En los pueblos provincianos muchos jóvenes solían soñar con París, una ciudad llena de luces, adornada con una atávica torre de metal que le daba un carácter de perpetuidad a su imagen. La Meca de Occidente, en el imaginario ávido de sueños de la provincia.

Una ciudad desbordante en belleza, donde convivían el arte y el conocimiento, una ciudad esbozada nada menos que por Henri Marie Raymond de Toulouse-Lautrec, una ciudad de cafeterías donde se destilaban las ideas de vanguardia, una ciudad donde se respiraba aires de cambio en medio de las flores de sus campos elíseos. Una ciudad donde habían florecido incluso las flores del mal, sembradas nada menos que por Charles Baudelaire. Una ciudad iluminada por Jean Nicolas Arthur Rimbaud, una ciudad donde aun se escuchaba las baladas rebeldes de François Villon, una ciudad donde el fermento de la poesía se podía sentir hasta en su gran variedad de quesos.

El Mayo 68, había producido una extraña epidemia en las republicas bananeras del “Nuevo continente”, en ese frio que corría por sus miserias ignoradas, la curiosidad y la fantasía construían torres en medio de la explotación de los metales y escupitajos de los pulmones del mundo, la epidemia ofrecía algo más por qué morir.

En la atmósfera de la provincia se podía respirar los aires libertarios que llegaban del viejo continente, los jóvenes estudiantes degustaban el vino, acompañaban a sus ideas con una boina inclinada a la izquierda, abrigaban su discurso con una chalina, llevaban su ideología en la bolsa colgada al hombro junto a los libros de Louis Althusser, Jean-Paul Sartre, o el Manifiesto de Carlos Marx. Eran tiempos que caminaban lentamente por las aceras bajo las nubes solemnes que cobijaban el sueño de estos jóvenes de barba rala y melena enredada.

La mayoría de estos jóvenes tenía la fortuna de vivir en dictadura, el régimen militar daba un toque de autenticidad a su fervor cívico y a sus fervorosas manifestaciones; los más aguerridos dirigentes estudiantiles, si bien no terminaban de cautivar a las masas, terminaban cautivando a las muchachas más sensibles de la vanguardia. El problema de caer preso daba prestigio a su hoja de vida revolucionaria, un problema rápidamente resuelto por algún familiar acaudalado o militar de buena familia.

Las canciones francesas y las canciones de protesta acompañaban las noches de bohemia de estos jóvenes protestantes con atuendos cuidadosamente descuidados, muchos de ellos, discretos artistas, aportaban a la reunión con alguna frase célebre en francés. Muchas de sus casas eran un espejo de la Europa medieval, las cortinas color púrpura, el piano de cola, los muebles Luis XV, los mitrales minuciosamente decorados, los cuadros copiados, hacían una sinfonía de admiración a la ciudad luz, admiración que venía de sus antepasados que también habían soñado con Paris.

París les abrió los brazos a estos jóvenes afortunados de vanguardia, su búsqueda llegó a su fin, con un elemento más novelesco aun para enriquecer su epopeya, el exilio, fue como encontrar una rosa negra en los prados de la noche que rodeaba la provincia.

Las campanas fueron testigos del vaivén revolucionario, que repicaba a los dos lados, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, los alquimistas de la historia prendían las velas de agradecimiento en las capillas por el milagro recibido, partían con rumbo a la ciudad luz.

Jugar con el fuego no fue del todo feliz, muchas balas perdidas habían cegado las vidas de los más inocentes, de los auténticos soñadores, de los que querían la luz, sin importarles París. Los sueños volaron con el tiempo donde parece que nada ocurre, simplemente transcurre.

Estos jóvenes de vanguardia, hoy de vuelta al redil, recuerdancon tristeza y nostalgia su epopeya, París ya no es la ciudad luz que imaginaban, y pocos pudieron infiltrarse en el gobierno actual escribiendo sus continuos errores, a los demás les cuesta leer estas barbaridades que no están en francés.