Llegando la Navidad es inevitable que la cultura capitalista del consumo siga cruzando las fronteras de lo religioso más genuino, distorsionándolo, con el fin de captar adeptos; es el modo que tiene el sistema para replicarse material y simbólicamente (tener para ser, y mostrar que se es), y funciona.

Por el contrario, lo religioso se relaciona, dentro de una corriente reflexiva que me inspira, con la capacidad que tenemos los seres humanos de volver a relacionarnos (una y otra vez, las veces que sea necesario) con nosotros mismos, con nuestros compañeros de camino (próximos y lejanos, otros pueblos, la humanidad toda), y con “Aquel/Aquella/Aquello” que nos trasciende, como quiera que lo llamemos (¿dios?, ¿la justicia?, ¿el socialismo?); digo, que nos trasciende en la medida que nos hace salir de nosotros mismos para ir al encuentro del otro y de lo común.

En estos días, dadas mis raíces cristianas, he vuelto a pensar en el relato de Jesús el Nazareno. Me ha tomado el tiempo desembarazarme de todo un folclore de mitos y leyendas escritos en torno a su figura para destacar, supongo que en el mejor de los casos, aquello que no necesitaba ser destacado a riesgo de perder significado; que es lo que lamentablemente ocurrió: pasaron los siglos y la historia del Nazareno solo ganó en una densidad teológica rayana con el absurdo y el espanto, y fue utilizada por el Poder como instrumento de dominación.

Su historia es de una simpleza que no deja lugar a dudas: un hombre de corazón compasivo que se indignó ante las injustas cargas impuestas por los de arriba (los funcionarios del imperio, la casta sacerdotal, los mercaderes, los que se ganaban la vida a costa del sudor ajeno) sobre la inmensa mayoría de los abajos (los trabajadores, la gente común, los pobres de toda pobreza); y que encontró en la opción radical por estos últimos el sentido de su vida. Casi al final, cuando la sentencia de los poderosos estaba decidida y una cruz se levantaba pesadamente sobre su horizonte -tanto cuestionamiento al Poder, tanta protesta social en potencia-, un funcionario imperial de la región de Judea llegó a preguntarle por “la Verdad”; como si un par de reflexiones abstractas pudieran darle unas pistas sobre el sentido último de la vida.

“¿Y qué es la Verdad?”, le preguntó Pilato, y apuesto a que el silencio de Jesús en el relato evangélico podría mutar en otros tantos interrogantes: “¿Acaso no sabés de dónde vengo, con quiénes he estado, qué he compartido, cuáles son mis sueños; qué es lo que anuncio, en quién, en quiénes confío?” Apuesto que quiso explicarle que ninguna verdad, ningún “dios” puede levantarse fuera de lo humano que se hace de gratuidad, en un abrazo, en un beso, en la ternura dada sin razones; en lo que nos enseñamos unos a otros; en lo que nos urge a lanzarnos al mundo para seguir cuidando y perpetuando esa corriente de vida capaz de meter las manos en el barro, en lo frágil, en lo necesitado, en la defensa inclaudicable de los ninguneados de todo derecho. Hasta exigirlo todo, hasta darlo todo en esa lucha contra los poderes que avanzan restringiendo la vida.

¿No fue ese el final de tantos y tantas a lo largo de la Historia? ¿No lo sigue siendo en nuestra Argentina de capitalismo serio, cuando Mariano Ferreyra se apostó en las vías con sus compañeros; cuando el qom Roberto López y el campesino Cristian Ferreyra salieron a defender la tierra de sus antepasados; o cuando familias enteras acampan reclamando vivienda o cortando rutas por dignidad? ¿No circula este espíritu entre los trabajadores que deciden asambleariamente una huelga para exigir mejoras salariales y en las condiciones de trabajo?

Jesús de Nazaret fue un hombre y no contó con ningún “plus sobrenatural” (cuestión que fue aclarada en uno de los primeros concilios de la incipiente iglesia romana, mal que le pese a Benedicto y su séquito; mal aprendido que lo tengan millones de seres humanos); hizo humanamente lo posible por llevar a cabo sus sueños de libertad y justicia; sin dudas marcó un camino de humanización que ha perdurado por siglos (si bien distorsionado por los intereses que conocemos); y ensayó una ética para la vida desde la vida de los más pobres. Pero lo hizo sujeto a las leyes naturales, a lo contingente, a las circunstancias de su tiempo y de su lugar, configurado por sus vínculos. No tuvo a su alcance una teoría sobre la evolución de las especies ni otra sobre el inconsciente como fuente de las motivaciones humanas, como tampoco un análisis científico de las sociedades; no conoció la palabra socialismo, pero hizo experiencia de lo asambleario y por eso las mesas compartidas fueron tan significativas en su vida. No era el de Jesús el tiempo de la hegemonía del capitalismo, pero sí de otras formas de opresión de unas clases sobre otras.

Faltaban siglos para que Marx y Engels develaran el oprobio del Capital, para que el campesinado ruso protagonizara los diez días que cambiaron la historia, y Trotsky pretendiera encender la revolución entre el proletariado alemán, para luego asumir la defensa de la democracia obrera frente a la traición y el horror que la dictadura estalinista esparciría por el mundo conciliando con el imperialismo yanqui y las socialdemocracias europeas; hasta la Cuba triunfante de Castro se rendiría a la burocracia soviética, mientras el Che (y su guerrilla y sus sueños) era acribillado en la selva boliviana llevando en su mochila La revolución permanente de Trotsky.

A estas alturas, la imagen del pesebre (libre ya de ángeles, reyes magos y concepciones virginales) me remite únicamente a la miseria y al abandono que padecen en nuestro tiempo millones de seres humanos, y a la exigencia impostergable de justicia. Dar el grito primero de libertad es la tarea común que nos convoca con urgencia, y si en el camino damos a “Aquello” que nos trasciende el nombre de “dios” -al igual que Jesús y millones de creyentes sinceros en la historia- pues que la fe sea confianza en lo bueno para todos (y no para unos pocos a costa de la mayoría) y que se fragüe en las luchas que encarnemos contra la injusticia y en las mesas donde fraternalmente compartamos el pan y la palabra. Es mi deseo para esta Navidad que el horizonte común de toda la Humanidad, más allá de sus credos religiosos, sea un mundo donde cada nacimiento se celebre como único, de una belleza infinita. Y que no temamos soñar revoluciones ni parir los urgentes cambios necesarios. La Humanidad Nueva será como un hijo que se anuncia a la vida entre dolores, para encenderla de alegrías y esperanzas nunca del todo imaginadas hasta entonces.

“Cambia, todo cambia…” resuena en mi corazón la eterna voz de la Negra, sumándose a miles de voces cantando para que asome el sol sobre la tierra. Ciertamente, hay signos de esperanza. El 2011 fue el año de las revoluciones árabes que siguen en curso, y de los “indignados” e “indignadas” de todas las plazas del mundo. Millones de personas, trabajadores y estudiantes, explotados, oprimidos, excluidos del sistema comenzaron a descubrir que tenían una identidad común, que eran, que somos: parte de una clase internacional. Como escribe Miguel Lamas, mi compañero de la Izquierda Socialista:

“Una joven huelguista de Madison sintió que su lucha era similar a los jóvenes egipcios de Plaza Tahir, un obrero griego recordó Argentina del 2001 y pensó que había que hacer lo mismo en Grecia. Una indígena marchista boliviana en defensa del Territorio Indígena Tipnis contra las transnacionales, se sintió hermana de un peruano o de un brasileño que luchan en defensade sus tierras. Los indignados de Wall Street, de España y de Grecia se sintieron parte de la misma lucha. Somos el 99%, dijeron los indignados en Estados Unidos, que sufre las consecuencias de este desastre capitalista que beneficia al 1%. Y se referían al mundo entero.”

En estas fiestas de fin de año, levantemos entonces las copas para brindar: ¡Por un buen año 2012! ¡Por extender la lucha mundial que entierre al capitalismo y dé inicio a un tiempo nuevo para toda la Humanidad!

* Compañera argentina de Izquierda Socialista. Fuente: Boletín de Informaciones Internacionales, http://biinternacionales.blogspot.com/