Los Ángeles, (PL).- En algún lugar de lianas enmarañadas y gigantes árboles, en el frondoso imaginario de millones de personas alrededor del orbe, Tarzán está de luto: su mejor amiga, la mona Chita falleció tras un fallo renal a sus 80 años.

El longevo animal murió el pasado 24 de diciembre -informó en su web el Suncoast Primate Sanctuary Foundation, en Florida, Estados Unidos-, mientras que en medio mundo brillaban luces navideñas y algunos entonaban auspiciosos villancicos.

Chita (Cheeta, en inglés) -pese a no aparecer en las novelas originales de Edgar Rice Burroughs- protagonizó en los años 30 del siglo XX la célebre saga cinematográfica de Tarzán, junto al estadounidense Johnny Weissmüller, aquel buen mozo de origen austriaco, cinco veces campeón olímpico de natación y dueño de más de 60 plusmarcas universales.

Entonces el primate vivía su más tierna juventud, pero aun así conquistó a nuestros abuelos y a sus padres, cobijados, en cualquier sala oscura, de la inclemente realidad de la crisis económica mundial y de los negros heraldos que anunciaban la próxima gran guerra.

Tal vez porque los chimpancés comparten el 96 por ciento del genoma humano, Chita fue el lazarillo del joven Tarzán y luego su mejor escudero a la hora de encarar los mil peligros de las selvas africanas, donde el héroe, aun alejado de la civilización, demostraba su improbable primacía sobre la naturaleza.

Fue madre, hermana y acaso hasta novia silenciosa de aquel épico mono lampiño. Creo que siempre tuvo celos de la rubia y advenediza Jane (Maureen O‘Sullivan); las escenas de Chita entre los fuertes brazos del protagonista parecen denunciar algún sentimiento prohibido.

El histrionismo del primate cautivó desde el principio.

Quizás a alguno le pareció superior al de Weissmüller, pero cuando años después se supo que la mona Chita en realidad era un macho chimpancé, todos sus seguidores quedaron atónitos, desubicados ante la incongruencia, fascinados por la mágica potencia del cine y de sus fabulaciones.

La travestida Chita embrujó a todos. Contribuyó a perfilar la seductora y racista idea de que el hombre blanco natural, el más básico representante de Occidente y Norteamérica -aun en la total ignorancia de la civilización-, pertenece a una escala superior de humanidad que las feroces tribus negras del África la salvaje.

¿Cuántos negros y mestizos de este lado del mundo, alucinados por el embrujo del séptimo arte, desearon en la penumbra de las salas que Tarzán acabara con sus antepasados?

La mona (o mono) -que conquistó las lunetas como sus congéneres fantásticos de El planeta de los simios o el celebérrimo King Kong- hizo su inolvidable aporte al imperio propagandístico de Hollywood, pero, de cualquier modo, tiene un escaño en el panteón universal del arte y en la imaginación de millones de cinéfilos.

Algunos se han cansado de decir -diarios prestigiosos y acuciosos periodistas- que la interfecta criatura no es aquella que presenció el vigoroso abrazo de Tarzán con el descomunal cocodrilo en las turbias aguas de un río artificial, que para varias generaciones de fanáticos continúa fluyendo en medio de una oscura jungla tropical.

Los chimpancés viven apenas 40 años en libertad y 60 en cautiverio, ¿cómo pudo entonces sobrevivir casi 28 años al propio John Weissmüller (1904-1984), su co-estrella y amo hasta la década del 60 de la pasada centuria? Muchos dudan, aunque haya entrado por su presunta edad en el Libro de Records Guiness.

Debbie Cobb, de la reserva Suncoast, señaló a la prensa que Chita amaba pintar con los dedos y el fútbol americano y entendía muy bien los sentimientos humanos. “Sabía exactamente si uno tenía un día bueno o malo. Y cuando pensaba que malo, intentaba continuamente hacer reír”, agregó.

Acaso todo esto sea apenas alimento de un mito que los siglos forzosamente desecharán. Lo único cierto es que, por ahora, Chita -ignorante de cualquier filosofía- se apresta a pasar entre nosotros sus próximos 80 de vida eterna.