Bruselas, París, Londres, Nueva York y La Habana (PL).- El 1 de enero de 2012 el euro cumplió su décimo aniversario de circulación como moneda única en varios países de la Unión Europea (UE), en medio de una grave crisis económica que pone en entredicho la mayoría de las ventajas anunciadas tras su creación. La Comisión Europea reiteró que la creación de la moneda única es uno de los acontecimientos más importantes en la historia reciente del continente, pero se abstuvo de celebrar sus 10 años de vida.

El euro nació con el objetivo acelerar el proceso de integración europeo, eliminando los riesgos cambiarios por el uso de diferentes medios de pago, equilibrar la inflación y convertirse en un referente para el comercio internacional. Hasta ahora 17 países europeos se acogieron a la moneda común, aunque otros seis pequeños Estados (San Marino, Andorra, Vaticano, Kosovo, Montenegro y Liechtenstein) están autorizados a usarlo.

Sin embarco, cuando se decidió la unión monetaria, en enero de 1999, no se consideraron las grandes diferencias de los países involucrados. Entre los 17 estados asociados, de los 27 que integran la UE, existen distintos grados de rigor presupuestario que van desde el extremo control de gastos e ingresos en Alemania, hasta las naciones dispuestas a “maquillar” sus cuentas para entrar o permanecer en el grupo.

Hay también disparidades en cuanto a desarrollo industrial, productividad, empleo, ingresos y bienestar social. Las desproporciones entre el núcleo duro, formado por Alemania, Francia, Holanda y Austria, entre otros, y los de la periferia, como Portugal, Grecia, España o Italia, en lugar de desvanecerse, se profundizaron hasta detonar en 2011.

La eurozona inició 2011 con mucha incertidumbre sobre la evolución de la crisis de la deuda pública que afectó a Grecia, Irlanda y Portugal, amenazó con extenderse a otros países y puso en peligro la existencia del euro. En enero la moneda común se cotizaba por debajo de 1,30 respecto al dólar estadounidense y, si bien esta no era la peor marca de su historia, tampoco dejaba mucho margen para el optimismo.

Los primeros meses del año transcurrieron en una relativa calma y el euro llegó a rozar la banda del 1,50 en mayo, lo cual hizo pensar a algunos que las turbulencias financieras desatadas en 2010 se habían neutralizado. Fue justo entonces cuando el gobierno griego anunció que el costoso programa de rescate de 110 mil millones de euros aprobado un año antes, a cambio de dolorosos recortes sociales, desempleo y privatizaciones, simple y llanamente había fracasado. A pesar de las cuantiosas erogaciones, los principales indicadores económicos de Atenas estaban en franco retroceso y la nación helena se encontró, una vez más, al borde de la bancarrota y con necesidad de un segundo programa de salvataje.

Muchos gobiernos encendieron sus alarmas porque la quiebra de ese país afectaría a los principales bancos europeos, propietarios de miles de millones en títulos de deuda griega. Para colmo, las agencias calificadoras rebajaron esos títulos a lo que en la jerga de los mercados se denomina “bonos basura”, cerrando así el lazo en torno a una economía técnicamente asfixiada.

En realidad la llamada crisis griega no hizo sino poner de relieve las deficiencias en el diseño de la moneda común, así como la falta de una unión presupuestaria y fiscal entre socios con grandes diferencias de desarrollo, la ausencia de un banco central capaz de intervenir en sus fluctuaciones, y el desacierto de los programas de ajuste implantados para contener la situación y evitar un efecto dominó en toda la región.

Estalla la crisis europea

Grecia anunció su incapacidad para pagar su deuda pública y requirió de un segundo paquete de ayuda. Pese a que la nación helena apenas representa el 2% de la economía europea, no hubo manera de resolver sus problemas y más bien éstos se extendieron por la eurozona.

Estimada en un 120% del Producto Interno Bruto, equivalente a 1,9 billones de euros, la deuda de Italia devino seria amenaza para la existencia de la zona del euro. Por ello, en aras de sortear una posible debacle de proporciones apocalípticas para la economía mundial ante la posibilidad de una caída de la Eurozona, el gobierno italiano bajo presión del bloque comunitario optó por dejar las cosas en manos de tecnócratas.

A diferencia de Grecia, Irlanda o Portugal, la economía italiana -la más poderosa de la Eurozona, detrás de Alemania y Francia-, resultó demasiado grande como para que Europa intentara su rescate. Ante la mirada atenta de Europa, Italia se comprometió a aplicar medidas draconianas para salvar al euro. El sucesor de Berlusconi, el ex comisario europeo Mario Monti, economista de 68 años, relacionado con el más rancio capital financiero, y poseedor de la confianza de los mercados del continente y del empresariado italiano, dijo lo que la UE quería escuchar: “Italia será un punto de fuerza, y no de debilidad, para Europa”.

Pero el deterioro progresivo de la economía hizo rebajar la perspectiva de crecimiento en 2011 para toda la UE y forzó a varios gobiernos a aplicar duros planes de austeridad que golpearon a la población. Las agencias calificadoras impusieron, por su parte, una vigilancia negativa sobre las notas de la deuda soberana y el Banco Central Europeo (BCE) abatió la tasa de interés hasta un inédito uno por ciento para abaratar los créditos y aliviar la presión.

Angustiada por la crisis financiera, la UE buscó sobrellevar la crisis mediante el Plan de Gobernanza y el Pacto por el Euro, cuyos objetivos son los mismos: grandes recortes en el gasto público, despidos masivos, reformas en las pensiones y aumentos en la edad de jubilación. Las autoridades tratan de implantar un modelo a partir de la tesis de que Europa puede competir con el resto de las economías mundiales sólo a través de la reducción de los salarios de los trabajadores y el recorte drástico de los costos que supone el llamado Estado del bienestar.

Los gobiernos de Francia y Alemania propusieron un proyecto de máximo rigor fiscal para enfrentar la crisis y reestructurar los tratados de la UE, pero la oposición británica liquidó la posibilidad de lograr la unanimidad requerida para cambiar los pactos fundamentales. La cumbre europea del 8 y 9 de diciembre, anunciada como “la última oportunidad para salvar al euro”, se saldó con una fractura en el bloque por la negativa británica de acatar el proyecto franco alemán.

El BCE decidió el 8 de diciembre, durante su última sesión ordinaria del año, bajar en 25 puntos básicos su principal tasa de interés hasta el uno por ciento, cifra que representa su mínimo histórico. La disposición del consejo de la entidad bancaria llegó luego de mayores presiones tras la amenaza lanzada por la agencia calificadora Standard & Poor‘s de reducir la nota de la deuda de al menos 15 países miembros del euro.

La rebaja de 25 puntos básicos constituyó la segunda que se realiza bajo el mandato de Mario Draghi, quien estrenó la presidencia del BCE en noviembre pasado con el anuncio de una decisión similar. El recorte hace retornar la principal tasa del banco al mínimo histórico al cual llegó en mayo de 2009, efecto directo de la crisis financiera desatada por la quiebra del banco estadounidense Lehman Brothers.

La noticia de la rebaja conmovió los mercados, donde el euro subió levemente frente al dólar y se cotizó en la jornada a 1.3410 dólares. Mientras, el oro al contado avanzó casi uno por ciento a un máximo de sesión de 1.755,80 dólares la onza, frente a 1.741,34 dólares al cierre del miércoles en la bolsa de Nueva York.

El 27 de diciembre, el euro se mantuvo en un mínimo de 11 meses frente a la moneda estadounidense, al cotizarse a 1,30 dólares. En lo que iba de 2011 esa divisa se había desvalorizado 2,3%. En Nueva York, el dólar perdió terreno ante el euro, moneda por la que se pagaron en Nueva York 1,3071 dólares, frente a los 1,3046 de la sesión precedente.

El 29 de diciembre, el euro logró recortar sus pérdidas contra el dólar tras tocar su nivel más bajo desde septiembre de 2010, impactado por los rendimientos de una subasta de deuda italiana que permanecieron en cotas consideradas insostenibles. La moneda comunitaria se contrajo hasta 1,2856 dólares, por debajo de su mínimo de 2011 ubicado en 1,2860 dólares, para alcanzar un piso de 15 meses. El euro se valorizó luego a 1,2930 dólares y borró prácticamente todas sus pérdidas diarias, tras renovarse el apetito por activos de riesgo debido a datos más favorables a los previstos sobre el sector inmobiliario en Estados Unidos.

El jueves de la semana pasado el euro se ubicó en el escaño menor frente al yen en la última década, al caer hasta 100,35 yenes en la plataforma operativa EBS. Tras recortar algo sus pérdidas, el euro cotizó a 100,53 yenes, con una baja de 0,3 por ciento desde su cierre en Estados Unidos en la jornada previa. “Nadie ve nada en el horizonte que pueda ser ligeramente positivo para el euro”, alertó el estratega cambiario de BNP Paribas en Singapur Rob Ryan.

El último día de cotizaciones cambiarias, el 30 de diciembre, el euro estuvo por primera vez en mucho tiempo debajo de los 100 yenes japoneses y a 1,29 respecto al dólar estadounidense, un doloroso regalo de cumpleaños.

Los costos de la crisis

En los 12 meses pasados tres gobiernos cayeron como consecuencia de la crisis, el de Giorgios Papandreus en Grecia; Silvio Berlusconi en Italia, y José Luis Rodríguez Zapatero en España. Respecto al costo social de estas turbulencias, basta señalar que en toda la Eurozona más de 16 millones de personas finalizaron 2011 sin un puesto de trabajo. Por si fuera poco, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico dictaminó una recesión ligera en la Eurozona durante el cuarto trimestre de 2011 y el primero de 2012.

Muchos analistas se preguntan ¿por qué no hay mejoría, a pesar de la multiplicación de reuniones y acuerdos firmados por los gobernantes? La respuesta parece estar en la naturaleza misma de las medidas adoptadas, dirigidas a salvar a los bancos y el sistema financiero, pero no a estimular la inversión, generar desarrollo económico, crear empleos y fortalecer la capacidad de consumo de la población.

La muestra del carácter estructural de la crisis en sí se refleja en la evolución del contenido de las cumbres de jefes de Estado y de Gobierno a lo largo de 2011. Hasta septiembre, tales reuniones tenían como objetivo contener la crisis en los países afectados, pero después y sobre todo hacia el fin de año, se trataba de salvar al euro y preservar de alguna manera la Eurozona y la misma UE.

Recientemente en una conferencia dictada en Beijing, el ex director del FMI Dominique Strauss-Kahn irritó a las autoridades de la UE al señalar a la Eurozona como “una balsa a punto de naufraga”. El presidente del Banco Central Europeo (BCE) Mario Draghi rechazó esa versión y aseguró que el euro forma parte fundamental de los tratados de Maastricht y su función es irreversible.

El portavoz de la Comisión Europea (CE) Olivier Bailly afirmó que la creación de la moneda única es uno de los más grandes acontecimientos en la historia reciente del continente, y negó que la prolongada crisis de la deuda soberana en la UE sea también una crisis del euro, cuya existencia consideró como fuera de todo riesgo.

Especialistas de toda la UE advirtieron que el abandono de uno o más países de la zona euro, o la caída misma de esa moneda, tendrían un peso extraordinario sobre la economía mundial. Ansgar Belke, del instituto alemán DIW, consideró que los costos de la ruptura de la moneda común “son demasiado grandes para ser cuantificados”. Kenneth Rogoff, ex economista jefe del FMI, señaló que las dificultades de la eurozona son una sombra para la economía global y no tienen una solución fácil, pero aún así la salida de los países más débiles resulta una opción inaceptable.

París y Berlín consiguieron reunir a 26 países en torno a un acuerdo intergubernamental que debe firmarse en marzo de 2012. La estrategia prevé otorgar a la Comisión Europea la autoridad para revisar los borradores de los presupuestos nacionales y -si lo considera necesario- imponer cambios en los mismos. Los países incapaces de mantener su déficit por debajo del 3% del PIB, o su deuda en menos del 60% de este indicador, serán objeto de sanciones automáticas.

Se propuso, asimismo, la denominada Regla de Oro, la cual consiste en incorporar en las constituciones de cada Estado el compromiso de respetar las nuevas normas. Las principales críticas a este acuerdo son que, una vez más, carece de medidas urgentes para estimular el consumo y la economía, y soslaya problemas de gran impacto popular, como el desempleo y el alza del costo de la vida.

Entre tanto, la CE no programó ningún tipo acto para celebrar los 10 años de vida del euro, mientras que el BCE se limitó a emitir una moneda conmemorativa de dos euros, la cual comenzará a circular en los próximos días.

* Con reportes de los periodistas Jorge Hernández Álvarez, de la Redacción Europa de Prensa Latina, y Amílcar Morales, corresponsal en Francia.