En la Historia de la Navegación y el comercio, muchas ciudades han constituido las bases imprescindibles de los navíos en atrevidas travesías, entre ellos tenemos a Sidón en el Líbano, Cádiz en España, Shanghai en China, La Habana en Cuba, Tánger en Marruecos y Adén en Arabia. Junto a ellas destaca Argel.

La actividad portuaria en su bahía se remonta al 1300 ane, cuando los fenicios establecieron allí una de sus colonias. Los romanos, vencedores de Cartago, la ampliaron a partir del siglo II ane, y la llamaron Icosium, era sede del intercambio entre la península itálica y África y una de las principales bases navales de la flota imperial. En el siglo VIII pasó a poder de los guerreros del Profeta que la nombraron Mesrana.

Esta joya del noreste africano, enclavada inicialmente en unos islotes fáciles de defender, es el emporio comercial marítimo de Argelia (Al Dyizair en árabe significa las islas), puerto de entrada y salida de mercaderías de una rica región, y del Mundo.

Se encuentra situada a los 36047 grados de Latitud Norte y los 303 de Longitud Este, en la orilla suroccidental del Mar Mediterráneo, en el lado oeste de un extenso golfo con forma de media luna. La bahía está limitada al Este por el cabo Matifú y al poniente por la punta Pescade.

La urbe se asienta en la falda de un monte que llega a elevarse hasta cerca de 400 metros y le proporciona protección contra el viento cálido del sur, procedente del desierto del Sahara, y la urbanización se extiende alrededor de este atractivo relieve.

La ciudad aparece en forma de un triángulo que incrementa su área en tres direcciones, desde las márgenes del Mediterráneo y hacia el sur. El arrabal que alcanza mayor altitud es la célebre Kasbah, a más de 130 metros sobre el nivel del mar presidida por el magnifico castillo del bey.

Tiene una situación geográfica privilegiada a apenas 760 kilómetros del Estrecho de Gibraltar, que separa África de Europa y une el Mar Mediterráneo al Océano Atlántico. A distancias que oscilan entre 350 y 400 kilómetros de varias ciudades mediterráneas españolas y a 310 de Palma de Mallorca en las Baleares.

Tambien, a 450 de Marsella, 500 de Cerdeña, 800 de Sicilia, 990 de Roma, y a solo 400 kilómetros al Este del Mar de Alborán, entre Marruecos y la Península Ibérica, zona donde se realiza un intenso tráfico naval, y a 710 del Estrecho de Sicilia, acceso directo al Cercano Oriente. Posición que facilita las comunicaciones marítimas y el activo comercio entre Argel y los países europeos, africanos y asiáticos.

El gran puerto ha sido transformado en varias ocasiones a través de los siglos; una de las más importantes obras la financió en 1525 el invicto Jeid ed Din, conocido por Barbarroja, uno de los más hábiles marinos y guerreros islámicos de todos los tiempos, terror de las expansionistas potencias europeas. Este caudillo lo extendió a 95 hectáreas y favoreció la instalación del Faro.

También los ocupantes franceses crearon dos escolleras que sirven de rompeolas de 700 y 1235 metros de longitud respectivamente, obras de fábrica que combinan con el ingente dique árabe del siglo X que lo protege al norte de los embates de las olas y une al islote de la Marina con la tierra firme.

Desde la independencia en 1962, las instalaciones portuarias se han reforzado y modernizado. Estos muelles y construcciones seculares permiten a la bahía albergar centenares de buques de todos tipos y dimensiones.

La ciudad tiene infinidad de arterias, amplias avenidas y calles rectangulares, así como estrechas callejas laberínticas en la Kasbah, testigos de siglos de vida urbana en esta misteriosa y sugerente barriada, que desde 1992 está en la Lista del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco.

Muchas de estas vías y graderías parten de la zona marítima, y conducen hasta la zona céntrica de Argel, a La Plaza de los Mártires, que conmemora a los caídos en la epopeya independentista contra el colonialismo y también al boulevard Comandante Ernesto Che Guevara, rebautizado con el nombre del célebre guerrillero argentino-cubano, gran amigo y colaborador de la Revolución argelina.

Esta impresionante plaza está rodeada de importantes edificios estatales como los Palacios de Gobierno, de Justicia, del Banco Central y unos 350 arcos dispuestos en doble hilera sostenidos por centenares de esbeltas columnas; en sus pórticos se instalan típicos bazares, es la zona más hermosa para los visitantes y uno de los orgullos de sus pobladores. Muy cerca aparecen el célebre Palacio de Invierno, el Teatro Nacional y la bella Catedral Católica.

En la Antigüedad fue una vital colonia comercial para fenicios, cartagineses, griegos, egipcios y romanos en los viajes que los llevaban a intercambiar con traficantes del norte europeo, con Persia, la India y el Extremo Oriente.

Esta tradición fue continuada por los árabes, que al intenso tráfico naval añadieron un notable incremento de la actividad de las caravanas, abrieron nuevas rutas que cubrían todo el norte africano y el llamado Creciente Fértil asiático.

A la urbe llegaban y aún lo hacen, navíos mercantes por la segura rada citadina, pero también acudían a sus ferias y mercados decenas de caravanas de camellos y caballos desde el fértil Tell aledaño a Argel y de los reinos de Ghana, Malí, Kanem, Bornu, Songhai, Uadai, Egipto, y ciudades costeras del Mediterráneo como Trípoli, Bengasi, Orán, y Túnez.

Desde el este y el sureste arribaban mercaderes de Mombasa, Buganda, Mogadiscio, Malindi, Kilwa y Sofala, y por el sur de Benín, el Congo y de las tribus del interior, lo cual hizo que el intercambio comercial llegase a su máxima expansión entre los siglos XVI al XIX.

Variadas mercancías se movían en Argel: oro, plata, marfil, hierro, cobre, esclavos, telas, sedas, pieles, artículos de cuero, carey, joyas, armas de fuego, sables, lanzas, dagas, perlas, plata, té, cocos, azúcar, especias, vinos, el famoso café moka, frutas, semillas, plantas medicinales, legumbres, manteca, maderas preciosas, aceites, perfumería e incienso, cerámica, artesanías, porcelanas, vajillas, libros, alfombras, adornos, mármoles, caballos de raza y herramientas.

Allí además se reparaban los navíos y se abastecía de alimentos y agua a las tripulaciones; esta riqueza circulante le dio un auge inusitado a la capital, lo cual fue descrito desde el siglo XI por el geógrafo e historiador árabe Abu Abdullah al-Bakri.

Argel fue la base de una reconocida marina de guerra incontrastable sobre las olas, temida por los buques europeos, y sus corsarios fueron tan bravíos como los británicos, holandeses y franceses de los siglos XVI y XVII. Los hábiles marinos árabes, en galeras a las órdenes de audaces capitanes, fueron el asombro de los navegantes del Mediterráneo y el Atlántico durante siglos, verdadero azote de las costas y rutas de la Europa cristiana e intransigentes defensores de los puertos, navíos y ciudades del Islam norteafricano.

Tenían a raya a las flotas y piratas venecianos, genoveses, francos, normandos, catalanes, portugueses y sicilianos en tiempos medievales y hasta principios de la Edad Moderna.

La riqueza traída por los marinos, unida a la actividad productiva y comercial, contribuyó a los planes constructivos, educativos y científicos de Jeid ed Din y sus sucesores. También la ocupación francesa desde 1830 aportó sus rasgos a una arquitectura ecléctica que ha dejado el legado de atractivos jardines, acueductos, madrasas para el estudio del Corán, bibliotecas y miles de acogedoras casas de piedra y ladrillos para la población.

Se han construido 22 hermosas mezquitas de gráciles minaretes, entre las que sobresale Jama al Kebir. Otros edificios destacados son la Universidad, la Biblioteca Central, el Observatorio astronómico, la Academia Militar, la de Historia, la Aduana, el Instituto de Oceanografía y hoteles, hosterías y restaurantes de categoría internacional.

Esta infraestructura turística recibe a buena parte de las decenas de miles de extranjeros que visitan Argel anualmente, a disfrutar de su belleza y de un clima de tipo mediterráneo, caracterizado por tener la temporada de lluvias a finales del otoño y en los meses invernales, de octubre a febrero, con un total acumulado de precipitaciones de entre 900 y 1000 mm, que son la savia de la agricultura del productivo Tell y que junto a la influencia del mar y las brisas, factores modificadores del clima, hacen de las temperaturas medias veraniegas de unos 20 a 24 grados Centígrados, una de las más agradables de las ciudades del litoral.

El Gobierno argelino además ha realizado planes de repoblación forestal para favorecer la humedad local, absorber el polvo del viento desértico y proteger el cinturón fértil que rodea Argel a lo largo del sur, del avance de las dunas saharianas, actividad en la que los logros son evidentes, además así contribuyen a enfrentar el cambio climático que ya se siente en la región mediterránea con tendencia a elevar el calor y disminuir las precipitaciones.

Hoy, en pleno siglo XXI, Argel nos brinda su medio ambiente excepcional y un legado milenario, por el día refulgen sus blancas edificaciones bajo los rayos del sol subtropical y en las noches se percibe su brillo desde lejos, precedido por el potente cono lumínico del Faro de la rada.

Estas visiones anuncian su presencia a los viajeros y convocan a poner proa a esta maravilla de las costas del azul Mediterráneo.

Argel: Balcón de Africa

Desde las alturas de El Biar el paisaje de Argel no deja nunca de asombrar. Al pie de la elevación se extiende la ciudad, con su blanca imbricación de terrazas, persianas y balcones que parece surgir desde las profundidades del mar Mediterráneo, para diluirse en lo alto en jardines babilónicos de cipreses, enredaderas y naranjos.

De noche, Argel es un mar de luz que forma un amplio arco en torno a la rada marítima, desde los contrafuertes de la Casbah hasta el cabo Bordj El Bahri, dominada por la maciza estructura en forma de enormes hojas de palmera del Monumento a los Mártires.

Construida en la falda de una loma, Argel extrae de esta ubicación buena parte de su encanto. A la vuelta de cualquier esquina se aprecian paisajes dignos de catálogos turísticos, sobre todo cuando el sol del verano hace vibrar el blanco de los edificios sobre el fondo azul del mar.

La geografía que le da su renombre es, sin embargo, la tortura de los conductores de cientos de miles de vehículos que tratan de circular en sus calles estrechas y sinuosas. Y fue también el dolor de cabeza de quienes decidieron el trazado de la primera línea del metro, inaugurada hace pocos meses.

Bajo el imperio romano el lugar se llamó Icosium, pero en realidad el florecimiento de la villa comenzó con la llegada de los árabes y la civilización islámica en el siglo VIII, aunque no fue hasta el siglo X que el poblado adquirió cierta categoría y recibió el calificativo de El Djazair, que es el nombre que conserva hasta hoy.

El dominio árabe fue interrumpido brevemente en el siglo XVI por la presencia de los españoles, quienes aún bajo el influjo de la Reconquista, aspiraban a extender el cristianismo por todo el nombre de Africa. Incluso allí guardó prisión Miguel de Cervantes y Saavedra, cuando aún no lidiaba con Don Quijote y Sancho Panza. Los españoles fueron expulsados gracias a un contingente de dos mil jenízaros enviado por Turquía.

El imperio otomano gobernó a Argelia hasta 1830, cuando Francia se apoderó de ella militarmente y se mantuvo allí hasta 1962, año en que se vio obligada a conceder la independencia tras una guerra de liberación iniciada por los patriotas argelinos en 1954.

El sangriento conflicto tuvo uno de sus combates emblemáticos en la Casbah, donde se fundó la capital originalmente, epopeya que fue inmortalizada en la película La Batalla de Argel, del director italiano Gillo Pontecorvo. Al momento de la independencia la ciudad contaba con 800 mil habitantes, la mitad de ellos europeos que en su mayoría se marcharon a la metrópolis en pocos meses. Era el fin de una época y el comienzo de otra.

La capital argelina es hoy una ciudad tentacular de 3,6 millones de habitantes, 6,7 millones en la aglomeración que se extiende a las provincias aledañas y que ha absorbido los otrora bucólicos poblados de las cercanías.

Ello ha puesto en tensión la infraestructura urbana, cuyas inversiones han tenido que multiplicarse y acelerarse para poder seguir brindando un servicio mínimo.

Una autopista de circunvalación permite ahora desplazarse por los barrios periféricos, las zonas industriales, los sitios de entretenimiento como el zoológico y el parque de diversiones, el aeropuerto internacional Houari Boumediene y las playas cercanas sin verse obligado a desafiar los embotellamientos del centro.

El enorme complejo de monumentos y museos del Parque de la Victoria, en las alturas de Hamma, constituye un pulmón verde en este enjambre de hormigón y ladrillo. Allí se encuentran, entre otros, el Memorial de los Mártires, el Palacio de la Cultura y el Museo del Ejército de Liberación Nacional.

La primera línea del metro es la más reciente y singular obra, que se conectará con la nueva ruta de un moderno tranvía, y ya está decidido el trazado para su ampliación, de manera tal que el servicio llegará hasta los suburbios alejados.

Para quienes conocieron la ciudad hace 30 ó 40 años resulta difícil hoy encontrar el camino en esta Argel renovada y en transformación, aunque la ciudad sigue en el mismo escenario natural que define su personalidad.

La capital argelina continuará siendo como el balcón de Africa sobre el Mediterráneo, impregnada en invierno por el transparente aliento de las cimas nevadas de la cordillera del Atlas, y surcada en primavera por la brisa que se cuela por sus terrazas y balcones, mezclada con el aroma de los jazmines y azahares en flor.

* Rafael de la Morena es colaborador de Prensa Latina y y Julio Hernández, periodista de la Redacción de Servicios Especiales.