Caracas, (PL).- Se sientan en una sala aclimatada, en la que suele hacer más frío de la cuenta. En una bandeja de plástico generalmente roja, descansa un enorme vaso de refresco y un cartón con tantas palomitas de maíz que parecen para toda una familia. Se acomodan en las butacas.

Mientras miran los avances del próximo estreno, flexionan las rodillas para dejar pasar a alguien que pide permiso, y finalmente se sienta en la misma fila. Cuando por fin se apagan las luces, estallan ante los ojos imágenes que casi pueden tocarlos. El malo y el bueno, el beso de dos enamorados, una nave espacial o una chica de formas imposibles están tan cerca como si fueran reales. Es el tiempo de lo tridimensional.

Pero la mayoría de las salas de cine proyectan películas hechas por el mercado para vender ideas como quien ofrece espejitos o carros. Es la industria del cine diciéndoles y diciéndonos qué comer, cómo vestirnos, cómo amar, pensar, sentir, cómo vivir al fin y al cabo. Claro, es posible que más de uno prefiera pantallas más chicas y menos refresco y salas donde no se puede ingerir comida, para volar con otros filmes, esos que saben contar historias que pueden hacernos pensar.

Y allí sigue estando él. El bigotito pequeño le baila en el rostro. Tiene un bastón en una mano y un sombrerito negro que siempre parece a punto de caer. Extraño personaje que a pesar de los años transcurridos sabe arrancarnos la risa, pero no esa que salta de la histeria que surge cuando alguien se cae en la calle, sino la que nace cuando somos capaces de constatar que somos humanos, diminutos ante la historia, insignificantes si nos pensamos solos y trascendentes, cuando advertimos que somos parte de muchos.

Chaplin, el infinito humorista, nos regaló y nos regala, el tiempo necesario para pensarnos más libres y más juntos. El que hizo posible Tiempos modernos, El chicuelo, El gran dictador y Candilejas, entre tantas películas que siguen siendo un espacio propicio para el encuentro.

Hoy, en pleno siglo XXI, Charles Chaplin, a pesar del silencio y del blanco y negro, o tal vez precisamente por eso, es una referencia del buen cine. Es definitivamente lo que nos falta ver, para no comprar espejitos de pantalla grande, sino la utopía realizable de un mundo más justo.

Charlot

Probablemente todo lo que se pueda decir, alguien lo ha dicho ya. Sobre Chaplin no hay mucho que aportar, y sin embargo es una invitación abierta a encontrarnos, a contarnos, a soñarnos distintos y sobre todo, a luchar por nuestras esperanzas.

Nació en Londres, el 16 de abril de 1889. Joven subió a las tablas teatrales y los “music hall”, pero el salto a las salas de cine lo dio en septiembre de 1913. El cómico estaba de gira en Estados Unidos con la compañía teatral de Fred Karno. Fue precisamente en esos años que nació Charlot, el sin techo vestido de dandy, se nos ha quedado a todos en la memoria, tanto que a veces no es posible diferenciar a Chaplin de Charlot. Ambos son libertarios y tiernos, divertidos y conmovedores, son arte y parte de un tiempo y de una historia.

Durante su vida Chaplin fue acusado por el gobierno de Estados Unidos de comunista, que en aquellos años era -y sigue siendo- un estigma.

Fue uno de los cofundadores de la United Artists en 1919, en la que también participaron Mary Pickford, Douglas Fairbanks y David Griffith. Y a partir de 1923 produjo, dirigió y escribió con ella, ocho películas y actuó en todas menos en la primera. A partir de Luces de la ciudad también compuso las partituras de sus filmes. De estos años son Una mujer de París, La quimera de oro, El circo, Luces de la ciudad, Tiempos modernos, El gran dictador, Monsieur Verdoux y Candilejas. Mientras que en Inglaterra, una vez negado el permiso de volver a Estados Unidos, produjo Un rey en Nueva York y La condesa de Hong Kong.

La carrera artística de Chaplin se extendió durante siete décadas, y su vida dedicada a contar desde el humor las miserias humanas y los anhelos de los pueblos, lo llevaron a serr nominado en 1948 al Nobel de la Paz.

Exiliado en Suiza desde 1953 debido a la persecución del gobierno estadounidense, por considerar que su vida y obra atentaban contra los intereses de ese país, Chaplin denunció en más de una oportunidad las guerras y la industria armamentista, siempre desde el humor, desde la militante ternura que nos llama a ser más humanos y más justos.

Falleció el 25 de diciembre de 1977, a los 88 años. Pero está en vivo en Charlot, en ese vagabundo que en silencio y en blanco y negro, nos convoca a reescribir la historia, a amar lo más hondo y lo más libre de la humanidad. Chaplin vive y vivirá siempre que alguien se atreva a navegar en los claroscuros en que la palabra emerge de la mirada, y en las que nace en la certeza de todo lo que está por decir.

“Mirada de cerca, la vida parece una tragedia; vista de lejos, parece una comedia. Nunca te olvides de sonreír, porque el día en que no sonrías será un día perdido. La vida es una obra de teatro que no permite ensayos. Por eso, canta, ríe, baila, llora y vive cada momento, antes de que baje el telón y la obra termine sin aplausos. Hay que tener fe en uno mismo.

“La vida es maravillosa… si no se le tiene miedo. Sin haber conocido la miseria, es imposible valorar el lujo. Más que maquinaria necesitamos humanidad, y más que in inteligencia, amabilidad y cortesía. Fui perseguido y desterrado, pero mi único credo político siempre fue la libertad”, afirma Chaplin en uno de los personajes de El gran dictador, y así es.

“Ahora mismo mi voz llega a millones de seres en todo el mundo, a millones de hombres desesperados, mujeres y niños. Víctimas de un sistema que hace torturar a los hombres y encarcelar a gentes inocentes, sentencia en el discurso que cierra el filme.

“A los que puedan oírme, les digo: no desesperéis. La desdicha que padecemos no es más que la pasajera codicia y la amargura de hombres que temen seguir el camino del progreso humano. El odio de los hombres pasará. Y caerán los dictadores. Y el poder que le quitaron al pueblo, se le reintegrará al pueblo. Y así, mientras el hombre exista, la libertad no perecerá”.

* Escritora y periodista venezolana, colaboradora de Prensa Latina.