El sangriento asesinato de Muammar Gadaffi, cuando éste trataba de esconderse en una rencija, manifiesta varias cosas. Por un lado, que el régimen revolucionario que construyo en los 60s estaba en estado de descomposición política. Y por otro, que el Imperio francés y el norteamericano (en menor medida), recuperan terreno en un lugar donde la primavera árabe (que derrocó a Ben Ali y Mubarak en Túnez y Egypto respectivamente), amenaza su poder político-económico.

Y en efecto, si bien es verdad, Gadaffi, dio un golpe de Estado al detestable Rey Idris, para después nacionalizar la economía y aplicar una política suigeneris de “socialismo islámico”, luego, frente a la caída de la URSS y el campo socialista, Gadaffi se repliega, girando gradualmente a las políticas pro mercado, generado en las alturas una burocracia autoritaria (no había sindicatos, partidos políticos, etc.).

En este contexto, el asesinato de Gadaffi expresa el fin de una etapa de degeneración política del régimen. De hecho, el escritor Patrick Cockburn escribió: “…Los miembros del Consejo Nacional de Transición han tardado en llegar a Trípoli y han sido más lentos aún en hacerse cargo de las cosas cuando llegaron. Abdel-Rahman el-Keib, un miembro del CNT, me dijo que pensaba que los políticos rebeldes, pese a toda su confianza vocal previa en la victoria, están “desorganizados porque no pensaban que el colapso de Gadafi sería tan rápido. Sus fuerzas no eran tan fuertes como pensamos…” (The Independent, 04-10-11).

Pero también manifiesta una rebelión social que se organizó desde abajo (similar a la Marcha de los 4 Suyos), y que tomo la forma de una guerra civil entre el bando de la oposición que constituyo el pro imperial Consejo Nacional de Transición (que tuvo su punto de partida en la victoria de Bengasi en la lucha por “democracia”), al mando de la OTAN; y la familia de Gadaffi y sus amigos, que resistían por mantener el estatus quo. Esta contradicción tuvo un desenlace crítico alcanzando unificar a todas las potencias imperialistas, que así como en Irak, ven en el petróleo, recursos naturales y humanos libios, un mercado para tratar de superar su crisis económica.

No obstante, el asesinato de Gadaffi (que su familia, Venezuela, Cuba, China y Rusia han denunciado), no cierra la crisis política. Al contrario, han creado una mística y un escenario muy complejo y contradictorio.

Por un lado, están las contradicciones entre las potencias imperialistas que se disputaran el petróleo y el mercado. Y por otro, a nivel de las masas que integran la CNT, que tiene sus propias contradicciones (regionales, triviales, relaciones con el capital internacional, etc.), y que desconfían de la dirección de la misma (ex gadafistas que sacaron cuerpo cuando vieron que podían obtener una mejor tajada del poder pactando con el imperialismo).

En este sentido, Cokburnm redactó, “…El Consejo Nacional de Transición (CNT) en Benghazi, ya reconocido por tantos estados extranjeros como el gobierno legítimo de Libia, es de dudosa legitimidad y autoridad…”, (The Independent, 28-08-11). E Ismail Sallabi, jefe del consejo militar de Bengasi, pidió al CNT que renunciara, castigando a sus miembros como “vestigios de la época Gadafi” y “como un grupo de liberales que no tiene seguidores en la sociedad libia”, (Alan Woods, Revolución y contrarevolución en Libia).

Es decir, que existe en Libia, un Imperialismo que recupera terreno, pero a la misma vez existe un Estado en transición inconclusa, con un pueblo armado, una dirección que en nombre de la “democracia” querrá imponer una nueva dictadura imperialista y al hijo de Gadaffi, Saif al Islam, atrincherado en Sirte (Ver: http://mariategui.blogspot.com/2011/10/videos-noticias-libia-saif-al-islam.html), que esperará a que se desenmascaren los imperialistas para salir al ataque. Por tanto, lo que vamos a ver en los próximos meses no es la democracia y la estabilidad prometida por Occidente, sino más inestabilidad, factores de crisis políticas en las alturas y un movimiento social que luchará por una verdadera libertad y soberanía.