No me diga que no ha estado usted alguna vez en una de esas situaciones en que uno siente la perentoria necesidad de escurrirse de la vista de los otros. Lo mismo por haber hecho un comentario poco inteligente, un chiste sin gracia, o también por haber sido sorprendido en un acto ridículo, aparece a veces el deseo urgente de “que nos trague la tierra”.

La invisibilidad es sin embargo un asunto mucho más serio que eso, pues la posibilidad de ocultar objetos tiene importantes aplicaciones militares, y también civiles. Por eso, ha ocupado la atención de hombres de las más variadas profesiones, desde literatos hasta magos, de ingenieros a militares. La famosa novela de H. G. Wells, El Hombre Invisible, llevada al cine en varias ocasiones, narra los acontecimientos acaecidos a un médico recién graduado llamado Griffin que se tornó invisible luego de administrarse a sí mismo una droga que había descubierto. Este joven llegó un día a un pequeño pueblo de Inglaterra, enfundado en un sobretodo, con la cara cubierta de vendas, un sombrero metido hasta las cejas, guantes y gafas. Y allí comenzaron a sucederse toda una serie de desventuras que lo llevarían a un trágico final.

En el mundo real, la ciencia ha ido dando pasos desde hace algunos años para acercarse a la invisibilidad. Precisamente el mes pasado, Ali E. Aliev, Yuri N. Gartstein and Ray H. Baughman de la Universidad de Dallas, reportaron en la revista Nanotechnology, la creación de un dispositivo que permite hacer invisibles los objetos. No usaron la droga de Griffin, sino nanotubos de carbono (NTC).

El paso de la luz a través de la sustancia está determinado por una propiedad de dicha sustancia que se denomina “índice de refracción”. El valor de este índice decide cual es la velocidad de la luz en ese medio, mientras que sus variaciones en el espacio determinan la dirección del rayo de luz.

En efecto, ya sabemos que cuando la luz llega a la frontera entre dos medios de índices diferentes (por ejemplo entre el agua y el aire), ocurre que una parte de la luz se refleja y es devuelta al medio de partida, y otra se transmite hacia el otro medio, en general cambiando de dirección. Esto produce el conocido efecto según el cual una cuchara sumergida en el agua se ve desde afuera como si estuviera partida.

La idea que llevó al personaje de Wells a hacerse invisible fue la siguiente. El encontró una manera de modificar el índice de refracción de los objetos y hacerlo igual al del aire. Entonces, la luz al llegar a tal objeto seguiría su camino sin alterar su velocidad o dirección. Como la razón por la que vemos las cosas es que la luz se refleja en ellas, el cuerpo con el índice de refracción modificado de tal manera se volvería invisible. Y esto fue lo que le ocurrió a Griffin y lo llevó a su triste destino.

Los científicos de la Universidad de Dallas tuvieron una idea diferente que fue modificar, no el índice de refracción del objeto, sino el del medio circundante y con ello conseguir lo que se conoce como efecto “espejismo”.

Este efecto es bien conocido y se origina debido a variaciones del índice de refracción generalmente ocasionadas por variaciones de temperatura. Es lo que ocurre cuando nos parece ver agua, a lo lejos, en la superficie de una carretera caliente. Lo que sucede en realidad es que cerca de la superficie de la carretera la temperatura se eleva y por tanto varía, en esa región, el índice de refracción del aire, y hace que los rayos que provienen del cielo se curven antes de llegar al suelo y vengan directamente hacia nuestros ojos desde abajo. Por eso vemos el cielo como si estuviera en la superficie de la carretera, y nos parece agua. Al mismo tiempo, en esa zona dejamos de ver la carretera, la hacemos invisible. Lo mismo puede ocurrir en la arena del desierto.

Los espejos han sido ampliamente usados por los magos para simular la invisibilidad de las cosas. El famoso número de la cabeza parlante consistía en que se presentaba la cabeza de una persona encima de una mesa, la cabeza se movía y hablaba, y Âíno tenía cuerpo debajo! El truco radicaba en que se colocaban espejos en cada uno de los cuatro lados de la mesa. Entonces los alejados espectadores veían el piso reflejado en los espejos y suponían que no había nada bajo la mesa. Claro que entre los cuatro espejos estaba el cuerpo del dueño de la cabeza parlante.

Volviendo a los científicos de Dallas, ellos colocaron alrededor del objeto a desaparecer una capa de nanotubos de carbono. Estos son simplemente mallas de átomos de carbón envueltas en forma de tubos muy pequeños. Entre las propiedades de este singular material está el hecho de que tiene una gran facilidad para ser calentado muy rápidamente y transmitir este calor a sus alrededores. La capa de NTC calienta los alrededores y hace que la luz se curve (como cerca de una carretera caliente) haciendo invisible todo lo que esté detrás de ella. La ventaja de este dispositivo es que permite apagar y encender el efecto rápidamente. O sea, a voluntad, el objeto se puede hacer visible o invisible y cambiar rápidamente entre un estado y el otro. El objeto “invisibilizado” puede tener algunos centímetros.

Y me imagino un futuro lejano en que uno vaya a la tienda, compre un par de metros de tela “invisibilizante”, con una etiqueta que diga 100 por ciento NTC, y se haga una buena capa al estilo Harry Potter, para usar en momentos embarazosos. También imagino seres humanos sabios en ese mismo futuro, que prohíban usar la invisibilidad para fabricar aviones que sirvan para hacer guerras visibles como las de hoy, pero todavía más inhumanas.

* El autor es Profesor Titular Facultad de Física Universidad de La Habana, colaborador de Prensa Latina.