Málaga, España (PL).- La escalera roja de Lo que el viento se llevó, con un Clark Gable a punto de llorar, te conduce al año 1940, cuando el montón de ruinas que contemplas desde lo alto de la colina andaluza de Córdoba era Madinat al-Zahra, una ciudad monumental, colmada de todos los bienes que Alá quiso dar al califa Abd al-Rahman III, el personaje más poderoso de un mundo al que los árabes habían traído raudales de belleza, la cultura más absoluta y el fasto de una civilización en technicolor.

Pero no vayan a buscar ustedes, queridos cinéfilos, una de esas superproducciones que Hollywood y Roma rodaron años ha sobre el imperio árabe. Yo les recomiendo que cuando vayan a visitar Madinat al-Zahra, y les juro que no se arrepentirán, empiecen por una sala de proyección que se encuentra con el museo previo a las ruinas.

Podrán ver un documental relativamente corto que reconstituye lo que fue la corte. Un montón de técnicos españoles, al mando de los cuales está A. Luque González, les hará gritar de placer y cuando lleguen a la ciudad destruida la verán con ojos encantados por el filme.

Pero nada, salvo puertas todavía suntuosas de piedra bordada de poesía y exclamaciones divinas, queda del palacio de miles de metros cuajados de lo más bello que podían ofrecer los orfebres de esos años, ayudados por cientos de albañiles, ingenieros, pintores, escultores.

El llamado Salón de Abd al-Rahman III acogía a los embajadores extranjeros de los más lejanos rincones de un mundo occidental u oriental oscuro y maloliente, dicen los eruditos, llegados para rendir humilde pleitesía al portento del que todos hablaban. Y sólo lo conseguían después de ser paseados durante horas por chambelanes y oficiales de lo más fashion a través de infinitos salones a cual más bello, puertas de maderas que nadie conocía en esta parte del mundo, adornadas con oro y ébano.

Más allá estaba la mezquita, luego se accedía a las llamadas Viviendas Superiores, al Cuerpo de Guardia, las Caballerizas, el Patio de los Pilares, las dependencias del sultán.

Todos los embajadores extranjeros que alguna vez tuvieron la suerte de ser admitidos en estos muros brillantes de los mármoles más raros, del oro más puro, salían alabando a su creador quien, para inspirarles el sano respeto de la belleza aliada al poderío, les hacía transitar por dependencias hacia las cuales los conducían séquitos de una luminosa riqueza vestimentaria. A tal extremo que el gran chambelán más de una vez fue confundido con el sultán.

En esta tarde de mucho sol y calor pegadizo las ruinas dan testimonio de lo que fue Madinat al-Zahra, una ciudad construida a paletadas de belleza suprema y placer infinito. Cuentan que tenía miles de puertas. Cuando los visitantes habían atravesado las doscientas primeras, no podía caberles en las cabeza que todavía hubiera más de catorce mil, una locura grandiosa imaginada por un califa que había entendido que era la única forma de que sus invitados no pudiesen evitar el respeto y ya se sabe que el respeto gana la admiración cuando no es el santo y religioso temor para los que llegaban con intenciones nada amistosas.

Cuentan, y lo recojo del libro de Antonio Muñoz Molina (Córdoba de los omeya), quien lo ha recogido a su vez de otras obras más entendidas, que el califa siempre llevaba a su lado a un verdugo de guardia, “con una espada recién afilada y un tapete de cuero para recoger la cabeza y la sangre de algún posible condenado”.

El califa era hombre orgulloso, colérico probablemente, acostumbrado a abrirse paso en la vida, y eso desde siempre, haciendo vibrar las armas que mejor utilizaba: la cultura enciclopédica que dejaba a los doctores de ciencias traspuestos y sin compromiso y el encanto.

Pero, romántico, todas las noches elegía entre más de seis mil mujeres y, como además de donjuan, era un hombre rudo, no permitía la menor indisciplina. Una de aquellas bellezas, entre las que abundaban las rubias con ojos azules procedentes de los destrozados reinos españoles, podía ser decapitada por una mueca que no había agradado a su señor.

He llegado a la mitad de la cuesta que conduce a la ciudad destrozada por las luchas intestinas entre los más allegados del califa y entonces comprendo que ya he estado aquí. Que he conocido estos espacios infinitos, espacios vacíos como máxima representación de un todo que apenas cabe en el universo. Un todo hecho de grandeza arquitectónica y refinamiento cultural.

He pensado rápidamente en la capital de Brasil, Brasilia, la capital del mundo futuro de la luz, la ciudad de los espacios que no conducen más que a la felicidad porque no tienen una finalidad práctica definida. He recordado la fuente del Palacio de Itamaraty, ministerio brasileño de Relaciones Exteriores, la pasarela que parece desafiar las leyes de gravedad y que unos soldaditos que se diría de plomo, y que probablemente sean de plomo, guardan desde el inicio hasta el fin, el cielo, el habitat del Presidente.

Todo en Brasilia recuerda a Madinat al-Zahra, aunque yo ignoro sinceramente si los constructores de la capital de Brasil, Oscar Niemeyer y Lucio Costa, estuvieron alguna vez en esta ciudad cordobesa construida por un rey que quería que nadie le olvidase.

Córdoba, la ciudad que se encuentra a unos pocos kilómetros de allí y que guarda con amor y fidelidad uno de los más grandes monumentos del mundo musulmán, la Mezquita, fue además del año 711 a 1492 -las dos fechas claves de la dominación y culturización de los árabes-, un emporio gozoso de cultura.

Todos los años se publicaban aquí miles de libros, cuatro mil se calcula, pacientemente copiados por copistas de notable caligrafía. Los árabes lucían como el faro del mundo. Hasta que entre ellos surgieron desavenencias y hasta que los reyes más o menos católicos, corroídos por la envidia que les producía tamañas maravillas, consiguieron enfrentarlos y finalmente expulsarlos de España.

Como tengo ganas de acostarme, la vida de escribano del califa es agotadora, voy a referirles para terminar una bonita historia. Otro noble árabe, al-Hakam fue encargado de reprimir una sublevación. Mandó llamar a sus peluqueros y les rogó que le ungieran cuidadosamente con almizcle y algalía.

“Este es el día en que debo prepararme para la muerte o para la victoria, y quiero que la cabeza de al-Hakam se distinga de las de los otros que perezcan conmigo”. Una réplica que no se le hubiese ocurrido ni al mismísimo león de la Metro.

El gran Abd al-Rahman III, que entre batalla y batalla siempre había ambicionado conquistar la felicidad, porque sabía que la felicidad es lo único que casi nadie posee, murió un día aunque quizá fuese un atardecer de olivos.

Entre sus documentos más secretos se encontró una relación de días que el monarca había consignado como realmente felices en sus cincuenta años de reinado. Medio siglo de una existencia de las Mil y una noches que habrían bastado para contentar a todo el regimiento de mosqueteros del rey Luis XIV.

Pero el asombro del notario ya no pudo más cuando leyó que. Abd al-Rahman III sólo había contabilizado catorce días de felicidad, apenas dos semanas felices en un largo medio siglo de esplendor.

* Escritor y periodista francés, radicado en España. Colaborador de Prensa Latina.