(Instituto Simone Weil/CEPRID).- Iván Illich (1926-2002) describió en su obra el fracaso de las instituciones industriales como la educación, la medicina y el transporte (1) cuando ejercen un monopolio radical sobre la vida de las personas y limitan su autonomía y su libertad; instituciones que se transforman en fines, diferenciándose de sus objetivos como medios para satisfacer las necesidades físicas y espirituales de la humanidad. De esta manera –sostuvo Illich-, la educación en la sociedad moderna atonta, la medicina enferma y el transporte paraliza.

En general, su análisis se ajusta también a otras entidades sociales como los partidos políticos que centralizan la participación de las personas en la vida pública y la sujetan al ejercicio periódico del voto, con el objetivo de sustentar sus propios intereses en relación con el poder y su adscripción a las ideologías económicas; control que se extiende, además, a los sindicatos y otros ámbitos de la organización social. Limitar la participación política de las personas al estrecho círculo de los partidos podría considerarse, sin duda, una flagrante contradicción de los actuales sistemas democráticos; no obstante, es precisamente la condición que sirve de apoyo al desarrollo de otros monopolios radicales como bases de la sociedad industrial. El mundo moderno, pues, delega en los partidos el control radical de la participación política de los ciudadanos, convirtiendo el progreso de los sistemas democráticos en ficción.

Como escribió la filósofa francesa Simone Weil (1909-1943) en su ensayo “Nota para la supresión de los partidos políticos” (2) –un aporte a la reconstrucción de su país una vez finalizara la guerra en Europa-, estas organizaciones cuando se transforman de medios para el bien público en fines, dirigen sus metas al fortalecimiento del nocivo monopolio que ejercen. Desvirtúan, en efecto, la vida democrática, puesto que condicionan el bienestar colectivo dividiendo a los ciudadanos y generan, por tanto, resultados contrarios a los objetivos que plantean. Admitir que el monopolio de los partidos es una condición indispensable para la democracia, es solo un mito más de la sociedad contemporánea.

Desafiar los muros

Los monopolios radicales constituyen, de hecho, acuerdos sociales que limitan los derechos de las mayorías, cuya vulnerabilidad, sin embargo, depende del alcance de su perversión social. Las revoluciones modernas han consistido en la sustitución de un sistema de monopolios radicales por otro, utilizando preferentemente la violencia como instrumento de transformación. Y este es, precisamente, el reto que enfrentan los nuevos movimientos sociales que han surgido a nivel mundial desde finales del siglo pasado, a partir de las luchas de las comunidades indígenas en varias regiones de América Latina, hasta los más recientes en los países árabes, en Islandia, en Grecia, en Chile y en España con la revolución de los indignados del 15-M y su notable influencia internacional. Es decir, construir nuevos acuerdos sociales que sustituyan el poder de los monopolios radicales y, en consecuencia, instauren el pleno ejercicio de los valores y principios de una democracia real.

La corta e intensa trayectoria del Movimiento 15-M ha significado, sin duda, un salto adelante al desafiar sin complejos la vigencia de los viejos acuerdos, ofreciendo inteligentes respuestas a sus contradicciones y a sus fracasos; la razón, probablemente, no sólo del desconcierto que causó al principio en los sectores políticos tradicionales, sino también de su propia fuerza. Un movimiento, pues, que gestiona el descontento social a través de la propuesta de nuevos acuerdos surgidos de la libre participación y del conocimiento colectivo, abriendo así hondas grietas en los muros impuestos por el control de los partidos y de sus ideologías.

Ciudadanos sin fronteras

Los planteamientos del 15-M cambian la perspectiva de la participación política de los ciudadanos en la vida pública, vinculando la acción social no sólo a determinados principios, métodos y estrategias, sino también a nuevas definiciones del espacio social, del ciudadano y del tiempo. El 15-M, en efecto, es un movimiento autónomo sin identificación alguna con símbolos nacionales, cuya sede principal es la calle o la plaza pública de la ciudad, del barrio y del pueblo. Está formado, asimismo, por grupos interconectados de personas que no sólo reclaman sus derechos, sino que asumen responsabilidades y comienzan a reconocerse como cocreadores de su propia realidad social. Constituyen, de hecho, una colectividad que la escritora Sylvia Valls ha denominado ciudadanía ecológica; (3) es decir, ciudadanos activos que perciben los problemas nacionales con una perspectiva global, al mismo tiempo que defienden la importancia de la autonomía local para decidir sobre la vida pública y los problemas comunes. Valls sostiene, además, que la supervivencia en el planeta dependerá de la conformación a nivel mundial de formas similares de organización ciudadana.

Los objetivos del 15-M, asimismo, son independientes de la coerción que impone el tiempo, dictada por los intereses de los partidos y su calendario electoral; un nivel de autonomía que no limita, desde luego, su probada capacidad de respuesta a los retos que continuamente asigna el corto plazo. El tiempo, ciertamente, es un importante aliado para las expectativas del movimiento sobre su crecimiento, el diálogo, la organización y la creación colectiva de nuevos conocimientos. Un ancestral principio de sabiduría y sustentabilidad del pueblo Hopi, aconseja tomarse el tiempo necesario para sopesar cada decisión importante, teniendo en cuenta su impacto en las próximas siete generaciones; compromiso, sin duda, que las ciudadanías ecológicas deben asumir como cocreadoras de un nuevo mundo a escala personal, local y global. El 15-M ha decidido, pues, moverse a pie y en bicicleta.

“Aquí todo es muy otro”

La no violencia, la inclusión, la horizontalidad, la cooperación, la pluralidad y el consenso son los principios básicos que orientan las actividades de las comisiones, grupos de trabajo y asambleas del 15-M. Su estructura organizativa, además, prescinde de cualquier forma de liderazgo individual y delega la representación en lo que podríamos denominar jerarquías legítimas colectivas, circunstancia que fortalece significativamente al movimiento ante la constante y progresiva intimidación del poder político, económico y mediático. La legitimidad colectiva es una cualidad inherente al trabajo y logros de cada grupo, comisión o asamblea.

La dinámica del 15M ha dado lugar, de igual modo, a la aparición de un nuevo lenguaje que llama a las cosas por su nombre, sustituyendo el uso tradicional de conceptos y eufemismos que se prestan a la confusión y a la manipulación de la realidad. El nuevo discurso irrumpe en la sociedad para precisar no sólo la magnitud real de los problemas, sino también la creatividad y el esfuerzo que exigen las soluciones; un lenguaje que expresa el poder de las palabras para pensar y crear los acontecimientos, que nace espontáneamente en las plazas y en las calles y se transmite al mundo por las redes sociales de internet. Un lenguaje, en fin, que identifica a millones de personas anónimas, indignadas con la injusticia y la impunidad de aquellos que dirigen las instituciones que gobiernan y destruyen el planeta. Las alternativas de transformación social, afortunadamente, ya no están atrapadas entre la búsqueda de cambios dentro de los viejos acuerdos –para que no cambiara nada- y los intentos de construir nuevos acuerdos a través de la violencia. Las nuevas opciones liberadas tienen ahora la palabra.

Notas:

1. Mailer Mattié. El fracaso del progreso industrial. En: http://www.nodo50.org/ceprid/spip.php?article568

2. Notas de Simone Weil. En: http://www.institutosimoneweil.net/index.php/faq/36-texto-civ/62-notas-de-simone-weil

3. Sylvia María Valls. PropuestApuesta de una ciudadanía ecológica y por unos Municipios Unidos de las Américas. En: http://www.institutosimoneweil.net/index.php/faq/36-texto-civ/83-propuestapuesta-de-una-ciudadania-ecologica

* Economista y escritora. Este artículo es una colaboración para el Instituto Simone Weil de Valle de Bravo en México y el CEPRID de Madrid.