El 20 de Octubre mientras Gadafi era muerto, el ETA vasco anunció el cese definitivo de sus acciones armadas. Dos semanas después fue abatido el jefe de las FARC colombianas. Esos tres acontecimientos han de remodelar al mundo.

El gadafismo, ETA y FARC surgieron en los sesentas en 3 continentes diferentes como movimientos hermanos que pregonaban la ‘resistencia armada anti-imperialista’. Libia quiso transformarse en una suerte de Cuba africana e islámica patrocinando diversas insurgencias y guerras.

Gadafi, a diferencia del ETA y las FARC a las que apoyó, que son no confesionales y han sido influidas por el marxismo guevarista, propuso una variante de la teocracia islámica, rechazó el leninismo y creó una autocracia nacionalista donde, si bien había menos pobreza y desigualdad entre clases y sexos que en su región, su familia y entorno manejaban billones y andaban con Sarkozy, Berlusconi o Blair haciendo transacciones comerciales y ayudándoles contra Al Qaeda, Hamas, Hizbola e Irán.

Si bien es cierto que tras el fin de Gadafi se mantendrán grupos armados ligados a él en su país y región, lo cierto es que su caída (que sigue a la de Hussein y que antecede a la del sirio Assad) muestra el fin del nacionalismo panárabe que fomentaba guerrillas en otras partes, algo que hace tiempo Cuba, China, Vietnam y Corea han abandonado.

Por primera vez desde la revolución soviética de 1917 ya no hay ninguna república que se proclame socialista que impulse levantamientos armados en otros países. Los antiguos guerrilleros que ahora son presidentes o vicepresidentes en varias partes de Latinoamérica hoy aceptan la vía constitucional para llegar al poder, la diplomática para lidiar entre Estados y la capitalista para desarrollar sus economías.

Las únicas 2 importantes insurgencias que quedan en Occidente han sido la vasca y la colombiana. La primera ha decidido trocar las armas por las urnas. Esto debido a 3 razones: el contexto internacional, la represión estatal y el que han visto cómo su aliado legal (Bildu) ha cosechado tanto convirtiéndose en la segunda fuerza electoral vasca, la misma que, para seguir avanzando, precisa, que el ETA siga el camino del IRA norirlandés.

Mientras el gobierno británico sabía cómo ubicar y matar a mandos del IRA prefirió negociar con ellos para cooptarlos al sistema y lograr que hoy ellos estén en el nuevo gobierno de unidad nacional norirlandés, en Colombia Santos quiere matar a todo comandante de las FARC buscando que hayan sectores suyos que se desbanden o que se bandolericen.

En Libia y en Colombia, EEUU y sus aliados han estado dispuestos a eliminar a toda la cúpula de los Gadafi y de las FARC, castigándolos por no aceptar reintegrarse como perdedores en sus respectivas sociedades las cuales deben ser liberalizadas económica y políticamente.

En cambio, en Euskadi y en Nor-Irlanda, los países de la OTAN muestran su disposición a co-optar a sus insurgentes a condición de que dejen las armas y se sometan a las instituciones contra las que antes guerrearon. 

Cañón a Cano y Cetro a Petro

Esta semana dos antiguos guerrilleros son el centro de la noticia en Colombia. El domingo Gustavo Petro, un ex combatiente del M-19, ganó la alcaldía de Bogotá y el viernes el presidente Santos anunció la muerte de Alfonso Cano, jefe de las FARC, aseverando que es el ‘golpe más contundente’ que le han dado en su historia. La lección que el gobierno colombiano quiere dar a sus insurgentes es la siguiente: desmovilícense si quieren llegar a un cetro de poder o sean muertos a cañón.

Cano dirigió a la insurgencia más antigua y fuerte del hemisferio luego de que en marzo 2008 su caudillo histórico (Manuel Marulanda ‘Tirofijo’) pereciera por causas naturales, aunque en estos últimos 44 meses el ejército colombiano sí mató a tiro fijo a varios comandantes centrales de las FARC: Raúl Reyes, Iván Ríos, Mono Jojoy, Martín Villa, Felipe Rincón y Domingo Biojó.

Las FARC son la guerrilla patriarca americana. Hunden sus raíces en la violencia colombiana que siguió al asesinato del liberal Gaitán en 1948 y se estructuró como tal a inicios de los 1960s siguiendo una ideología guevarista aunque, a diferencia de decenas de otros focos armados en América Latina, las FARC se originaban no tanto en intelectuales como en campesinos.

Durante medio siglo, esta organización ha llegado a tener decenas de miles de miembros y aún ahora actúa en todas las regiones de Colombia. Mientras hoy antiguos guerrilleros han sido electos constitucionalmente a la presidencia o vicepresidencia de El Salvador, Nicaragua, Bolivia, Brasil o Uruguay, las FARC y el ELN han persistido en los rifles.

Colombia sí logró que movimientos guerrilleros menores (como el M-19) se reintegraran al sistema. Las posibilidades de que las FARC hubiesen seguido ese mismo camino se abortaron cuando cientos de candidatos de lo que fue su brazo electoral fueron asesinados.

El M-19, a diferencia de las FARC y el ELN, no provenía del marxismo sino de un sector ligado a la depuesta dictadura de Rojas Pinilla (1953-57). Sus antiguos militantes, al trocar las armas por las urnas, también fueron dejando el discurso tradicional de la izquierda para buscar moverse hacia el centro.

Los restos del M-19 contribuyeron a fundar el mayor partido legal de izquierda colombiano (el Polo), el cual ganó dos veces consecutivas la alcaldía capitalina, dentro del cual forjaron su ala derecha, la misma que primero hizo que Petro substituyese a Garzón como candidato (haciendo que en las presidenciales el Polo baje del segundo lugar con el 22% en 2006 al cuarto con 9% en 2010) y luego desintegrase al Polo (cuando el alcalde Moreno del polo es apresado por corrupción) postulándose como independiente y ganando con el 32% la alcaldía capitalina (frente al 43% que antes obtuvo el Polo ya destruido).

Mientras las FARC lloran la muerte de Cano (y también de Gadafi) y el ETA anuncia reintegrarse como el IRA irlandés, Petro querrá ser un Blair que busque mover a la izquierda colombiana lo más posible fuera de la izquierda.