(CUBARTE).- En 1968, respondiendo al cuestionario de una entrevista que festejaba los sesenta años que estaba cumpliendo, Raúl Roa decía que el más notable talento literario de su generación era José Lezama Lima. La afirmación era susceptible de provocar varias polémicas. La primera y más obvia, que Roa colocaba a Lezama por encima de las más consagradas personalidades literarias de esa generación, en la que figuran un poeta como Nicolás Guillén y un novelista como Alejo Carpentier.

Pero si prescindimos de esa preferencia, que cabría ubicar en la amplísima gama de los gustos literarios de cada cual y hasta de las antipatías, lo más discutible resultaba el que Roa colocara a Lezama entre los escritores de su generación, que es la generación vanguardista.

Los historiadores y sociólogos de la literatura han colocado las generaciones literarias en períodos que fueron de treinta años para el siglo XIX, pero que se han reducido a quince para el siglo XX.

Desde Dilthey a Ortega se ha debatido bastante en torno a las generaciones literarias. En Cuba, su consideración cuenta con una obra importante en La historia y las generaciones, de José Antonio Portuondo. Raimundo Lazo aplicó la teoría de las generaciones en diversas historias literarias, y Roberto Fernández Retamar en su estudio La poesía contemporánea en Cuba, con el que se doctora en Filosofía y Letras en los años cincuenta.

En ese libro de Fernández Retamar, Lezama aparece como la cabeza visible de la tercera generación poética del siglo XX cubano, nucleada en torno a diversas publicaciones entre las que destaca Orígenes, la gran revista que Lezama y José Rodríguez Feo fundaron en 1944 y dirigieron hasta su desaparición en 1956. Se habla de “la generación de Orígenes”. Los poetas de Orígenes no fueron una generación, sino apenas un grupo generacional solo que, tan importantes que fueron identificados con la generación en su integridad.

Lezama mismo no era un hombre especialmente afecto a la teoría de las generaciones. Cuando yo era un joven que simpatizaba con ella mucho más de lo que lo he hecho después, Lezama me dijo una vez: “ No confíe tanto en las generaciones: creo que todos los cubanos que hemos venido después, pertenecemos a la generación de José Martí”.

Por su fecha de nacimiento, Lezama está en la puerta misma de esa tercera generación republicana, a la que pertenecen los poetas de Orígenes.

Nace en 1910, que es también el año del nacimiento del poeta español Miguel Hernández. Miguel tiene importantes vínculos con los poetas de la vanguardia que le preceden: Lorca, Aleixandre, Neruda, son sus compañeros y jóvenes maestros. Algunos críticos colocan al poeta de Orihuela entre los poetas de la Generación del 27, pero ello no es así.

Miguel Hernández, que milita en las filas comunistas y muere de tuberculosisen la cárcel de Alicante, tras ascender Franco al poder, era la primera voz de una generación que, luego en su mayoría se asimila a la situación política creada en España tras la derrota militar de la República.

Lezama, que nace dos años después que Emilio Ballagas y apenas uno después que Raúl Roa, participa en algunas experiencias fundamentales de la generación que lleva el peso de la revolución popular que derroca a Machado.

Él ha reclamado como su mayor gloria, la que se ganó participando en la histórica manifestación del 30 de septiembre de 1930, en la que cae abatido el estudiante Rafael Trejo, la primera víctima de la lucha antimachadista.

La generación del 30, a pesar de la tajante afirmación de Roa, no es la generación de Lezama, pero él tiene con ella una interacción que me parece que deja una importante huella en el poeta, y acaso explique de algún modo el aserto de Roa.

Se ha escrito sobre lo moderado, lo escasamente experimental que fue el primer vanguardismo entre nosotros. Apenas hay un libro que quepa ubicar en ese momento: Surco, el poemario que publica Manuel Navarro Luna en 1928. Para tener un libro ortodoxamente surrealista, tenemos que esperar al tardío El amor original, que José Álvarez Baragaño edita en 1954.

Pero bastante antes de ese libro está el heterodoxo surrealismo de José Lezama Lima. En un ensayo que vale la pena recordar – y reeditar – César López ubicó a Lezama entre los “heterodoxos españoles”, según la denominación de Menéndez y Pelayo. César buscó una referencia ilustre pero la cultura cubana, de la que Lezama es un ejemplo esencial, en una entidad heterodoxa. La excepcional heterodoxia en España, se convierte en el habitual modo de ser de Cuba.

Lo que Lezama llamó “la vivencia oblicua” es una modalidad surrealizante de la asociación poética. Él la explicaba con su gracia insólita: “consiste en que, al accionar el conmutador de mi cuarto, queda inaugurada una cascada en el Ontario”. Es la interrelación de lo que lógicamente no cabe relacionar. Pero a la ortodoxia surrealista, Lezama le añadía el culto gongorino por la imagen.

Se sabe que la vanguardia jerarquizó al máximo la significación de la metáfora en el poema. En Perú existió una tendencia, el llamado simplismo de la vanguardia poética peruana, que pretendió reducir el poema a la metáfora.

Lezama no llegó a tanto pero, como los vanguardistas, jerarquizó el papel de la metáfora en el poema. Un día, en una conversación, definió lo que él entendía que era el poema. Le dio un simpático empaque científico a su definición, y acaso por ello la recuerdo. Dijo: “Un poema es una cantidad resistente entre la progresión de la metáfora y el cubrefuego de la imagen”. Seguramente de esa prioridad que otorga a la metáfora –-semejante a la de los poetas españoles del 27– provenga la misma admiración que tiene por la poesía de Góngora.

Cuba, en efecto, no tuvo un vanguardismo poético hondamente experimental a la manera del europeo, pero vale la pena considerar el papel de la poesía de José Lezama Lima en la extensión de nuestro vanguardismo.