El fin de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) fue un acontecimiento importante que marcó un punto de partida para el desarrollo del sentimiento nacionalista en el continente africano, sometido por más de cinco siglos a una doble explotación, esclavista y colonialista.

Miles son las tribus y grupos humanos que habitan en el continente africano, los cuales en su casi totalidad fueron víctimas de la explotación esclavista o del sistema colonial subsiguiente, impuestos a partir del siglo XV por las potencias dominantes europeas.

En la Conferencia de Berlín (1884-1885), donde las metrópolis del Viejo Continente se repartieron Africa, se trazaron las fronteras de los países de acuerdo con las ambiciones coloniales dejando separado un mismo grupo étnico, repartido entre dos o más naciones.

Esa dura realidad es vivida por los masai, un pueblo originario del Nilo. Una parte está asentada en el sur de Kenia y la otra en el norte de Tanzania, dos estados vecinos del Africa Oriental, que obtuvieron su independencia de Reino Unido en los años 60 del siglo XX.

A pesar de la separación por las fronteras coloniales que los gobiernos tras la liberación han respetado, los masai -quienes habitan en las dos naciones- conservan sus tradiciones, llevan una vida nómada, poseen dialecto propio, forma de vestir, ceremonias, hábitos, costumbres y valores culturales muy particulares.

En sus orígenes eran cazadores y recolectores pero devinieron ganaderos. Por sus creencias religiosas no cultivan la tierra, y nunca han aprendido a hacerlo; compran verduras en mercados cercanos, tienen gallinas pero no las comen, sólo venden los huevos. De las vacas toman la sangre y leche que mezclan en una jícara, además de la carne.

Al norte de Tanzania, en pleno valle del Rift, entre los lagos Natrón y Nanyara habita el verdadero dios de los masai; se trata de Ol Doinyo Lengai, un volcán en actividad permanente que produce una extraña clase de lava. Esa lava está compuesta en su mayor parte por sodio carbonatos, de la que los masai extraen la sal, una materia prima indispensable para la existencia. Este accidente geográfico está a dos mil 800 metros de altura y su cráter es de 300 metros de diámetro y 50 de profundidad.

El lago salado Natrón está en Tanzania, aunque muy cerca de la frontera con Kenia, lo cual permite a los masai que viven en ambos países verse favorecidos por la sal. Para los masai el dios Enkai habita en la montaña. En el origen del mundo, hizo el reparto de los dones terrestres a sus hijos: al pueblo ndorobo le entregó la caza y la miel, a otros semillas y a los masai les correspondió el ganado.

Pero un ndorobo celoso reclamó el ganado, y al negárselo cortó la cuerda que unía el Cielo con la Tierra; de la ira de Enkai surgió el sufrimiento de los hombres. Por su parte, la sal es un don que esa divinidad ha entregado a sus hijos predilectos: los masai. Sin embargo, según la leyenda, ese dios único está dividido en dos personas, Enkai-Norok, dios negro y generoso de la lluvia y Enkai-Nonyocik, dios rojo y malicioso de la sequía. Es así tanto en Kenia como en Tanzania.

En una región donde son frecuentes catastróficas sequías, ese fenómeno meteorológico está vinculado a la existencia misma de la etnia y es lógico que esa tragedia se le atribuya al dios Enkai-Norok.

Los bambara

Viven los bambara en dos países que fueron colonia de Francia -Mali y Mauritania- hasta 1960, cuando alcanzaron la independencia después de más de una centuria de presencia gala. En Mali, los bambara son el grupo étnico dominante y la mayoría de su población. Al otro lado de la frontera, en Mauritania, viven en las proximidades del pueblo llamado Timbreda. Esa división se le debe al coloniaje. Ambos hablan bamana, que es una de las lenguas mandinga y está conectada con la bantú, la cual incluye el swahili y el zulú.

La mayoría de los bambara son agricultores, a diferencia de los masai, sólo ganaderos. Entre sus cultivos están mijo, yuca, tabaco y hortalizas, y también crían ganado, caballos, cabras, ovejas y gallinas, en tanto se dedican a la caza para aprovechar las carnes y pieles. En esta etnia, hombres y mujeres comparten las tareas agrícolas.

Cada pueblo bambara se compone de muchas unidades familiares diferentes, por lo general todas de un mismo linaje o familia extensa. Cada hogar o gwa es responsable de proveer para todos sus miembros, así como ayudarles con las tareas agrícolas. Las casas de los bambara se caracterizan por ser más grandes que las viviendas de otros grupos étnicos de naciones de Africa Occidental. Algunas gwa tienen 60 o más personas y los miembros de cada una trabajan juntos todos los días excepto los lunes, dedicados al comercio.

El matrimonio es caro, se considera como un tipo de inversión. Su propósito principal deriva en tener hijos que proporcionan a la familia la fuerza laboral y asegura la continuidad del linaje familiar. La mayoría de las mujeres bambara tienen como promedio ocho hijos. Todos los adultos están casados; incluso viudas de edad avanzada, en sus 70 u 80 años, han tenido pretendientes porque los bambara creen que una mujer aumenta el estatus del hombre.

En cuanto a la religión, aunque la mayoría afirma que son musulmanes, muchas personas siguen sus creencias tradicionales de culto a los antepasados. Según los bambara, los espíritus ancestrales pueden asumir la forma de animales o incluso de verduras. En las ceremonias extraordinarias, los espíritus se adoran y se hacen ofrendas de harina y agua. El miembro de linaje más antiguo actúa como el “mediador” entre los vivos y los muertos.

A pesar de los cinco siglos combinados de esclavitud y explotación colonial, las metrópolis no pudieron acabar con los hábitos, costumbres y cultura de los grupos autóctonos. Esos valores actuaron como valladares contra la barbarie extranjera.

Hitos de la independencia africana

Miles de africanos que participaron como combatientes en los ejércitos europeos enfrentados al régimen nazifascista de Alemania, al regreso comenzaron a reclamar, para sus países, los mismos derechos por los cuales lucharon para otras naciones.

Con las nuevas ideas anticolonialistas, traídas en su mayoría por los soldados, el nacionalismo africano recibió un gran impulso que se plasmó en la creación de combativas organizaciones y partidos políticos con amplia influencia en la población.

Sin embargo, al finalizar el conflicto mundial las metrópolis europeas negaron a las colonias las libertades que demandaban y, por el contrario, reforzaron la opresión y el saqueo de las abundantes riquezas naturales. La decisión causó enormes sufrimientos en todas las naciones.

El empecinamiento de las potencias en continuar esclavizando a los países del continente cuando transcurría más de la mitad del siglo XX, dejaba a los pueblos como única opción la lucha política o armada para alcanzar la independencia.

Cuando los líderes africanos emprendieron la gigantesca obra de descolonización, las posesiones de los dos grandes imperios, Francia y Reino Unido, abarcaban casi la mitad de las naciones subyugadas de la región; en menor escala estaban Portugal, España, Bélgica e Italia.

En el Africa Subsahariana, Liberia, un país fundado por esclavos liberados tras la Guerra de Secesión en Estados Unidos, proclamó la independencia de la nación en la temprana fecha de 1847, y resultó la primera de la región en ser independiente.

Egipto obtuvo la independencia de Reino Unido en 1922. En el Maghreb, después de un reconocimiento de Londres a una tribu que colaboró con las tropas aliadas durante la Guerra Mundial, Naciones Unidas concedió en 1954 la independencia a Libia. Marruecos y Túnez, colonias de Francia, fueron libres en 1956.

Pero la descolonización se aceleraría en el Africa Subsahariana con la independencia de Sudán, bajo la tutela de Reino Unido, en 1956; seguida dos años más tarde, en 1958, por Guinea, cuando desafiando la ira de Francia, Ahmed Sekou Touré convocó al pueblo a votar por la independencia en un referendo preparado por la metrópoli.

Las potencias coloniales no pudieron detener la ola independentista que se produciría a partir de la década de los años 60. A pesar de las maniobras retardatarias, Francia no evitó que 12 de sus colonias accedieran a la vida independiente ese año, y una en el siguiente.

En 1961 se produjo una situación sumamente trágica en la República Democrática del Congo. Después de obtener la independencia de Bélgica en 1960, colonialistas de esa nación, en complicidad con los servicios de inteligencia de Estados Unidos, las Naciones Unidas y políticos locales, asesinaron al insigne patriota Patricio Lumumba.

Reino Unido perdió dos posesiones entre 1960 y 1962, mientras que su gran rival, Francia, también fue obligada a desprenderse de otras dos colonias, e Italia abandonaría Somalia, su único territorio colonial.

El período culminó con la épica guerra de liberación de Argelia frente a la tozuda obsesión de Francia de no abandonar su colonia más importante en el Maghreb, que dejó un saldo de un millón de muertos, y millón y medio de desaparecidos. La guerra duró siete años y terminó en 1962, año de la independencia.

En 1963 se fundó en Addis Abeba la Organización para la Unidad Africana (OUA), que tuvo como objetivo continuar aceleradamente la descolonización, una meta a la cual dedicaría grandes esfuerzos y no pocos recursos.

Tal como lo proyectaron los “padres fundadores”, la mayoría de las naciones alcanzó la independencia de Reino Unido, Francia y España, esta última con sus colonias de Guinea Ecuatorial y territorios del Sahara Occidental, donde se proclamó la República Saharauí, ocupada actualmente por Marruecos. La OUA reconoció a la República Saharauí como país independiente y es uno de sus miembros.

Últimas colonias

Las pretensiones del régimen fascista de Portugal, de mantener un imperio colonial en la década de los 70, carecían de toda lógica. En tres de sus posesiones se libraba una intensa lucha armada que Lisboa apenas podía sostener, en las otras dos se desarrollaban contiendas políticas.

Guinea Bissau proclamó la independencia en 1974 en la zona liberada. Tras la desaparición en 1975 del fascismo en Lisboa, se independizaron Santo Tomé y Príncipe, Mozambique, Cabo Verde y Angola, la mayor y más rica posesión lusitana. En 1980 Zimbabwe se liberó de Reino Unido. Quedaba Namibia convertida por Suráfrica ilegalmente en colonia, y donde se desarrollaba una prolongada lucha armada bajo la dirección de la Swapo, su organización de vanguardia.

Con la ayuda de internacionalistas cubanos y combatientes angolanos, los namibios derrotaron en 1989 a las fuerzas militares de la opresora Suráfrica. La emancipación de Namibia influyó en las luchas del pueblo surafricano contra el oprobioso régimen de apartheid. Eliminado el sistema segregacionista, en 1991 fue liberado Nelson Mandela, líder histórico del Congreso Nacional Africano, tras 27 años de encarcelamiento. Mandela se convirtió en el primer presidente negro de Suráfrica.

Cinco siglos después de la llegada de los navegantes portugueses en los albores de 1490, Africa pudo al fin derrotar la esclavitud y el coloniaje, y comenzar a edificar un futuro promisorio para sus pueblos.

* Periodista cubano especializado en política internacional, ha sido corresponsal en varios países africanos y es colaborador de Prensa Latina.