Se llama Eduardo Rufino Falzo, un apellido conocido en la comunidad de Kusilliri Karpani, pues sus padres son dirigentes conocidos. Ha salido bachiller en el colegio de Confital y sueña con ingresar a la universidad. Entretanto, es un valioso animador del Programa Kallpa Wawa, en su comunidad, una escuelita donde se reúnen los niños menores de 6 años para desarrollar, sobre todo, su inteligencia social: cuentan del 1 al 5, distinguen sabores, sentidos, órganos, idiomas, saben aplaudir y, sobre todo, han perdido la timidez. 

Se comunican en quechua, lo mismo que sus padres, pero entienden el castellano y procuran hablarlo para tender puentes. Nos invitaron carne de llama, cocida y sabrosa. El camino de acceso desciende de la carretera Cochabamba-Oruro y se detiene unos 500 metros antes de llegar al sitio. En cambio, la comunidad de Chuñuchuñuri se encuentra en el ingreso a Independencia, sobre la carretera, y es un centro mucho más poblado, con una escuela más activa y formal, a diferencia de la de Karpani, donde los niños pasan clases los miércoles de cada semana, bajo la conducción de Eduardo Falzo y la supervisión de David Flores, que revisa el Cuaderno de Planificación. El Programa se ejecuta en los cinco cantones de Tapacarí: Ramadas, Tunas Vinto, Tapacarí, challa y Leque.

La Alcaldía de Tapacarí se reunió en una Cumbre Municipal para decidirse por el Desarrollo Infantil Integral en noviembre de 2010, con pleno respaldo de los padres de familia, que pagan “incentivos” a los educadores allí donde no hay ítemes del Estado. La Universidad Siglo XX y UNICEF los apoya en la capacitación de auxiliares de desarrollo infantil. Modesto Mamani, el alcalde, ratifica que invertir en la primera infancia es una inversión. Gerardo Arias, de Savia Andina, integró una ronda de niñas y cantó a capella uno de sus éxitos: “Bailando la imilla / carita de arcilla / kantuta parece / que al aire se mece”. La educadora es una joven de la comunidad y se llama Francisca. UNICEF presta asistencia técnica, de equipamiento y financiamiento. Anahí Paz, economista y educadora con 14 años de servicio, es una valerosa chuquisaqueña que pasa el tiempo viajando por las comunidades andinas y es muy conocida por los habitantes de esas regiones. Es casada, tiene hijos y su lugar de residencia es Cochabamba, pero sus ojos están llenos de los paisajes más lejanos, adonde sólo se llega caminando horas a pie. Con ella vienen varios otros animadores de UNICEF que conocen la Bolivia profunda mejor que nosotros: en especial las profesoras Marisol Pinto y Norma Bustamante.

La Alcaldía de Tapacarí ha destacado a dos concejalas para atendernos. En las alturas de Chuñuchuñuri, el cielo se ha encapotado y en la lejanía está negro. Desde esa altura vimos el tifón que se abatió sobre Pucara. Rocío Gutiérrez, cooperante española de UNICEF, toma valiosas fotografías. Miguel Ángel Cortéz coordinó el ingreso de los Amigos de la Infancia a las dos comunidades. En Chuñuchuñuri nos sirvieron un plato de fricasé. La carne es de llama, pero uno de los padres dice muy divertido que es carne de burro. “No lo creo, le digo, porque para mí comer burro sería canibalismo”.

Hay un empoderamiento visible de los comunarios desde la aplicación de la Ley de Participación Popular en 1995, que ha generado un gran cambio estructural. Las mujeres asumen sus responsabilidades públicas con gran entusiasmo, con ilusión. Los jóvenes tienen un horizonte en sus comunidades. Ahora ser concejal o alcalde es manejar un presupuesto cierto; ser parte del comité de vigilancia es una forma comunitaria de garantizar el viejo principio del Ama Sua, ama llulla, ama khella, que no se entiende en una sociedad de individuos, pero vaya cómo se entiende en una comunidad. Allí no se puede ser ladrón, mentiroso o flojo.

Las autoridades, los padres de familia, los niños de las dos escuelas lo primero que han adoptado con enorme sentido de solemnidad son los ritos de la democracia. Les encantan las ceremonias y los discursos, que suelen ser reiterativos e interminables, pero hay temas dignos de tomar en cuenta. Luciano Villca, por ejemplo, es profesor de quechua en la Universidad Indigena de Chimoré, pero tiene su casita en la comunidad de Karpani. Él dice que la gente de la ciudad no sabe apreciar los saberes locales. Ellos tienen una técnica milenaria para hilar, tejer y bordar, que en las sociedades urbanas ni sospechamos; pero les tomamos exámenes teóricos y los aplazamos. Gente como Luciano es consciente del valor de su cultura local y quiere que la respeten y la conozcan. Uno piensa que jamás nos enseñaron educación patrimonial en las escuelas y colegios, y entonces se nos dificulta sobre todo identificar y conocer las expresiones que son parte de nuestro patrimonio oral e intangible. Cada fiesta tiene su música, sus instrumentos y sus ritos. Quienes vamos de la ciudad a las comunidades, a veces nos limitamos a filmar o fotografiar; no queremos demasiado contacto humano; estamos allí pero soñamos con volver al confort de nuestras casitas. Ya bastante hicimos con visitarlos unas horas y no damos importancia a ese hecho que para los comunarios es significativo e inolvidable. Es como en el cuento de Juan Rulfo “El año del derrumbe”, un parteaguas para comprender una historia que no se mueve. Pero es evidente que el país está en transformación, que mucho ha cambiado con este proceso, que hay un empoderamiento de jóvenes y de mujeres, nuevas autoridades, nueva infraestructura, POAs y presupuesto; autoestima; educación en sus propios valores; un mundo que nace y otro colonial que se está yendo irremisiblemente a la chingada, a Dios gracias.