La etapa del enamoramiento es única: tiene el encanto del cosquilleo interior, las manos sudan, el corazón se va a galope y puede subir hasta la presión arterial. Abundan investigaciones, cifras y experiencias personales suficientes para afirmar que no hay un solo amor para toda la vida y sí diversos amores a lo largo de la existencia.

Los últimos sondeos a las personas adultas ponen en claro que las manifestaciones del enamoramiento no son solo típicas o propias de la adolescencia y juventud; a cualquier edad, por suerte, puede suceder esto. Porque la capacidad de las personas para enamorarse y vivir un intenso amor puede ocurrir en cualquier momento de la vida; y es muy bueno y grande esto.

Hace poco me escribió una lectora asidua a este servicio especial y me contó que no logra envejecer por dentro, y que es una pena pues no conoce ni encuentra a ningún hombre a quien pueda ofrecer todo ese amor para dar. Le comenté que no es una pena, sino una dicha por aún sentirse joven y animosa aunque pase de los 60. El amor no resulta privativo de determinadas etapas de la vida, sino de quienes estemos dispuestos a vivirlo. Cierto, el gran conflicto es que mientras se gana en años, más difícil resulta. Pero conozco a gente mayor que lo ha logrado.

Muchas personas optan por “colgar las armas” y dedicarse a recordar con mucha satisfacción y alegría las experiencias amorosas pasadas, sin embargo, mientras hay vida pueden ocurrir sorpresas; depende del interés, las decisiones que se adopten y la disposición de saltar por encima de los propios prejuicios.

Puede vivirse otro tipo de relación, a la manera de los años más calmados. En la pubertad y la adolescencia se es muy frágil y vulnerable; no se tiene práctica ni tampoco la madurez suficiente como para saber lo que conviene o no, la determinación precisa y se cometen errores.

Cuando se está de vuelta de la vida, hay muchas cosas buenas que poseemos, entre ellas la experiencia, la cual aplana el camino hacia un encuentro más inteligente. Y no hay apuro. Las parejas no comienzan la relación teniendo sexo, sino dándose tiempo para conocerse, disfrutar a veces de los silencios, de lo que no se dice, de cuanto se siente y se guarda para el íntimo disfrute.

Hay un mayor interés por el buen funcionamiento de la comunicación, de los vínculos afectivos, del respeto y la comunión de intereses, gustos y aspiraciones. El hecho que desde todos los rincones del planeta te bombardeen los mensajes y promociones comerciales con “lo bello y lo joven”, no puede bloquear la capacidad de proponernos metas y aspirar a vivir mejor.

Estar enamorado es una de las mejores terapias para la salud mental y física. La alegría y dimensionalidad que proporciona la relación de pareja, a mi modo de ver, no resulta comparable con los otros amores, dígase a los padres o a los hijos; si bien estos son muy fuertes también, tienen otro rango sentimental.

Cada quien solo necesita tener seguridad en las decisiones que va a adoptar, y no dejase guiar por los presupuestos de los otros; muchas veces, para el amor que surge, cuando se peinan canas, aparecen demasiados opositores.

Gozar de esas veleidades del juego de seducción es una etapa con sus encantos, además, está una cuestión práctica, de suma importancia: se va aprendiendo de otra forma a disfrutar del goce sexual y a proporcionarlo.

Es oportuno al final decirlo: Una sexualidad bien vivida no tiene que terminar en un acto coital. Se puede tener sexo de muy diferentes maneras. Y de lo más divertido.

Evitar las grietas insalvables

Es posible que pasen uno o seis años en la mejor de las armonías matrimoniales. Nadie puede predecir, ni con explicaciones lógicas, cuando la relación se torna áspera y desagradable y empiezan las peleas…

“Éramos una pareja con mucha química sexual y buena comunicación, pero hace un tiempo, no sé qué está pasando, las discusiones invaden mucho espacio y llegan hasta la habitación matrimonial, echando a perder también el deseo erótico”. Este fragmento de un email de una lectora, sintetiza claramente el daño que trae al seno de la pareja las peleas, los pleitos… ese discutir y discutir, y no ponerse de acuerdo.

Cuando los momentos de infelicidad van sumando, y comienzan a ser superiores que los buenos ratos y una aceptable sincronización, la persona tiende a preguntarse si vale la pena luchar por mantener el vínculo matrimonial o si es mejor romperlo definitivamente.

Como esta es una decisión que no pocas veces implica a terceros -los hijos, la familia de la pareja, a quien queremos como nuestra-€debemos ir despacio, y una y otra vez, preguntarnos en qué hemos fallado en lo personal y qué podemos hacer para subsanar el error.

Toda persona debería tener claro que cuando un matrimonio se diluye, nunca es responsabilidad de una de las partes. Los dos son responsables de las fisuras que van surgiendo en la relación. La buena salud de un matrimonio hay que cuidarla con esmero. Por ello es importante: saber discutir.

No son pocas las parejas que creen estar en crisis porque discuten, pero las discusiones por sí mismas no dañan si terminan en acuerdos. Discutir, enredarse en una larga perorata sobre un asunto que concierne a ambos y en la que no llegan a un arreglo, es terminar por herirse o faltarse el respeto.

Estas peleas sí son realmente muy peligrosas y perjudican no sólo la estabilidad, el sistema matrimonial, sino la estima y el sentimiento amoroso. El problema es saber discutir, pues es más sano reñir que andar aparentemente de acuerdo en todo.

Las discusiones revelan un interés mutuo, lo mismo de convencer a la otra parte que dejar que te convenzan. Cuando marido y mujer están apáticos sexualmente, no se interesan por encontrar puentes de unión y comunicación, entonces el camino va tornándose oscuro y pedregoso. Y no hay por qué llegar hasta ahí. No acumular rencores ni dudas es una buena manera de airar la relación.

Las discusiones resultan positivas cuando uno de los dos está molesto por algo que hizo el otro y necesita “vaciar el saquito de los resentimientos”, y usa la discusión como válvula de escape, pero cuando esto no funciona, la unión tiene lastimaduras más serias.

Es importante cuando se está molesto, que la persona a quien amas, te saque la preocupación de encima, y sea entonces cariñosa, comprensiva y afable, y que reconozca sinceramente su equivocación. Insisto: si la pelea no lleva insultos, humillaciones ni violencia, sino que busca solución y acuerdos, sin dudas favorecen la energía de la unión. Además, siempre está el poder mágico de la reconciliación, con su esperada dosis de un placer posterior.

Discutir en negativo

Las discusiones resultan muy perjudiciales si hay ofensas, críticas negativas, se involucra a otras personas o se chantajea psicológicamente. Cuando uno de los dos quiere imponer a toda costa su punto de vista, y es capaz de utilizar cualquier estratagema para lograrlo, pone al otro en gran desventaja y esto no es legal.

Por otra parte, la discusión no tiene ningún sentido si uno le exige al otro algo que no está dispuesto a dar; si se quiere imponer o dominar; si reacciona diciendo NO a todo, o por el contrario, dice que SÍ siempre para no discutir.

Hay que aprender a identificar las señales de peligro, y una de ellas es cuando terminan con un largo silencio. Una vez una lectora me dijo que “los silencios a veces duelen más que los insultos”, y no he olvidado esa frase. Es muy fuerte y cierta para olvidarla.

El exceso de apatía también es una señal de peligro. Una quiere arreglar la situación tirante, pero el otro está totalmente indiferente, no colabora, no le interesa discutir ni exponer sus criterios. Este actuar acaba con la paciencia de cualquiera.

Según la psicóloga Irene Alonso, “para decidir qué hacer con una relación en crisis hay que dejar de ver en el otro lo que queremos ver, y observar si su forma de vida nos hace felices, es decir, ver la realidad en lugar de las fantasías”. Y también es oportuno el beneficio de la prevención, no esperar a que las grietas sean insalvables.

Volverse a casar

Muchas mujeres y hombres pueden hablar larga y francamente del duelo que se vive después de una separación, sobre todo cuando te plantean el divorcio y no es algo deseado. Algunas personas quedan incluso, por años, atrapadas en un estado de vacío, mezcla de decepción, escepticismo, incredulidad, y también por el sufrimiento de toda unión que estuvo anclada en una intensa pasión.

En medio de ese dolor provocado por el mal sabor de la separación, apenas reaccionamos positivamente y valoramos además nuestras propias culpas -siempre no todas están del lado de allá- y tampoco solemos meditar cómo el matrimonio es un contrato de dos, hasta que dure.

Abundan investigaciones, cifras y experiencias personales suficientes para afirmar que no hay un solo amor para toda la vida y sí diversos amores a lo largo de la existencia. El precepto del “único amor” o del “amor para toda la vida” es un gran mito o una gran estafa, como más le guste a quien lee estas líneas; sabemos hoy, las nuevas mujeres, que fue impuesto desde la religión, la historia y lo sociocultural también.

Es real, asimismo, que las personas se recuperan de los sinsabores de la separación, renacen y van en busca de otra compañía. Por lo común, ya esa persona no es la misma, sobre todo porque los fracasos duelen, pero enseñan, hacen madurar y ofrecen experiencias y conocimientos, por tanto, al ver el asunto desde el mejor ángulo posible, nuevos atributos la enriquecen.

Luego, esa segunda o tercera oportunidad tiene otros significados: el juego de la seducción ya no se asume idílica y candorosamente, sino pasa por otras dimensiones matizadas por la experiencia, la madurez, la responsabilidad y objetivos específicos en la vida.

Hace poco recibí un correo electrónico de una lectora colombiana cuya historia resulta interesante para compartir entre mujeres. Dice que se había divorciado hacía cinco años, después de haber intentado con ahínco salvar su primer matrimonio. Cuenta que pasó tres años en ese intento de reencuentros y rupturas, hasta que decidió concluir definitivamente; fue como una clarinada, un alivio, un descubrimiento, comenta. “Al fin me di cuenta que sólo estaba haciendo trizas mi existencia, intentando salvar una unión que ya no tenía vida”.

Al principio, se sintió muy descompensada: “Es difícil adaptarse a la pérdida. Sobre todo, cuando te das cuenta que estás afectivamente sola y has pasado mucho tiempo engañándote a ti misma con un montón de ilusiones falsas”. “Con el tiempo, comprendí que fracasamos porque éramos demasiado jóvenes y de la verdad de la vida no sabíamos ni la primera palabra. Descubrí igualmente que es una fantasía eso de creer que sin él, la existencia iba a detenerse”.

“No se detuvo, al contrario, me dio la posibilidad de reencontrarme conmigo, crecer y aprender que a cualquier edad se puede empezar, aún cuando estamos en plena menopausia. Lástima que haya tenido que sentir tanto dolor para convertirme en una mujer objetiva”.

A la distancia, esta mujer que hoy nos cuenta sus experiencias se encuentra convencida que su matrimonio no funcionó porque los dos tenían caracteres, aspiraciones y formas de pensar muy distintas. “Sabía que en muchas cosas no congeniábamos, pero tenía la esperanza de que en el matrimonio iríamos amoldándonos y aceptándonos con los días, con los años…”.

Ella dice ser una mujer, como tantas, que en su juventud creyó ciegamente que el amor lo resuelve todo: “A veces, recuerdo, y me río de mi inocencia, al pensar que mi enamoramiento, grande, inmenso, sería capaz de saltar todas las barreras, que nunca nada ni nadie nos podría separar. No escuchaba oposiciones familiares ni consejos de las amigas íntimas. Cuando me miraba en aquellos ojos, temblaba y no había placer mayor”.

Casada de nuevo, con dos hijos del primer matrimonio y una del segundo, ve la unión con otras lentes: “Ahora no me dejé seducir, simplemente. Analicé si era un hombre que aportaría a mi vida muchas cosas más que una buena relación marital”.

“En esta segunda vuelta encontré no al hombre perfecto, que ya sé no existe, sino a uno cumplidor de los requisitos básicos que ahora forman parte de mis necesidades”.

Coincido con esta amiga colombiana en un importante punto para tener en cuenta a la hora de casarse otra vez: Cuando se tienen hijos, hijas sobre todo, hay que escoger muy bien al hombre que va a entrar en la casa, a formar parte de la familia. Probarlo, analizarlo con profundidad y, más tarde, pensar otra vez serenamente, con la cabeza y con el corazón, si es la persona indicada.

“Es como ir despacito por las piedras. Porque si te equivocas, no pagas tú sola, sino también otros seres que no tienen culpa de nuestras malas decisiones”, argumenta.

Y finaliza su comentario con una reflexión corta pero contundente: “Hoy me va muy bien, no tengo de qué quejarme. Debe ser eso, sí eso mismo: la experiencia que la vida me enseñó”.

Por esta carta, y tantas otras, me gusta esa canción de Fito Páez que dice: El amor después del amor / Se parece a este rayo de sol / Ahora que busqué / ahora que encontré…

* La autora es periodista cubana, máster en salud sexual y reproductiva y colabora con Prensa Latina.