Santo Domingo (PL).- Sólo seis años después del descubrimiento por Cristóbal Colón, en 1498, el Nuevo Mundo tuvo su primera capital en Santo Domingo de Guzmán. El Gran Almirante primero avistó tierra en la isla que llamó San Salvador, desembarcó en el hemisferio occidental por primera vez en la costa oriental de Cuba, pero siguió camino más al sureste, hasta la isla contigua bautizada como Hispaniola o la pequeña España.

La primera Catedral erigida en el Nuevo Mundo fue la dedicada a Santa María la Menor y se encuentra en Santo Domingo, templo donde se dice se conservaron los restos de Cristóbal Colón por más de dos siglos y medio. La otra más antigua es la iglesia de Las Mercedes, en la calle del mismo nombre, en la zona colonial.

Igualmente ganó el título de Primada la Universidad Autónoma de Santo Domingo, fundada el 28 de octubre de 1538. En 1498 se fundó la ciudad de Santo Domingo de Guzmán. En el siglo XVI se generalizó el nombre de la capital a toda la isla.

Al decir de la poetisa dominicana Soledad Alvarez, hay ciudades alegres y tristes, hostiles y amables, ardorosas y frías, caóticas y apacibles, pero las razones de los hombres para vivir en ellas pueden valer más que todas las crisis.

Santo Domingo tiene todas esas facetas y muchas más. Ruinas de templos, hospitales y fortalezas en su ciudad colonial han quedado como cicatrices de los fuegos que la consumieron a manos de corsarios y piratas, como la invasión del corsario inglés Francis Drake en 1586.

De ser la colonia más pobre de España en los siglos XVII y XVIII, desarrolla su identidad nacional y gracias al Padre de la Patria, Juan Pablo Duarte, en 1844 la nación adquiere el nombre de República Dominicana en honor a la orden de los Dominicos. Parte de las murallas y puertas de la ciudad antigua, aunque deterioradas, siguen en pie como mudos testigos de las adversidades.

Como introducción en 1930 a las tres décadas más oscuras de la historia republicana, pasó por su capital que ya contaba con 50 mil habitantes, el ciclón de San Zenón. El meteoro destruyó totalmente la ciudad, dejando cuatro mil muertos y 19 mil heridos, pero con las edificaciones coloniales intactas.

La mayor parte de la población vivía en casas de madera y techos de paja o zinc que cedieron fácilmente a los vientos y penetraciones del mar, junto a la crecida de los ríos Ozama y Haina que ajustan el talle de la capital.

Cincuenta años después de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, Santo Domingo es una metrópolis que descarga incesante monóxido de carbono por un sistema dispendioso de transporte que incluye autos, yipetas (que viene de Jeep), camionetas, ómnibus, minibases “voladoras” y moto conchos o motociclistas temerarios, como los taxis privados con las señas visibles de muchos combates.

El malecón o avenida George Washington ofrece un agradable cambio de brisa, mar y sombra al bochorno caldeado de la ciudad. Fuera de las avenidas centrales, todavía hay mucho barrio desamparado, deficiente recogida de basura que mezcla el olor de desechos junto con el aroma de frutas, flores y frituras.

Después de pasear El Conde, bulevar de tiendas, que desemboca en la plaza de la catedral, es preciso reposar en los cafés al aire libre, donde se degusta la aromática infusión dominicana, que puede aventajar a la que se toma en Roma, Madrid, La Habana u otras capitales cafeteras del mundo.

La cerveza Presidente, el ron y el circo de las elecciones son disfrutadas aquí tanto como el béisbol, pasión nacional. El humor criollo se regodea en sus incidencias.

Santo Domingo es, en fin, un hervidero urbano con casi cuatro millones de personas, la mitad de esta cifra procedente de provincias aledañas y el resto del país, así como de turistas, de los cuales recibe República Dominicana unos cuatro millones anualmente.

* Corresponsal de Prensa Latina en República Dominicana.