El 29 de octubre de 1911, a bordo de su yatch anclado en el puerto de New York, muere Josep Pulitzer, completamente ciego después de pasar dieciséis horas al día a leer y escribir a la luz de una lámpara a petróleo.

Como tan a menudo sucede en la historia americana, ha sido un emigrante húngaro, desembarcado de un barco de carga en Boston con 75 centésimos en el bolsillo y sin saber una palabra de inglés, a inventar lo que Thomas Jefferson habia resumido un siglo más antes. “Mejor una información libre sin gobierno, que un gobierno sin libre información”.

En 1862 se une a las “chaquetas azules” de los del Norte, en la Guerra Civil americana que lo destinan a un regimiento de caballería, donde estaban concentrados todos los emigrantes de lengua alemana.

Al periodismo, que lo haría famoso, llega a través de la ignorancia de conocer el inglés. Se transfiere a St. Louis en el estado de Missouri, porque la comunidad alemana era numerosa y publicaban un diario, el “Westliche Post”, donde logró entrar como aprendiz llegando poco a poco a la dirección y luego a la propiedad.

Con el dinero recién ganado, compra el principal cotidiano de St. Luois, el ”St. Louis Dispatch”, fusionando los dos diarios en el “St. Louis Post-Dispatch” y gracias al éxito en Missouri, poco después adquiere el “New York World” que estaba al borde de la quiebra convirtiéndolo en el primer periódico por difusión, con un tiraje de seicientas mil copias al día.

Los competidores del diario rival “New York Sun” del editor y propietario William Randolph Hearst, el famoso inventor del “yelloow journalism”, (periodismo escandalístico y ficticio) lo insultan llamandolo “pequeño y vil judío” que traiciona a su propio pueblo, después de su conversión al cristianismo esperando enajenar las simpatías de los lectores hebreos.

A su muerte, deja una fortuna de treinta millones de dólares a la Columbia University con el objetivo de financiar la primera escuela de periodismo del mundo y de instaurar unos premios, los premios Pulitzer, considerados actualmente como la más alta distinción en el campo del periodismo, literatura y composición musical con un motivo bien preciso: estimular la excelencia.

El sueño de Joseph Pulitzer era el de una libertad de prensa dentro de normas y reglamentos protegidos por todos los tribunales del mundo.

Un sueño que no ha podido hacerse realidad.