Moscú, (PL).- El 2011 se convirtió en un reto político para el gobierno ruso, con asignaturas pendientes a fin de enfrentar la crisis global, la definición de la fórmula presidencial hacia 2012 y la consolidación de la política exterior.El escudo antimisil norteamericano sigue, más que nunca, en el centro de la discordia.

Al iniciarse el año, la principal tarea estaba concentrada en consolidar las medidas de recuperación del país para alejar definitivamente los efectos de la recesión económica mundial, lo cual incluyó la ayuda estatal a determinados sectores como el automotriz.

El paquete de medidas también incluyó el refuerzo del control sobre la actividad crediticia de los bancos, el incremento de la reanimación de determinados sectores de la economía y la búsqueda de una mayor eficiencia de consorcios estatales establecidos en la década de 2000.

Al mismo tiempo, en medio de la recuperación acelerada de la cotización del petróleo, el estado creó condiciones, como la rehabilitación del fondo de bienestar (un colchón financiero formado por ingresos petroleros) para amortiguar el daño social de la crisis.

El 2011, después de dos años de moderado retroceso económico, fijó el rumbo de la recuperación de la producción industrial, la agroindustria, la producción de maquinaria y la aeroespacial, más allá de los aportes relacionados con el sector de los hidrocarburos. Tales condiciones permitieron al estado aplicar una política social muy diferente a la que se vio obligada a poner en práctica la mayoría de los países dentro de la Unión Europea, por lo que en lugar de realizar recortes, los gastos sociales más bien crecieron.

En un año electoral, la citada tendencia es casi necesaria. Pero aún así, en medio quedaban las interrogantes surgidas a partir de la relación entre las dos principales figuras del poder en Rusia: el presidente, Dmitri Medvedev, y el primer ministro, Vladimir Putin.

Las diferencias públicas, sobre todo, en materia de política exterior con relación a Irán y en un principio a los acontecimientos en Libia, quedaron casi reducidos a cero al finalizar este año con relación a los acontecimientos dentro y en torno a Siria. De igual forma avanzó el despeje de la ecuación para asistir a las presidenciales de marzo de 2012, después del XII congreso del Partido Rusia Unida (RU), cuyo monopolio político criticó en su momento el jefe de Estado.

Putin, líder oficial del RU, propuso en el mencionado congreso a Medvedev como cabeza de la lista electoral del RU y futuro jefe de un nuevo gobierno, y éste último presentó al primer ministro como candidato para optar por la jefatura del Estado el venidero año. El trueque de poder, aunque para algunos era inesperado, está acorde con la máxima del gobierno ruso del último decenio: la estabilidad en todos los sentidos, en sustitución del caos político, económico y social vivido en la década de 1990.

Pero la fórmula adelantada de las presidenciales puede haber tenido algunos inconvenientes, según aseguran ahora analistas, pues ello pareció ser uno de los motivos del retroceso del RU en los comicios parlamentarios del 4 de diciembre de este año. La fórmula de la campaña proselitista del partido gobernante más bien estaba preparada sobre la base del liderazgo de Putin, quien quedó fuera del listado del RU.

Además, se hizo patente el desgaste del poder, pues en una nación donde los pagos por corrupción aumentaron drásticamente, algo que reconocieron tanto Medvedev como Putin, las culpas van a parar a quienes ostentan el gobierno en todos los eslabones administrativos. Una votación a nivel nacional concentra más el denominador común de la inconformidad ciudadana con errores cometidos por el Estado.

Asimismo, la estrategia de la campaña electoral, un elemento que adquiere cada vez más importancia en la Rusia moderna, tampoco fue efectiva. El programa político se basó en dos discursos muy sintéticos de Putin y Medvedev en el referido congreso del RU.

Por otro lado, los debates televisivos, a diferencia de otras elecciones, contaron con miembros del RU de segundo nivel que como todo partido oficial, debió escuchar las críticas, infundadas o no, demagógicas, oportunistas o realistas de la oposición parlamentaria. Todo ello llevó a que el partido gobernante conservara, con casi el 50 por ciento de los votos a nivel nacional, la mayoría de los 450 escaños en la sexta legislatura de la Duma (Cámara baja), pero perdiera la mayoría constitucional conquistada en 2007. Así, el RU contará en el nuevo parlamento, ahora elegido por cinco años, con 238 bancas, en lugar de 315.

Por su lado, el Partido Comunista de la Federación Rusa (PCFR), que obtuvo 19,2 por ciento de los votos, controlará 92 puestos, en lugar de 56, Rusia Justa, con 13,25, tendrá 64 diputados (antes 38) y el Partido Liberal-Demócrata, con 12 por ciento, llevará 56 (40 en 2007).

Sería necesario tener en cuenta que el RU se presentó fuerte en las repúblicas caucásicas, donde el voto favorable superó en casi todos los casos el 70 por ciento, incluida Chechenia (99), Daguestan (91) y Kabardino-Balkaria (más de 80), así como en Mordova, con 90. Al mismo tiempo, los votos por debajo de 40 puntos para el RU se observaron en cerca de 20 divisiones administrativas de las más de 80 con que cuenta la Federación Rusa, con el caso más bajo en Yaroslav, con 29 por ciento.

De hecho, tal situación llevó al mandatario ruso a admitir la posibilidad de formar coaliciones para aprobar leyes que requieran una mayoría constitucional. Sólo los comunistas rechazaron frontalmente tal oferta. Sin embargo, la transparencia de las elecciones, aunque recibió el visto bueno de más del 80 por ciento de la misión de observadores internacionales, se puso en duda en las calles, con manifestaciones de la oposición fuera del parlamento para denunciar falsificaciones.

Tanto Medvedev como Putin rechazaron los intentos de injerencia desde afuera en el proceso electoral y pos-electoral, mientras la televisión rusa mostró episodios de cómo bajo el manto de organizaciones no gubernamentales se trata de desestabilizar el país.

La misma probada y difundida estrategia del empleo de las redes sociales, incluido el sitio ruso Kontakt, sirvió para movilizar a insatisfechos con los resultados, un elemento de protesta explotado por grupos antigubernamentales que siempre protestan en solitario.

Al respecto, Putin denunció el financiamiento desde afuera de organizaciones que se dedicaron a reclutar activistas entre jóvenes universitarios, a quienes invitaban a charlas políticas para en realidad instruirlos en cómo realizar acciones de desestabilización.

Por otro lado, las protestas, con independencia de su origen, crean condiciones diferentes para las elecciones presidenciales de 2012, a las cuales Putin acude como el candidato favorito, pero ante la posibilidad de que surja una nueva figura de la oposición.

Muchos en Occidente, estiman analistas, quisieran evitar la llegada del actual primer ministro ruso al Kremlin en un tercer mandato (después de estar allí de 2000 a 2008). Tales esfuerzos crecen en la medida en que Rusia asume cada vez más posiciones de defensa de intereses nacionales (expansión de la OTAN y desarrollo del escudo antimisil estadounidense) y aboga por un mayor respeto al derecho internacional (como en los casos de Libia y Siria).

Rusia y el escudo de la discordia

Tras revelaciones de la red Wikileaks de los planes de la alianza noratlántica respecto a Rusia, se abrió la grieta del diferendo entre ambas sobre el sistema de defensa europeo, profundizada aún más al finalizar 2011. La inercia de la celebración en noviembre del pasado año de la cumbre de Rusia y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), en Lisboa, a la cual asistió el mandatario Dmitri Medvedev, comenzó a disiparse nada más se inició el presente año.

Wikileaks esbozó la discusión entre al alto mando de la OTAN y naciones ex soviéticas con costas en el mar Báltico, así como con Polonia, para reforzar la presencia de la fuerza aérea del referido pacto con el fin de preparar el rechazo a un supuesto ataque ruso. Nada en el citado plan tenía que ver con la declaración conjunta firmada en la capital portuguesa, en la cual ni Rusia ni la OTAN se reconocían como enemigos.

Sin embargo, medios de prensa señalaron luego que el acuerdo interno del bloque sobre sus planes en el Báltico y Polonia se firmó en Lisboa, precisamente, mientras a Moscú se le aseguraba que nadie amenazaba a Rusia.

La iniciativa inicial de Medvedev, de crear un mecanismo para unir en un solo acuerdo vinculante todas las regulaciones a fin de garantizar una seguridad europea regional con la participación de todos, debió ser sustituida por una propuesta de cooperación sobre un escudo antimisil.

El Kremlin se pronunció en la referida cumbre por el derecho de Rusia a participar en plena igualdad de condiciones en el proceso de elaboración, preparación y suministro de técnica especializada para la formación de un sistema común europeo que repela ataques de misiles.

Rusia consideraba que la participación en ese esquema era, al mismo tiempo, una garantía de que el futuro sistema anticoheteril de ninguna forma estaría dirigido contra ella, pues siempre expresó sus dudas en el propósito aludido por Estados Unidos y Europa Occidental.

Aún hoy Estados Unidos desea convencer a Rusia de que el segmento europeo, el cual construye de conjunto con la OTAN, de su sistema global de defensa antimisil sólo busca frenar lanzamientos de cohetes desde Teherán o Pyonyang, aunque ninguno de ellos tiene esa capacidad.

Moscú recibió como respuesta que era necesario crear dos sistemas de defensa anticoheteriles, los cuales puedan en un futuro intercambiar datos, pero la esencia de ese esquema aumentó aún más los temores de Rusia sobre los verdaderos propósitos de Bruselas.

Por último, Rusia propuso contar al menos con un documento jurídico, en el cual el pacto noratlántico fije su compromiso de que los planes de crear un sombrilla antimisil europea nunca afectarán la capacidad estratégica rusa. Mientras el Kremlin intentaba sin éxito al menos la aceptación de la firma del referido documento vinculante, Estados Unidos inició el despliegue de elementos del sistema antimisil en Rumania y Bulgaria.

Washington repitió los planes que en su momento formuló para Polonia y la República Checa, de instalar en Bucarest y Sofía cohetes interceptores y radares de localización lejana y pronto aviso, con lo cual se cerraba el espacio para la maniobra negociadora.

Medvedev advirtió en su mensaje a la nación que Rusia y la OTAN de ninguna forma podían perder la oportunidad de acordar conjuntamente una arquitectura de seguridad regional, pues en caso contrario, dentro de una década todos lamentarían no haberlo hecho antes.

Pero en lugar de reducirse la tensión, Washington firmó acuerdos con España, Noruega y otras naciones europeas para situar allí elementos del escudo antimisil, además de anunciar al menos cuatro etapas para su desarrollo.

Los planes de expansión de la alianza noratlántica hacia el este quedaron truncados, pues ni Ucrania, con la llegada de Viktor Yanukovich al poder, ni Georgia, luego de la contraofensiva rusa de agosto de 2008, figuran como candidatas inmediatas para la OTAN. Sin embargo, el cerco a Rusia continuó con el refuerzo de los sistemas de defensa antimisil, como el incremento de buques con misiles interceptores SM-3 a bordo, situados en el mar Mediterráneo.

El ministro ruso del Exterior, Serguei Lavrov, en su momento denunció que Estados Unidos planifica desplegar buques de guerra con SM-3 a bordo en los mares Báltico, del Norte, Barents, Negro y Mediterráneo. Además, las etapas de desarrollo del escudo norteamericano comprenden la ampliación del radio de alcance de los SM-3 de poco más de 500 a unos dos mil kilómetros, además de probar la creación de su variante basificada en tierra.

Los expertos militares rusos dieron la voz de alarma al afirmar que los SM-3, de los cuales el Pentágono planea situar más de un centenar en zonas cercanas a Rusia para 2015, constituyen una seria amenaza a cohetes intercontinentales rusos en su primera etapa de vuelo.

Entre los elementos que permitieron llegar a un resultado positivo en las negociaciones sobre el Tratado de Reducción y Limitación de Armas Estratégicas (Start-3) está el compromiso para reconocer la vinculación entre armas estratégicas ofensivas y defensivas.

Pero el preámbulo del Start-3, firmado en abril de 2010, especifica claramente que si una de las partes considera violada la vinculación entre los dos tipos de armamentos mencionados, en detrimento de su seguridad, puede liberarse del cumplimiento de esa avenencia.

La base de la paridad nuclear, en especial, después de que Estados Unidos abandonó en el 2002 el Tratado de Defensa Antimisil (ABM) de 1972, está dada por la capacidad de ambas superpotencias nucleares de asestarse golpes nucleares con similar capacidad de destrucción.

Si existiera alguna ventaja de una de las partes en materia de protección de una respuesta, se rompe el principio de la disuasión nuclear y crece el peligro de una mayor desestabilización en el orbe. Rusia, probadas todas las vías, se vio obligada a anunciar medidas, cuya puesta en práctica, aclaró Medvedev, dependerá de las circunstancias o respuesta de Estados Unidos y Europa a esos anuncios.

El mandatario ruso ordenó la apertura de una estación de radiolocalización lejana y pronto aviso en el occidental enclave de Kaliningrado, que posee un radio de unos seis mil kilómetros y capacidad para detectar y dar seguimiento a 500 objetivos a la vez.

Kaliningrado, separada de Rusia por el territorio de Polonia y Lituania, también puede convertirse en sede de una batería de sistemas coheteriles tácticos móviles Iskander-M, con capacidad para destruir objetivos a unos 300 kilómetros con muy alta precisión.

Asimismo, Medvedev ordenó que los Iskander-M fueran ubicados, de ser necesario, en la porción sur rusa. De igual forma, ordenó que todos los nuevos cohetes balísticos intercontinentales de nueva generación, como los de basificación naval Bulavá y las rampas móviles con misiles Topol-M y Yars, con bloques para evadir al escudo antimisil europeo.

El jefe de Estado ruso se refirió a la posibilidad de desplegar unidades de choque en la frontera occidental de país, así como de crear condiciones para destruir puntos de información y dirección del sistema antimisil, aunque no especificó los métodos. A ello se suma el anuncio de Washington de suspender el cumplimiento de sus compromisos relacionados con el Acuerdo para la Limitación de Armas Convencionales en Europa, de 1991, en medio de la moratoria que mantiene en ese sentido Rusia desde 2007.

Moscú alega que ninguno de los ex miembros del Pacto de Varsovia, ahora integrados a la OTAN, ratificó el Protocolo de Adaptación al citado acuerdo, que tenía en cuenta los cambios operados en Europa e introducía un nuevo método de conteo de armamentos en las fronteras.

Al mismo tiempo, la salida de Estados Unidos de la citada avenencia le permite poner en práctica, ampliamente, sus planes de reforzar el cerco militar a lo largo de los límites con Rusia, estiman analistas. Pese a que el mandatario ruso aclara que aún mantiene abierta las puertas para futuras negociaciones, muchos dudan que siquiera tenga lugar la cumbre Rusia-OTAN, prevista para mayo próximo, en Chicago. El escudo antimisil sigue, más que nunca, en el centro de la discordia.

La consolidada política exterior rusa

Al iniciarse 2011 la política exterior rusa pareció arrastrar vaivenes del año anterior, pero finalmente consolidó una posición consecuente en asuntos como Libia, la situación siria y la defensa antimisil. Aún bajo la influencia de lo ocurrido y firmado en la reunión del consejo Rusia-OTAN, en Lisboa, donde Occidente declaraba que ninguna de la partes se consideraba como enemiga, ocurrieron los hechos en Libia.

Los sucesos en Libia se desarrollaron a continuación de las revoluciones de primavera, como las llamaron en Occidente, registradas en Túnez y Egipto, aunque con matices bien diferentes, pues las manifestaciones desembocaron en choques armados.

Rusia reconoció que Libia vivía una guerra civil, pero sólo luego de apreciar las consecuencias reales de la resolución 1973 del Consejo de Seguridad (CS) de la ONU para la población civil radicalizó su posición, expresada a dos voces por el Presidente y el Primer Ministro. En un principio, Moscú se abstuvo en la votación sobre la citada resolución, pero luego todo cambió.

Tanto el mandatario, Dmitri Medvedev, como el jefe de Gobierno, Vladimir Putin, con algunas diferencias reconocieron la necesidad de cumplir estrictamente lo estipulado en la resolución 1973 sobre la protección de civiles y la zona de prohibición de vuelos.

En Moscú denunciaron desde un inicio la violación de la aplicación del referido documento de la ONU, cuyo texto dejaba abierta muchas interrogantes y permitía diferentes interpretaciones. Rusia rechazó la libre interpretación por Estados Unidos y otras naciones de la OTAN, sobre todo, Francia y Reino Unido, de la resolución 1973, empleada para destruir cualquier posición de las fuerzas libias, ya fuera aérea, terrestre o naval.

Además, los bombardeos de la alianza noratlántica se emplearon para apoyar abiertamente a una de las partes en el conflicto, mientras se violó el embargo establecido al suministrarle Occidente técnica militar a la oposición armada libia.

La experiencia de la masacre de la población civil en que desembocaron los bombardeos en Libia, al parecer, radicalizaron la posición rusa en el caso de Siria, lo cual llevó a un veto conjunto con China en una resolución del CS de la ONU sobre la nación levantina.

Tomó Rusia partido real en el diferendo sirio, al convertirse en sede de contactos por separado con representantes del gobierno sirio y miembros de todos los grupos de la oposición, incluidos los irreconciliables con el gobierno del presidente Bashar Al Assad.

De hecho, Moscú aboga con fuerza por evitar en Siria una repetición del escenario libio y llama en todo momento a la búsqueda de una solución pacífica a la situación, lo cual considera como un asunto interno de ese país, por lo que también rechaza la injerencia foránea.

Entre más arreciaba Occidente la campaña contra Damasco, incluida la aprobación de sanciones unilaterales, más contundentes se podían escuchar los rechazos de Moscú a las referidas restricciones y los llamados a una salida pacífica al diferendo del estado mesoriental.

Al respecto, el ministro ruso del Exterior, Serguei Lavrov, denunció las acciones agresivas de grupos armados que en Occidente son presentados como desertores del ejército o la oposición armada, mientras Siria denuncia sus acciones terroristas en ese país. Lavrov también exhortó a las naciones occidentales a convencer, a quienes les suministra armamentos, a que pongan fin a la violencia y acudan a la mesa de negociaciones.

El gobierno sirio, destacan en Rusia, cumple paulatinamente con las medidas incluidas en un acuerdo alcanzado entre Damasco y la Liga Árabe (LA) para la liberación de participantes en actos violentos y el retiro del ejército de ciudades donde actúan grupos armados.

Pero, sobre todo, la posición rusa en el caso de Siria consolidó la tradicional política exterior de Moscú, dirigida en todo momento a exigir la observancia del derecho internacional, el rechazo a la violencia o acciones de guerra para resolver conflictos.

Además, en Siria, Rusia también se presentó como verdadero interlocutor entre las partes en ese país y en freno, al menos por ahora, a planes de la OTAN de convertir en norma la aplicación del modelo libio en otros países como Irán, también en la región.

Conjeturas de todos los puntos de vista causó la salida el 6 de diciembre de este año de una escuadra rusa desde el mar del Norte, encabezada por el portaaviones Almirante Kuznetsov, el cual recorrerá parte del océano Atlántico y el mar Mediterráneo.

El mando militar ruso niega la vinculación del referido periplo, planificado hace un año, con los acontecimientos en Siria, pero para los analistas es imposible descartar la citada relación y consideran la presencia naval como pedida profiláctica para evitar agresiones.

Los hechos en Siria se desarrollan a la par de las crecientes amenazas de una posible acción militar de Israel contra Irán, una posibilidad rechazada por Moscú, la cual propone el regreso a las conversaciones en el formato de seis mediadores e Irán.

Rusia, Estados Unidos, China, Reino Unido, Francia y Alemania constituyen el referido sexteto, pero algunos de ellos se encuentran en la primera línea de las acciones hostiles contra Teherán, incluida la amenaza del empleo de las fuerza, como lo ha hecho Estados Unidos.

Mientras se busca por parte de Occidente crear la imagen de país-amenaza de Irán, Washington refuerza sus gestiones para desplegar en Europa elementos de su sistema global de defensa antimisil. Ello llevó a que Rusia desarrollara una política exterior en ese tema de defensa a ultranza de los intereses y la soberanía nacional.

Todo ello tuvo como colofón las medidas anunciadas por Medvedev a finales de noviembre de este año, como respuesta al desarrollo por la Casa Blanca y naciones de la OTAN de una sombrilla nuclear que aquí es vista como una amenaza a la seguridad nacional.

Con la puesta en práctica de un plan por etapas del escudo antimisil estadounidense, se pone en duda la posibilidad rusa de responder a un golpe nuclear, cuando ambas partes deben mantener las mismas probabilidades para garantizar la disuasión al respecto.

La política exterior rusa consolidó, al finalizar este año, las líneas tradicionales de Moscú, incluida la defensa del derecho internacional, la no intromisión en los asuntos internos y el real respeto a la soberanía de otros estados.

* Corresponsal de Prensa Latina en Rusia.