Managua (PL).- Lagos, lagunas y terremotos erigen el pasado y el presente de Managua, a la cual los antiguos habitantes bautizaron así para marcar su propia fuente de vida. En la lengua nativa náhuatl la denominación indica “donde hay una extensión de agua”; al sur de ese embalse llamado Xolotlán nació la ciudad que en 1852 alcanzó el rango de capital por su posición intermedia entre las dos primeras urbes coloniales: León y Granada.

Aunque en Managua habitan más de un millón y medio de personas, pues concentra alrededor del 40 por ciento de la población nacional, sus construcciones aisladas, apenas sin edificios, le confieren un aspecto de ciudad despoblada. Tal fisonomía la asignó el terremoto del 23 de diciembre de 1972, que con magnitud de 6,2 en la escala Richter destruyó casi toda la capital.

La ciudad nunca volvió a ser la misma y las escasas edificaciones que quedaron en pie, como la antigua catedral, aún exhiben sus entrañas quebradas, mientras la torre del reloj parroquial recuerda a cada segundo el momento preciso de la tragedia.

El gran problema de la urbe es su asentamiento sobre varias fallas sísmicas que en dos ocasiones ya generaron terremotos devastadores: uno en 1931 y el de 1972, el cual terminó por dejar la arquitectura sin memoria. Entonces los nicaragüenses decidieron ampliar su ciudad más allá de la laguna volcánica de Tiscapa (espejo en lengua náhuatl), localizada geográficamente en el centro pero que antes marcó el límite urbano.

Nuevos barrios y carreteras entre montañas y lagunas conforman hoy una ciudad fragmentada, sin una sola columna que rememore los estilos clásicos europeos. Centros comerciales, carteles publicitarios, empresas de cristales ahumados, hoteles y sencillos restaurantes componen las avenidas principales.

En la loma de Tiscapa radicó la Casa Presidencial de la familia de dictadores Somoza. Allí uno de sus miembros tendió la trampa al general Augusto César Sandino, que le conduciría a la muerte.

El sismo del 72 arrancó el lujoso palacio, pero el sitial estaba señalado, y tras el Triunfo de la Revolución Sandinista, siete años después, el pueblo dedicó la montaña a su Héroe Nacional, cuya silueta metálica resulta visible desde cualquier punto de la capital.

Por su proximidad al segundo lago más extenso del país, a Managua se la conoce también como “la novia de Xolotlán”, lago al que el cambio climático regala cada año más metros cúbicos de agua y amenaza con borrar los actuales asentamientos costeros. La historia de Managua pende de él.

Otro contendiente de esta ciudad es la lluvia, cuyo repiqueteo sobre los techos eleva un grito ensordecedor a la luna. Acá no caen aguaceros sino diluvios, las precipitaciones bajan hacia el lago los sedimentos de las montañas del norte. Cada dirección particular aquí se orienta a partir de su posición respecto al Xolotlán, al que la ciudad volvió la espalda tras haberlo contaminado.

Paradójicamente, ninguna vista de Managua resulta más cariñosa que cuando se le mira desde el interior de su lago turbio, conectado con el Cocibolca, mayor embalse del país y segundo de América Latina, a través del río Tipitapa. En una de sus orillas, a escasos metros de la vieja catedral, el digno Teatro Nacional, uno de los pocos sobrevivientes del sismo del ‘72, sirve de templo a la cultura y lleva el nombre de la más ilustre figura de las letras nicaragüenses, Rubén Darío.

La historia de Managua no puede mirarse sin lagos, lagunas, volcanes dormidos y terremotos, pero tampoco sin los mitos que mantienen vivos los taxistas, y las creencias sociales y culturales de su pueblo, asido a la fe de diversos credos.

* Corresponsal de Prensa Latina en Nicaragua.