Pareciera que ahora es el turno de arremeter con la “intangibilidad”. Otra distorsión más, es decir, otro fantasma más dirigido a perturbar al movimiento indígena. Quizá intentando escamotear el triunfo de la marcha indígena, tal como antes se buscó empañar su éxito con fantasmas como: “las llamadas de la embajada norteamericana”, “el tráfico de tierras y madera”, “la marcha turista”, etc.

Pero si antes fue a través del desprestigio, ahora lo es a través del miedo. Se llegó al punto de aseverar por boca de reconocidas personalidades políticas, que los indígenas del TIPNIS ya no podrían cazar ni pescar en su territorio, porque este territorio ya no se toca, y se agregó maliciosamente que la actual dirigencia indígena, al incorporar este término en la Ley Corta, se había desenmascarado como la verdadera enemiga de “los hermanos indígenas”. Menos mal que la opinión pública percibe con claridad cuándo hay mala fe en una declaración de esta naturaleza.

A propósito de la intangibilidad y dicho en fácil, tanto en el TIPNIS como en los demás territorios indígenas de tierras bajas, existe naturaleza, existen culturas con rasgos milenarios y existen habitantes con una ascendencia ancentral. También existen en estos mismos espacios territoriales, unas relaciones más o menos armónicas entre esa naturaleza y esos habitantes portadores de cultura propia.

De modo que si hay algo que no debe tocarse de manera arbitraria en este y los demás territorios indígenas, son precisamente estos componentes que hacen a la esencia de la cualidad de territorio indígena. Pretender interferir esta cualidad del territorio imponiendo prohibiciones a patrones de vida sociocultural tradicionalmente existentes en el lugar, sería afectar precisamente su intangibilidad, ahora protegida por la Ley Corta recientemente promulgada. Ya señaló al respecto el dirigente indígena Fernando Vargas, que no se trata de vivir como pajaritos colgados de los árboles, sino de preservar y desarrollar una forma de convivencia armónica.

La intangibilidad es un mecanismo necesario no solo para el TIPNIS, sino para prácticamente todos los territorios indígenas, porque la historia de éstos está marcada por sistemáticas transgresiones a su intangibilidad, efectuada especialmente por agentes externos al territorio, pero en ocasiones también por el mismo Estado a través de sus políticas públicas.

El avasallamiento de tierras al interior de un territorio indígena, tan típico en la región de tierras bajas, es una transgresión a su intangibilidad, tal como lo es el pirateo de recursos naturales, especialmente maderables, realizados a veces con la complicidad de alguna familia del mismo territorio. En el caso del TIPNIS, este tipo de transgresión a su intangibilidad se la realizó al menos desde tres frentes: 1) avasallamiento de tierras realizado por ganaderos asentados en el lugar, 2) avasallamiento de tierras realizado por los interculturales y, 3) avasallamiento de espacios territoriales realizado por actividades hidrocarburíferas.

La implementación de un mega proyecto en el interior de un territorio indígena por ejemplo, en sí implica una transgresión a la intangibilidad del territorio indígena involucrado; tal como hubiese ocurrido con el TIPNIS, en caso que el tramo II de la carretera Villa Tunari-San Ignacio de Mojos lo hubiese atravesado. En términos generales, lo que planteaba la marcha indígena fue justamente el respeto a la intangibilidad de los territorios indígenas, eso está expresado de manera explícita en su plataforma de demandas.

Pero también existen otras formas menos tangibles de transgresión a la intangibilidad de un territorio indígena, por ejemplo la incursión de modelos de desarrollo contrapuestos al de las lógicas económicas de los pueblos indígenas. Esta amenaza empieza a hacerse cada vez más constante y muchas veces está alentada desde el mismo Estado a través de programas de incentivo productivo dirigidos al monocultivo o la mono producción. Los cuales si bien buscan garantizar la seguridad alimentaria del país, pero no toman en cuenta los patrones culturales de la población local, ni contemplan las condiciones ecológicas del lugar.

De otro lado, habrá que pensar cuánto respetan la intangibilidad de los territorios indígena los programas de educación y salud ejecutados por el Estado, pero sobre todo la actitud y la mentalidad de los responsables de atender estos servicios al interior de cada una de las comunidades en los territorios indígenas. Sabemos que hay una preocupación en su diseño institucional al respecto, pero aún resta lograr coherencia en su implementación operativa.

Finalmente, la intangibilidad no se restringe a controlar lo que de afuera pueda ingresar al territorio indígena, sino también a fortalecer los mecanismos internos de control y gestión territorial. Potenciando hacia adentro los sistemas redistributivos, el lazo social propio del sistema de comunidad, el vínculo de respeto de las personas con la naturaleza y todo su marco institucional de ejercicio de gobierno autonómico. No hay nada nuevo por descubrir…, la intangibilidad es eso.

Rasgos de la VIII Marcha Indígena

La VIII Marcha Indígena, por la dimensión de su movilización y el tiempo empleado hasta su conclusión, ha experimentado a lo largo de su transcurso momentos críticos que bien pueden constituir hitos cronológicos.

En la mayoría de los casos, estos momentos críticos derivaron de acontecimientos como los bloqueos de San Ignacio de Mojos y Yucumo, con cierre de negocios incluido para no abastecerla de alimentos ni agua. Pero estos acontecimientos no solo fortalecieron la voluntad de los marchistas y el sentido de sus reivindicaciones, sino que masificó la opinión pública favorable a las demandas de la marcha.

No obstante, el hito de mayor trascendencia está constituido por la brutal intervención policial a la marcha indígena ocurrida el 25 de septiembre en el lugar denominado Chaparina. Este evento marcó un antes y un después en esta histórica movilización indígena y por la crueldad desplegada contra los marchistas, quedará marcada en la memoria colectiva de los movimientos sociales, como un referente repudiable e impropio de un régimen democrático.

Los impactos de este acontecimiento al interior del movimiento indígena, fue la revitalización de fuerzas de los marchistas, la masificación de la marcha con la incorporación de nuevos contingentes de representantes indígenas y sobre todo una mayor cohesión entre los pueblos indígenas del país. Pero además se percibió a partir de la intervención policial, un incremento del activismo de los pueblos indígenas más allá de la marcha en sí (vigilias, bloqueos, participación más activa en espacios mediáticos de debate, etc.).

Hacia fuera de la marcha indígena, la intervención policial marcó un momento de quiebre entre la opinión pública, puesto que movidos por la indignación ante la insensibilidad y el abuso de poder, no solo se masificó el respaldo social a la marcha indígena, sino que se hizo más explícito e ingresó en un activismo casi militante, expresado en una variedad de manifestaciones públicas, como marchas, pronunciamientos y cartas de respaldo, recolección de ayuda en alimentos y vituallas, interacción más intensa de colectivos sociales a través de páginas sociales en internet, etc.

Otro de los efectos acentuado a partir de la intervención policial a la marcha indígena, fue el desbordamiento solidario de la población en lugares como Palos Blancos, Caranavi, la Tranca de Uru Jara y, la misma ciudad de La Paz. Especialmente en estos sitios, la población salió con el corazón abierto en un encuentro de tanta emotividad que no cabía espacio para otros referentes socioculturales como los clásicos regionalismos tan expresivos en el país.

La confluencia ciudadana de origen multisectorial ocurrida en la ciudad de La Paz en torno al respaldo a la marcha indígena, en parte responde a una acentuación de la actitud de defensa medioambiental, pero en parte también se debe a acontecimientos como la intervención policial a la marcha el 25 de septiembre. Son concepciones distintas las de indígenas y las del resto de la ciudadanía del país, pues los primeros defienden una visión de vida y de desarrollo en torno al territorio, en cambio la población urbana, por ejemplo, actúa a partir de una motivación más humanitaria y una conciencia ecológica que hasta la marcha no había sido tan expresiva.

Otro rasgo visible en la fase de la marcha indígena posterior a la intervención policial, fue la masificación de la misma. Después del reencuentro en Quiquivey, a medida que pasaban los días, no solo se sumaba más y más gente a la marcha, sino que se incorporaban otro tipo de población: activistas ecologistas, activistas políticos, voluntarios de otras organizaciones sociales, etc. Inicialmente, esta nueva faceta generó al interior de la marcha cierto temor a que el sentido de la marcha se vaya a impregnar de otros propósitos, o que finalmente se vaya a alterar los mecanismos internos de control y toma de decisiones, sin embargo, nada de eso ocurrió.

El respaldo logístico de la población y de instituciones voluntarias, fue un detalle determinante en esta última fase de la marcha, puesto que los marchistas, por el agotamiento de sus propias provisiones, la lejanía de sus lugares de origen para solicitar nuevos envíos y la imposibilidad de realizar actividades de caza y pesca (por la carencia de dichos recursos en esta nueva zona), habían quedado expuesto al apoyo externo. Pero no solo se trataba de alimentos, sino también de ropa abrigada, medicamentos, transporte de carga, condiciones de hospedaje en los sitios de pernoctación, que al final fueron superados satisfactoriamente.

Por su parte, los medios de comunicación que cubrieron el evento, jugaron un rol determinante en el relacionamiento entre la marcha indígena y la opinión pública del país. La cobertura mediática a la marcha fue amplia, no solo en el sentido informativo, sino también de debate entre diversos actores tanto afines como adversos a la marcha indígena. Los medios de comunicación, facilitaron una relación de retroalimentación entre los marchistas y el resto de la ciudadanía a nivel nacional.

Pero los medios de comunicación no sólo contribuyeron a posicionar las demandas del movimiento indígena en el país, sino también a proyectar liderazgos más políticos emergidos desde el seno de la marcha indígena. En parte, resultado de ello es el reconocimiento nacional de líderes indígenas como Pedro Nuni (diputado indígena), Fernando Vargas (CPEM-B), Celso Padilla (APG), Justa Cabrera (CNAMIB), Rafael Quispe (CONAMAQ), Marcelo Marupa (CPILAP), o la popularidad de otros líderes intermedios como Miriam Yubánure (CPEM-B), Miguel Charupá (OICH), Adolfo Moye (CPEM-B), Jenny Suarez (CPEM-B), para citar sólo a algunas y algunos de ellos.

* Sociólogo de CIPCA Beni.