Hace poco, newsaboutwomen, de Women’s Views on News, servicio de noticias de mujeres por y para las mujeres, transmitía una nota de The Telegraph, de Nueva Delhi, según la cual el gobierno del estado de Madhya Pradesh investiga que más de 300 niñas fueron sometidas a cirugías por sus progenitores para parecer hombres, por una suma promedio por operación de 2000 libras esterlinas (alrededor de 37,000 pesos).

En la India se practica la selección de hijos de sexo masculino mediante el aborto de fetos femeninos, debido, entre otras cosas, a los altos costos de bodas y dotes. Defensores de los derechos de las mujeres y de los niños han denunciado esto como una enfermedad social, y como un signo del desprecio hacia las mujeres.

La periodista y escritora Bènèdicte Manier en su obra Cuando las mujeres hayan desaparecido, analiza todo el engranaje creado en Asia y, particularmente, en la India para eliminar a las niñas.

Este botón de muestra, que con algunas variables podemos ver reproducido en otros países y continentes, habla de una cultura donde es posible que el feminicidio prospere: niñas vendidas para ser dadas en matrimonio servil; trata de mujeres y niñas con propósitos de explotación sexual o para formas análogas de esclavitud; abandono de las mujeres en prisión por parte de sus familiares; violaciones masivas a mujeres y niñas en contextos de guerras o conflictos internos; los calvarios de abuso sexual por los que pasan las mujeres y niñas que intentan emigrar hacia Estados Unidos a lo largo de Centroamérica y México, reflejan, todos ellos, el nulo o escaso valor reconocido a la vida de una mujer.

Feminicidio es una palabra fuerte, y alude a una realidad triste. Comencé a oírla, como muchos en México, a raíz de los asesinatos y desapariciones de mujeres en Ciudad Juárez, Chihuahua, gracias al trabajo de quienes dieron voz al legítimo reclamo de sus familiares. Luego tuve que adentrarme en su significado, por mi encomienda federal como comisionada para prevenir y erradicar la violencia contra las mujeres en dicha ciudad, de 2003 a 2006.

El término se analiza en los Informes de Gestión de la Comisión para Juárez, nombre abreviado del órgano desconcentrado de la Secretaría de Gobernación. El feminicidio ha sido mucho más explorado sociológica que jurídicamente, aunque algunas entidades en la república, entre ellas el Distrito Federal, hayan comenzado a tipificarlo en sus códigos penales.

El término arranca de estudios de Diane E. H. Russell (1976) y Jill Radford, y comenzaron a aplicarlo en el país Marcela Lagarde, académica feminista, ex diputada federal que presidió la Comisión Especial para Conocer y dar Seguimiento a las Investigaciones Relacionadas con los Feminicidios en la República Mexicana y a la Procuración de Justicia Vinculada, de la LIX Legislatura, y, en Ciudad Juárez, Julia Monárrez, académica feminista de El Colegio de la Frontera Norte, para quien “se ha definido como el asesinato de mujeres por hombres en un continuo de acciones de violencia sexual, por el solo hecho de ser mujeres o no serlo de una manera ‘adecuada’. Este fenómeno se inscribe en condiciones de desigualdad entre los sexos en lo económico, político y social.”

La Comisión legislativa que presidió Marcela Lagarde, al presentar su Primer Informe en 2005, menciona: “La explicación del feminicidio se encuentra en el dominio de género: caracterizado tanto por la supremacía masculina como por la opresión, discriminación, explotación y, sobre todo, exclusión social de niñas y mujeres como propone Haydee Birgin. Todo ello, legitimado por una percepción social desvalorizadora, hostil y degradante de las mujeres. La arbitrariedad e inequidad social se potencian con la impunidad social y judicial en torno a los delitos contra las mujeres. Es decir, la violencia está presente antes del homicidio de formas diversas a lo largo de la vida de las mujeres. Después de perpetrado el homicidio, continúa como violencia institucional a través de la impunidad que caracteriza casos particulares, como en México, por la sucesión de asesinatos de niñas y mujeres a lo largo del tiempo”.

El feminicidio no sólo es perpetrado por extraños, sino por personas del círculo íntimo de las víctimas. Cometido en su inmensa mayoría por varones, es además un crimen donde se usan más las armas blancas y las manos de los victimarios que las balas, como lo ha estudiado Julia Monárrez, quien también ha dicho: “Todo crimen de género contra una mujer es sexual porque el sexo de la mujer y su sexualidad son las construcciones culturales sobre las que el machismo, la misoginia, el patriarcalismo, ejercen su discriminación”.

El feminicidio, forma extrema de violencia contra las mujeres, y las múltiples manifestaciones de violencia que lo preceden, constituyen una grave violación a los derechos humanos de las mujeres. Es imposible que esta violencia arraigue en una sociedad, si no es amparada por la tolerancia social, que da un antidemocrático, por discriminador, mensaje de permisividad. Su caldo de cultivo es la cultura patriarcal que produce, como hongos de la humedad, machismo y misoginia. Es decir, menosprecio o desprecio a las mujeres por ser mujeres; sobreentendidos de una supuesta superioridad de parte de los varones para estar en el mundo, ejercer el poder, decidir por sí mismos, afectar con sus decisiones a otros y otras —generalmente a otras—, y la sujeción de éstas a la voluntad y cánones de aquellos que deciden qué es bueno y qué no; cuáles espacios son correctos y cuáles les están reservados a ellos; qué actividades conviene tener y cuáles les son prohibidas —a ellas—. Y de sobreentendidos, como éstos, se va tejiendo la urdimbre que asfixia la autonomía femenina, hace imposible la vida independiente para mujeres y niñas, convierte a los varones en perpetuos controladores, cobradores de cuentas, depositarios de la verdad, jueces públicos y privados, administradores de patrimonios, sueldos, conceptos de belleza, clasificaciones sociales, ministros de estereotipos, y un largo etcétera.

Detener la violencia feminicida supone un arduo cambio cultural que compromete los ámbitos públicos y privados, la educación formal y todos los espacios donde se educa más allá de las aulas: los medios de comunicación, el cine, los espacios de la política, los hogares, las iglesias, las universidades, los sindicatos, las empresas, las cooperativas rurales. En la vida personal y comunitaria, es preciso romper con la idea de que la violencia contra las mujeres es normal, pues cuando se ha vivido como normalizada en la familia de origen, es más probable que el esquema de víctima y victimario se reproduzca después.

Tan grave es matar a un hombre como a una mujer, pero cuando se asesina a una mujer, queda un hueco enorme, con consecuencias de mayor resonancia ahí donde ella estuvo. Esto es así, porque las mujeres establecemos vínculos y relaciones distintos; tejemos conexiones más complejas, profundas y diversificadas en nuestras vidas. Somos en muchos casos raíz, o tronco, pero también rama y puente, ave y agua. Nos vinculamos con nuestro contexto de tal forma que, al faltar una de nosotras, son muchos los nudos en el rebozo social, o en la red del tejido comunitario que fuimos fabricando en nuestro entorno, que se deshacen. Los huecos que la violencia feminicida va causando en el tejido social son más grandes —por supuesto hablo en términos generales y hay excepciones— que los que dejan las muertes violentas de los varones.

Comprender lo anterior, nos ayuda a entender que la paz en México no es algo que pueda lograrse sin las mujeres, sustento y raíz de toda comunidad. Son ellas, somos nosotras, las niñas y las mujeres, las que más lastimadas estamos resultando por la violencia que se vive en el país, como víctimas directas o indirectas, pues mucho arriesgamos en los vínculos que producimos y por los que apostamos y damos la vida, no sólo biológicamente. Esto debe llamar a reforzar las políticas públicas que garanticen nuestro derecho a vivir una vida plena.

No sólo debemos llevar un registro —honrando la complejidad de las causas de las muertes, para así honrar la memoria de las víctimas inocentes, o saber al menos quiénes eran inermes y quiénes no— de quienes han sido ejecutados en el llamado combate a la inseguridad; también debemos llevar diferenciadamente la cuenta de los homicidios dolosos de hombres y de mujeres, y las modalidades del feminicidio y los actos que lo preceden, y llevar además registro del contingente, ya muy numeroso, de viudas y huérfanas que, en una sociedad que aún discrimina por motivos de género, tendrán desafíos adicionales para lograr sus proyectos como personas y para tejer el futuro pacífico nacional del que, en muchos sentidos, las mujeres nos estamos haciendo cargo desde ahora.

* Licenciada en Derecho, maestra en teología en la Universidad Gregoriana de Roma y preside la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Jalisco.