“Gracias por ser tan dignos”
, decía un cartel escrito a mano, que orgullosa levantaba una joven en la recepción paceña a la marcha indígena.


Ese miércoles 19 de octubre del 2011, por fin pude comprender el sentido intenso de algunas palabras, que de tanto pronunciarse en la oscura semántica de la política partidaria ya me sonaban mecánicas, retóricas, desgastadamente vacías y, tantas veces excesivas. Palabras como por ejemplo: apoteosis, integración, reencuentro, dignidad e incluso solidaridad y fiesta me invadieron de pronto ese día, renovando mis limitaciones léxicas con nuevas sensaciones de contenido.

A lo largo de los 12 kilómetros del día 66, que la Marcha del TIPNIS recorrió para llegar desde la tranca de Urujara hasta la Plaza San Francisco de La Paz, -pasando de largo por la Plaza Murillo-, por fin pude comprender el sentido cálido de la palabra apoteosis, o algo parecido a esto.

Seguía latente en el aire y fresco en la memoria, los sucesos acaecidos en los 65 días pasados que habían removido al país, con sus contradicciones, relecturas y constataciones.

La ciudad de La Paz se había propuesto recibirles. Todos esperaban este día, aunque todavía era incierta cuan expresiva sería esta recepción. Una mezcla de alivio, euforia y tensión se agitaba en la serena atmósfera de esa mañana. Los marchistas, con sus múltiples banderas y sombreros habían iniciado el descenso al centro de la ciudad desde la tranca de Urujara. Entonces, la explosión de gestos de admiración y agradecimiento hacia los indígenas iba creciendo a medida que los barrios de la ciudad abrían sus calles y sus emociones.

Son nuestros héroes, todos somos TIPNIS

gritaba la gente, y su eco resonaba en los carteles de todos los sitios: desde los márgenes de la ciudad en el extremo, a los barrios populosos de la ladera, la clase media y los del centro; a quienes se sumaron numerosos grupos de la Zona Sur y del Alto. Todos querían verlos, darles la mano, agradecerles. La ciudad y su gente de todos los colores de piel, rasgos y gestos les miraban y saludaban, les daban las gracias por ser tan dignos, por la tranquila y pacífica lección que le habían dado al autoritarismo, develando su creciente soledad. Todo un ejemplo.

Así, el sentido sincero de integración y reencuentro adquiría mas cuerpo y alma, palpable y perceptible en esta recepción. Las frases

Bienvenidos a La Paz y gracias hermanos

se pronunciaron a raudales miles de veces, como tantas otras palabras. Todos los rostros y gestos de la ciudad lo gritaban, con sus gestos mas sentidos: la señoras de pollera, las de vestido y pantalón; lo corearon las niñas de las escuelas con sus bandas y sus maestros, los estudiantes de colegios y la universidad; los mecánicos que salían de sus talleres, los albañiles de sus obras, las vendedoras de la calle y los mercados, las tiendas con sus tenderas, y los trabajadores de oficinas del centro de la ciudad; la gente de la zona norte y de la zona sur, del Alto, la hoyada y sus laderas. Los rostros tranquilos, cansados y felices de estos marchistas que venían de tantos pueblos, con sus pieles diversas e inconfundibles ojos, escuchaban, agradecían y se estrechaban sorprendidos por tanta explosión de amistad.

Y los rostros se encontraron o quizá reencontraron; se tocaron en todas las miradas, se estrecharon en las manos y en el agradecimiento de los brazos; los ojos de la ciudad lloraron viendo los pies cansados y los rostros tranquilos de estos caminantes héroes indígenas. Estaban los Chimanes del Sécure, del Pilón Lajas y el río Maniqui; los Mojeño Trinitarios y Yuracarés del TIPNIS, los Guaranís del chaco de Santa Cruz, Tarija y Chuquisaca; los Whenayek del Pilcomayu; los Lecos, Mosetenes y Tacanas del Norte de La Paz y Pando; los Cavineño, Sirionó, Movimas del Beni; Los Chiquitanos, Guarayos, Ayoreos y Pauserna de Santa Cruz. Junto a ellos, los ayllus y suyus originarios de la región andina articulados en torno al CONAMAQ que reúne a varias nacionalidades aymaras, kechwas y afrobolivianos. Se encontraron en un solo sentido los múltiples rostros de la ciudad y los territorios indígenas. Todas las edades y oficios se confundieron en un solo gesto: niños, mujeres, jóvenes, ancianos, trabajadores, maestros, clase media, burgueses, obreros, mecánicos, vendedoras, gremiales, oficinistas, etc, etc.

Ni siquiera faltaron los Toromona, presentes en la dignidad del arco y la flecha de los territorios sin límites ni dueños.

Virtualmente, la ciudad se entregó a los marchistas, -a contramano de otras marchas reinvindicativas que suelen lanzarse a la ciudad para tomarla-, en esta, la ciudad se entregó en respeto y sincera admiración por la resistencia pacífica de estos pueblos, por su persistencia sin medida de tantos días de caminos, -a pesar de la represión y el dolor provocados-, en agradecimiento por su actitud ante el poder, por la inconmensurable voluntad y sacrificio de las mujeres. Las flores, mixturas y los abrazos desparramados, todas las lágrimas que no deseaban contenerse, eran su expresión. La ciudad se entregó a estos marchistas.

Y la solidaridad que ya antes se había manifestado después de ese terrible 25 de septiembre, volvió con la marcha en su encuentro con la ciudad. Todos querían entregarles algo, aquellas cosas que en ese momento sentían que necesitaban después de tantos días de carencias; les invitaban refrescos en todos los envases posibles, mate de coca para la altura, galletas, panes, hamburguesas, dulces, juquetes para los niños, invitaciones y cartas. Y sobre todo abrazos.

La Paz, realmente era una fiesta, una explosión de cariño y admiración, un ferviente deseo de amistad.

Mas que una marcha parecía una atípica gran entrada festiva, con el sencillo traje de la calle en los citadinos y, el desgastado por el trajín de los caminos en los indígenas; todos ataviados de tantos colores y un solo brillo. Su música se escuchaba sin tregua en la euforia de los cánticos y estribillos, en el sonido de las flautas y el redoble de las tamboras guaraní, en el contrapunto de las zampoñas de los lecos y tacanas uchupiamonas, cantaban las cuerdas en los violines mojeños e isoceños, en la irrupción de las bandas colegiales, las amplificaciones de la calle y, en la inconfundible saya de jóvenes afrobolivianas. La Paz realmente era una fiesta; una explosión de cariño y admiración, un ferviente deseo de reencuentro.

Quizá, la dignidad de los indígenas, sea la manifestación más intensa que podría contener todas las sensaciones de esta marcha. Ese

gracias por ser tan dignos

, a la vez se aproxima mucho al sentimiento de haber ayudado a cada uno de los que se solidarizaron con esta marcha con la propia dignidad recuperada, con el retorno del territorio de la voz que interpela y plantea las otras preguntas en la pluralidad de las visiones, la que se enfrenta a la verticalidad del poder con la tranquila e incontenible trayectoria del arco y la flecha de la resistencia.

Confieso, que nunca había visto una marcha tan inspiradora y festiva a la vez. Solo en los momentos del futbol de las escasas conmemoraciones y en la fiesta del tata Santiago había sentido este estremecimiento libertario y sonoro. Todo un ejemplo de integración. Una renovada lección serena de movilización social y rebeldía.

chawpisuyu@gmail.com