Este partido se identificó como South African Native National Congress y s mediados de los años 20 cambió su denominación por la que le llevó a la posteridad, Congreso Nacional Africano.

Los dirigentes de la primera etapa eran graduados de escuelas dirigidas por misioneros y titulados en universidades norteamericanas y europeas, y entendían que sin violencia podrín convencer a la comunidad política de lo injusto de las leyes de segregación y que liberales anglófilos admitirían a los negros en la toma de decisiones.

“El movimiento de liberación nacional surgió desde dentro de la inteligentsia de Suráfrica, que fundó el Congreso Nacional Africano en 1912. “Esa generación había sido testigo de las consecuencias del oro y los diamantes en la derrota de la resistencia militar al colonialismo y el rápido desgaste de los limitados derechos de los pueblos indígenas en El Cabo liberal”.

La cita corresponde a una evaluación histórica de 2007 del entonces secretario general del ANC, Kgalema Motlanthe, en el preámbulo del texto Clase y color en Sudáfrica, de los comunistas Jack y Ray Simons. Era un derecho secuestrado muy difícil de alcanzar sólo con demandas pacíficas, pues el sistema estaba configurado moral y físicamente para rechazar toda opción de pluralismo social real, a la vez que en el ámbito económico se basaba en la sobrexplotación de la población negra.

En el primer tercio del siglo XX sólo los blancos podían acceder al Parlamento, mientras que una ley limitaba a 42 millones de hectáreas (13 por ciento de país) la tierra que podían ser propiedad de los negros.

La enajenación de de las riquezas minerales y sus beneficios cobró una nueva dimensión con la crisis desatada en gran parte por el descubrimiento de diamantes y oro (1869) en el Transvaal, lo cual atrajo a aventureros y contrabandistas, sobre todo del Reino Unido.

Ante la perspectiva de la extensión del dominio británico, el presidente Paul Kruger, dictó medidas restrictivas para la concesión de los permisos de explotación a los de esa procedencia, lo cual fue una de las causas de la Guerra Anglo-Boer, que concluyó con el triunfo de las tropas respaldadas por Londres.

Luego del conflicto, en 1910, las cuatro principales repúblicas se unieron para formar la Unión Surafricana. A los negros no se les dio el derecho de voto y esa decisión que también marginó a los de origen asiáticos, continuó erosionando el concepto de unidad nacional.

En ese ámbito convulso y excluyente de postguerra nació en 1912 el ANC, que en principio siguió la línea del pacifista Mahatma Ghandi, quien residió en el país y promovió allí su doctrina, la versión lugareña planteaba demandar el equilibrio social sin emplear la fuerza.

Aunque la doctrina del apartheid se estableció como componente del derecho surafricano a finales de la década de 1940, con el Partido Nacional (NP), el país había sufrido una larga historia de segregación racial bajo el dominio de la minoría anglo-boers, que concebía al Estado como un cuartel amenazado y como tal debía reaccionar ante sus enemigos.

El NP llegó al poder en 1948 y desarrolló las bases de la política de segregación racial, que oficializó el desarrollo separado de los grupos raciales (apartheid), con la creación de zonas semiautónomas de población negra, bantustanes, y aseguraba la conservación de la supremacía blanca, al ser esta centro de una decena de miniestados satélites.

Bajo sus gobiernos la represión y el asesinato de miembros del Congreso Nacional Africano se convirtieron en rutina durante la década de los años 50-65, cuando por una evidente necesidad histórica, el principal movimiento de oposición negra pasa a la fase de la lucha armada con la constitución del umKhonto we Sizwe, la Lanza de la Nación.

En 1960, el Congreso fue declarado ilegal y luego sus principales líderes encarcelados y juzgados en el llamado Proceso de Rivonia en 1963-1964 y en el cual se sentenció a Nelson Mandela y junto a él a otros líderes del ANC como Ahmed Kathrada, Walter Sisulu, Govan Mbeki, Andrew Mlangeni, Raymond Mhlaba,y Elias Motsoaledi.

También se incluyeron en el caso a Elias Motsoaledi, Walter Mkwayi (que escapó durante el juicio), Arthur Goldreich (prófugo antes del juicio), Denis Goldberg y Lionel Bernstein , todos acusados por el fiscal Percy Yutar de sabotaje y crímenes equivalentes a traición.

Para ese tiempo la comunidad internacional comenzaba a tomar conciencia del caso surafricano, que no sólo incluía el problema interno sino también la ocupación de Namibia, el respaldo a los colonialistas portugueses en Angola y Mozambique y el apoyo a las tropas británicas en Rhodesia del Sur (actual Zimbabwe).

Tras una escalada de violencia, huelgas, boicots y manifestaciones, el gobierno se vio obligado a aprobar, a partir de 1975, una serie de reformas. Se organizaron sindicatos negros y hubo un cierto grado de actividad política por parte de la oposición.

La etapa de los años 65-75 pasó a la historia como un período de madurez y radicalización del Congreso Nacional Africano, pese a la persecución del régimen segregacionista y las difíciles condiciones del exilio. Desde los años 60 la estrategia se orientó hacia la construcción del llamado Grand Apartheid, que hacía énfasis en la separación racial y, territorial y la represión policial, como principales instrumentos en política interna, mientras que en lo externo reforzaba sus lazos con las metrópolis coloniales europeas y Estados Unidos.

La Ley de Autoridades Bantúes de 1951 había colocado las bases para el gobierno étnico en reservas territoriales, – homelands- que eran un tipo de Estados independientes adonde enviaban a los africanos según su ficha de origen, la que muchas veces era incorrecta, comentaron historiadores.

Con la voluntad de fracturar al país y a su mayoritaria y descontenta población, se establecieron cinco de esos pseudoestados: Transkei, Ciskei, Venda, Zululand y Bophuthatswana. “Todas las personas negras fueron obligadas a llevar el pass book, documento de identidad que agregaba clasificación racial, impresión digital e información sobre la autorización para acceder a determinadas áreas blancas, generalmente por causas laborales”, recuerdan historiadores.

A la vez que la represión política tomaba fuerza la población se abocaba a un momento en que debía escoger por la supeditación total y la reclusión en los bantustanes o intensificar su lucha en la antesala de lo que sería una profunda crisis que fracturaría gravemente al sistema racista.

El 21 de marzo 1960 ocurrió en Sharpeville, suroeste de Johannesburgo, la primera gran demostración pública contra el sistema, con la cual la población negra rechazaba usar el pass books (libro de pases). La administración del NP esgrimiendo leyes de seguridad nacional, declaró el estado de emergencia por 156 días, lo que causó 69 muertos y dos centenares de heridos. Todo comenzó cuando la policía disparó contra la manifestación que protestaba. Esa demostración formaba parte de una campaña de desobediencia civil que pretendía obligar al gobierno a cambiar la legislación.

Un año después, Nelson Mandela propuso la lucha armada como forma de destruir el apartheid, ya que las denuncias no violenta no habían conseguido nada y se desató una campaña huelgas, manifestaciones, y boicot político, que a partir de 1975 obligaron al gobierno a aprobar reformas en el sistema.

Esas reformulaciones posibilitaron “la organización de sindicatos negros y cierto grado de actividad política por parte de la oposición”. No obstante, aunque el proceso de radicalización y unidad marchaba, aún la izquierda no tenía totalmente la iniciativa. A la vez que la coyuntura interna cambiaba, también lo hacía el contexto subregional, que había ganado en complejidad y radicalización con la presencia de nuevos componentes revolucionarios enfrentados al régimen racista.

Así, centenares de estudiantes secundarios marcharon en 1976 en South West Town (Soweto) -ciudadela satélite de Johannesburgo- en rechazo por la imposición del idioma afrikáans en el plan de estudios. Esa acción cívica fue duramente reprimida por las fuerzas del régimen, que convirtieron a la jornada en un infierno de dolor y muerte.

Muchos perecieron en los disturbios, entre ellos el niño Héctor Petersen, cuya caída devino símbolo de lucha por los derechos de la mayoritaria población negra en Suráfrica y en continente. Este hecho repercutió en todos el mundo progresista y reforzó la conciencia acerca de Suráfrica.

Los opuestos al sistema del apartheid eran considerados comunistas e ilegales y contra los que el gobierno instrumentó crueles medidas, con lo cual convirtió al país en un estado policiaco, cuya estrategia ideológica proccidental le identificó con la reacción en Africa meridional.

Una Constitución votada en 1984 abrió parcialmente la participación en el legislativo a mestizos y asiáticos, pero mantenía la exclusión negra, cuya población constituía más del 75 por ciento de los surafricanos, una expresión de pobreza política y de crisis en cuanto a los valores reales de institucionalidad. Esa nueva Carta Magna era considerada un insulto a las demandas realistas de democracia y así lo hicieron saber los guerrilleros de la Lanza de la Nación con sus operaciones en diversas zonas del oriente, como Natal, en el Zululand.

A mediados de 1985, la radio surafricana difundía, pese a la censura impuesta sobre el ANC – estaba prohibido divulgar fotografías de los dirigentes presos, así como repetir sus pronunciamientos- la ejecución de acciones “terroristas” en la ciudad balneario de Durban. La guerrilla del Congreso, con una innegable influencia progresista y del movimiento sindical, resultó un importante factor de contención político y militar frente a los excesos del régimen, además, el carácter regional de la conspiración contra el apartheid cohesionaba a las fuerzas anticolonialistas del Cono Sur en función de un cambio. Pero la crisis del sistema aún no había tocado fondo, aunque los enfrentamientos y la violencia continuaron en el país mientras aumentaba la presión internacional contra el gobierno en declive del presidente Pieter Wilheim Botha, en lo que sería la penúltima administración de la minoría boers.

El mundo de los años 80 esperaba cambios importantes en la correlación de fuerzas en cuanto a la confrontación Este-Oeste, en la cual Suráfrica desempeñaba un papel de muro de contención de los ideales anticolonialistas. Convertida en símbolo del anticomunismo en la región meridional del continente Suráfrica operaba en estrecho vínculo con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y a partir de sus directrices actuaba contra los integrantes de la Línea del Frente principalmente Angola, Mozambique, Lesotho, Swazilandia, Zambia y Zimbabwe.

A mediados de esa década, la insurgencia del ANC se coaligó contextualmente con la lucha de Angola por la desocupación del sur del país, la batalla por la independencia de namibia, el enfrentamiento mozambiqueño a la guerrilla respaldada por Pretoria y el proceso de consolidación de la emancipación de Zimbabwe.

De Bloemfontein a la Historia

Los procesos políticos en Africa austral, relacionados con Suráfrica y el fin del apartheid, fueron acompañados con un paquete de sanciones económicas favorables éticamente al ANC y a sus objetivos estratégicos. Lo anterior ocurría aunque algunos politólogos consideran que occidente manipuló un tanto la aplicación de esas restricciones.

En una reflexión al respecto se afirmó que las medidas de castigo “comenzaron a hacerse sentir políticamente cuando la clase empresarial empezó a presionar al gobierno para que fuera introduciendo los cambios necesarios para que fueran levantadas la sanciones económicas”, el lamento del bolsillo resonaba en los pasillos del poder.

Desde entonces, el gobierno de Botha “debía tratar de contentar a dos fuerzas antagónicas presentes en el Parlamento: la de los intereses empresariales y la de los partidarios a ultranza del mantenimiento del apartheid, esta última, su principal apoyo electoral”, es decir que se removían las partes más sólidas del proyecto del PN.

A la vez la rebelión de la población negra era cada vez de mayores dimensiones, más generalizada y violenta, frente a una política exclusivamente represiva, cada vez más brutal sumida en la lógica demencial de salvar al sistema.

Los problemas de salud de Botha le hicieron dimitir el 2 de febrero de 1989, cuando fue sucedido por su ministro de Educación, Frederik Wilheim de Klerk, quien pertenecía al núcleo duro del régimen, pero dio pasos que condujeron al desmontaje del apartheid, la aspiración del ANC, luego de más de medio siglo en busca del impacto necesario.

El 13 de diciembre de 1989, De Klerk se entrevista por primera vez con el líder del aún ilegal Congreso Nacional Africano, Nelson Mandela, para acordar los actos del gobierno y del ANC para la puesta en libertad del líder que llevaba ya 28 años preso.

Así el 2 de febrero de 1990 se llegó a la legalización de la organización, del Partido Comunista de Suráfrica y de otras 30 formaciones, y el 11 de febrero, Mandela fue excarcelado sin condiciones. Esa acción es calificada como uno de los momentos más sobresaliente de la historia del país austral.

Con la salida de las cárceles de los presos políticos comenzó a materializarse la transición hacia la Suráfrica democrática -por consiguiente no racial-, proceso que se perfilaba muy complejo por los múltiples intereses enfrentados. Para avanzar se requería contar con el consenso de lo que se identificaba con un modelo político de tipo arcoiris, donde ninguna corriente se sintiera marginada, es decir, dar fuerza a la unidad respetando la diversidad, pese a la sangre corrida.

Las conversaciones del ANC y el gobierno avanzaron y en noviembre de 1991 ambos firmaron la Convención para la Democratización de Suráfrica (Codesa) que sentó los pilares institucionales para la transformación de la estructura estatal, a la vez que originó un foro que fue el responsable de la redacción de una nueva Constitución.

Para la consulta pública de marzo de 1992, De Klerk llamó a un referendo a la población blanca y alrededor de tres millones de electores aprobaron mayoritariamente la abolición del apartheid, vigente en el país desde 1948 y que institucionalizó la segregación racial y la discriminación de la mayoría negra y de las minorías.

En el proceso de cambios institucionales, en cuyo centro estaba el ANC, en noviembre de 1993 se había llegado a un conjunto de acuerdos que concluyeron como siete proyectos de leyes dirigidos a regir en el período de transición que se avecinaba .Esas propuestas resultaron aprobadas por el Parlamento en septiembre y en diciembre de ese año.

Así se llegó a la celebración el 17 de abril de 1994 de un referéndum donde la cuestión clave fue continuar o no el proceso de paz. El resultado fue 68 por ciento Sí y 31 No. El hecho que el NP animó al público a votar afirmativamente fue un símbolo del cambio en el partido que aún detentaba el poder político, pero cuyas acciones e ideales se hundían en la obsolescencia. La transformación avanzaba pese a protestas de disidentes en las filas del Partido Nacional.

Todas las gestiones se orientaron a hacia establecer un sistema institucional equivalente a una persona, un voto, pero en un ambiente sin venganzas y ajustes de cuentas a posteriori. Esa decisión requerida para la construcción de la distensión social exigía una solución sabia y esa fue la creación de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación (CVR).

El sistema duró hasta 1994, cuando se llevaron a cabo las primeras elecciones democráticas, cuyos grandes vencedores fueron el Congreso Nacional Africano y su líder, Nelson Mandela, pero aún faltaba el ingrediente que enaltecería la justicia , y eso fue la presencia activa de la CVR, órgano que posibilitaría saldar deudas con la historia reciente. “Sin perdón no hay futuro, pero sin confesión no puede haber perdón”, fue el lema de la Comisión presidida por el arzobispo Desmond Tutu, hasta conclusión de sus labores cinco años después, en 1999.

Las labores del primer período de gobierno del Congreso Nacional Africano, cumplido por el presidente Nelson Mandela demostró la capacidad de desempeño en la construcción de la equidad entre los seres humanos, una meta moral comprometida por la organización el 8 de enero de 1912 y sólo cumplida con perseverancia casi un siglo después.

En 1997 Nelson Mandela pasó la dirigencia del Congreso a Thabo Mbeki, quien triunfó en los comicios de 1999. Mbeki probó ser un político capaz y en 2003 logró una mayoría de las dos terceras partes en el parlamento, lo cual le permitió hacer cambios a la Constitución y continuó al frente del país tras vencer en los comicios del 2004.

Es actual líder del ANC y jefe de Estado, Jacob Zuma asumió la presidencia de Suráfrica en 2009, con el compromiso de “trabajar con firmeza y entusiasmo para mejorar la vida de todos los sudafricanos, en especial los más desfavorecidos”, sintetizó el diario El País respecto a las palabras del gobernante en la ceremonia de toma de posesión.

En su juramento, Zuma señaló asumir el cargo “para mantener la Ley y la Constitución y defender y promover los derechos de todos los surafricanos”.

Prioridades del ANC hoy son trabajar en la creación de millones de empleos, disminuir la brecha económica en lo relativo al poder adquisitivo a nivel de toda la sociedad, aumentar los beneficios públicos como los servicios de salud, la educación, laborar en el desarrollo integral del individuo para garantizarle su amplia inserción en la nueva Africa.

* Periodista de la Redacción de África.