Islamabad, Washington y La Habana, (PL).- La cooperación forzada en la denominada guerra global contra el terrorismo de Estados Unidos recibió un duro golpe con el cierre de la base de los mortíferos drones en Pakistán, y de la frontera para la logística de la OTAN hacia Afganistán. Según fuentes del Ministerio del Interior, esos aviones manejados por control remoto ejecutaron más de 236 golpes aéreos sobre Pakistán bajo la presidencia de Barack Obama.

La colaboración de Pakistán, presionada desde el 7 de octubre del 2001, proporcionó al Pentágono en el territorio surasiático gigantescas instalaciones aéreas en la ciudad de Jacobabad para logísticas y operaciones, así como las de Shamsi, Pasni y Dalbadin.

En 1992, Pakistán arrendó a los Emiratos Árabes Unidos la base de Shamsi para las expediciones aéreas de caza de la familia real, pero fuentes enteradas aseguran que Washington la subcontrató e instaló allí sus drones en el 2004, bajo la dirección de una división especial de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Esta base jugaba un papel importante en las incursiones de aviones guiados por control remoto contra los insurgentes islamistas en el noroeste de Pakistán.

El modelo MQ-1 (Predator) carga una variedad de armamento ultramoderno donde resaltan el cañón GBU-12 Paveway, que lanza proyectiles guiados por rayo láser, y los misiles aire-tierra AGM-114 Hellfire. La CIA emplea los aviones no tripulados para misiones clandestinas en el espacio aéreo de otros países, incluida la observación durante meses de un predio en Pakistán donde presuntamente se ocultaba el jefe de Al Qaeda, Osama bin Laden.

Los llamados “ojos” de la guerra moderna o de operaciones de espionaje, antiinmigrantes o antidrogas, son un eslabón esencial de la política bélica de Washington en los cielos de Pakistán, Iraq, Gaza o Libia, y están desplegados además en naciones del norte de África. Unos cinco mil de estos pequeños depredadores estadounidenses están desplegados en Iraq y Afganistán, y Washington planea ahora robotizar el 15 por ciento de su fuerza aérea antes de 2015 a un costo de 230 mil millones de dólares.

De acuerdo con los diarios pakistaníes editados en ingles The News y The Times, esa instalación secreta se encontraba en Shamsi, conocida como Bandari, a unas 200 millas al suroeste de la ciudad de Quetta, en la provincia de Baluchistán y a igual distancia de Irán. Sin embargo, según analistas y responsables estadounidenses, el cierre de Shamsi no impedirá las operaciones con aviones teleguiados, que pueden efectuarse a partir de Afganistán hacia otras naciones.

El ex presidente general Pervéz Musharraf reveló en 2007 en Nueva York que Washington amenazó con convertir en piedra y polvo a Pakistán si rehusaba ayudar con bases militares en la agresión a Afganistán. Pero, desde que Islamabad juntó con Washington las zonas tribales fronterizas, en especial Waziristán del Norte y del Sur, con Afganistán, se convirtieron en los principales blancos de los ataques aéreos y de comandos especiales con los subterfugios de perseguir supuestos talibanes y la red islámica de Al Qaeda.

La elevada cifra de víctimas civiles pakistaníes, destrucciones de viviendas y autos desató la indignación y repulsa entre la población, que clamó por finalizar la cooperación con Estados Unidos. Los ataques contra ese territorio, en violación de su soberanía y pactos bilaterales, causaron la muerte a más dos mil civiles y militares, y heridas a otros 1.500 pakistaníes.

Fuentes del Ministerio pakistaní del Interior comunicaron que esos aviones manejados por control remoto ejecutaron más de 236 golpes aéreos sobre Pakistán bajo la presidencia de Barack Obama, equivalente de uno cada cuatro días. Un reciente reporte de la Oficina de Periodismo de Investigación, con sede en Londres, reveló que los aviones teledirigidos han matado 168 niños paquistaníes desde que la CIA comenzó a utilizarlos en ese país hace siete años. A ello se sumó la operación encubierta de una dotación de la agrupación de los SEAL en territorio pakistaní, que causó supuestamente la muerte de Osama bin Laden, líder de la red islámica Al Qaeda, el pasado 2 de mayo.

En agosto pasado, los aviones no tripulados norteamericanos mataron 21 insurgentes en Waziristán del Norte, un territorio que el mando estadounidense tipifica como uno de los santuarios del Talibán y Al Qaeda. En la primera semana de septiembre, los aviones teledirigidos mataron al menos a seis individuos sospechosos de pertenecer al Talibán, pero cuyas identidades no fueron establecidas.

Funcionarios de inteligencia destacados en Waziristán del Norte dijeron que misiles disparados por un dron impactaron a un vehículo que se desplazaba por la región tribal de Esokhel y causaron la muerte a sus dos ocupantes. Según el reporte militar, uno de ellos era un comandante de la red Haqqani y el otro, un extranjero cuya nacionalidad no se especificó.

Otra aeronave a control remoto disparó sendos misiles sobre un vehículo y una casa en la propia zona y mató a cuatro supuestos rebeldes. Una vivienda cercana también resultó dañada. Waziristán del Norte es sistemáticamente bombardeado por los drones estadounidenses, pero a veces los miembros de las comunidades tribales allí asentadas, y no los insurgentes, son las víctimas de los golpes aéreos.

Como colofón, la copa se colmó cuando helicópteros y aviones de combate de la OTAN atacaron dos puestos militares pakistaníes el 26 de noviembre, antes del alba, y causaron la muerte a soldados en un incidente descrito como un asalto no provocado. Según jefes militares pakistaníes, los mandos de la alianza atlántica tenían perfectamente identificados esos puntos de vigilancia y control, y conocían que en los últimos tiempos los talibanes permanecían inactivos en la zona. A la hora del ataque, la mayoría de los custodios dormían. Al menos 24 de ellos murieron y más de una docena resultaron heridos.

La reacción del gobierno no se hizo esperar y ordenó cerrar los pasos por donde fluye la mayor parte del combustible y los suministros para las fuerzas ocupantes de Afganistán, y exigió a Estados Unidos evacuar sus drones de la base de Shamsi (noroeste del país).

El máximo jefe militar pakistaní general Pervez Ashfaq Kayani dijo que “cualquier aparato que invada nuestro espacio aéreo será considerado hostil y derribado”. Kayani alertó a las tropas que Pakistán rechazaría con toda su fuerza, sin importar el costo ni las consecuencias, cualquier nueva agresión como la del 26 de noviembre y concedió a sus efectivos plena libertad para responder.

EE.UU. estima demasiado importante relación con Pakistán

El 23 de diciembre, el Departamento de Estado calificó de demasiado importante su relación con Pakistán como para permitir que fracase. Debemos trabajar juntos; los problemas y desafíos que afrontamos son demasiado importantes, señaló el portavoz del departamento Mark Toner y agregó que Estados Unidos desearía una relación más cercana y fructífera con Pakistán, tanto en el plano militar como en el político.

Las relaciones entre ambos países se encuentran en el nivel más bajo en una década después que el 26 de noviembre último, aviones de la alianza atlántica ultimaron dos puntos de control en la frontera con Afganistán y provocaran la muerte de 24 soldados paquistaníes más una docena de heridos.

El ejército pakistaní rechazó las conclusiones de una investigación de Estados Unidos y la OTAN sobre los ataques aéreos. La jefatura de las fuerzas armadas indicó que el informe carece de sustancia y aclaró que para pronunciarse oficialmente esperará a que sus aliados en la guerra contra los talibanes hagan entrega formal del documento, pues lo que circula hasta ahora son reportes de prensa, precisó el lacónico comunicado.

Pakistán rehusó desde el primer momento unirse a la investigación y anunció que realizaría una propia. Según la versión de Washington y la alianza atlántica, tanto las tropas estadounidenses como las paquistaníes cometieron una serie de errores que condujeron al trágico incidente.

La embestida de la OTAN el 26 de noviembre provocó una airada reacción de Islamabad que decidió de inmediato cancelar su asistencia a la conferencia internacional sobre Afganistán el 5 de diciembre en la ciudad alemana de Bonn. Analistas consideran que la ausencia del país asiático constituyó un boicot a la cumbre dada su estratégica vecindad a Afganistán y el papel que debe desempeñar en las negociaciones con los talibanes, tras la retirada de las tropas de Estados Unidos y de la OTAN de ese país en 2014.

El gobierno pakistaní prometió, asimismo, revisar todos los programas, actividades y acuerdos de cooperación con Estados Unidos, la OTAN y la ISAF (Fuerza Internacional de Asistencia en Afganistán), incluidos los diplomáticos, políticos, militares y de inteligencia.

Islamabad cerró los pasos por donde fluye el 50 por ciento del combustible y de los suministros que reciben las tropas de la OTAN emplazadas en el vecino país, y exigió a Washington abandonar la base de aviones no tripulados en Pakistán. Como parte de la reacción estadounidense, senadores republicanos exigieron al Congreso “revisar completamente” sus relaciones con el país asiático, así como contemplar posibles recortes a la ayuda económica y militar a ese país.

Washington, de hecho, bloqueó unos 700 millones de dólares como parte de su ley de gastos de defensa para 2012, “hasta que el país asiático asegure que está combatiendo la fabricación de bombas caseras en la región”. Hasta el momento, la administración Obama rehusó excusarse con el gobierno paquistaní por lo sucedido, aunque expresó en reiteradas ocasiones sus condolencias a los familiares de los fallecidos.

* Periodista de la Redacción Asia de Prensa Latina. Ex corresponsal en China, Corea, Japón, la India y Vietnam.