Es necesario explorar y desentrañar la naturaleza política del poder comunicacional, su relación con la revolución científico-tecnológica y cibernética y sus implicancias jurídicas, políticas, sociales y culturales. Estudiar estas formas de coerción y dominación ayudarán a comprender el despliegue del poder comunicacional, probablemente el centro del poder político en el nuevo siglo. El desafío jurídico y político cultural es cómo lograr la democratización de ese poder y su resocialización en relación al Estado y la sociedad civil.

“Cuanto más se acrecienta la interactividad global, más se impone la exigencia de una visión panóptica y totalitaria. A la famosa “burbuja virtual” de la economía del mercado único le sucede esta burbuja visual donde la amplificación de las apariencias desempeñará muy pronto el mismo papel multiplicador que el de la especulación financiera”. Paul Virilio (“Televigilancia global”)

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La revolución científico-técnológica está conmoviendo la vida humana, sus pautas sociales, culturales, económicas y políticas. Estos avances científicos auguran, o deberían augurar, al menos, un futuro promisorio. Pero también es cierto que, como en los casos de la ingeniería genética y las comunicaciones, existen interrogantes ético-sociales y políticos que deben ser resueltos para que estos cambios transformadores no se conviertan en nuevas formas de coerción y autoritarismo.

El ojo de Dios está siendo reemplazado por el ojo de la Humanidad. La revolución comunicacional y cibernética, mediante los satélites, lo está permitiendo. La utilización de los sistemas de televigilancia satelital denominados Echelon (norteamericano), Enfopol (europeo) y Sorm (ruso) han puesto de relieve los problemas que plantean a las libertades individuales y de las naciones, problemas que superan las visiones apocalípticas de Julio Verne, George Orwell, James Burnham, Jack London y Ray Bradbury, quienes desde distintas ópticas, previeron y describieron de manera fantástica las formas totalitarias reales contemporáneas.

Esta situación a la que se suman el uso de internet y todas las expresiones de la telemática, ha cambiado la realidad del espacio-tiempo de nuestros desplazamientos físicos y la perspectiva que organizaba, desde hace más de cinco siglos, nuestra visión del mundo. Hay, entonces, una realidad actual e inmediata en la cual se desplaza nuestro cuerpo y en la cual reflexionamos, y una realidad virtual (multimediática) en la cual se inserta cada vez más a menudo nuestra relación con el mundo y con quienes están lejos, en otras regiones o continentes, en los antípodas.

Se sostiene que la globalización comunicacional nos acerca a esas personas y regiones; pero lo cierto es que, por el contrario, se produce un efecto inverso, de tipo fragmentador, donde el mundo virtual nos separa de la relación cotidiana y de la interacción humana. Otro tanto ocurre con la información. Es enorme el acopio de información a través de la radio, la televisión por cable o satelital, mediante el uso de internet o la prensa escrita. Pero esa información mediática y abrumadora, disminuye el espíritu crítico del receptor. Salvo el caso del internet, donde a veces se posibilita el diálogo telemático, el resto de la información está impuesto, y muchas veces, manipulado. De esta manera se impide el diálogo, el debate, la valoración, la crítica junto a otros. Se rompen los vínculos comunitarios y la vida social activa.

El principio de solidaridad es un vínculo fundamental que, con la modernidad, ayudó a los hombres y mujeres a convivir, a buscar reglas de consenso, tanto en la vida familiar como social, evitando la guerra y la destrucción que había caracterizado a la sociedad antigua. Es cierto que el principio de la solidaridad entre los pueblos fue desmentido por luchas fratricidas, por la oposición de intereses económicos y de poder, y que las dos guerras mundiales cuestionaron. Pero el plexo valorativo que unía a la solidaridad con los valores de libertad, justicia, paz y cooperación siempre estuvo presente desde las brutales guerras de religión que sufrió particularmente Europa a partir del siglo XVI. Lo que planteó en el final del siglo XX la posmodernidad, la teoría del “fin de la historia” y de las ideologías, especialmente con Daniel Bell y Francis Fukuyama, ha sido la transformación del humanismo que venía del Renacimiento, del iluminismo y del historicismo, por la creación del hombre “light” (suave), hedonista, narcisista, insolidario, brutalmente individualista, que reemplaza los valores de la democracia por los del mítico mercado. Hombre, por supuesto, hiper consumidor y que, hoy por hoy, podríamos graficar metafóricamente como sentado ante una pantalla, pasivo, dejándose invadir por imágenes fascinantes.

Así la política se transforma en “espectáculo hedonista” (nunca en lucha de intereses o de clases sociales), el hombre y la mujer se realizan supuestamente en el “mercado” y el paradigma no son valores revolucionarios, éticos o religiosos sino el “consumismo”. Surgiría así una suerte de individualismo narcisista y psicologista donde el vacío de la vida sería completado a partir de grupos de interés limitados, de conciencia y práctica social segmentada. La vida no se realizaría en los partidos políticos, los sindicatos, las organizaciones culturales o solidarias, sino en grupos muy limitados, quizá solo incluso, ante una pantalla generadora de imágenes electrónicas. La ética es una “ética indolora” que antepone siempre los derechos a los deberes (pragmatismo sin principios) cuyo máximo de moralidad es la “ética de la empresa capitalista”.

El “modo de comunicación”

En este sentido, hay una verdadera mutación de la sociedad. En cuanto a los sistemas de comunicación, se ha comenzado a estudiar en los medios científicos y académicos lo que se denomina “modo de comunicación”. Esta concepción va más allá de los límites del análisis positivista, estructuralista, fenomenológico y weberiano, conocidos hasta los años setenta. Después de Vigilar y castigar de Michel Foucault, las corrientes mencionadas quedaron de alguna manera entre paréntesis y ninguna de ellas pueden ignorar los nuevos sistemas de dominación.

El “modo de información” designa al campo de la experiencia lingüística, cuyas relaciones estructurales básicas cambian en cada período, exactamente como las relaciones del modo de producción, hecho que no fue previsto por el marxismo de los clásicos, cuestión que se expone ahora ante la realidad social mediante las complejas formas de comunicación e información.

El mercado también se ha transformado. La estructura de la significación en la publicidad ha cambiado y los medios electrónicos favorecen también este tipo de proceso. Pero esta revolución en manos de sectores que la utilicen para la coerción, permite vigilar mensajes y acciones, al mismo tiempo que completan el proceso de automatización de la producción.

Para tener una visión de conjunto debemos recordar las cinco grandes revoluciones comunicacionales: 1) la imprenta, el invento de Gutenberg logrado en 1445, que impulsó la Reforma protestante y un cambio total en las costumbres y en la sociedad; 2) la radio, que desde la década del veinte del siglo XX impulsó la cultura auditiva de masas; 3) la revolución icónica o de la imagen, con la incorporación del cine y la televisión; 4) la computadora y su uso masivo a partir de los años ochenta del pasado siglo y 5) la multimedia y el internet, que ha reunido la telefonía, la televisión y la computadora, marcando en este momento la pauta de la nueva cultura comunicacional.

Así es que nos encontramos ante medios electrónicos de comunicación que hacen estallar los límites del espacio-tiempo de los mensajes, permiten la vigilancia de mensajes y acciones, desespacializan ciertos tipos de trabajo, hacen que los significantes sean flotantes en relación con sus referentes, sustituyen ciertas formas de relaciones sociales, modifican la relación texto/autor, extienden al infinito la memoria humana y socavan la ontología cartesiana del sujeto y del objeto. La “realidad” se constituye en la dimensión “irreal” de los medios de comunicación como nunca el hombre pudo imaginar desde la invención de la imprenta y el comienzo de la revolución comunicacional con Norbert Wiener, en 1948, cuando impulsó los estudios cibernéticos. Wiener era un humanista que advirtió tempranamente que sus elaboraciones debían ser utilizadas para el crecimiento de la humanidad y el bienestar social, y no para generar sistemas totalitarios.

A propósito del “modo de comunicación”, Mark Poster sostuvo que “en esta esfera ya no hay actos puros; sólo hay representaciones lingüísticamente transformadas que son los actos mismos. Estos conceptos muestran el carácter totalmente nuevo de la experiencia lingüística, un carácter que tiene un alcance inestimable para reconstruir el mundo social incluso estructuras de dominación enteramente nuevas. Los historiadores empeñados en el proyecto de emancipación, ya sea en una óptica liberal, ya sea en una óptica marxista o de otra índole, deben preocuparse por analizar el modo de información, proyecto en el cual la teoría del modo de producción no les servirá de gran ayuda” (1).

Medios electrónicos e imprenta

Lo que diferencia a los medios electrónicos de la imprenta es su múltiple capacidad de dirección, que es muy compleja. La imprenta emite significantes partiendo de una fuente, la computadora recoge significantes que le llegan de todas partes; mientras la imprenta extiende la “influencia” del sujeto comunicante o del texto que comunica, la computadora autoriza al receptor de los significantes a controlar el emisor. Los centros de poder se convierten en destinatarios panópticos cuya “memoria” es una nueva estructura de dominación. Un banquero almacena por computadora el comportamiento económico y personal de sus clientes y los comunica a otros banqueros o empresarios por un precio. La experiencia comunicativa se ha modificado. Los medios electrónicos fomentan la dispersión de la comunidad, pero facilitan al mismo tiempo su vigilancia. Lo del banquero u otro agente es la “datavigilancia”, denominada así por Roger Clarke en 1994: “El uso sistemático de bases de datos personales en la investigación o monitoreo de las acciones o comunicaciones de una o más personas”.

Otro tanto ocurre con el dinero plástico. Las “tarjetas de crédito” no son la bandera del fin del milenio, como sostuvo desaprensivamente Giles Lipovetsky. Por el contrario, constituyen un asalto de la privacidad en tanto sean utilizadas como fuente de datos que se venden en un mercado ilegal paralelo. La información, que día a día dejan millones de personas en el trámite administrativo donde se utiliza dinero plástico, implica conocer hábitos de consumo y hasta la vida íntima de las personas (2). Otro tanto ocurre con el mercado laboral donde las “listas negras” circulan entre los conglomerados empresarios, dejando en la calle a cualquiera que se oponga a una injusticia, o demande por justas reivindicaciones. En tiempos de paro forzado, de desocupación estructural, donde se reasegura un enorme “ejército de reserva” laboral, que encubre formas de servidumbre y llega hasta casos de esclavitud con los indocumentados, este tipo de vigilancia se transforma en un arma brutal, mucho más que la utilización de los esquiroles o “rompehuelgas” de principios del siglo XX. Lo mismo ocurre con las informaciones médicas acumuladas en sanatorios y hospitales, en centros de salud o en consultorios privados, cuya utilización fuera del marco específico se transforma en valioso botín de información confidencial (3).

El mercado, entonces, también se transforma. Semiólogos han analizado la estructura de significación de la publicidad e insisten en la diferencia del significante y la recodificación de las mercancías. Los medios electrónicos favorecen este tipo de proceso.Volvamos a Mark Poster, quien en su estudio Foucault, el presente y la historia, describe lúcidamente la relación que hay entre la computadora y quien la utiliza: “Uno no escribe en la computadora -dice- como en una hoja de papel en blanco. En primer lugar, los pixels que se encienden en la pantalla según ciertas estructuras no son semejantes a los rasgos de la tinta o del lápiz. Son signos ‘inmateriales’, no rasgos que obedezcan al principio de la inmercia. El espíritu del operador se ve frente, no a la resistencia de la materia, sino a una pantalla cuya condición ontológica es nueva, a medias material, a medias ideal. El texto de una pantalla de computadora se desvanece tanto como pueden desvanecerse las palabras de un orador y puede ser corregido o cambiado instantáneamente. Así un individuo crea un texto en la computadora dentro de la interacción con un ‘objeto’ que está más próximo a su cerebro de lo que está una hoja de papel”.

Aquí hay un hecho nuevo. Sin llegar a serlo totalmente, la computadora actúa parcialmente como un cerebro. Es decir, puede tener acceso a bases de datos almacenados que se parecen a la memoria y que desarrollan algunas de sus posibilidades. La computadora puede sustituir una conversación hablante, pilotear máquinas, puede actuar en la comunicación en el lugar de las personas. No caben dudas que nos encontramos ante una lógica distinta a la cartesiana que obra sobre el mundo de la naturaleza y que los nuevos agentes (robots) deben tenerse en cuenta.

¿Cómo enfrenta el humanismo de la libertad esta situación? ¿Cómo advertir los aspectos totalitarios encubiertos en un manejo no democrático de los nuevos avances científico-tecnológicos y la imposición de una nueva ideología “única”? ¿Cómo democratizar y resocializar los avances científicos, que corresponden a toda la humanidad, y no solo a grupos económicos, sociales o políticos? Tal es el interrogante que los científicos del derecho y los investigadores sociales deben responder, en el cual la teoría del modo de producción aislada no les servirá de ayuda. La respuesta debe ser superadora y no caer en la nostalgia luddista.

Las nuevas formas de dominación

Utilizamos aquí la palabra “panóptico” que sintetiza los poderes de dominación sobre las personas, los individuos y la sociedad. Michel Foucault fue el primero que advirtió sobre el significado del término debido a Jeremías Bentham, quien editó a fines del siglo XVIII un libro con ese nombre. En Vigilar y castigar, Foucault describe al jurista inglés como un “Fourier de una sociedad policial” y dice que su libro El Panóptico, constituyó “un acontecimiento en la historia del espíritu humano” y fue “una especie de huevo de Colón en el campo de la política”.

El pensador francés descubrió la obra de Bentham estudiando los orígenes de la medicina clínica, la construcción y arquitectura de los hospitales. Bentham creó el panóptico, un edificio que en su periferia era circular; en el centro había una torre; ésta aparecía atravesada por amplios ventanales que se abrían sobre la cara interior del círculo. El edificio periférico estaba dividido en celdas, cada uno de los cuales ocupaba todo el espesor del edificio. Estas celdas tenían dos ventanas: una abierta hacia el interior que se corresponde con las ventanas de la torre; y otra hacia el exterior que dejaba pasar la luz de un lado al otro de la celda. Basta pues situar un vigilante en la torre central y encerrar en cada celda un loco, un enfermo, un condenado, un obrero o un alumno. Mediante el efecto de contra-luz se pueden captar desde la torre las siluetas prisioneras en las celdas de la periferia proyectadas y recortadas en la luz. En suma, se invertía el principio de la mazmorra clásica. La plena luz y la mirada de un vigilante captaban mejor que la sombra, que en último término cumplía una función protectora.En realidad, mucho antes de Bentham ya se había ensayado el modelo de construcción con visibilidad aislante con la Escuela militar de París de 1755 en lo referente a los dormitorios. Cada alumno debía disponer de una celda con cristalera a través del cual podía ser visto toda la noche sin tener ningún contacto con sus condiscípulos, ni siquiera con los criados.

Existía además un mecanismo muy complicado con el único fin de que el peluquero pudiese peinar a cada uno de los pensionistas sin tocarlo físicamente: la cabeza del alumno pasaba a través de un tragaluz, quedando el cuerpo del otro lado de un tabique de cristales que permitía ver todo lo que ocurría. Bentham explicó en su momento que su hermano había visitado la Escuela militar referida y fue él quien tuvo la idea del panóptico.

Foucault explicó el rol moderno coercitivo de la arquitectura, salvo constructores humanistas como el finlandés Alvar Aalto y el holandés Peter Oud. En la Argentina, las construcciones de edificios para el funcionamiento de universidades -tal el caso de la de Mar del Plata- fueron ideados durante la última dictadura militar constituyendo un claro ejemplo de edificio-cárcel, donde no existen espacios para realizar manifestaciones o actos en el interior del establecimiento, y las escalinatas, breves, en diversos desniveles, que interconectan los pasillos interiores, impiden el recorrido de una expresión masiva de estudiantes.

“Desde finales del siglo XVIII -decía Foucault-, la arquitectura comienza a estar ligada a los problemas de la población, de salud, de urbanismo. Antes, el arte de construir respondía, sobre todo a la necesidad de manifestar el poder, la divinidad, la fuerza. El palacio y la iglesia constituían las grandes formas, a las que hay que añadir las plazas fuertes; se manifestaba el poderío, se manifestaba el soberano, se manifestaba Dios. La arquitectura se ha desarrollado durante mucho tiempo alrededor de estas exigencias. Pero, a finales del siglo XVIII, aparecen nuevos problemas: se trata de servirse de la organización del espacio para fines económico-políticos” (4).

La idea fundamental es la siguiente: en el Panóptico, cada uno, según su puesto, está vigilado por todos los demás, o al menos por alguno de ellos; se está en presencia de un aparato de desconfianza total y circulante porque carece de un punto absoluto. El poder ya no se identifica sustancialmente con un individuo, como ocurría con el monarca absoluto o el dictador clásico, se convierte en una maquinaria de la que nadie es titular. “En esta máquina -explicaba Foucault- nadie ocupa el mismo puesto, sin duda ciertos puestos son preponderantes y permiten la producción de efectos de supremacía. De esta forma, estos puestos pueden asegurar una dominación de clase en la misma medida en que disocian el poder de la potestad individual”.

Pero no solo se ha dado este proceso en la sociedad industrial capitalista que puso en marcha todo el aparato de poder perfeccionándolo ahora mediante la utilización de satélites-espías. Estas formas totalitarias también aparecieron en la sociedad soviética. El estalinismo, que correspondió también a un período de acumulación de capital y de instauración de un poder autocrático, desarrolló las formas represivas del panóptico. Incluso se utilizó la psiquiatría como forma de amedrentar o torturar a los disidentes. Muchos críticos del sistema eran conducidos a establecimientos psiquiátricos y eran considerados “locos”, aplicándoseles electroshocks. Otro tanto ocurrió en Estados Unidos con los presos puertorriqueños, en los años cuarenta y principios de los cincuenta que fueron torturados -entre ellos el eminente Pedro Albizu Campos- quemándoseles las plantas de los pies con rayos nucleares.

Las concepciones doctrinarias tradicionales para comprender las ideologías del poder político -por ejemplo la de Bertrand de Jouvenel-, están hoy superadas. En 1964, Herbert Marcuse llamó la atención sobre el particular, especialmente en El hombre unidimensional y en La sociedad carnívora. Bajo la apariencia de un mundo cada vez más conformado por la tecnología y la ciencia, se manifiesta la irracionalidad de un modelo de organización de la sociedad que, en lugar de liberar al individuo, lo sojuzga. La racionalidad técnica, la razón instrumental, han reducido el discurso y el pensamiento a una dimensión única que hace concordar la cosa y su función, la realidad y la apariencia, la esencia y la existencia. Esta «sociedad unidimensional» ha anulado el espacio del pensamiento crítico. Marcuse -cuyas ideas fueron difundidas por la revista doctrinaria cubana Pensamiento Crítico- puso a la vista el “lenguaje unidimensional” difundido por los medios de comunicación.

La respuesta a esta situación parece estar en la necesidad de restaurar la comunicación en el espacio público ampliado al conjunto de la sociedad mediante la actividad de los grupos sociales, aplicando formas de autogestión que rompan el engranaje del poder único. Jürgen Habermas lo estudió en sus libros La técnica y la ciencia como ideología y en El espacio público, a propósito de las formas de comunicación desmitificadoras puestas en práctica durante una rebelión de estudiantes californianos y por los movimientos de consumidores norteamericanos.

Privacidad versus opacidad del poder

El rescate de la privacidad conjuntamente con la defensa del “espacio público” son algunas de las armas con las que enfrentar la opacidad de un nuevo poder totalitario, basado en la dictadura de las trasnacionales, la pretensión hegemónica de un pensamiento único, la irracionalidad de las tendencias “posmodernas” y la privatización de “lo público” a manos de intereses de los conglomerados económicos.

Gary Marx, en su libro Undercover: Police Surveillance In América (1988) y especialmente en su ensayo “Technology and Privacy” (1990), publicado en The World and I, propone un catálogo sobre las “falacias” ideológicas que es necesario desenmascarar. Esas falancias son las siguientes:

• La falacia de pensar que el significado de una tecnología se apoya solamente sobre sus aspectos prácticos o materiales y no sobre su simbolismo social y sus referentes históricos.

• La falacia “frankesteiniana” de que la tecnología siempre será la solución y nunca el problema.• La falacia de que la tecnología es neutra.

• La falacia de que el consenso y la homogeneidad sociales hacen inexistentes los conflictos y divisiones y que lo bueno para quienes tienen el poder económico, político y militar es bueno para todo el mundo.

• La falacia del consentimiento implícito y la libre elección.

• La falacia legalista de que sólo porque uno tiene derecho legal a hacer algo entonces es correcto hacerlo.

• La falacia de suponer que sólo los culpables tienen algo que temer del desarrollo de la tecnología invasiva (o, si uno no hizo nada malo, entonces no tiene nada que esconder).

• La falacia de creer que la información personal de clientes y casos en posesión de una compañía es sólo una clase más de propiedad para ser comprada y vendida del mismo modo que los muebles de oficina o los insumos.• La falacia de no ver factores sociales y políticos involucrados en la recolección y construción de los datos.

• La falacia de suponer que, dado que nuestras expectativas sobre la privacidad están históricamente determinadas y son relativas, entonces se harán necesariamente cada vez más débiles a medida que la tecnología se vuelva más poderosa.

Defender la intimidad, los derechos personalísimos de la persona, no es una muestra de individualismo. Es la defensa de la libertad personal. Ese derecho debe compatibilizarse con el derecho al “espacio público”, hoy agredido por la expropiación privada de intereses ajenos al interés social.

Se trata de establecer, desde el derecho y la ciencia política, que la cuestión de la libertad y la democracia no se puede resumir, como sostuvo el liberalismo clásico, en el derecho a ejercer uno su voluntad. Reside también, y esto es fundamental en el nuevo milenio, en el derecho a dominar uno mismo el proceso de formación de esa voluntad ante las nuevas formas totalitarias. El control no puede estar en manos del Estado ni de las trasnacionales o de los monopolios capitalistas, como ocurre ahora y los políticos, juristas y cientistas sociales deberán responder sobre cuáles son las nuevas instituciones que desde la sociedad civil alienten y protejan el dominio del proceso de formación de la voluntad para que uno mismo pueda ejercer realmente esa voluntad, de manera individual o en forma colectiva.

El nuevo Panóptico ante el derecho

En el derecho argentino, salvo algunos trabajos del miembro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación Carlos S. Fayt, y del tratadista Humberto Quiroga Lavié, no se ha estudiado el fenómeno cibernético y comunicacional desde el punto de vista jurídico. Fayt se ha acercado al problema en su obra La Omnipotencia de la prensa. Su juicio de realidad en la jurisprudencia argentina y norteamericana. Por su parte, Quiroga Lavié lo hizo en varios estudios sobre la repercusión de la cibernética en la sociedad y en el derecho. Hay, en cambio, una frondosa jurisprudencia y bibliografía en torno a la libertad de presa, el derecho de réplica, los delitos a través de la prensa, la censura previa y otras restricciones a la libertad informativa y respecto a cuestiones económicas y patrimoniales.

Pero existe un vacío jurisprudencial, doctrinario y constitucional ante las nuevas formas totalitarias que esta vez no solo provienen del Estado sino también desde los grupos económicos concentrados que enlazan sus intereses con los de los gobiernos.

Lo curioso es que se diluye la información, como se expresó, mediante una catarata informativa que, por medio de la superficialidad, la banalidad, la falta de verificación y la manipulación intencionada, distorsionan el proceso de información. “Infoxicación”, como cabalmente se la ha llamado: decir todo, decir muchísimo sobre todas las cosas, bombardear con “información” para, en realidad, no decir nada. Algo así como una versión “comunicacional” del gatopardismo de Giuseppe Lampedusa: cambiar todo para que nada cambie.

Dice Fayt que “el universo de la comunicación presupone la interacción simbólica, en un proceso que comprende la pregunta y la respuesta y culmina en la introyección y en la proyección. De allí la importancia de la semiótica en la comunicación, donde se utilizan las palabras y los gestos, es decir la forma verbal y gestual del ser. Nuestro tema es la información y la comunicación social, no la interpersonal. Esta es primaria, directa y recíproca. La otra es indirecta, colectiva, simultánea y masiva. Su circuito comprende el medio, la emisión y la recepción de un mensaje. Los medios son la prensa, la radio, la televisión, el cine, que condicionan el mensaje conforme a su diversa naturaleza”.

Es cierto que la información sería equivalente a una comunicación con un fin pretederminado y por ello, la información aparecería como la fase de provisión del contenido de la información. Pero también es cierto que esa información parece difícil de lograrse si no se le suman las características del mensaje, su elaboración, las formas y condiciones para emitirlo y su relación con los acontecimientos, los hechos, las acciones, los conocimientos, más las técnicas especiales propias de cada uno de los medios de comunicación social.

Hoy día vivimos el mito de la información. Tanto, que se ha llegado a hablar -quizá un tanto ampulosamente- de una “sociedad de la información”. Como perfectamente lo ha expresado Roszack: “Desde el auge de la computación, el concepto de información ha pasado a tener un protagonismo sobredimensionado en la economía, la educación, la política, en la sociedad en su conjunto. La información ha desbancado de sus lugares de privilegio a conceptos como sabiduría, conocimiento, inteligencia; términos todos éstos que hoy se ven reducidos al primero. Una lógica según la cual procesar muchísimos datos a velocidad infinitesimal, equivale a ser inteligente, desestimando así cualidades como la creatividad, la imaginación, el raciocinio; pero también la ética y la moral”. (5)

Si la comunicación siempre ha estado presente en la dinámica humana como un factor clave, las formas de las actuales tecnologías digitales sirven para, literalmente, inundar el mundo de comunicación e información, entronizándolas. Ello asienta en nuevas formas de conocimiento, cada vez más sofisticadas y complejas. La clave de la actual sociedad, también llamada “sociedad digital”, está en una acumulación fabulosa de información. La “aldea global”, como diría McLuhan, se construye sobre estos cimientos. El principal recurso pasa a ser el manejo de información -cuanto más y más rápidamente manejada, mejor-, el capital humano capacitado, lo que se conoce como el know how.

Ahora bien: esta mayor capacidad de comunicarnos y toda esa información disponible, más allá del espejismo con que se presenta, no sirve por sí misma para terminar con la inequidades históricas de nuestra sociedad. La comunicación social que “une” a todo el planeta -en realidad desarrollada por cadenas privadas que son, ante todo, empresas lucrativas-, hace ruido, pero lejos está de informar.

En este sentido, es casi inexistente la legislación que resguarde la labor del periodista profesional y sus posibilidades de autonomía ante la propia empresa para la cual trabaja, en resguardo de la verdad informativa. La labor del periodista es la de ser un gestor entre la información y el receptor, individual y colectivo. La tarea periodística es una técnica basada en la necesidad de resguardar la verdad informativa. Si se transgrede este principio se deja de cumplir el rol periodístico. No debe confundirse el periodismo como técnica informativa con el periodismo de opinión que puede y debe ser ejercido por todo aquel que quiera opinar, debatir, mantener una posición ideológica, filosófica, política o religiosa, aunque no sea periodista profesional.

Ante los avances tecnológicos y su aplicación a los medios de comunicación, es necesario resguardar los derechos de la sociedad, guardando un equilibrio entre el poder de los medios y la aptitud de cada individuo para reaccionar ante cualquier intento de manipulación, y esto especialmente frente a la concentración de medios de comunicación y las multimedias reunidas en forma monopólica.

Los nuevos desafíos

Estamos ante nuevos desafíos. La aplicación de la fibra óptica está dejando atrás la utilización de cables. El sistema satelital se ha impuesto para interrelacionarnos, pero también para que se nos vigile. Teléfonos, celulares, internet y hasta el fax, pueden ser captados por los sistemas de espionaje Echelon, Enfopol, Sorm y otros. El dinero plástico y los archivos informáticos constituyen una red de información que sirve de base para vigilar la vida de las personas.

El derecho y la ciencia política no pueden ni deben estar ajenos a esta situación. Debe impedirse que sean controladas las carreteras informáticas y en especial Internet. Está en manos de los individuos una posibilidad de intercomunicación importante, pero al mismo tiempo debe buscarse la solución tecnológica y jurídica para que los sistemas de comunicación no sirvan de vía al espionaje.

Jacques Isnard, de Le Monde, descorrió el velo que cubría a la “santa alianza” del espionaje. Es, dice, el “big brother” según el imaginario que bautizó con ese nombre sugestivo Orwell en su obra 1984. Es “un espía anglosajón que extendió por el planeta una malla cerrada de estaciones de escucha” y que “está al acecho de todos y dispuesto a registrar la menor indiscreción”.

El periodista dice que la “santa alianza” “se llama red Echelon”. Agrega: “Está reservada estrictamente a cinco Estados del mundo, que hablan inglés y tejieron entre sí vínculos especiales: Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Nueva Zelanda y Australia”.

Explica Isnard que en 1948, un acuerdo secreto vinculó a estados Unidos con Gran Bretaña en una red de informaciones denominada Brusa Comint. Este acuerdo tomó luego el nombre codificado de Ukusa, en alusión a las iniciales de ambos países. Dos organismos, la Agencia de Seguridad Nacional (ASN) y la Oficina Central de Comunicaciones del Gobierno (OCCG), fueron invitados a preservar los intereses de los dos países en el mundo interceptando las transmisiones en el extranjero. Su tarea básica consistía en escuchar las emisiones que se intercambiaban los estados mayores de los ejércitos comunistas. A su vez, los soviéticos construyeron un sistema propio denominado Sorm, que conserva el actual Estado ruso, mientras que Europa impulsa uno propio, llamado Enfopol.

En los años setenta, Francia se sumó a las interceptaciones de la ASN. Ukusa siguió siendo uno de los secretos mejor guardados del mundo. Recién en 1972 la revista norteamericana Ramparts, publicó las confidencias de un antiguo funcionario de la ASN sin pronunciar, empero, la palabra Echelon. Pero Echelon existía, oculta detrás de Ukusa. Los años 1952, 1957, 1984, 1986 y 1988 marcaron las etapas más significativas de esta máquina de espiar.

Estas “grandes orejas” no se conformaron con escuchar al adversario eventual, todo se convirtió en un potencial blanco: los teléfonos -incluidos los celulares-, los télex, las fotocopiadoras, Internet y los mensajes electrónicos. Los cinco estados de esta “santa alianza” se repartieron las tareas: la ASN norteamericana se encarga de las dos Américas; la OCCG británica de Europa (Rusia incluida) y África; el DSD australiano de Asia y el Pacífico junto con el GCSB neozelandés y la CSE canadiense, de Europa y las Américas. El sistema fue utilizado contra la Argentina durante la Guerra de Malvinas, en 1982.

Tras la finalización de la “guerra fría”, la crisis de estos métodos de espionaje se produjo porque el control clandestino de las transmisiones se comenzó a ejercer contra empresas industriales y comerciales rivales de los grupos norteamericanos que Echelon buscó privilegiar, o porque la vigilancia se ha extendido hasta las comunicaciones entre particulares.

Frente a todo esto, creemos que deben universalizarse otras formas que controlen a los que nos quieren controlar y espiar. En ello le va la vida a la democracia, al sistema de las libertades individuales y sociales, que podrían sucumbir ante el nuevo Panóptico. Democratizar la utilización del poder comunicacional y resocializar la utilización de los recursos técnico-científicos, constituyen hoy los pilares esenciales para la construcción de una sociedad justa y libre que merezca ser vivida.

La crisis comunicacional actual es parte de la crisis contemporánea que es social, política y económica. Pero que quede claro: no es una crisis coyuntural. Es la crisis de la globalización capitalista, la globalización del capital financiero unido a la revolución comunicacional que transforma las costumbres, despierta profundas corrientes irracionalistas, fragmenta las sociedades, destruye los vínculos familiares, desplaza a grandes masas humanas de una región a otra, especialmente desde los países periféricos a los centrales, lleva a la miseria a continentes enteros y genera amplios bolsones de pobreza, desocupación estructural, corrupción, incluso en las propias naciones hegemónicas y genera contradicciones secundarias: limpiezas étnicas, genocidios, xenofobia, racismo, integrismos y oscurantismo cultural. Todo ello, incluso, manteniendo el mito de una sociedad “que progresa” y donde los actuales medios digitales de la información funcionarían como varita mágica, siempre listos para posibilitar “dar un salto adelante”, “uniéndonos”. Faltaría agregar: ¿haciéndonos felices también?

La revolución comunicacional posibilita elementos técnico-económicos y políticos cuya utilización pueden servir, deben servir, para transformar racionalmente la realidad en beneficio de la mayoría. La disyuntiva es si van a ser utilizados en ese sentido transformador o, en cambio, serán aprovechados para crear nuevas formas de dominación y servidumbre. El derecho no puede estar ajeno a esta tensión que es parte sustancial de la transformación histórica. Porque como decía Hegel “quien contempla el mundo racionalmente, lo halla racional: hay en esto una determinación mutua”.

Los medios alternativos: nuevos escenarios de acción política

En el Informe “Un solo mundo, voces múltiples. Comunicación e información en nuestro tiempo”, más conocido como Informe MacBride, presentado en la Conferencia General de la UNESCO en Belgrado, 1980, se alertaba ya que “la industria de la comunicación está dominada por un número relativamente pequeño de empresas que engloban todos los aspectos de la producción y la distribución, las cuales están situadas en los principales países desarrollados y cuyas actividades son transnacionales”. Se decía asimismo que “con harta frecuencia se trata a los lectores, oyentes y los espectadores como si fueran receptores pasivos de información. Los responsables de los medios de comunicación social deberían incitar a su público a desempeñar un papel más activo en la comunicación, al concederle un lugar más importante en sus periódicos o en sus programas de radiodifusión con objeto de que los miembros de la sociedad y los grupos sociales organizados puedan expresar su opinión”. (6) En otros términos, más de 30 años atrás se denunciaba una tendencia ya evidente en aquel entonces, y que con el curso del tiempo fue agigantándose: la monopolización comunicativa unilateral, al par que se establecían las líneas para superarla: “darle voz a los que no tienen voz”.

En la actualidad los medios de comunicación se han vuelto, cada vez más, una institución referente y constructora de la realidad humana, con toda la implicancia social, política y cultural que este fenómeno tiene. Quieran o no, los medios de comunicación cumplen un papel social educativo y formador de las sociedades. Hoy -tendencia siempre en ascenso- los medios se constituyen como los articuladores y creadores de los temas de interés nacional, al mismo tiempo que son los difusores de los conceptos y valores que perciben pasivamente los grandes colectivos.

Tal como lo puntualizaba el Informe MacBride, los medios de comunicación han transitado por la lógica de grandes empresas, que responde no a la búsqueda de la verdad objetiva, la imparcialidad y el desarrollo general de las comunidades sino a las reglas comerciales imperantes en el mercado; es decir: a la incidencia en la sociedad en términos de cantidad de consumidores y la venta en el mercado, la utilidad comercial que se percibe a través de la publicidad y la venta directa de servicios. Dicho sea de paso, la así llamada industria cultural (periódicos, libros, radio, cine, televisión, discos, videojuegos, internet) facturó el año pasado alrededor de 500.000 millones de dólares. En esta lógica extremadamente comercial los medios de comunicación han empujado las funciones informativas, educativas y de análisis de la vida y sus relaciones a responder también a esta perspectiva comercial de hiper mercantilización en favor de una representación de la realidad social cada vez más emocionante, excitante y sorprendente. En otras palabras: “espectáculo vendible”.

Los usuarios de todo este arsenal técnico somos acostumbrados a ver el mundo sin actuar sobre él. Al separar la información de la ejecución, al contemplar un mundo mosaico en el que no se perciben las relaciones entre las cosas y se presenta todo previamente digerido, se crea entonces un estado de aturdimiento, indefensión y modorra en el que crece con facilidad la parálisis social. El “espectáculo” de la vida reemplaza así a la vida. Como dijo Gabriel García Márquez: “La invención pura y simple, a lo Walt Disney, sin ningún asidero en la realidad, es lo más detestable que pueda haber”.

Dado el grado de impacto social que alcanzan, los medios de comunicación, por el contrario, podrían jugar un papel de importancia decisiva en la transformación para una vida mejor. Pero la lógica del lucro no lo permite; las grandes compañías mediáticas terminan siendo, en todo caso, enemigas a muerte de cualquier intento de cambio; son, en otros términos, no sólo aliados del poder sino parte fundamental de la estructura del poder, con tanta o mayor preponderancia en el mantenimiento de las sociedades que las armas más sofisticadas. La guerra principal es hoy la guerra mediática.

Surge ahí, entonces, la necesidad de otro tipo de medios comunicativos: son los llamados medios alternativos. Es decir: medios de comunicación no centrados en la dinámica empresarial, no centrados en el espectáculo de la vida sino en la vida misma, en la lucha de la vida. La única manera de lograr esto es permitir, como lo manifestara el Informe MacBride, que “los miembros de la sociedad y los grupos sociales organizados puedan expresar su opinión”. O sea: reemplazar el espectáculo, la representación de los hechos por la palabra de los actores mismos de los hechos. Eso son los medios alternativos de comunicación: instrumentos que sirven para darle voz a los sin voz.

En una demostración de modestia, el desaparecido periodista argentino Rodolfo Walsh decía para referirse a los comunicadores: “Nuestro rango en las filas del pueblo es el de las mujeres embarazadas, o los viejos. Simples auxiliares, acompañantes”. Tal vez había ahí un exceso de modestia; los medios de comunicación que se pretenden alternativos son más que acompañantes: están llamados a ser parte importantísima de la lucha por otro mundo.

Medios de comunicación alternativos hay muchísimos, con una amplísima variedad en formatos, estilos, recursos y grados de incidencia. ¿Qué elemento común tienen una radio comunitaria que transmite en lengua swahili para algunas aldeas de Tanzania y un portal digital donde escriben conspicuos intelectuales de la izquierda mundial? ¿Qué une a un periódico comunitario de una barriada pobre de Mumbay con un canal televisivo como, por ejemplo, Catia TVe, de Caracas, cuya consigna es “no mire televisión: ¡hágala!”? Si algo los une, entonces, es el trabajar por una transformación social desde un espíritu solidario y no estar movidos por el afán de lucro empresarial, el hacer jugar a la población no el papel de consumidor pasivo sino el de sujeto activo en el proceso de comunicación.

Esta enorme gama de medios que se reconocen como alternativos tiene como objetivo primordial ser un instrumento popular, una herramienta en manos de los pueblos para servir a sus intereses. Por cierto ello permite una gran versatilidad en la forma en que se implementan las acciones, pero el común denominador es constituirse en un campo alternativo en contra del discurso hegemónico de la industria capitalista de la comunicación y la cultura. Ante la institucionalización de la mentira de clase, ante la manipulación de los hechos y la presentación de la realidad como el colorido espectáculo vendible al que nos someten las agencias capitalistas generadoras de un tipo de información/cultura, surgen estos medios jugando el vital papel de contraoferta cultural.

Constituirse en la instancia que da voz a los que no la tienen, ser la caja de resonancia de colectivos populares, de organizaciones de base y movimientos sociales organizados -asociaciones obreras o campesinas, sindicatos, comunidades barriales, expresiones culturales alternativas, etc.- es, en todo caso, un acompañamiento de vital importancia. En realidad no son sólo acompañamiento solidario sino expresión de un genuino poder popular.

Por su misma naturaleza de extra oficiales, de vivir en el sistema pero en confrontación con él, todos los medios de comunicación alternativos padecen similares problemas: desde el ataque a la seguridad más elemental cuando arrecia la marea represiva hasta la crónica falta de recursos para funcionar en lo cotidiano. Ser “alternativo”, en definitiva, impone esa situación: quien critica al statu quo y propone otras vías se enfrenta a los poderes fácticos. Ser alternativo -en todo, y en el ámbito comunicativo más evidentemente aún- lleva a estar en guerra continua.

Si la lucha de clases, la lucha por un mundo más justo y solidario, por constituir una aldea global basada en el beneficio democrático de las mayorías y no sólo en el de las élites, si todas estas luchas implican un combate perpetuo, el campo de las comunicaciones, dada la importancia creciente que las mismas tienen en las sociedades modernas, pasa a ser un especialísimo ámbito de estas nuevas guerras.

Los medios alternativos, populares e independientes viven en una virtual guerra, siempre al filo; y no puede ser de otra manera. Su papel en los procesos de cambio, de transformación profunda, es cada vez más importante. Entre otros tantos ejemplos que lo demuestran puede mencionarse, sólo por citar algún caso, el de la Revolución Bolivariana en Venezuela: fueron ellos, en contra de las poderosas cadenas comerciales, los que permitieron la gran movilización popular que impidió el golpe de Estado en abril del 2002. Sin ellos la derecha hubiera logrado su plan contrarrevolucionario. Esto demuestra que tienen en sus manos una muy importante cuota de poder.

Los medios de comunicación alternativos son un principalísimo embrión de poder popular, y más allá de posibles falencias técnicas y pobreza crónica de recursos -quizá irremediables, dado su misma condición de no-integrados, de “marginales” en el buen sentido de la palabra- son una de las más efectivas armas de la democracia de base, de la democracia revolucionaria.

Ejes temáticos

1. Las nuevas modalidades de comunicación en la red y las batallas políticas.

Hoy por hoy las nuevas tecnologías digitales de la información y la comunicación parecen haber llegado para quedarse. No hay marcha atrás. Ya constituyen un hecho cultural, civilizatorio en el sentido más amplio. Según lo que vamos empezando a ver, una considerable cantidad de personas en todo el mundo, jóvenes fundamentalmente, en países ricos del Norte o pobres del Sur, y entre los diferentes estratos socioeconómicos, ya no conciben la vida sin estas tecnologías. Sin dudas, están cambiando el modo de relacionarnos, de resolver las cosas de la cotidianeidad, de pensar, ¡de vivir!

Algunos años atrás, en el 2002, decía Delia Crovi refiriéndose a este proceso en curso: “En 2001, el Observatorio Mundial de Sistemas de Comunicación dio a conocer en París los resultados de un estudio sobre el equipamiento tecnológico en la SIC [sociedad de la información y la comunicación]. Este estudio afirma que en el año 2006 una de cada cinco personas tendrá un teléfono móvil o celular, el doble de los disponibles ahora que tenemos un aparato por cada diez habitantes. El mismo estudio señala que en 2003 habrá más de mil millones de celulares en el mundo, y en los próximos cinco años se registrarán 423.000.000 de nuevos usuarios (Tele Comunicación, 27/6/2001). Sin duda, estos datos podrían alimentar la idea de que estamos construyendo a pasos apresurados y a escala planetaria, una sociedad de la información, idea que sobre todo promueven los fabricantes de hardware y software, así como buena parte de los gobiernos del mundo.” (7) Se ha llegado a decir que una forma de “entrar en la senda del progreso” es incorporarse a esta explosión de tecnologías digitales. Pero, en realidad, anida ahí una falacia: en muchos países de Latinoamérica, por ejemplo, la cantidad de teléfonos móviles supera ampliamente a los fijos, e incluso al de habitantes (más de un teléfono por persona) sin que eso mejore las condiciones estructurales de vida.

En estos momentos pareciera que nadie puede escapar a la marea de las nuevas tecnologías digitales, que paulatinamente van cubriéndolo todo. Podría afirmarse, sin temor a equivocarse en la apreciación, que “para estar en la modernidad, en el avance, en el mundo integrado (¿globalizado y triunfador?), hay que estar conectado”. Si no se siguen esos parámetros, se pierde el tren del desarrollo. O, al menos, eso es lo que dice la insistente prédica dominante.

No cabe la menor duda que la comunicación es una arista definitoria de lo humano. Si bien es cierto que en el reino animal existe el fenómeno de la comunicación, en lo que concierne al ámbito específicamente humano hay características propias tan peculiares que pueden llevar a decir, sin más, que si algo define a nuestra especie es la capacidad de comunicarnos, que no es sino otra forma de decir: de interactuar con los otros. El sujeto humano se constituye en lo que es sólo a partir de la interacción con otros. La comunicación, en ese sentido, es el horizonte básico en que el circuito de la socialización se despliega.

Nos comunicamos de distintas maneras; eso no es nuevo. A través de la historia se encuentran las más diversas modalidades de hacerlo, desde la oralidad o las pinturas rupestres hasta las más sofisticadas tecnologías comunicacionales actuales gracias a la inteligencia artificial y la navegación espacial. Pero sin dudas es un hecho destacable que con los fenómenos ocurridos en la modernidad, con el surgimiento de la producción industrial destinada a grandes mercados y con la acelerada urbanización de estos últimos dos siglos que se va dando en toda la faz del planeta, sucedieron cambios particulares en la forma de comunicarnos. En esa perspectiva surgió la comunicación de masas, es decir: el proceso donde lo distintivo es la cantidad enorme de receptores que reciben mensajes de un emisor único. El siglo XX ha estado marcado básicamente por ese hecho, novedoso en la historia, y con características propias que van definiendo en términos de civilización las modalidades de la modernidad. Lo masivo entra triunfalmente en escena para ya no retirarse más.

En las últimas décadas del siglo XX, ya en plena explosión científico-técnica con una industria que definitivamente ha cambiado el mundo extendiéndose por prácticamente todos los rincones del planeta, las tecnologías comunicacionales van marcando el ritmo de la sociedad global. Es a partir de ese momento que efectivamente se puede hablar de una verdadera “aldea global”, un mundo absolutamente interconectado, intercomunicado, un mundo donde las distancias físicas ya no constituyen un obstáculo para la aproximación de todos con todos.

En esa perspectiva, la nueva sociedad que se perfila con la globalización, y por tanto sus herramientas por excelencia, las llamadas TICs -la telefonía celular, la computadora, el internet-, abren esas preguntas: ¿más información disponible produce por fuerza una mejor calidad de vida y un mejor desarrollo personal y social? Esas tecnologías, ¿ayudan a la inclusión social, o por el contrario refuerzan la exclusión? ¿O sólo generan beneficios a las multinacionales que se dedican a su comercialización, contribuyendo a un mayor y más sofisticado control social por parte de los grandes poderes globales?

La respuesta no está en las tecnologías propiamente dichas, por supuesto. Las tecnologías, como siempre ha sido a través de la historia, no dejan de tener un valor puramente instrumental. Lo importante es el proyecto humano en que se inscriben, el objetivo al servicio del que actúan. En ese sentido, para romper un planteo simplista y maniqueo: no hay técnicas “buenas” y técnicas “malas” en términos éticos. “Más allá de las conexiones, son los usos concretos y efectivos los que pueden llevar o no a mantener o profundizar las brechas que de hecho existen en el mundo real. Con lo cual la apertura infinita que supone el mero acceso formal a la red no necesariamente alcanza para hablar de una democratización de la sociedad o incluso del acceso a la información. Mucho menos si se trata de información de relevancia para el proceso de toma de decisiones o de participación en el ingreso socialmente producido. Con internet se abren ciertos accesos, pero no se democratiza la sociedad ni la cultura”. (8)

Por supuesto que el acceso a tecnologías que permiten el manejo de información de un modo como nunca antes en la historia se había dado brinda la posibilidad de un salto cualitativo para el desarrollo, para el mejoramiento real de las condiciones de vida. Sucede, sin embargo, que esas tecnologías, más allá de una cierta ilusión de absoluta democratización, no producen por sí mismas los cambios necesarios para terminar con los problemas crónicos de asimetrías que siguen poblando el mundo. Más allá de los intentos de “capitalismos serios”, de “capitalismos responsables”, las luchas de clases y la apropiación de la riqueza generada por el trabajo humano siguen siendo el quid de la cuestión. Las tecnologías, si bien pueden mejorar las condiciones de vida haciéndolas más cómodas y confortables, no modifican las relaciones político-sociales a partir de las que se decide su uso. El capitalismo, por más “serio y responsable” que sea, no termina con la explotación y exclusión de los más, aunque se esté “conectado”.

Hoy días estas nuevas tecnologías las encontramos cada vez más omnipresentes en todas las facetas de la vida: sirven para la comercialización de bienes y servicios, para la banca en línea, para la administración pública (pago de impuestos, gestión de documentación, presentación de denuncias), para la búsqueda de la más variada información (académica, periodística, de solaz), para el ocio y esparcimiento (siendo los videojuegos una de las instancias que más crece en el mundo de las nuevas tecnologías digitales), para la práctica de deportes, para el desarrollo del arte, en la gestión pública (algunos gobiernos están incorporando el uso de redes sociales como Twitter, Facebook o Youtube cuando las autoridades dan a conocer su posición sobre acontecimientos relevantes), habiendo incluso todo un campo relacionado al sexo cibernético.

Como vemos, estos nuevos espacios abiertos por las actuales tecnologías de punta dan para todo. Como no podía ser de otro modo, también constituyen un campo de batalla político. En tanto ámbito donde los grandes poderes económicos -por tanto políticos y culturales- han sentado sus reales, el campo popular, o si queremos decirlo de otro modo: las clases subordinadas, los explotados de toda laya que seguimos siendo la mayoría planetaria, tenemos ahí un lugar más desde donde dar batalla. Para el caso: guerra político-cultural.

Los medios alternativos que hacen uso de estas técnicas tienen en el ciberespacio su ámbito natural de trabajo. Pero desde ya hay que apurarse a dejar muy en claro que ningún cambio es posible SÓLO con el uso de las redes cibernéticas. La ilusión -sin dudas manipulada- en relación a que hoy es posible una “revolución virtual” no pasa de eso: ilusión. La movilización popular, igual que el sexo, sigue necesitando de la presencia corpórea. No negamos en absoluto -lo decimos como realizadores de una página electrónica justamente: ARGENPRESS- que en esta realidad comunicacional también debe darse batalla. Pero no hay que confundirse: la realidad virtual no reemplaza a la otra realidad. La lucha de clases, la explotación y la extracción de plusvalía -conceptos que no están muy “a la moda” hoy día, dada la marea neoliberal que ha invadido todos los espacios y nos ha silenciado bastante- siguen siendo el nudo gordiano de la sociedad, de la marcha de la historia. Si la violencia sigue siendo “la partera de la historia”, la guerra en el ciberespacio es un frente más de lucha, pero no reemplaza a la gente de carne y hueso.

2. Ciberguerra.

La guerra, al igual que otras actividades humanas, ha evolucionado a lo largo del tiempo, se ha perfeccionado, ha ido haciendo uso de las tecnologías más avanzadas de su momento. En ese sentido pude decirse que recorrió un camino desde las confrontaciones cuerpo a cuerpo, en igualdad de condiciones y con armas equivalentes (garrote-garrote, arco-arco, fusil-fusil), hasta la que hoy es llamada guerra moderna, guerra total, consistente en un enfrentamiento asimétrico y no de equivalencias o, como la consideran actualmente algunos teóricos del arte militar: guerra de cuarta generación.

Si bien la guerra es siempre la negación misma del hecho civilizatorio, de la normal convivencia apegada a normas sociales, la forma que ha ido adquiriendo hacia las últimas décadas del siglo XX, y que todo indicará que marcará el siglo actual, presenta características muy peculiares; si algo la define, es su total y más absoluta deshumanización. Enti&eacute